SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 8
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Capítulo 8

A cada movimiento que hacía, sentía el frío y duro metal de la pistola contra el costado y la cara interna del brazo.

Saber que tenía un arma no la hacía sentirse más segura que cuando no la tenía.

Quizá cuando aprendiera a usarla, ganaría cierta tranquilidad.

Hasta entonces, tendría que acostumbrarse a la sensación de que era incómoda y difícil de manejar.

Vaya, a lo mejor esa sensación no mejoraba nunca.

Aun así, tener algo con que protegerse a sí misma y a los demás era mejor que no tener nada. Podía soportar una pequeña incomodidad.

Sam inclinó la cabeza hacia las escaleras.

—¿Lista?

Ella asintió.

—Oh, espera —dijo Sadie—. Tengo una cosa más que necesitas añadir a tu disfraz.

—Con la mano que tenía libre, rebuscó en el bolsillo y sacó una sencilla alianza de oro.

Se la tendió a Reggie—. No es nada del otro mundo, pero es una alianza de boda.

Y si quieres que la gente crea que estáis casados, de verdad que tienes que llevar una.

Todo se reduce a lo que la gente espera ver.

Reggie frunció el ceño.

—No puedo aceptar esto.

—No pasa nada —dijo Sadie—. Era de mi madre. No le gustaba llevar joyas caras. Le encantaba cocinar y no quería que un diamante grande le estorbara para amasar o fregar ollas y sartenes.

—Pero es de tu madre. —Reggie negó con la cabeza—. No puedo.

—Si no llevas un anillo, la gente no se creerá que estáis casados de verdad. Aunque les enseñes un certificado de matrimonio. —Sadie le puso el anillo en la palma de la mano y le cerró los dedos sobre él—. Creo que te quedará bien.

Reggie abrió la mano y se quedó mirando la sencilla alianza de oro.

Sam le cogió el anillo y le tomó la mano izquierda.

—Sadie tiene razón. La gente dará por hecho que estamos casados en cuanto nos vean juntos y a ti con una alianza en el anular. —Le deslizó el anillo en el dedo y sonrió—. Juro solemnemente ser el mejor marido de pega que puedas tener y protegerte de cualquier daño en la medida de mis posibilidades.

Se le aceleró el pulso y un calor le recorrió el cuerpo ante las palabras que Sam había pronunciado en voz baja.

—Y yo prometo ser tu mejor esposa de pega… Ah, y no olvidar tu nombre.

Él sonrió de oreja a oreja y le llevó la mano a los labios para besarle los nudillos.

—Ya está. Casados, y ha sido bastante indoloro, si quieres que te diga la verdad. —Le guiñó un ojo.

Reggie sonrió, aunque su sonrisa se desvaneció al pensar en lo que tendrían que superar para casarse de verdad.

O, más bien, lo que ella tendría que superar.

Tras haber sido violada varias veces por el Amo, no estaba segura de poder volver a disfrutar del sexo alguna vez.

No quería volver a encontrarse nunca en la situación de estar atrapada bajo un hombre, forzándola.

Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar las imágenes grabadas a fuego en su memoria.

Sam le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—No pasa nada. No dejaré que nadie te haga daño —susurró él.

¿Cómo sabía lo que estaba pensando? Levantó la vista hacia los ojos de Sam.

Su instinto le decía que él nunca sería el tipo de hombre que fuerza a una mujer.

Había sido un caballero todo el tiempo que la había estado cuidando.

La había tratado con cuidado y preocupación.

Sam era el tipo de hombre que, si no estuvieran en circunstancias tan extremas, podría hacer que quisiera salir con él y, con el tiempo, dejar que la tocara íntimamente.

—Gracias —respondió, se dio la vuelta y los guio fuera del sótano y a través del enorme salón hasta la puerta principal. Grunt estaba tumbado en el porche, al sol. Cuando salieron, se incorporó, se estiró y se acercó al trote para colocarse junto a Sam.

Una vez fuera, Reggie inspiró profundamente y soltó el aire junto con parte de la tensión que, sin saberlo, le había estado oprimiendo los hombros mientras estaban en el sótano que era la sala de guerra de los Brotherhood Protectors.

Volvió a inspirar hondo como si no pudiera saciarse.

Sam le puso una mano en la parte baja de la espalda.

—¿Estás bien?

Ella asintió.

—No creo que vuelva a gustarme estar en un sótano, por muy bonito o bien iluminado que esté. Sigue estando bajo tierra.

—Y te hace sentir atrapada. —Sam asintió—. Intentaré recordarlo y evitar llevarte allí en el futuro.

Ella negó con la cabeza.

—No te preocupes por mí. Necesitábamos ver lo que Swede había encontrado. Y lo que nos ha enseñado nos da un punto de partida, que es más de lo que teníamos antes de llegar aquí.

Sam abrió la puerta del copiloto de su camioneta para que Reggie subiera.

—Con suerte, Kujo y Molly tendrán algo de suerte explorando el río con el dron.

—Mientras tanto, me gustaría explorar un poco por mi cuenta, a pie —dijo Reggie mientras se subía al asiento.

—No te alejes mucho —dijo Sam con el ceño fruncido—. Recuerda que anoche tuviste fiebre. No querrás acabar con una recaída.

—Me siento mejor por momentos. —Se dio unas palmaditas en las galletas que tenía en el bolsillo—. Y tengo azúcar extra para darme energía un rato.

