SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 12
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Capítulo 12

Sadie, con Emma en brazos, guio a Reggie y a Molly por las escaleras hacia el segundo piso de la casa del rancho y al enorme dormitorio que compartía con su marido, Hank.

Siguió caminando hasta el otro lado de la habitación, donde una puerta daba a un vestidor más grande que el apartamento de Reggie en Bozeman.

Molly silbó.

—Madre mía, podría vivir aquí dentro.

Sadie se sonrojó.

—Hank se pasó un poco diseñando el vestidor. Cree que una estrella de cine necesita un armario lo bastante grande como para albergar un país pequeño —sonrió—. Tengo que admitir que me encanta. Y a Emma le gusta jugar aquí mientras me preparo por la mañana.

Emma agitó los brazos y se inclinó.

Sadie la dejó en el suelo y cerró la puerta para que no saliera.

—A ver. Ambas necesitáis algo para dormir —lanzó una mirada de Molly a Reggie con las cejas arqueadas—. A no ser que durmáis desnudas.

Molly negó con la cabeza.

—Casi nunca duermo desnuda. Mi madre me decía que nunca me acostara con nada que no quisiera llevar puesto para salir a la calle en caso de incendio.

Reggie se rio.

—Lo mismo digo —aunque había dormido desnuda durante más de dos semanas mientras la tenían retenida en el sótano de la casa del Amo, envuelta solo en una manta raída que él le había proporcionado con cuentagotas. El recuerdo la devolvió a ese lugar horrible al que no quería volver jamás.

Sadie interrumpió sus lúgubres pensamientos entregándole un suave picardías rosa.

—Este debería quedarte bien. Es corto, pero cubre lo esencial —le dio un apretón en el brazo a Reggie—.

Y el rosa es alegre y favorecerá tu pelo rubio fresa.

Tienes cara de necesitar que te animen un poco.

No puedo imaginar por lo que has pasado, y no voy a fingir que lo hago.

Pero aquí estás a salvo, y Sam se asegurará de que sigas a salvo.

Sadie le entregó a Molly un picardías verde menta, también corto y atrevido.

—Lo siento, chicas, a Hank le gusto con picardías o sin nada —guiñó un ojo.

—A mí me parece bien —dijo Molly—. No me gusta que se me enreden cosas en las piernas por la noche. En la academia de Quantico solía dormir con pantalones cortos de deporte y una camiseta.

Sadie rebuscó en un cajón y sacó unas braguitas de bikini de seda.

-—Necesitaréis unas de estas —las añadió encima de los camisones que las dos mujeres sostenían.

Pasando a otro cajón, sacó dos jerséis holgados de cachemira, uno de un verde bosque intenso y otro azul pastel, y le entregó el verde a Reggie y el azul a Molly—.

Supongo que os apañáis con los vaqueros que lleváis, ¿no?

Reggie asintió, agradecida por cualquier cosa. Hasta que volviera de entre los muertos y pudiera ir a su apartamento de Bozeman, estaba a merced de la bondad de Sadie.

—Gracias por acogerme en tu casa.

Sadie hizo un gesto con la mano.

—Oh, por favor. Me encanta tener compañía aquí. Me estás haciendo un favor al quedarte —rodeó a Reggie con los brazos—. Siento mucho que nos hayamos conocido en circunstancias tan terribles. Pero no siento habernos conocido.

A Reggie se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Gracias —dio un paso atrás y se giró para admirar las hileras de vestidos que colgaban detrás de ella.

Emma se había colado entre los vestidos largos y tiraba de sus bajos, jugando al escondite entre los pliegues.

—Ven aquí, pillina —Sadie se abalanzó y cogió a la feliz niña en brazos.

—Mami, a jugar —dijo esta con su vocecita de bebé.

A Reggie se le oprimió el corazón al ver el amor en los ojos de Sadie por la pequeña.

Algún día… esperaba y rezaba por tener una niña como Emma en sus brazos.

—Vamos a enseñarles a estas señoritas sus habitaciones.

Seguro que están cansadas y les vendría bien una buena noche de descanso, como a ti —besó la regordeta mejilla de su hija y las guio fuera de su vestidor y por el pasillo hasta una puerta a la izquierda—.

Molly, puedes quedarte en la habitación azul.

Tiene su propio baño. La cama ya está hecha. Si necesitas cualquier cosa, dímelo.

—Dios sabe que necesito una ducha después de estar todo el día en el río. Seguro que huelo a pescado y a sudor —Molly le dio las gracias a Sadie y entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

—Reggie, te voy a poner en la habitación de cerca del final del pasillo.

Sam tendrá la de al lado, ya que es el encargado de mantenerte a salvo.

No es que tengas que preocuparte por nada aquí.

Hank ha cableado todo el rancho con cámaras de seguridad y alarmas.

Nadie puede entrar sin activar unas sirenas muy altas y molestas.

En serio, pensé que me volvería loca cuando las estaban probando —abrió una puerta de golpe—.

Tienes la habitación amarilla. Es una de mis favoritas.

El amarillo me recuerda al sol y me hace feliz. Espero que a ti también.

—Seguro que sí. Gracias.

—Insisto: si necesitas algo, dímelo —Sadie bajó la vista hacia Emma—. Di buenas noches, Emma.

