Capítulo 2
—Bueno, Talon, bienvenido a los Brotherhood Protectors —dijo Hank Patterson, tendiéndole la mano con una sonrisa—. Me alegro de tenerte a bordo.
Sam «Talon» Franklin le estrechó la mano a su nuevo jefe.
—Gracias, Hank, por confiar en mis capacidades. Espero estar a la altura de tus expectativas.
—Si no pensara que puedes hacer el trabajo, no te habría contratado —dijo Hank—.
Siendo un Navy SEAL, sé que tienes los ingredientes clave necesarios para asumir cualquier encargo que pueda presentarse con los Brotherhood Protectors.
Siempre nos viene bien un experto en armas que además sea bueno en el combate cuerpo a cuerpo.
Creo que encajarás perfectamente en el equipo.
La flexibilidad y la capacidad de tomar el mando en situaciones difíciles te serán muy útiles en este trabajo, como lo fueron en tus días de SEAL.
Sea cual sea la misión, estás preparado para el desafío —negó con la cabeza—.
Nos llegan todo tipo de encargos. Unos más emocionantes que otros.
—Estoy deseando empezar mi primera misión —dijo Sam—. Supongo que debería usar Sam, ahora que ya no formo parte de los Navy SEAL.
—Tomado nota. —Hank asintió—. Estoy revisando nuestras solicitudes más recientes. Tendré algo para ti para cuando vuelvas de tu viaje de pesca. —Echó un vistazo a la pequeña cabaña—. ¿Será suficiente este viejo pabellón de caza para ti y tu perro hasta que encuentres un alojamiento más adecuado?
—Es perfecto. Lo bastante pequeño como para que no me lleve mucho tiempo limpiarlo.
Tiene una cama, que siempre es mejor que el duro y frío suelo, electricidad, una nevera y calefacción.
Y lo más importante… está apartado, así que Grunt y yo tendremos toda la privacidad y la tranquilidad que podamos soportar.
—Sam sonrió—. Dile a tu mujer que le agradecemos que nos la encontrara. Nos irá de maravilla.
—A Sadie le gusta ayudar cuando está de descanso de su trabajo. Ahora mismo está en medio de un parón de dos meses y se está subiendo por las paredes.
—He visto algunas de sus películas. Tiene mucho talento —dijo Sam—. ¿No te pones celoso cuando besa a otros actores?
Hank asintió.
—Como un loco. Pero siempre vuelve a casa conmigo y con Emma. Sé lo mucho que me quiere, y yo la quiero más que a mi propia vida.
A Sam se le oprimió el pecho. Prácticamente había perdido la esperanza de encontrar alguna vez un amor así. Sencillamente, no estaba escrito en su destino.
—Basta de hablar de mí y de mi familia. Tienes unas vacaciones que empezar.
—Sacó un dispositivo de la bolsa que había llevado a la cabaña—.
Por fin tenemos teléfonos por satélite. La cobertura de los móviles puede ser inexistente por aquí.
Swede, nuestro informático, estará al cargo del teléfono por satélite mientras esté en la oficina.
Si necesitas localizarme, él me pasará el mensaje.
Pero no lo necesitarás hasta que empieces a trabajar.
Venga, vete. —Hank hizo un gesto hacia la puerta—.
Sadie llenó la pequeña despensa con algunas conservas, abasteció la nevera y el congelador con carnes, verduras, leche, zumo y cerveza.
Y te ha puesto sábanas limpias en la cama para cuando vuelvas de tu viaje de pesca.
Sam negó con la cabeza.
—Recuérdame que se lo agradezca. Ha hecho mucho más de lo que podría haber esperado.
—Queríamos que tuvieras una transición tranquila a tu nuevo trabajo y a tu nueva vida. Si necesitas cualquier cosa, no tienes más que pedirla.
—Gracias —dijo Sam—. Agradezco todo lo que has hecho por mí.
Hank dio una palmada.
—¿Hablaste con el proveedor que te dije que probaras?
Asintiendo, Sam salió de la cabaña al porche.
—Sí. Me ha equipado con toda la parafernalia asociada a la pesca con mosca. Ahora solo tengo que acordarme de cómo se hace.
—No tiene ninguna ciencia. Simplemente, haz lo que te parezca natural. —Hank soltó una risita—. De todos modos, los peces no siempre siguen las reglas.
—¿Estás seguro de que no me necesitas para la próxima semana? —preguntó Sam, esperando a medias que Hank lo pusiera a trabajar de inmediato.
—No. Vete. Disfruta de tu permiso. Te pondremos a trabajar antes de que te des cuenta. —Hank le dio una palmada en la espalda a Sam—. Nos vemos en una semana. —Se subió a su camioneta y dejó a Sam de pie en el porche.
Sam no estaba seguro de cómo relajarse. Estar solo durante toda una semana sin que nadie le gritara, le disparara o lo acosara, aunque fuera de buen rollo, sería una experiencia nueva.
Una para la que no estaba seguro de estar preparado.
