Capítulo 5 #2
La primera vez que la subió a la casa grande, le había atado las manos con bridas para que no se defendiera.
Ella esperó a salir del sótano y entonces le dio una fuerte patada en la espinilla y corrió hacia la puerta principal.
No había llegado lejos cuando la alcanzaron en la espalda las puntas de una táser.
Cayó de bruces al suelo y se quedó allí, convulsionando.
Completamente incapacitada, había sufrido la violación de su cuerpo.
La siguiente vez que la subió, le recordó lo que había ocurrido la última vez.
Blandiendo la táser, la condujo a su dormitorio y cerró la puerta de una patada a sus espaldas.
Mientras él pateaba la puerta con el pie, Reggie había apuntado con cuidado y le había dado una patada en los huevos.
Luego le había quitado la táser de la mano de otra patada.
Por desgracia, él había caído de rodillas delante de la puerta.
Ella corrió al baño y se encerró dentro.
Mientras él aporreaba la puerta, buscó algo para cortar las bridas de plástico que le ataban las muñecas.
No había nada lo bastante afilado para cortar el plástico.
Para cuando se dio cuenta, la puerta se abrió de golpe y el Amo apareció con la llave en una mano y su táser en la otra.
Se agachó, pero no lo bastante rápido. Las puntas la alcanzaron en el pecho y cayó como un saco de patatas sobre las frías baldosas del suelo del baño.
Una vez más, no pudo hacer nada para defenderse. Durante todo el tiempo que él la violó, rezó para morir. Y si no lo hacía, juró vengarse del cabrón. De alguna manera, se liberaría y volvería para hacerle pagar lo que le había hecho a ella y a las otras mujeres que retenía en su sótano.
Sam se interpuso ante ella, sosteniendo un plato lleno de huevos, beicon y tostadas. —Oye. ¿Estás bien?
Ella se libró de los recuerdos y asintió.
Sam frunció el ceño, aparentemente poco convencido. —Siéntate antes de que te caigas.
—No estoy tan débil —protestó, pero hizo lo que él le sugirió y se sentó en una de las dos sillas de la mesita.
Le puso el plato de comida delante y volvió a los fogones a por el otro. Lo dejó en la mesa, cogió dos tazas de lata de un estante de la pared y las llenó con leche del frigorífico.
Durante todo ese tiempo, Reggie se quedó mirando la comida que tenía delante, salivando, esperando a que Sam se sentara en la silla de enfrente.
—No tenías por qué esperar —dijo él—. Come.
Ella cogió el tenedor y se lanzó a los huevos, metiéndoselos en la boca como si fuera su última comida.
Después de lo que había pasado, no daba por sentada ninguna comida.
Tampoco daba por sentada su libertad. Nunca más dejaría que un hombre le hiciera lo que el Amo le había hecho.
Antes mataría a su agresor o moriría en el intento.
El problema era que le habían disparado con la táser antes de que pudiera hacer mucho para defenderse.
Luego la habían dejado inconsciente con algún tipo de droga.
Aunque hubiera querido, no habría podido defenderse.
Lo mejor que había podido hacer fue dejar de comer y cavar para salir de su infierno.
La comida que acababa de ingerir le pesaba como calcetines mojados en la boca del estómago, recordándole que había otras mujeres retenidas como ella, encerradas en celdas frías y húmedas, violadas y maltratadas por un monstruo.
Sam alargó la mano por encima de la mesa y cubrió la de ella con la suya.
—Si quieres ayudar a las demás, tienes que ser capaz de ayudarte a ti misma.
Necesitas darle combustible a tu cuerpo para tener la fuerza necesaria para enfrentarte a quienquiera que te haya capturado y retenido contra tu voluntad.
Ella asintió y se apretó el vientre con una mano. —Sé que tienes razón. Pero no me parece bien atiborrarme de comida cuando las demás se mueren de hambre y sufren abusos.
—Comerían si tuvieran la oportunidad. No dejes que se te revuelva el estómago. Tienes que ponerte lo bastante bien para ayudarme a encontrarlas —le apretó suavemente los dedos y levantó su tenedor—. Cuando terminemos de desayunar, llamaré a Hank a ver si ha averiguado algo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. —Ojalá supiera más. El Amo nunca dijo su nombre. Llevaba una máscara y no nos permitía hablar ni hacer preguntas. Cuando una de las chicas lloraba, la golpeaba con la picana eléctrica. Aprendimos rápidamente a guardarnos las lágrimas y las preguntas.