La niñita agitó la mano y gorjeó:

—Buenas noches.

Reggie le dijo adiós con la mano a Emma mientras Sadie cerraba la puerta entre ellas.

Sola en el dormitorio amarillo, el cuerpo de Reggie se hundió por el cansancio. Se había mantenido entera todo el día, porque se negaba a renunciar a encontrar a las mujeres. Ahora, sola en casa de una desconocida, el peso del mundo parecía haberse posado sobre sus hombros.

Antes de desplomarse por el agotamiento, llevó la ropa con la que Sadie la había equipado al baño, abrió el agua de la ducha y se quitó la ropa que había llevado en su caminata por el bosque ese día.

De nuevo desnuda, se estremeció y se miró al espejo.

No se veía muy diferente de la mujer que había tenido una vida en Bozeman, trabajando en la oficina que había montado para gestionar los diversos negocios e inversiones que su padre les había dejado a ella y a su madre en un fideicomiso.

Quizá estaba un poco más delgada, con ojeras más oscuras bajo los ojos, pero no había cambiado mucho por fuera.

Por dentro, nunca volvería a ser la misma.

Reggie se metió bajo el chorro de la ducha y dejó que el agua le corriera por la piel.

No intentó restregar la suciedad del Amo de su cuerpo.

Ninguna cantidad de fregado conseguiría borrar de su memoria lo que él le había hecho.

Solo el tiempo curaría esa parte rota de su interior.

Como había dicho Sam, no podía permitir que le robara ni un minuto más de su vida.

La mejor venganza sería vivir una vida feliz, a pesar de lo que él había hecho…

después de asegurarse de que no volviera a hacerle daño a ninguna otra mujer, nunca más.

Reggie se echó champú en la palma de la mano y se lo extendió por el pelo.

Olía a primavera y a flores silvestres. Se enjuagó la espuma del pelo y del cuerpo, se aplicó acondicionador y volvió a enjuagarse.

Para cuando salió de la ducha, estaba más relajada y olía como una persona completamente nueva.

Tras secarse rápidamente con una toalla blanca, grande y esponjosa, se vistió con el suave picardías rosa y las braguitas.

Encontró un cepillo nuevo en uno de los cajones y se lo pasó por el pelo, alisándose los enredos.

Sintiéndose mucho mejor, pero cansada, entró en el dormitorio y encendió la lámpara de la mesilla de noche.

Entonces se dio cuenta de que había una puerta en un lado de la habitación. Se acercó a ella y apretó la oreja contra el panel.

Los sonidos de movimiento al otro lado hicieron que se le acelerara el pulso.

Sadie había dicho que Sam dormiría en la habitación de al lado para mantenerla a salvo.

Una calidez se extendió por todo su cuerpo al pensar en Sam al otro lado de la puerta de paneles. Después de pasar las últimas veinticuatro horas o más con él, Reggie se dio cuenta de que lo echaba de menos. La había hecho sentirse segura, incluso mientras caminaban penosamente por el bosque.

Quizá se había duchado y se estaba metiendo en la cama en ese mismo momento. ¿Dormiría con pantalones cortos y camiseta? ¿O era de esos hombres que no se ponían nada para dormir?

Se le calentó el centro del cuerpo, el deseo acumulándose en la parte baja de su vientre.

¿Cómo podía excitarse cuando no sabía el alcance del daño que ese monstruo le había hecho?

Podría estar infectada con una enfermedad de transmisión sexual.

Podría estar embarazada. Si no hubiera tenido que hacerse la muerta, se habría hecho un examen de agresión sexual y lo habría denunciado directamente a la policía.

Necesitarían todas las pruebas posibles para condenar a ese hombre y enviarlo a la cárcel para el resto de su vida.

Reggie apoyó la mejilla contra el frío panel. Quería estar con Sam, que la tuviera en sus brazos.

Un golpe seco la sobresaltó y la hizo gritar. Reggie se apartó de un salto de la puerta y se llevó una mano al pecho.

El pomo de la puerta giró y se abrió.

—¿Reggie? —Sam asomó la cabeza—. Tenía el torso desnudo y el pelo húmedo. Unas gotas de agua al azar destacaban sobre sus hombros.

Reggie tragó saliva, pero no pudo articular palabra más allá del nudo que tenía en la garganta.

Sam frunció el ceño y cruzó la puerta.

—¿Estás bien?

Llevaba unos bóxers negros que apenas ocultaban el bulto de su polla bajo la tela.

Ella negó con la cabeza.

Él entró en la habitación, la agarró por los brazos y la miró a los ojos.

—Cariño, ¿qué pasa?

—No puedo… —volvió a negar con la cabeza. Quería decir que no podía estar con él hasta que tuviera todas las respuestas, pero eso sería suponer que él quería estar con ella. En su lugar, terminó con—: No puedo dormir.

—¿Quieres que me quede contigo hasta que te duermas?

Ella arrugó la frente.

—No suelo ser tan gallina.

—No eres una gallina en absoluto —la estrechó entre sus brazos—. Escapaste de un loco. Yo diría que para eso hace falta una enorme cantidad de valor.

Apoyó la mejilla en su pecho desnudo, inhalando su aroma fresco y limpio.

—El valor no me sacó de allí. No soy tan valiente.