SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Por un momento, pensé que me había equivocado de sitio. —Frunció el ceño—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió Reggie y le dedicó una sonrisa débil.

—¿Estás segura? —La camarera entrecerró los ojos—. Has estado llorando. ¿Te estaba molestando ese hombre? —Miró por encima del hombro.

Reggie se rio, con un sonido algo entrecortado.

—Todo lo contrario. —Se miró la alianza de oro en el dedo anular—. Es mi… marido.

—Vale. —Apoyó una mano en la cadera—. Entonces, ¿por qué llorabas?

Encogiéndose de hombros, Reggie dijo:

—He tenido un par de días malos. Solo estaba viendo cómo estaba.

—Cariño, me llamo Karen. Algunos dirían que no conozco a un extraño, y me lo tomo como un cumplido. —La mujer la miró un momento más—. Si estás en problemas, te ayudaré en lo que pueda. Solo tienes que decirlo.

Con una sonrisa, Reggie asintió.

—Karen, se lo agradezco. Pero de verdad. Creo que voy a estar bien. —Y realmente sentía que así sería—. Quizá podría responderme a una pregunta.

—Claro —dijo Karen—. Dispara.

Reggie no estaba segura de cómo preguntar, así que simplemente lo hizo.

—¿Hay alguna camarera aquí que tenga siete hijos?

Los ojos de Karen se abrieron como platos.

—En el Blue Moose hay un total de ocho camareras que trabajan a tiempo completo o parcial. No me suena que ninguna de ellas tenga más de dos hijos, aparte de mí. Yo tengo tres. Todos mayores e independizados, gracias a Dios. —Los ojos de Karen se entrecerraron—. ¿Por qué quieres saberlo?

—Pregunto por un amigo —dijo Reggie, sintiendo que se le oprimía el pecho—. Probablemente me he equivocado de taberna. —Sabía que no. Más aún, sabía que Abe había mentido sobre que su madre trabajaba allí.

Karen ladeó la cabeza.

—El único otro restaurante del pueblo es Al's Diner, y no creo que ninguna de las camareras de allí tenga tantos hijos.

—Gracias. Siento haberla molestado con mi drama.

—No es molestia. Dos de mis hijos eran niñas. El drama venía con el lote.

Reggie rezó para que su drama no fuera tan destructivo como lo que le había pasado a ella.

—Es usted muy amable. Deben de estar orgullosos de llamarla mamá.

Karen resopló.

—Ahora lo están, pero hubo una época en que no estaban tan contentos conmigo. Los toques de queda y los castigos ayudaron a mantenerlos a raya. —La mujer entró en un cubículo, cerrándolo entre ellas.

Reggie abrió el grifo del lavabo y se echó agua fresca y fría en la cara, esperando disminuir los estragos de sus lágrimas. Cuando hubo hecho todo lo que pudo para reducir el enrojecimiento, se secó la cara y las manos con toallas de papel, se ajustó la peluca y salió del baño.

Sam estaba apoyado contra la pared del pasillo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Cuando la vio, bajó los brazos a los costados y se puso a su lado mientras ella volvía a su mesa.

—Abe mintió —susurró—. Su madre no trabaja aquí. Ninguna mujer con siete hijos trabaja de camarera en el pueblo.

Los labios de Sam se apretaron en una línea fina.

—Me lo imaginaba.

Maggie apareció con el café pedido y otra taza con agua caliente y una bolsita de té.

—He pensado que quizá le apetecería un té caliente —dijo con una sonrisa amable—. A mí siempre me ayuda cuando estoy de bajón.

—Gracias. —Reggie sumergió la bolsita de té en la taza de agua caliente. Cuando el agua estuvo lo suficientemente oscura, retiró la bolsita y removió una cucharadita de azúcar.

Sam bebía su café solo. Sin azúcar.

La camarera regresó para tomarles nota del especial de la noche: filete empanado, puré de patatas y judías verdes. Volvió varios minutos después con su comida y una sonrisa.

—Bon Appétit.