Sam rodeó el capó de la camioneta y abrió la puerta trasera para Grunt. El pastor alemán saltó al asiento de atrás.

Tras cerrar la puerta, Sam se acomodó al volante.

Mientras se dirigían al pueblo, Reggie observaba el paisaje.

—He vivido en Bozeman casi toda mi vida, y he estado en Yellowstone, en los Teton y en el Parque Nacional de los Glaciares, pero no recuerdo haber pasado nunca cerca de Eagle Rock.

Sam inclinó la cabeza hacia las colinas que tomaban el sol del mediodía, con las cimas aún cubiertas de neveros.

—Hank me ha dicho que esas son las Crazy Mountains. Él creció cerca de aquí.

—¿Pero tú no? —preguntó Reggie.

—No. Yo crecí en California, cerca de San Diego.

—¿Y cómo es que un chico de San Diego acaba viviendo en el frío norte? —Le dedicó una sonrisa torcida—. Te das cuenta de que en invierno llegamos a estar muy por debajo de cero, ¿verdad?

—He oído decir —dijo él, con una sonrisa asomando por la comisura de los labios. Redujo la velocidad para tomar una curva cerrada—. He estado antes en climas fríos.

Reggie resopló.

—Fríos, sí. ¿Pero has estado a cuarenta y cinco grados bajo cero con una sensación térmica de cincuenta y tres bajo cero?

—No exactamente. Pero seguro que puedo soportarlo.

—No mucha gente que ha vivido siempre en los climas cálidos del sur aguanta mucho tiempo aquí arriba —advirtió Reggie.

Él se rio entre dientes.

—No te preocupes. No me asusto fácilmente por un poco de mal tiempo.

Ella se cruzó de brazos sobre el pecho y miró al frente, asintiendo, con una sonrisa burlona tirando de sus labios.

—Ya. Ya veremos.

—Vine aquí por el trabajo. Pero más por la Hermandad.

Reggie se giró para mirarlo.

—Hank y tú habéis mencionado a los Brotherhood Protectors. ¿Qué es eso?

—A Hank lo retiraron por motivos médicos de los Navy SEAL y volvió a su casa en Montana porque su padre necesitaba ayuda en su rancho. Se reencontró con su novia del instituto.

—¿Sadie McClain es su novia del instituto? —Reggie negó con la cabeza—. Vaya. Es un dato interesante.

—Hank dijo que a Sadie la estaban acosando y aterrorizando. Alguien intentaba matarla. Hank se pegó a ella como una lapa y pronto descubrió que la cuñada de Sadie estaba celosa de ella y trataba de matarla.

—Vaya. No lo sabía. ¿Cómo es que no lo vi en las noticias?

—Hank y Sadie quisieron proteger a su hermano.

Él no estaba implicado. La exmujer está ahora en la cárcel.

—Sam continuó—: El caso es que Hank se dio cuenta de que Montana se había convertido en un lugar de escape para los ricos.

Y los ricos traen consigo sus propios problemas y la necesidad de protección.

Fundó los Brotherhood Protectors para ofrecer un servicio de seguridad a gente que necesita ayuda y no sabe a quién recurrir.

—Como yo.

Él asintió.

—Como tú.

—¿De dónde saca gente en la que pueda confiar para hacer el trabajo y que no se corrompa? —preguntó Reggie.

—Lo forma con hombres altamente entrenados en armas y técnicas de combate.

Hombres que saben pensar con rapidez y que harían cualquier cosa para proteger a aquellos de los que son responsables.

Contrata a exmiembros de operaciones especiales de los Navy SEAL, la Delta Force, los marines y los Rangers.

—Hombres con importantes habilidades en combate y defensa personal —dijo Reggie—. Vaya. Estoy impresionada.

—No solo tiene hombres cualificados, sino que les da un lugar donde trabajar, usando las habilidades que tanto les ha costado adquirir. Algunos dejan el ejército, como Hank, al ser retirados por motivos médicos. Otros, como yo, buscamos empezar a vivir fuera de una zona de guerra.

Al acercarse a Eagle Rock, Reggie bajó el parasol y comprobó su disfraz en el espejo. Se ajustó la peluca oscura y se colocó las gafas de sol sobre los ojos.

—No te preocupes —dijo Sam—. No te pareces en nada a la mujer que encontré en la orilla del río.

—Bien. —Estudió las casas y las calles mientras pasaban junto a varios edificios.

Uno tenía un cartel que lo proclamaba como la Blue Moose Tavern.

Más adelante había un edificio con el letrero de la Oficina del Sheriff.

Al salir del pueblo, pasaron junto a una escuela de primaria con coches aparcados delante.

—Es un pueblo pequeño y bonito —comentó Reggie—. Cuesta pensar que un violador en serie viva aquí o cerca. Y que ninguna de las mujeres que tiene cautivas sea de aquí.

—Parece que no quiere atacar a mujeres demasiado cerca de donde vive —dijo Sam.

Salieron por una carretera que llevaba al oeste del pueblo y pronto se desviaron por una carretera asfaltada más estrecha. Unos cuantos kilómetros más allá, Sam giró a la izquierda por un camino de tierra que se fue volviendo cada vez más accidentado.

—No recuerdo nada de que me sacaras de aquí —dijo Reggie.