SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 1
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SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13)

SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13)

Por Elle James

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Capítulo 1

Reggie McDonald contuvo el aliento y aguzó el oído para oírlo.

Se estremeció, con el cuerpo desnudo y aterido por el aire fresco y húmedo de su prisión.

Aunque tenía la mente nublada, los pensamientos confusos y las fuerzas mermadas, sabía lo que tenía que hacer.

Cuando no oyó el sonido de unas botas en los escalones de madera que descendían al sótano de tierra, siguió cavando.

Centímetro a centímetro, arañaba la tierra de su celda, rezando para no equivocarse al suponer que la suya estaba en un extremo del grupo de celdas.

Si cavaba lo suficiente, quizá vería la luz del día y encontraría la forma de escapar del infierno en el que había estado atrapada durante lo que parecía una eternidad.

Con la taza de hojalata que le habían dado para beber, sacaba tierra de la esquina que había detrás de la puerta.

Ese pequeño espacio quedaba oculto a la vista de su captor cuando venía a darle de comer o a ponerle los grilletes para llevársela a la casa grande, donde la torturaba a ella y a las otras jóvenes que había secuestrado y retenido en la horrible mazmorra que había bajo su casa.

Si conseguía salir, buscaría ayuda para sacar a las demás y salvarlas del sociópata que las obligaba a someterse a su voluntad.

Si no hacían lo que él decía, las azotaba con una fusta o las electrocutaba con una picana para ganado.

A veces, las quemaba con la punta encendida de los puros que fumaba.

Para mantenerlas dóciles a su voluntad, drogaba su comida y su agua, lo que las dejaba débiles y aturdidas, incapaces de pensar con claridad o de defenderse.

Reggie se había percatado de lo que estaba haciendo.

No podía dejar de comer o beber por completo, pero se saltaba un día y aprovechaba ese tiempo de pensamiento semilúcido para analizar el problema y encontrar una solución.

En esos días de lucidez, actuaba como si estuviera igual de drogada cuando le ponían los grilletes y la subían por las escaleras de madera hasta la casa del Amo.

Cuando podía mirar por una ventana, había deducido que la casa estaba situada en la ladera de una colina, cuya pendiente descendía desde la parte trasera de la estructura.

Aunque las mujeres estaban atrapadas en el sótano, las paredes de tierra de su prisión no podían ser tan gruesas, sobre todo en el extremo donde ella se encontraba.

La colina descendía bruscamente por ese lado, lo que le daba la esperanza de que, si cavaba sin descanso, acabaría liberándose de su cautiverio y escapando.

Reggie rezó para estar en lo cierto y cavó más deprisa, empujando la tierra que había removido hacia los lados de las paredes y el suelo, apelmazándola para que su captor no pudiera distinguir que era tierra recién excavada.

Se detuvo de nuevo cuando un sonido atravesó la puerta de madera de su celda.

Pasos.

—Ya viene —susurró una voz. Reggie reconoció la voz de Terri.

Estaba en la primera celda, la más cercana a las escaleras.

Llevaba allí más tiempo que ninguna. Madre soltera de una niña pequeña, había aguantado todos esos días, soportando la tortura con la esperanza de volver a ver a su hija.

Últimamente, había caído en la desesperación de no escapar jamás.

Se oyeron sollozos ahogados desde otras celdas de la fila.

Reggie vació la taza, apisonó rápidamente la tierra que había sacado, se cubrió el cuerpo desnudo con su raída manta y se fue a la esquina opuesta, donde se acurrucó y fingió estar dormida.

Unas botas bajaron con estrépito las escaleras hasta el final.

Reinó el silencio, incluso los pocos sollozos cesaron mientras las mujeres contenían la respiración, rezando para que el Amo no las eligiera a ellas para subir las escaleras.

Reggie esperó, aguzando el oído. Cuando el gozne de una puerta chirrió, se preparó.

—Por favor, no. Por favor —suplicó la voz de una mujer al Amo. Era Beth, una joven universitaria que había sido capturada de camino a casa después de una clase nocturna—. No me hagas daño —lloró.

—Cállate y muévete —resonó la áspera voz del Amo en la oscuridad.

—No, por favor. No puedo. —Al agudo crepitar de una descarga eléctrica le siguió un grito.

Reggie hizo una mueca y se mordió la lengua con fuerza para no gritarle al hombre por hacerle daño a Beth.

No podía llamar la atención. No ahora. No cuando el agujero que había estado cavando ya medía sesenta centímetros de ancho y otros tantos de profundidad.

Si se llevaba a Beth a la casa, estaría distraído el tiempo suficiente para que Reggie pudiera por fin abrirse paso.

Beth lloraba mientras subía las escaleras a trompicones, y el sonido de los pasos del Amo resonaba tras ella.