Bajó la vista a su tenedor lleno de huevos y dio el bocado. Sam tenía razón. Para ayudar a las demás, tenía que ser fuerte.
Pronto, su plato estuvo vacío y su estómago lleno. Dejando el tenedor a un lado, levantó la vista hacia Sam. —Estoy lista para empezar a buscar.
Él se terminó el último bocado y asintió. —Primero, tenemos que conseguirte algo de ropa. No puedes ir por ahí vestida así.
Ella sacudió la cabeza, frunciendo el ceño. —No pueden verme. Si el Amo se entera de que no estoy muerta…
—Ya se nos ocurrirá algo —llevó su plato y el de ella al fregadero y los puso bajo el agua.
Reggie se puso en pie y se unió a él, cogiendo un paño de cocina. —Tú friegas y yo seco.
El simple acto de fregar los platos le pareció tan normal
que la hizo sentir culpable. No tardaron mucho, pero aquello no los llevaba a la casa del Amo para liberar a las demás.
Sam le quitó el paño de cocina y se secó las manos. —Sé que estás ansiosa por empezar. Esperaba tener noticias de Hank antes de que saliéramos a buscar.
Como si fuera una señal, llamaron a la puerta.
Los ojos de Reggie se abrieron de par en par y el corazón le dio un vuelco. Se hizo a un lado de la puerta y se pegó a la pared, fuera del paso e invisible para cualquiera que pudiera entrar.
—¿Sam? —llamó una voz masculina—. Soy yo, Hank.
Sam abrió la puerta y dejó entrar a su jefe.
Una ráfaga de aire fresco entró en la acogedora cabaña junto con Hank.
—Sadie me ha mandado con cosas que pensó que quizá necesitaríais —llevaba un fardo de ropa en los brazos. Miró alrededor de la habitación y finalmente vio a Reggie—. Ah, bien, está levantada y se mueve. A Sadie le alegrará saberlo.
Reggie asintió. —Por favor, dele las gracias por la sopa y la medicina.
Hank asintió. —Lo haré. Por cierto, soy Hank Patterson. ¿Y usted es?
—Reggie McDonald —dijo ella.
—Encantado de conocerla —le tendió el montón de ropa—. Esto es para usted. Sadie supuso que le vendría bien algo de ropa, ya que no tenía nada cuando Sam y Grunt la encontraron.
A Reggie se le arrebolaron las mejillas mientras cogía las prendas que le ofrecía. Un torrente de calor le llenó el pecho. —Ha sido muy amable por su parte pensar en mí.
—Se quedó horrorizada al saber lo que le había pasado.
Me dijo que le dijera que si necesita cualquier cosa, no tiene más que pedirlo.
Estará encantada de ayudar —Hank sonrió—.
Habría venido ella misma, pero por ahora no tenía con quién dejar a Emma —Hank se giró hacia Sam—.
He puesto a Swede a buscar en los registros de la propiedad desde donde encontraste a Reggie río arriba.
No muy lejos de allí hay una bifurcación en el río.
Buscará en ambos brazos. Ayudaría saber más sobre la topografía del terreno alrededor de la casa donde estuvo retenida.
Reggie negó con la cabeza. —No recuerdo mucho. Pero lo que sí sé es que la casa estaba situada en una colina. Cavé para salir del sótano porque daba a la ladera de una colina.
—¿Recuerda cuánto corrió hasta llegar al río? —preguntó Hank.
Ella negó con la cabeza. —Lo único que sé es que tenía que alejarme de él y de sus rottweilers. Tenía dos.
—¿Te atacaron? —preguntó Sam.
Ella negó con la cabeza. —No. Escapé antes de que pudieran alcanzarme.
Las cejas de Sam se dispararon. —¿Cómo lo hiciste?
Reggie se encogió de hombros, el momento volvió a su memoria, haciéndole temblar las rodillas. —Los perros estaban casi encima de mí. Mis únicas dos opciones eran rendirme y volver con ellos o saltar por un acantilado —su mirada se encontró con la de Sam—. Salté.