Ya echaba de menos a sus hermanos de armas, la única familia que había conocido durante los últimos once años, y se preguntaba si había tomado la decisión correcta al dejar la Marina y unirse al mundo civil.
Dejó la cabaña que Sadie le había encontrado y condujo hacia las montañas Crazy, siguiendo las indicaciones que el proveedor le había dado para llegar al río que le había recomendado para la pesca con mosca.
Una vez allí, descargó su equipo de la camioneta y miró a su alrededor.
El verde claro del prado cubierto de hierba contrastaba bruscamente con el verde oscuro de las ramas de los pinos contortos que trepaban por la ladera.
El río frente a él era poco profundo y serpenteaba a través de un valle idílico.
En lugar de relajarlo, la quietud y el vacío del paisaje le tensaron los hombros.
¿Y si se aburría? ¿Y si descubría que no soportaba estar solo?
¿Y si no se le daba bien la vida civil? ¿Lo readmitiría la Marina?
Sam se metió en sus vadeadores y se los subió hasta la cintura como le había enseñado el hombre de la tienda de artículos de pesca. Cogió su caña de pescar con mosca, los señuelos que había comprado y luego dejó salir a Grunt del asiento trasero de su camioneta.
El pastor alemán de color arena saltó al suelo y dio una vuelta alrededor de la camioneta antes de salir disparado hacia los matorrales.
—¡Grunt! —lo llamó Sam. No estaba muy seguro de que el perro supiera que debía quedarse cerca.
Solo llevaban tres días juntos desde que había tramitado la adopción del perro de guerra militar retirado.
Lo había recogido en San Antonio, Texas, antes de empezar el largo viaje hasta Eagle Rock, Montana, donde se había reunido con su nuevo jefe, Hank Patterson, ex-Navy SEAL y empresario.
Los dos hombres se conocían por haber servido juntos en Afganistán varios años atrás. Sam había oído hablar de la nueva empresa de Hank en servicios de protección. En un cuerpo tan pequeño y unido como los Navy SEAL, las noticias corrían.
Cuando Sam decidió que era hora de dejar la Marina, se había puesto en contacto con Hank, con la esperanza de que tuviera sitio para un combatiente más altamente entrenado.
Le prometió que podía ser reentrenado para ofrecer protección a quienes la necesitaran e incluso que podría vivir con las frías temperaturas que se daban en las montañas Crazy de Montana.
Hank le aseguró que tenía sitio para más hombres buenos en su agencia, los Brotherhood Protectors. Todo lo que Sam tenía que hacer era llegar a Eagle Rock, Montana.
Había llegado ese mismo día, se había reunido con Hank y se había enterado de lo que se esperaba de él. Como todavía estaba de permiso terminal, quería posponer su fecha de inicio real hasta que tuviera la oportunidad de desconectar de su última misión.
Sus dedos se apretaron en la caña de pescar mientras los acontecimientos de aquella misión final volvían a él en oleadas de ira, arrepentimiento y dolor.
Apartando los pensamientos de los hombres que no habían tenido la suerte de volver a casa por su propio pie y de los civiles que habían quedado atrapados en el fuego cruzado, Sam cebó su anzuelo con un señuelo vistoso, se adentró en medio del río poco profundo y lanzó el sedal de la forma en que el proveedor le había enseñado.
Movió el sedal, arrastrando el señuelo por el agua, e intentó liberar la tensión de sus hombros.
Se suponía que debía relajarse y desconectar del servicio activo.
El nuevo trabajo no empezaría hasta dentro de una semana, dándole el tiempo que necesitaba para adaptarse a la vida civil.
Sin uniformes, sin rangos, sin nadie que le disparara.
La vida sería muy diferente. Sin sorpresas.
¿Qué tan difícil podía ser ser guardaespaldas?
Un fuerte chapoteo en el agua detrás de él hizo que Sam diera un respingo. Se giró y se agachó en posición de combate, listo para enfrentarse al enemigo.
Grunt saltó por el agua, se detuvo junto a Sam y rápidamente se sacudió el agua del pelaje, salpicando a Sam donde había planeado permanecer seco.
—Oye, sacúdete lejos de mí.
Como si entendiera a Sam, Grunt se dirigió a la orilla del río y olisqueó entre los juncos hasta desaparecer entre los matorrales.
Sam negó con la cabeza. Grunt parecía tan feliz de haber sido rescatado de su perrera.
El perro había saltado a los brazos de Sam y lo había cubierto de besos babosos.
Lo recordaba de cuando habían estado juntos en Afganistán, antes de la última misión.
El sargento Tyler Bledsoe, su guía, había muerto cuando un rebelde talibán había lanzado una granada por el estrecho callejón al que los habían enviado.
El perro y el guía habían sido alcanzados por la metralla.
El chaleco protector del sargento Bledsoe no lo había salvado.
Había recibido un impacto en el cuello que le había seccionado la arteria carótida.
Se había desangrado antes de que nadie pudiera hacer nada para detener la hemorragia.