SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 16
92%

Capítulo 16

—¿Sam? ¿Estás listo? Todo el mundo está esperando en la furgoneta.

—Reggie, de pie en el umbral de la puerta de su casa, una casona vieja y llena de corrientes que habían comprado por cuatro duros hacía tres años, le gritó escaleras arriba a su marido.

Se cambió a su bebé de seis meses a la otra cadera.

—Ya voy. No me puedo creer que quisieras que me pusiera esta antigualla. —Bajó los escalones vestido con su uniforme de gala azul, con cintas de colores cubriéndole el lado izquierdo del pecho y un tridente dorado y reluciente luciendo sobre ellas.

A Reggie le dio un vuelco el corazón, como siempre que veía a su marido acercarse a ella. Estaba tan guapo como el día que la sacó del río. Y era un padre buenísimo para sus ocho hijos.

Se detuvo frente a ella y dejó que le ajustara la corbata.

—Sabes de sobra que querías ponértelo —bromeó ella—. Abe nunca te ha visto con el uniforme de gala. Estará muy orgulloso de que estés allí cuando jure su cargo en la Marina.

—Debería haberse alistado en las Fuerzas Aéreas —murmuró Sam.

Reggie resopló. —Ni que tú le fueras a dejar.

—No es tan duro.

—Abe está más que preparado —sonrió Reggie—. Lo hará de maravilla en cualquier cosa que haga. Te ha tenido a ti como modelo a seguir.

—Ese chico ya lo llevaba dentro antes de conocerme. Nosotros solo le dimos las oportunidades que necesitaba. —Sam le dio un beso en la coronilla—. ¿Has sabido algo de Hank?

—Ha llamado Sadie. Salieron hace quince minutos. Llegarán a Butte antes que nosotros si no nos damos prisa.

—¿Viene alguien más? —preguntó él.

—Swede, Bear, Boomer, Chuck, Trevor, Gavin… Demonios, sería más fácil preguntar quién no viene. —Reggie le sonrió—. Todos están muy orgullosos de Abe y quieren darle una buena despedida.

—Bueno, pues vámonos. No querremos que Abe llegue tarde a su juramento. —Alargó los brazos hacia su hija.

Reggie retrocedió con ella en brazos. —De eso nada. Te va a echar la leche por toda la chaqueta.

—Me arriesgaré.

—No, tú conducirás —dijo ella.

—Sabes, es mucho más fácil tratar contigo cuando estás desnuda. —La tomó en brazos y le plantó un beso largo y gratificante en los labios.

—¡Sam! Eres incorregible. —Se rio y le dio un manotazo en el brazo.

Samantha se agarró al brazo de su padre y pasó a sus brazos como una monita.

Reggie negó con la cabeza, dándose por vencida.

Nunca podría enfadarse con Sam. Era todo lo que siempre había deseado en un amigo, un amante y un marido.

Habían estado completamente de acuerdo en adoptar a Abe y a sus seis hermanos cuando por fin se enteraron de que su madre había muerto de una sobredosis, dejándolos huérfanos.

El estado había puesto una condición: Sam y Reggie tenían que estar casados para poder adoptar a los siete niños.

Aquello no supuso ningún problema. Los Brotherhood Protectors tenían experiencia organizando bodas y montaron la suya en un abrir y cerrar de ojos. La boda fue perfecta, con los niños participando en la ceremonia y comprometiéndose a amarse, honrarse y cuidarse mutuamente para toda la vida.

Ahora que Timothy Thomas estaba a buen recaudo en la cárcel para el resto de su vida, y que las mujeres a las que había aterrorizado estaban libres y recuperándose, la vida no había hecho más que mejorar.

Abe se había graduado en el instituto con las mejores notas de su promoción.

Había preferido aplazar la universidad para seguir los pasos de su padre adoptivo en la Marina.

Incluso se había estado entrenando los siete días de la semana según los estándares de la Marina, usando la piscina de Hank para mejorar su capacidad de natación y su fuerza.

Sam estaba muy orgulloso. El resto de los Brotherhood Protectors se habían interesado personalmente en el entrenamiento de Abe, ofreciéndose todos voluntarios para correr, nadar o levantar pesas con él.

Lizzie estaba en su último año de instituto y ya tenía una beca completa para la Universidad Estatal de Montana.

Los otros niños se habían encariñado con Sam y Reggie como si hubieran estado hambrientos de amor y atención. Y todos se habían vuelto locos de alegría cuando llegó la pequeña Samantha.

Reggie todavía tenía alguna pesadilla de vez en cuando, pero eran cada vez más escasas. Era más feliz de lo que jamás había sido en su vida y no cambiaría nada.

Sam colocó a Samantha en su sillita del coche y le ajustó las correas sobre los hombros. Se inclinó, le dio un beso en la frente, se enderezó y atrajo a Reggie hacia sí.

—¿Sabes cuánto te quiero? —preguntó él.

—Me hago una idea —dijo ella, mirándolo a los ojos.

—Estoy pensando que somos los tipos con más suerte del planeta. —ladeó la cabeza hacia la furgoneta de doce plazas que Hank y Sadie les habían regalado en su boda—. Siempre quise una familia. Ahora la tengo, y la vida no podría ser mejor.

—¿Ah, no? —guiñó un ojo Reggie.

Él entrecerró los ojos al mirarla. —Tienes esa expresión en la cara.

—¿Qué expresión?

—La que tenías cuando me dijiste que estabas embarazada. —Abrió los ojos como platos—. No lo estás, ¿verdad?

—¿El qué? —bromeó ella.

—¡Lo estás! —Sam la levantó del suelo y la hizo girar—. ¿Habéis oído? —gritó hacia la furgoneta—. ¡Vamos a tener un bebé!

Todos los que estaban en la furgoneta estallaron en vítores.

Sam bajó a Reggie al suelo y le sonrió. —Te quiero, Reggie Franklin, y a esta aventura que llamamos nuestra vida.

—Yo también te quiero, Sam. Y no cambiaría este zoo por nada del mundo.

—Venga, tenemos que ir a un juramento. Hoy es el día de Abe. ¡A celebrarlo! —Sam soltó un silbido agudo y penetrante y gritó—: ¡Grunt!

El pastor alemán apareció a toda velocidad por un lado de la casa y saltó al interior de la furgoneta por la puerta lateral.

Sam y Reggie se subieron a su enorme furgoneta, con su enorme familia, y condujeron hacia el amanecer de un nuevo día en las Montañas Crazy de Montana.