SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 11
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Capítulo 11

Sam se levantó de un salto al segundo siguiente. «Quédate aquí», ordenó y se abrió paso entre los clientes para salir del local. Una vez fuera, escudriñó la oscuridad en busca del hombre que se había chocado con Maggie.

Por desgracia, aquel hombre era una de las casi diez personas que habían salido de la taberna al mismo tiempo.

Varios vehículos estaban saliendo del aparcamiento a la vez.

Una berlina, dos camionetas y dos todoterrenos.

Sam no pudo distinguir en qué vehículo se había metido el hombre que se había topado con la camarera.

Intentó memorizar seis matrículas diferentes, pero fracasó estrepitosamente.

Se dio por vencido y regresó a toda prisa a la taberna, temeroso de dejar a Reggie sola más tiempo del estrictamente necesario.

¿Y si el Amo había vuelto para cogerla y llevársela por la puerta de atrás?

Reggie lo esperaba en el vestíbulo de la entrada, oculta en las sombras, fuera de la vista de la calle que se veía tras la puerta. —¿Has visto adónde ha ido? —preguntó, con la voz y el cuerpo temblorosos.

Sam negó con la cabeza. —No. Había demasiada gente y, para cuando salí, ya se estaban marchando en sus coches.

Maggie los encontró junto a la puerta. —Ah, qué bien, todavía estáis aquí. Creía que os habíais marchado sin la tarjeta de crédito. —Le tendió la tarjeta de Sam y un recibo—. Necesito su firma.

Él garabateó su nombre al final y añadió una generosa propina. —Maggie, ese hombre que se ha chocado con usted...

—Me siento fatal. No suelo ser tan torpe. —Hizo una mueca—. Aunque era un verdadero malhablado. Siento mucho que tuviera que oírle.

Sam negó con la cabeza. —No me preocupa eso. ¿Sabe quién es?

Maggie negó con la cabeza. —Solo le he visto aquí una vez más. Se sentó solo y no habló con nadie, salvo para pedir la comida.

—¿Pagó con tarjeta de crédito? —preguntó Reggie.

Maggie frunció el ceño. —No lo sé. Esta noche su mesa la llevaba otra de las camareras. Puedo preguntar. ¿Por qué?

—Me gustaría saber su nombre —dijo Sam—. Me resultaba familiar, como si lo conociera.

Maggie se puso de puntillas, mirando hacia el interior de la taberna. —Esperen aquí. Le preguntaré a Janice si le conoce o si usó una tarjeta para pagar. Vuelvo enseguida. —Se marchó, abriéndose paso entre las mesas y la gente que entraba y salía.

Desde donde estaba Sam, pudo verla hablar con la otra camarera. Se acercaron a la caja registradora junto a la barra y abrieron el cajón inferior. Al cabo de un momento, ambas levantaron la vista, negando con la cabeza.

Maggie regresó un momento después, con los labios apretados en una fina línea.

—Lo siento, pero Janice cree que pagó en efectivo.

Ha revisado la caja, pero la mayoría de los recibos eran de gente que conocía.

Si ven a ese hombre, por favor, díganle que siento muchísimo haberme chocado con él.

—Maggie volvió a su trabajo, a servir mesas.

—Dios, espero que no estuviera aquí para poner en su punto de mira a ninguna de las mujeres de Eagle Rock —dijo Reggie. Pasó el brazo por el de Sam y se apoyó en él—. Vámonos de aquí.

Sam la acompañó hasta la puerta y la acomodó en el asiento del copiloto de su camioneta.

Desató a Grunt del poste de la luz y le abrió la puerta trasera para que saltara dentro; luego la cerró tras él.

Cuando Sam subió al asiento del conductor, le echó un vistazo.

Aunque seguía pálida, había dejado de temblar. —¿De verdad crees que era él?

Ella se encogió de hombros e hizo una mueca.

—Podría haber sido él. O podría haber reaccionado de forma exagerada a una voz parecida.

—Reggie se abrazó a sí misma y le miró, con el ceño fruncido—.

¿Va a ser así a partir de ahora? ¿Yo, sobresaltándome con cada voz o preocupándome por si está en la misma habitación que yo y no puedo reconocerle?

—No. Vamos a encontrarle y a encerrarle para siempre. —Sam metió la marcha atrás en la camioneta, salió de la plaza de aparcamiento y se dirigió hacia el rancho White Oak—. Nos estamos acercando. Sé que es solo cuestión de tiempo que le pillemos.

Reggie no lo dijo; no hacía falta. Era solo cuestión de tiempo que el Amo hiciera daño a aquellas mujeres. Quizá incluso que las matara. Tenían que darse prisa antes de que fuera demasiado tarde.

—Siento que está cerca —dijo Reggie, jugueteando con el anillo que llevaba en el dedo—. Como si pudiéramos habernos chocado nosotros con él en vez de Maggie, si nos hubiéramos ido un par de minutos antes.

—Averiguaremos qué han descubierto los chicos de Hank y lo uniremos a lo que hemos averiguado hoy. Quizá nos lleve directos a él.

