SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 12 #2
68%

Capítulo 12 #2

—Sí que lo eres —Sam le levantó la barbilla y la miró—. Sabías lo que te haría si te pillaba cavando, pero cavaste de todos modos.

—Porque tenía miedo de lo que seguiría haciéndome si no salía de allí.

—Y, sin embargo, estás intentando por todos los medios volver.

—Tengo que hacerlo. No puedo abandonar a las demás —apoyó la mano en su pecho, sus dedos se curvaron muy ligeramente en su piel. Era tan agradable, tan correcto, que no podía dejar de tocarlo.

—Vamos. Te arroparé.

Dios, no quería moverse. Quería que sus brazos permanecieran a su alrededor mientras siguiera respirando. Él era su salvavidas en un mar de incertidumbre.

Como no hizo ningún movimiento hacia la cama, él se inclinó, la cogió en brazos, la llevó a través de la habitación y la depositó sobre el colchón.

Ella se aferró a él, con los brazos alrededor de su cuello.

—No puedo soltarte. Por favor, no me obligues.

El rio entre dientes.

—De acuerdo, entonces. Pero déjame tumbarme a tu lado.

Ella se echó a un lado, haciendo sitio para el gran cuerpo de él en la cama.

Él se tumbó y volvió a tomarla en sus brazos.

—Sabes que aquí, en casa de Hank, estás a salvo.

Ella asintió.

—Mi cerebro me dice que estoy a salvo, pero mi corazón… no tanto.

—Me quedaré todo el tiempo que me necesites —la tranquilizó él.

—¿Y si es toda la noche? —susurró ella.

Él suspiró.

—Si es toda la noche, aquí estaré —Sam le apartó un mechón de pelo húmedo detrás de la oreja—. Solo que sepas que será una lucha.

Ella frunció el ceño.

—Lo siento. Si no quieres, no tienes por qué quedarte.

Él resopló.

—Ese es el problema. Quiero… demasiado —le besó la punta de la nariz y frunció el ceño—. Lo siento. Dije que no volvería a iniciar un beso y, sin embargo, lo he hecho.

—No —dijo ella, tocándole los labios con un dedo.

—¿No, qué?

—No lo sientas —le ahuecó la mejilla en la palma de la mano y apretó su boca contra la de él—. Quiero que me beses —dijo contra sus labios—. Quiero que me abraces. Pero no porque yo quiera que lo hagas —le rozó el labio con el pulgar—. Porque tú quieres hacerlo.

—Oh, nena, quiero abrazarte. Quiero hacer algo más que abrazarte. Pero después de por lo que has pasado, no iré más allá de abrazarte. No hasta que veamos esto hasta el final y consigas la atención médica que necesitas.

Ella asintió, con el corazón henchido en el pecho.

—Lo bueno de todo esto es que te he conocido —Reggie se acurrucó a su lado y le puso una mano en el pecho—. Dormiré por ahora, pero mañana… acabaremos con esta persecución.

Sam le puso una mano sobre la de ella.

—Pues claro que sí.

Aunque su pulso se aceleró y no tenía ni pizca de sueño, se quedó quieta a su lado, sabiendo que podía levantarse e irse cuando quisiera.

Como podía irse y Sam no la detendría, Reggie no tenía ningún deseo de moverse.

Su deseo por este hombre crecía, dándole la esperanza de que el abuso que había sufrido no afectaría su actitud hacia su futura sexualidad.

Desgraciadamente, las mujeres a las que había querido ayudar se veían obligadas a pasar otra noche con un demente. Había esperado que, al escapar, pudiera volver con ellas con la ayuda que necesitaban para liberarse del Amo.

Aguantad, rezó. La ayuda está en camino.

Finalmente, su ritmo cardíaco se ralentizó y el agotamiento la venció. Con los brazos de Sam rodeándola, la oreja pegada a su pecho y el latido constante de su corazón marcando el tiempo, Reggie se sumió en un sueño agitado.

Se despertó en una celda oscura, el olor a tierra húmeda y orina llenando sus sentidos.

Tanteó las paredes hasta llegar a la puerta.

No tenía manivela por dentro. Solo alguien desde fuera podía abrirla.

Reggie intentó clavar los dedos en el hueco entre la puerta y el marco, pero encajaba demasiado bien.

Volvió a recorrer la habitación, buscando algo, cualquier cosa que pudiera usar para forzar la puerta.

Todo lo que encontró fue una manta fina y una taza de hojalata.

Los sonidos de alguien sollozando se colaron por debajo de la puerta. Lamentos desgarradores resonaban por el pasillo más allá de la puerta, añadiendo presión al peso de la desesperanza en su pecho.

—Nunca saldremos —gritó una voz—. Moriremos aquí.

—No —dijo Reggie—. La ayuda está en camino. Alguien vendrá.

—Será demasiado tarde —gritó otra voz femenina—. Demasiado tarde.

No. No podía ser. Sam y Hank enviarían ayuda. Los sacarían de allí.

—No nos encontrarán a tiempo.

—Sí, lo harán —argumentó Reggie—. Están viniendo.

Se oyeron pasos en las escaleras que bajaban al oscuro y húmedo sótano. El crepitar de la picana eléctrica envió un destello de miedo a través del cuerpo de Reggie.

—Viene a por ti —gritó una voz—. Está enfadado porque te escapaste.

Reggie se alejó de la puerta hasta que sintió la pared fría y húmeda de su celda contra su espalda desnuda.

Los pasos se detuvieron.

La respiración se le atascó en los pulmones.

La puerta se abrió de golpe, y un hombre corpulento con un pasamontañas se recortó contra el tenue farol amarillo colgado en la pared detrás de él.

Reggie gritó.