Capítulo 10
Reggie se obligó a centrarse en la difícil situación de las mujeres retenidas en el sótano del Amo.
No podía permitirse que la distrajera un grupo de niños que intentaban salir adelante por su cuenta en las colinas de las montañas Crazy.
El tiempo podría estar agotándose para Beth, Kayla, Terri y Marly, mientras que Abe tenía la situación con sus hermanos bajo control, de momento.
Tenían el ciervo para alimentarse durante una semana.
Ya había pasado una noche, y otro día completo, desde la huida de Reggie. Su mente repasaba todas las posibilidades de lo que el Amo podría haberles hecho a aquellas pobres mujeres.
Para cuando llegaron a la camioneta, su cuerpo estaba en las últimas. Estaba débil y le temblaban tanto las rodillas que no podía subirse al estribo.
Sam debió de darse cuenta, porque la cogió en brazos y la depositó en el asiento del copiloto sin decir palabra.
Se apresuró a rodear el otro lado de la camioneta, le sujetó la puerta a Grunt y luego se subió al asiento del conductor.
Pronto, estaban de vuelta por el camino de tierra hacia la carretera.
El sol se había ocultado tras la cresta de la montaña, sumiendo el camino y las colinas en oscuras sombras grises.
Estaba tan sumida en sus propios pensamientos sobre las mujeres, los niños y el Amo, que llegaron a Eagle Rock antes de que se diera cuenta de que habían viajado tanto. Al pasar por la taberna Blue Moon, su mano salió disparada, como por voluntad propia, para tocar el brazo de Sam.
Él redujo la velocidad de inmediato y aparcó en una plaza bajo el letrero de madera.
—¿Estás pensando lo mismo que yo?
Ella asintió.
—Sabes que nos hemos olvidado de preguntarle a Abe cómo se llamaba su madre.
—Esa idea también se me ha pasado por la cabeza. —Sam puso el cambio en posición de aparcamiento y se bajó. Le enganchó la correa al collar a Grunt y la ató al poste de una farola, dándole al perro el espacio justo para moverse y tumbarse—. Quieto —le ordenó.
—¿Estará bien aquí fuera solo?
—Sí. Lo dejaría en la camioneta, pero le vendrá bien un poco de aire fresco mientras comemos. No sé tú, pero yo estoy hambriento, y necesitamos reponer fuerzas para lo que venga después. Sea lo que sea.
Reggie no discutió. No le gustaba sentirse débil y sabía que gran parte de su debilidad se debía a la desnutrición de las últimas dos semanas, así como a la inactividad por haber estado encerrada en una celda a oscuras.
—Vamos, Ginnie —le guiñó un ojo—. Tenemos que comer y hacer preguntas.
—Siempre y cuando no delatemos a los niños ante las autoridades —le recordó en voz baja—. Lo prometimos.
—Sé lo que prometimos. —El gesto de Sam se agrió—. No me hace mucha gracia esa promesa, pero entiendo por qué no quieren que el Gobierno se involucre. Con tantos hermanos, la única opción sería separarlos en varias casas de acogida.
Reggie asintió.
—Abe carga con demasiada responsabilidad para su edad.
—Vayamos por partes —dijo Sam—. Pero al menos podemos resolver un misterio mientras comemos, cosa que tenemos que hacer de todas formas. —La cogió de la mano y la guio al interior de la taberna, donde esperaron a que les dieran mesa.
Una joven y guapa morena los acompañó a su mesa. Mientras se sentaban, la joven les dio la carta y les informó de los platos del día.
—Si tienen alguna pregunta, su camarera podrá responderla. —Con una sonrisa, dejó a Sam y Reggie para que examinaran la lista de platos que ofrecía la taberna.
Una camarera se detuvo en seco junto a su mesa y se sacó un lápiz de detrás de la oreja y una libreta del delantal.
—Hola, soy Maggie. Seré su camarera esta noche. ¿Qué les pongo para beber?
—Me siento mal por no pedir una cerveza, pero ¿podría traerme un café? ¿Solo? —preguntó Sam.
Maggie sonrió.
—Claro que sí. —Se volvió hacia Reggie—. ¿Y usted?
Después de haber estado cautiva en el sótano de la casa de un loco, estar sentada en una taberna con una joven alegre sonriéndole y preguntándole qué le apetecía beber le pareció de repente tan surrealista que la abrumó.
—Lo siento. —Se apartó de la mesa y corrió en dirección a lo que esperaba que fuera el baño.
A sus espaldas, oyó a Maggie decir:
—¿He dicho algo que no debía?
A Reggie no le importó; tenía que escapar antes de sufrir una crisis nerviosa delante de todo el mundo en la taberna.
Abriéndose paso a trompicones hasta el baño de señoras, finalmente logró cruzar la puerta y meterse en uno de los cubículos antes de que las lágrimas brotaran.
El corazón se le aceleró y el pulso le martilleaba con tanta fuerza en los tímpanos que no podía oír sus propios pensamientos.
No es que su cerebro estuviera hilando ninguna idea coherente.
Durante varios largos momentos, Reggie permaneció en el cubículo del baño, sollozando e intentando controlar las lágrimas, la respiración y su desastrosa vida. ¿Volvería a sentirse normal alguna vez?
La puerta del baño se abrió y se cerró.
Reggie contuvo a duras penas el sollozo que le subía por la garganta y casi se ahogó. Se quedó quieta, rezando para que quienquiera que hubiera entrado se fuera rápidamente, para poder continuar su ataque de pánico en soledad.