—Dios, eso espero. —Reggie permaneció en silencio el resto del trayecto hasta el rancho de Hank.

Apenas Sam pulsó el botón del interfono de la cancela, se oyó la voz de Swede. —Sam, me alegro de que hayas llegado. Nos vemos en la sala de operaciones.

La cancela se abrió y Sam condujo por el sinuoso camino de entrada hasta la casa del rancho. Ayudó a Reggie a bajar de la cabina y a subir los escalones de la puerta principal, donde Sadie y Hank los recibieron.

—Pasen —dijo Hank.

—¿Han cenado? —preguntó Sadie.

—Sí, ya hemos cenado.

—Bien. Entonces podemos ir directos al grano. —Hank los guio escaleras abajo, hacia la sala de operaciones.

Sam apretó la mano de Reggie para tranquilizarla mientras bajaban al sótano y se detenían detrás de Swede.

Había otras tres personas en la sala con él.

Un hombre corpulento de pecho robusto, hombros anchos y una mata de espeso pelo castaño.

A su lado, un hombre de pelo negro y penetrantes ojos azules, de la misma altura, también de hombros anchos, pero no tan fornido como el otro.

Junto a él, una mujer cuya cabeza le llegaba a los hombros y que tenía el pelo de un rojo oscuro.

Cuando Sam y Reggie entraron en la sala de operaciones, la pelirroja les lanzó una mirada con sus brillantes ojos verdes. —Ustedes deben de ser Sam y Reggie. —Les tendió la mano—. Molly Greenbriar. Del FBI.

Reggie le estrechó la mano, con el ceño fruncido. —Había olvidado que era usted del FBI. Solo pensaba que era la mujer de Kujo, que le acompañaba en el río.

El hombre de pelo negro que estaba al lado de Molly le tendió la mano. —Soy Joseph Kuntz, aunque mis amigos me llaman Kujo. —Apoyó una mano en la parte baja de la espalda de Molly—. En realidad, yo acompaño a Molly, alias agente especial Greenbriar. Es ella la que tiene toda la formación.

Molly le dio un codazo en las tripas. —No le hagas caso. Es un antiguo Delta Force. Y sí, hemos estado todo el día en el río con un dron.

Sam tendió la mano y se la estrechó a Kujo y a Molly. —Soy Sam Franklin, el nuevo de la Hermandad.

—Encantado de conocerte —dijo Kujo. Señaló al perro que estaba a sus pies—. Este es Six, perro militar retirado extraordinario.

El pastor alemán levantó la cabeza brevemente y la volvió a apoyar sobre las patas.

—He oído que tú también has adoptado uno —dijo Kujo.

—Así es. —Sam se agachó y dejó que Six le oliera la mano—. Grunt está en el porche, vigilando a las ardillas.

Kujo se volvió hacia el hombre corpulento que estaba a su lado. —Ah, y este es Bear.

—Qué bien, voy después del perro. Tate Parker. —El hombretón envolvió la mano de Sam con la suya, más grande—. Encantado de tenerte a bordo. Puedes llamarme Bear.

Sam se volvió hacia Molly y Kujo. —¿Qué camino cogisteis en la bifurcación? ¿El norte o el sur?

—Tomamos la bifurcación sur. ¿Por qué? —preguntó Kujo.

—Nos encontramos con un lugareño que conoce la zona bastante bien. Dijo que en la bifurcación norte están los acantilados altos. Reggie saltó de los acantilados al río. ¿Visteis algún acantilado junto al río en la bifurcación sur?

Molly intercambió una mirada con Kujo. —Ninguno de más de un par de metros.

Sam se dirigió al hombre que estaba ante el teclado del ordenador. —Swede...

—Estoy sacando el mapa de curvas de nivel.

—Sus dedos danzaron sobre el teclado, y el monitor mostró la imagen de un mapa topográfico con líneas sinuosas que representaban la elevación del terreno.

Se desplazó por el mapa, siguiendo la línea azul del río hasta el punto donde se dividía en dos alrededor de una isla larga y ancha que se extendía varios centímetros por el mapa.

Según la leyenda, la isla medía aproximadamente una milla de largo y un cuarto de milla de ancho.

Swede amplió la imagen en una agrupación de curvas de nivel que convergían en una sola con marcas que apuntaban hacia el río.

Sam señaló. —Ahí. Abe dijo que estaba en el ramal norte del río. Tiene que ser del que saltó Reggie. Saca el mapa por satélite de esa zona.

—En ello estoy —dijo Swede. Un momento después tenía el mapa por satélite desplegado junto al mapa topográfico de curvas de nivel.

Igualando los tamaños, amplió la imagen en el acantilado y luego la redujo lentamente—.

El problema es que hay tantos árboles altos que, a menos que las casas estén en un claro a su alrededor, puede que no se vean.

Sam estudió la imagen del satélite, con el ceño fruncido. Finalmente, señaló la imagen. —¿No es ese el lugar donde dijiste que vive uno de los delincuentes sexuales fichados?

Swede asintió. —Thomas. Pero su cabaña era demasiado pequeña para tener un sótano lo bastante grande como para esconder a cinco mujeres en celdas individuales.

