Capítulo 5
La luz se colaba por una ventana de cristal, filtrándose por el resquicio de sus párpados y despertando a Reggie.
La cama era muy blanda, las sábanas estaban frescas y limpias, y por primera vez desde que la habían secuestrado, sentía calor.
El aroma a humo de leña le daba la sensación de estar en casa, aunque sabía que no era así.
Se estiró y se apartó el pelo de la cara, notando lo sucio que estaba. Necesitaba una ducha, la oportunidad de limpiarse de la piel la suciedad de las últimas dos semanas. ¿Volvería a sentirse limpia alguna vez, después de lo que había soportado a manos del Amo?
Cuando se giró sobre un costado, una larga lengua rosada salió disparada y le lamió la mejilla.
El perro al que Sam había llamado Grunt estaba sentado junto a la cama, con la barbilla apoyada en el colchón. Volvió a sacar la lengua y todo su cuerpo se movía al compás de su larga cola. El pastor alemán parecía sonreír, si es que los perros pueden sonreír de verdad.
Reggie alargó la mano y le rascó detrás de las orejas. Cuando se giró para ponerse boca arriba, vio pelo oscuro en la cama junto a ella.
Sam se había quedado dormido con el trasero en la silla junto a la cama y la cabeza sobre el colchón, a la altura de su cadera.
Resistió el impulso de tocar aquel pelo oscuro y sentir los mechones bajo las yemas de sus dedos. Ese hombre le había salvado la vida.
Grunt le dio un empujoncito en la otra mano, recordándole que él había sido quien la había encontrado. En su mente febril, había pensado que Grunt era un lobo. Con lo grande que era el pastor alemán, podía ser tan peligroso como un lobo.
Reggie sonrió. El animal solo quería que le rascaran detrás de la oreja y, posiblemente, que le dieran de comer.
Recorrió con la mirada la habitación, tenuemente iluminada por la luz que se abría paso a través de las ventanas a ambos lados de la puerta de madera.
No había mucho en la estancia, pero tenía todo lo necesario para vivir cómodamente, desde una pequeña cocina americana con fogones, fregadero y frigorífico, hasta una mesa y sillas de madera tosca, un único sofá de cuero marrón, un pequeño armario y una cama.
Reggie supuso que la puerta del rincón llevaba a un cuarto de baño.
Se deslizó por debajo de las sábanas y el edredón y dejó colgar las piernas por el lado de la cama opuesto a Sam.
No quería que se repitiera lo de la última vez que había intentado levantarse.
Con Sam dormido, él no estaría allí para sujetarla si se caía.
La idea de sus manos grandes y capaces sujetándola la hizo sentir un calor por todo el cuerpo y en lugares en los que no esperaba volver a sentirlo.
Pensar en el porqué la volvió a dejar helada.
El Amo la había utilizado y había abusado de ella de las peores formas posibles.
Como estaba haciendo con las otras mujeres cautivas bajo su casa.
Un escalofrío le recorrió la piel. Se sentía sucia.
Sí, estaba sucia por haber corrido por el bosque, por haberse caído al río y por haber estado tumbada en las orillas fangosas.
El tipo de suciedad que sabía que no se iría con agua era el que tardaría años en superar.
Aun así, deseaba una ducha más que su próxima comida.
Cuando estuvo razonablemente segura de que no se desmayaría, se puso en pie con cuidado y se quedó quieta un buen rato.
No le dio vueltas la cabeza ni se tambaleó.
Aunque tenía las piernas débiles, podía cruzar la habitación hasta el baño.
Una vez dentro, fue al servicio, se lavó las manos y se miró en el pequeño espejo que había sobre el lavabo.
¡Madre del amor hermoso, qué aspecto tan horrible tenía!
Tenía la cara arañada y amoratada, el pelo le caía en mechones apelmazados con trozos de hojas y palos enredados entre las hebras.
Contempló la pequeña ducha un segundo, comprobó el pestillo de la puerta y dio unas palmaditas a la mullida toalla blanca que había en la encimera.
El agua fue fácil de abrir, pero tardó unos minutos en calentarse.
Mientras tanto, se quedó de pie en el suelo de madera, con los pies y las piernas desnudas helados por el frío aire de la montaña.
Cuando el agua estuvo más que tibia, se quitó la camiseta y la colgó en un gancho tras la puerta.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no llevaba ropa interior.
Estaba desnuda cuando había huido de la casa del Amo y no le había importado.
Su objetivo había sido alejarse todo lo posible lo más rápido que pudiera.
Si estaba desnuda cuando abandonó su prisión, también lo estaba cuando Sam y Grunt la encontraron.
Se le arrebolaron las mejillas.
No podía hacer nada respecto al pasado. Así que Sam la había visto desnuda. No es que estuviera en su mejor momento. También debió de haberle puesto él la camiseta. Y su cuerpo no estaba tan embarrado después de haber estado en el río. ¿La había limpiado antes de ponerle una de sus camisetas?