En cuanto la puerta del piso de arriba se cerró con un clic, Reggie cogió su taza y volvió al trabajo, cavando furiosamente, arañando la tierra con la taza y las uñas. El Amo solía tener a una mujer en la casa grande durante al menos una hora antes de devolverla a su celda. No tenía mucho tiempo.

Renunció al sigilo en favor de la velocidad y cavó tan rápido como pudo.

—¿Qué estás haciendo? —susurró Terri, su voz apenas audible por encima del ruido de la taza al raspar la tierra y las piedras.

Reggie no le hizo caso, decidida a llegar lo más lejos posible antes de que el Amo regresara.

Su taza golpeó una roca grande. Sin desanimarse, escarbó por los bordes, con el corazón latiéndole más deprisa y respirando en jadeos entrecortados. Las drogas en su cuerpo la ralentizaban y le daban ganas de meterse bajo la manta y dormir. Pero no podía.

—Para, hagas lo que hagas —dijo Terri.

Reggie se detuvo y escuchó. Al no oír pasos ni los sollozos ahogados de Beth al volver a su celda, reanudó la tarea de cavar alrededor de la roca.

Pronto encontró el borde de un extremo de la piedra y fue rodeándola.

Tras escarbar y cavar durante lo que pareció una hora, perforó la tierra y sintió cómo un aire fresco y limpio se colaba por un diminuto agujero hasta la punta de sus dedos.

Sin fiarse de sus manos, metió la cabeza por el túnel y aspiró el aire fresco; el olor a follaje en descomposición fue un aroma bienvenido tras el de la celda de tierra.

Inspiró profundamente, y un sollozo se le atascó en la garganta.

Había tenido razón. Su celda estaba en el borde de la colina.

Si cavaba un poco más, podría abrirse paso.

La gran roca estaba en medio. Si tan solo…

Sacó la cabeza del túnel, metió los pies descalzos y empujó con todas sus fuerzas.

La roca no se movió.

Tumbada boca arriba, con el frío suelo de tierra haciéndola temblar, se acercó un poco más, flexionó las piernas y pateó con fuerza con los talones, una y otra vez, hasta que la roca se movió. La esperanza floreció en su pecho y le dio fuerzas para seguir empujando y pateando.

—Tienes que parar —dijo Terri—. Cuando una de nosotras se le enfrenta, nos castiga a todas.

Otra de las mujeres sollozó.

—Por favor, no lo enfades.

Reggie no quería que ninguna de ellas saliera herida por sus acciones, pero el Amo las hería cada vez que se llevaba a una a la casa.

Tenía que salir y conseguir ayuda para todas.

Usando hasta la última gota de sus fuerzas para patear y empujar el peñasco hasta que se tambaleó y cedió, finalmente lo liberó de la tierra y rodó colina abajo.

Tierra suelta cayó en el túnel, bloqueando el dulce aroma del aire fresco.

Usando de nuevo los pies, Reggie empujó la tierra. Más tierra cayó en el hueco. Se dio la vuelta y metió los brazos por el estrecho túnel, apisonó la tierra suelta contra las paredes del túnel y empujó el exceso hacia fuera, colina abajo.

—¡Chist! —dijo alguien desde una de las otras celdas—. Ya viene.

Una puerta se abrió encima de ellas. Se oyeron sollozos mientras Beth descendía a su prisión, seguida del ruido sordo de las botas del Amo.

Esta vez, Reggie no se había tomado el tiempo de apisonar la tierra contra las paredes.

Si el Amo entraba en su celda, la pillaría cavando para escapar.

Miró por el agujero. Una luz gris la llamaba.

Metió los hombros por el túnel. Estaba apretado.

Muy apretado. Pero si conseguía pasar los hombros, podría pasar el resto del cuerpo.

Abriéndose paso desesperadamente a base de contorsiones y forcejeos, rezó para poder salir antes de que el Amo abriera la puerta de su celda de un tirón, la agarrara por los tobillos y la metiera de nuevo dentro.

La golpearía y la encadenaría. Y la metería en la caja de madera que había debajo de las escaleras, donde guardaba a las chicas «traviesas».

De ninguna manera. No podía permitir que eso ocurriera. No cuando podía saborear la libertad.

Con su cuerpo bloqueando el túnel, los sonidos de llantos y gritos se oían amortiguados.

Reggie no sabía si las mujeres estaban informando al Amo de sus arañazos y excavaciones.

No iba a quedarse para averiguarlo. Una vez que tuvo los hombros fuera, apoyó las manos en los bordes del agujero y empujó con todas sus fuerzas.

Su cuerpo se deslizó a través de él hasta que sus caderas se liberaron del túnel.

Agarrándose a unas ramas cercanas, sacó las piernas del agujero.