—Hoy he hablado con el agente de la condicional para preguntar por Ogletree, Thomas y Knowles.

Reggie hizo una mueca. —¿Qué motivo les diste?

Bear dijo: —Le dije que me preocupaba que estuvieran en esta zona, ya que mi prometida fue víctima de una violación. Quería saber si se presentaban regularmente en su oficina de libertad condicional y si había tenido algún problema con alguno de ellos.

—¿Y? —le instó Sam.

—Todos están siguiendo las reglas al pie de la letra —dijo Bear—. Así que conduje hasta las casas de Knowles y Ogletree mientras estaban trabajando en Eagle Rock y eché un vistazo.

—¿Entraste sin permiso?

—No exactamente —se encogió de hombros Bear—. El lugar estaba abierto. Y la casa de Knowles era una casa prefabricada. Sin sótano y sin edificios anexos con sótanos. Solo una auténtica chatarrería llena de chasis de camionetas desechados.

—¿Y qué hay de Thomas?

Bear asintió. —Conduje hasta cerca de su casa y entré a pie para que no me vieran ni oyeran.

El hombre vive como un ermitaño. Él solo.

Vive en lo que yo llamaría una casita de campo.

Tiene una bodega, pero no está en la ladera de una colina, y la bodega era muy pequeña por lo que pude ver a través de una ventana sucia.

Repito, no estaba en la ladera de una colina.

—Quizá nos estamos centrando en las personas obvias y no en el verdadero culpable —dijo Hank—. ¿Quién es el dueño del terreno directamente al norte del acantilado?

Swede abrió el mapa catastral del condado de la zona desde el sitio web estatal y se desplazó lentamente sobre las áreas. —Esto va a llevar algo de investigación. Indagaré sobre estos propietarios y comprobaré sus antecedentes. Probablemente me llevará toda la noche.

Sam lanzó una mirada a Reggie. —Nos vendría bien una ducha y dormir.

—Estoy bien —dijo Reggie, aunque su rostro estaba pálido y las sombras bajo sus ojos se habían oscurecido.

—Puede que tú sí, pero a mí me vendrían bien unas horas de sueño después de andar por el bosque. —Sam le tendió la mano—. Deberíamos volver a la cabaña.

—Tonterías —dijo Sadie—. Es tarde. Podéis quedaros aquí. Os podemos prestar algo de ropa para pasar la noche y Swede tendrá información para vosotros a primera hora de la mañana. —Miró a Hank.

—Sadie tiene razón —dijo Hank—. Hay sitio de sobra para que os quedéis todos.

—Si de verdad no les importa, me gustaría quedarme —dijo Reggie—. La cabaña es cómoda, pero está un poco lejos del ordenador y de la información que puede generar.

—De acuerdo —dijo Sam—. Pero lo decía en serio, necesitas descansar un poco.

—Conozco mis límites. —Reggie cuadró los hombros como si estuviera lista para pelear. Luego le dedicó una sonrisa torcida—. Y tienes razón. Estoy al borde de ellos. —Se volvió hacia Sadie—. Me sabe mal aceptar más ropa de usted cuando ya nos envió tanta a la cabaña.

—Oh, no te preocupes. Tengo más ropa de la que me pondré en toda mi vida.

Los diseñadores me envían cosas continuamente, con la esperanza de que represente sus líneas.

Venga. Te encontraré algo adecuado para dormir.

—Se volvió hacia Hank—. Asegúrate de que tus chicos tienen lo que necesitan, ¿quieres?

—Su mirada se posó en Molly—. Vamos, las mujeres tenemos que mantenernos unidas, o estos hombres nos pasarán por encima.

Kujo se rio. —Obviamente no conoces muy bien a Molly. Sabe defenderse sola.

—Estoy segura de que sí —dijo Sadie.

Molly siguió a Reggie y a Sadie por la escalera para salir del sótano.

Sam se quedó atrás, sin saber por qué sentía que se estaba perdiendo algo importante. Como a la mujer con la que había estado a tiempo completo durante más de veinticuatro horas. Le estaba empezando a gustar. Tanto que no le gustaba que no estuviera a la vista.

—Hank, Reggie y yo hemos cenado esta noche en la taberna Blue Moose.

Cuando terminamos y esperábamos para pagar la cuenta, Reggie creyó oír la voz del hombre que la había tenido cautiva.

Estaba saliendo por la puerta cuando le oyó.

Para cuando salí a comprobarlo, ya se había ido.

No estoy seguro de que esa información nos sirva de algo, ya que no le vimos, pero podría demostrar que es de por aquí, si es que ese era el hombre que había secuestrado a todas esas mujeres.

El rostro de Hank se endureció en un gesto sombrío. —Razón de más para atrapar a este tipo. Ninguna de las mujeres de Eagle Rock o de los alrededores está a salvo mientras él ande suelto. Me gustaría emitir una advertencia en la zona.

—Pero no podemos —dijo Sam—. No hasta que le encontremos a él y a las mujeres que tiene cautivas actualmente.

Hank asintió. —Mientras tanto, solo podemos esperar y rezar para que no secuestre a más mujeres.