—No puedo comerme todo esto —dijo Reggie, un nudo de culpa en el estómago—. Me cuesta sentarme aquí como si no pasara nada en el mundo cuando sé que hay tanto que necesita arreglarse.

—Come lo que puedas. El resto nos lo llevaremos a casa.

Reggie sabía que había dicho «a casa» como parte de su coartada, pero la palabra de sus labios le dio una cálida sensación de seguridad que la envolvió como una manta.

Durante la siguiente media hora, comieron, haciendo comentarios sobre el tiempo, comparándolo con el que hacía en San Diego.

Como si acabaran de mudarse a Eagle Rock desde allí. De nuevo, todo parte de su tapadera.

De vez en cuando, Sam extendía la mano sobre la mesa y le acariciaba la mano que llevaba el anillo de bodas. Una descarga de electricidad recorría su sistema cada vez que la tocaba.

Reggie se preguntó si, de no estar montando un espectáculo, Sam la encontraría atractiva. ¿O pensaría, como ella… que estaba demasiado dañada y sucia para querer estar con ella?

Se tensó al ocurrírsele un pensamiento terrible. ¿Y si estaba embarazada? ¿Y si ese cabrón la había dejado encinta? ¿Y qué hombre querría asumir la responsabilidad de ser padre del engendro de un violador?

Aunque odiaría la idea de tener un recordatorio de por vida de su cautiverio, Reggie no interrumpiría el embarazo. No sería culpa del niño que el padre fuera un criminal.

La gran mano de Sam cubrió la suya.

—Para.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—¿Parar el qué?

—Te estás alterando otra vez. No puedes cambiar el pasado, pero tienes el control total de tu futuro. —Se inclinó más y susurró—. No dejes que te robe ni un minuto más de tu vida.

Ella asintió, dándose cuenta de que su pulso se había acelerado y su respiración se había vuelto entrecortada.

—Tienes razón. —Obligando a su cuerpo a calmarse, cerró los ojos, inspiró hondo y de forma constante, y exhaló lentamente. Finalmente, abrió los ojos y le dedicó a Sam una sonrisa forzada—. Estoy bien.

Para entonces, varios de los clientes de la taberna se habían levantado de sus mesas y se dirigían a la salida.

Maggie se acercó con la cuenta y la dejó sobre la mesa.

—¿Necesitan algo más?

—No, gracias. —Sam le entregó su tarjeta de crédito.

Cuando Maggie se giró hacia la caja registradora, chocó con uno de los hombres que salía, golpeándole el brazo.

Al hombre se le cayó la chaqueta que llevaba y soltó una sarta de palabrotas.

Su voz tocó una fibra en la memoria de Reggie.

Su ritmo cardíaco pasó de cero a ciento veinte en un segundo.

Dudó entre girarse para ver quién era el hombre y esconderse debajo de la mesa.

Se giró lentamente, pero todo lo que pudo ver fue la espalda del hombre mientras se agachaba a recoger su abrigo.

—Oh, lo siento —decía Maggie mientras se agachaba para ayudar.

—¡Maldita mujer torpe! —dijo el hombre lo suficientemente alto como para que todos en la taberna lo oyeran y se volvieran hacia él. Se enderezó y salió furioso, mascullando más palabrotas.

Maggie echó un vistazo a la gente que la miraba y a la puerta por donde el hombre había salido furioso.

—Disculpen, amigos.

Una mano se cerró sobre la de Reggie.

—¿Qué pasa? —preguntó Sam.

Reggie se volvió hacia él; su voz era una que siempre asociaría con calidez y seguridad. Negó con la cabeza.

—He tenido un déjà vu.

—Fuera lo que fuera, estás blanca como el papel. —Sus dedos se curvaron alrededor de los de ella—. ¿Qué lo ha provocado?

—La voz de ese hombre. Con el que Maggie ha chocado. —Su mirada capturó la de él mientras toda la trascendencia de lo que acababa de oír la golpeaba—. Sonaba igual que el Amo.