Una vez que estuvo completamente fuera, la gravedad hizo su efecto y rodó colina abajo, con la piel desgarrada y arañada por palos, rocas y zarzas.

Los pinchazos y desgarros la hicieron gritar de alegría. El dolor no se lo había infligido el Amo, sino la naturaleza como testimonio de que estaba fuera de aquel infierno.

Se detuvo cuando su cabeza golpeó la gran roca que había empujado para salir del túnel. Durante un largo momento, permaneció inmóvil, con la visión borrosa y un dolor que le recorría la base del cráneo.

Entonces oyó ladridos de perros y se le heló el corazón. El Amo tenía dos rottweilers de aspecto agresivo que había mantenido atados cuando la subió a la casa grande.

Reggie se puso en pie a trompicones y se estremeció.

El aire fresco de la noche la envolvía en su desnudez.

Tragándose los sollozos que le subían por la garganta, echó a correr, siguiendo la colina hacia abajo.

No sabía dónde estaba ni qué dirección tomar, solo que tenía que alejarse lo más posible de la casa y de los perros.

No había llegado tan lejos para que la despedazaran sus perros maníacos o la arrastraran de vuelta a la casa y la golpearan hasta que no pudiera recordar quién era ni por qué le importaba.

Los palos y las piedras se clavaban en las blandas plantas de sus pies, haciéndola sangrar. Siguió corriendo hasta que sus pies estuvieron tan entumecidos como su piel y su mente. Los perros se acercaban. Tenía que hacer algo para despistarlos.

La colina seguía descendiendo. Una nube cruzó el cielo, bloqueando la poca luz de las estrellas que se filtraba entre las ramas de los árboles.

Con los pulmones ardiendo y el corazón latiéndole tan deprisa que pensó que podría estallarle en el pecho, Reggie se vio obligada a detenerse el tiempo suficiente para que la nube se desplazara, permitiendo que la luz de las estrellas iluminara su camino.

Cuando lo hizo, se encontró ante un oscuro cañón. Estaba al borde de un precipicio. Acercándose con cautela al borde, pudo ver el brillo de la luz de las estrellas en lo que parecía ser un río a doce metros por debajo de donde se encontraba.

Los perros que ladraban estaban ya cerca.

Reggie miró a la derecha y luego a la izquierda. Fuera cual fuera la dirección que tomara, los acantilados seguían siendo tan altos como el que tenía delante. No podía retroceder. Los perros estaban lo bastante cerca como para encontrarla.

Se negaba a rendirse. Pero ¿qué más podía hacer? ¿Morir despedazada por los afilados dientes de los rottweilers, volver voluntariamente a la casa del Amo para que la golpearan o saltar por un acantilado a un agua de cuya profundidad no tenía ni idea?

Cuando los ladridos sonaron justo detrás de ella, Reggie se giró para enfrentarse a los dos rottweilers, que salían de la línea de árboles… acechándola.

Un grito a espaldas de ellos hizo que el corazón se le subiera a la garganta. El Amo.

Sin pensárselo dos veces ni debatir mentalmente, Reggie se dio la vuelta y se arrojó por el acantilado.

Mientras caía en picado, se preparó para el impacto contra las rocas o lo que hubiera bajo la superficie del agua.

Cruzando los brazos sobre el pecho, puso los pies en punta y entró en el río de pie, hundiéndose profundamente.

El frío estremeció su cuerpo, pero mantuvo la boca bien cerrada y luchó, pateando con fuerza para subir.

Justo cuando pensaba que no volvería a respirar, emergió a la superficie y boqueó.

Encima de ella, oyó el ladrido salvaje de los rottweilers.

El agua fría le ayudó a despejar su mente nublada.

Tenía que hacer creer al Amo que estaba muerta.

Tomando una profunda bocanada de aire, se puso boca abajo en el agua y flotó tan lejos como pudo antes de girar la cabeza hacia un lado para tomar otra bocanada de aire.

Hizo esto mientras pudo oír a los perros ladrar arriba.

El Amo tenía que pensar que había muerto en la caída desde el acantilado.

Era la única manera de escapar y hacerle creer que no podría contar a las autoridades lo que tenía escondido en su sótano.

Al cabo de un rato, el sonido de los ladridos de los perros se desvaneció. Sabiendo que los perros no podían seguir su rastro en el agua, dejó que la corriente del río la arrastrara mientras braceaba para mantener la cabeza por encima de la superficie.

El frío le arrebató la poca energía que le quedaba. Se puso de espaldas y flotó hacia las aguas poco profundas, donde se arrastró hasta la orilla.

La oscuridad la rodeó, la abrazó y la absorbió. Mientras se desvanecía en la inconsciencia, su último pensamiento fue… Soy libre.