—¿Reggie? —dijo una voz masculina desde el otro lado de la puerta del cubículo—. Sé que estás ahí. Sal y habla conmigo.
El sollozo se le escapó de los labios en un sonido ahogado. Reggie no podía moverse. No lo haría.
En un tono más suave, Sam dijo:
—Tranquila, solo soy yo. Abre la puerta.
Reggie se secó las lágrimas que le corrían por la cara y alcanzó el cerrojo, deslizando el pestillo de metal.
La puerta se abrió.
Sam metió la mano, la cogió con delicadeza y la sacó del cubículo para estrecharla entre sus brazos.
Reggie apoyó la mejilla en su pecho y dejó que las lágrimas fluyeran.
Él la abrazó con cuidado, sin aplicar demasiada presión, pero la justa para hacerle saber que estaba allí para ella.
Al cabo de unos minutos, las lágrimas amainaron, al igual que su pulso.
—Lo siento. No sé qué me pasa.
—Has pasado por un infierno. Pensaría que algo te pasa si no te vinieras abajo de vez en cuando. —Le levantó la barbilla y la miró a los ojos—. Todo va a salir bien. Vamos a encontrarlo a él y a las mujeres. Nadie volverá a tratarte como él lo hizo, nunca más.
—¿Cómo puedes estar… tan seguro? —murmuró entre hipos.
—Porque no dejaré que nadie te haga daño. —Se inclinó hacia ella y le dio un beso en la frente—. Ningún hombre debería tratar tan mal a una mujer. Ese cabrón lo pagará. —Le pasó el pulgar por la mejilla, secando los rastros de sus lágrimas. Luego le besó la mejilla.
Reggie giró la cara para que los labios que besaban su mejilla rozaran su boca.
Sam le sujetó el rostro con las manos y posó sus labios sobre los de ella en un beso tan suave que pareció el aleteo de una mariposa.
Ella se puso de puntillas, queriendo más, profundizando el beso bajo sus propios términos.
Aún sujetándole las mejillas entre las palmas, Sam dejó que ella marcara el ritmo y la intensidad del beso.
En conflicto por los pensamientos de lo que había sucedido a manos del Amo y lo que estaba ocurriendo ahora, Reggie no sabía si debía apartarse o agarrar la camisa de Sam y aferrarse.
Él no la estaba forzando, y la soltaría si ella mostraba cualquier signo de angustia.
Quizás fue eso lo que la hizo inclinarse más, hasta que su cuerpo se presionó por completo contra el de él.
Cuando sintió el bulto duro bajo la bragueta de sus vaqueros, la sacudida la arrancó de la fantasía sensual en la que había caído y se apartó.
—Lo siento. No puedo. No debería… —Se llevó los nudillos a la boca y luchó contra más lágrimas.
—No, Reggie. —Sam le cogió las manos y la miró a la cara—. No lo sientas. No debería haberte besado. Has pasado por demasiado. Besarte estaba fuera de lugar. —Le sujetó las manos—. No volveré a hacerlo.
Ella negó con la cabeza y susurró:
—¿Y si quiero que lo hagas?
Él sonrió.
—Entonces tendrás que iniciarlo tú.
Se mordisqueó el labio inferior por un segundo, inspiró hondo y soltó el aire.
—Solo quiero sentirme normal. —Reggie se puso de puntillas y presionó sus labios contra los de él, cerrando los ojos al hacerlo. Cuando él no respondió, abrió los ojos—. Solo que besarte no me hace sentir normal.
Sam se rio entre dientes y apoyó las manos en su cintura.
—No sé si tomármelo como un insulto o como un cumplido.
Ella lo miró, deseando que su mundo dejara de girar fuera de control.
—Me haces sentir mejor que normal. —De nuevo, se puso de puntillas y presionó sus labios contra los de él.
Esta vez, las manos de él se apretaron alrededor de su cintura, y sus labios cubrieron los de ella, devolviendo la misma presión.
Reggie suspiró, abriéndose a él, su lengua pasando entre sus dientes, buscando y acariciando la de él.
Los brazos de él se elevaron para rodearla, atrayéndola hasta que sus cuerpos se fundieron.
Reggie le pasó los brazos por el cuello, sus dedos entrelazándose en su pelo.
Deseaba ese beso y no quería que terminara.
No se parecía en nada a lo que el Amo le había impuesto.
Besar a Sam era todo lo que un beso debía ser.
Suave, duro, insistente, tierno, sensual y absorbente.
Cuando salió a tomar aire, no se sintió sucia, maltratada ni como si necesitara enjuagarse la boca con lejía.
Sam era un hombre de verdad que no necesitaba forzar a una mujer para hacerle el amor. Ella iría por voluntad propia.
La puerta del baño se abrió y una mujer de mediana edad con uniforme de camarera empezó a entrar, los vio y se detuvo.
—¡Oh! Perdón. —Retrocedió fuera del baño y la puerta se cerró de golpe.
Sam apoyó la frente contra la de ella.
—Supongo que será mejor que salgamos de aquí antes de que la dirección nos eche.
Reggie asintió.
—Un minuto. Quiero lavarme las manos y la cara.
—Estaré justo aquí fuera esperando. —Sam la dejó sola en el baño.
La mujer que había entrado un momento antes volvió a pasar cuando Sam se fue. Se rio.