A Reggie le ardieron las mejillas. Con la consciencia y la lucidez llegaron la vergüenza y la bochorno.
Levantó la barbilla. No importaba lo que Sam hubiera visto y hecho, siempre y cuando no se hubiera aprovechado de ella mientras estaba inconsciente.
Su instinto le decía que había sido un caballero y que solo había hecho lo necesario para mantenerla viva y cómoda.
Reggie se metió bajo el chorro de agua y dejó que el agua caliente barriera los restos de suciedad y manchas que había acumulado durante su carrera contra la muerte.
Se echó champú en la palma de la mano y se lo frotó en el pelo hasta formar una espuma espesa.
Luego se pasó la espuma por la cara, los hombros y los pechos.
Vertiéndose más champú en la palma, se frotó más abajo, con fuerza, en un intento de lavar la inmundicia de las manos y las partes del cuerpo de su captor.
Nunca volvería a sentirse limpia. No después de lo que había pasado.
Aquel hombre merecía que le pegaran un tiro.
Rezó por tener el placer de apretar el gatillo.
Había que parar a ese cabrón. Ya había demasiadas personas heridas por su locura.
Y las que Reggie conocía podrían no ser todas a las que había hecho daño.
Se echó un poco de acondicionador en la palma de la mano y se lo aplicó en el pelo, desenredándose los nudos con los dedos.
Cuando se hubo aclarado la mayor parte, cerró el grifo, cogió la toalla y se secó la piel a golpecitos.
Cuando terminó, se envolvió el pelo en la toalla, sintiéndose más como la Reggie que había sido antes de que la secuestraran.
Como no tenía nada más que ponerse, se volvió a poner la camiseta por encima, salió del baño y se topó con un sólido muro de músculos.
—Oh —retrocedió uno o dos pasos y clavó la mirada en los ojos de Sam—. Creía que estabas dormido.
Sam la agarró del codo para estabilizarla. —Estaba preocupado por ti —dijo—. Llevabas mucho tiempo ahí dentro.
Su mirada se apartó de la de él y se posó en el suelo y en sus propios pies descalzos. —Tenía que quitarme toda la suciedad —murmuró ella.
Él asintió. —Más bien me preocupaba que te hubieras caído. Menos mal que has salido cuando lo has hecho. Estaba a punto de entrar a por ti.
Un calor le llenó el pecho y le subió por el cuello hasta las mejillas. —Es agradable que alguien se preocupe por mí. Gracias.
—Un placer —frunció el ceño—. Quizá tenga otra camiseta limpia que puedas usar.
—No hace falta. Esta servirá.
Él se dio la vuelta y rebuscó en una bolsa de lona, sacando una camiseta negra lisa. Se la tendió. Como ella no hizo ademán de cogerla, la sacudió suavemente. —En serio, sudaste en la otra cuando ardías de fiebre.
Ella arrugó la nariz. —Visto así… —cogió la camiseta—. Gracias. Y gracias por rescatarme del río.
Sam gruñó una respuesta y se dirigió al frigorífico. —¿Qué te gusta para desayunar? Sadie ha llenado el frigorífico de huevos, beicon y sopa. Hago unos huevos fritos de miedo, o puedes tomar un poco de la sopa que trajo anoche.
—Los huevos estarían bien. ¿Quieres que los haga yo?
Negó con la cabeza. —De esto me encargo yo. Puede que no sepa cocinar nada más, pero sé hacer un huevo y un filete. Aunque mi preferencia para el filete es hacerlo a la parrilla —sacó un cartón de huevos del frigorífico y lo dejó en la encimera, junto a los pequeños fogones.
Reggie volvió al baño, se quitó la camiseta que llevaba y la sustituyó por la negra y limpia. Olía a colonia o loción para después del afeitado de hombre, como Sam. Le gustaba su aroma amaderado. Le recordaba a su padre cuando llevaba a su madre a una cita.
El Amo había usado colonia. No olía a nada parecido a esto. La suya tenía un olor fuerte y dulce que le revolvía el estómago cada vez que se le acercaba. Nunca le había visto la cara porque llevaba un pasamontañas cada vez que la subía a la casa grande. Pero lo reconocería por su olor.
Una vez que se puso la camiseta negra y limpia, salió del baño. Le gustaría tener ropa interior, pero una camiseta era más de lo que había tenido en semanas. No se quejaría.
El aroma del beicon friéndose hizo que le rugieran las tripas con fuerza.
Reggie se apretó el vientre hundido con una mano.
Había perdido peso durante su cautiverio.
El Amo solo les daba de comer una vez al día.
Y entonces era avena o cereales secos. Las proteínas no formaban parte de su dieta.
A veces, cuando se llevaba a una de ellas arriba, le dejaba comer las sobras de su mesa, si estaba de buen humor.
La mayoría de las veces, solo las subía para una cosa, y si no cooperaban, les daba una descarga con la picana eléctrica o una táser.