Capítulo 32. #3
—¿Así? —elevé las caderas. Me dejé caer con fuerza de gravedad. Lo engullí por completo en un solo movimiento fluido y denso.
Michael soltó un gruñido áspero desde el fondo del pecho. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, hundiendo la nuca en la almohada plana. —Dios, sí.
Subí y bajé con un ritmo constante, rozando mis muslos contra sus costados y llenándome de él una y otra vez en un ritmo lento, fuerte, pronunciado. Deslicé mis palmas por su pecho caliente y tracé las líneas de sus músculos tensos y definidos.
—No —me detuve un momento antes de bajar el ritmo, para luego inclinarme hacia atrás y bajar con fuerza tomando hasta el último milímetro de él en mis profundidades—. Así.
—Luisa —Michael subió sus manos grandes por mis muslos temblorosos. Agarró mis caderas con posesividad y me ayudó a marcar el ritmo desde abajo. Hundió sus dedos largos en mi carne, sin duda dejando marcas rojas de presión—. Joder, eres increíble.
Los músculos de mis piernas ardían por la tensión acumulada. El sudor me corría por la frente y goteaba sobre el pecho de Michael. Mi respiración se volvió rota y ruidosa cuando llegué a mi límite otra vez.
Aceleré los rebotes. Solo importaba la fricción, el calor y la dureza de su carne estirándome sin piedad.
Michael empujó hacia arriba para encontrarme a mitad de la caída. El choque de nuestras pelvis me sacó el aire de los pulmones a golpes, dejándome sin aliento para gritar cuando el orgasmo me atropelló como un tren de carga sin frenos.
Las contracciones me destrozaron por dentro en oleadas cálidas. Mi cuerpo entero se rindió ante la sobrecarga sensorial, robándome las fuerzas de mis brazos y piernas.
Apenas recuperé una brizna diminuta de oxígeno en los pulmones cuando Michael me rodeó con sus brazos. Nos giró a los dos sobre el colchón hundido en un solo movimiento fluido. Terminó encima de mí, pero luego él se hincó en la cama, mirándome con una mueca traviesa y un hambre en la mirada de más.
Tiró de mis caderas con rudeza, girándome, luego me puso a gatas frente a él. Apoyé los antebrazos en el colchón para sostener mi peso inerte.
Enredó su mano en mi cabello y tiró de mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello al aire frío. Pegó su torso empapado contra mi espalda encorvada y me penetró de una sola embestida larga y poderosa.
La profundidad extrema del impacto me arrancó un alarido gutural. El choque de su pelvis contra mis nalgas sonó como un latigazo en medio del silencio.
Su ferocidad fue tan animal, tan primitiva e incontrolable que borró el resto de mi universo. Cada estocada era un golpe de martillo en mis cimientos. Mis brazos temblaban sin control, igual que mi vientre, mis muslos, mis entrañas.
Otra embestida demoledora me sacudió.
Otra.
Y otra.
El colchón se quejaba de dolor bajo su embate salvaje. La estructura metálica de la cama entera golpeaba contra la pared en el ritmo exquisito de nuestra pasión.
Mi resistencia física se quebró y me desplomé hacia delante sin poder evitarlo.
Terminé acostada por completo sobre mi estómago húmedo, mi pecho aplastado contra las sábanas y mi mejilla presionada de lado contra la almohada.
La nueva postura no frenó a Michael en absoluto.
Al contrario.
El ángulo de entrada se cerró aún más, desatando la locura en mi interior cuando me invadió, secuestrándome los sentidos para depositarme en el mismísimo cielo. La fricción de su cuerpo se volvió una tortura exquisita. Un roce directo y despiadado contra el punto más profundo de mi ser.
—¡No pares! —dije entre gemidos —¡Así!
—¿Así?
—¡Joder, sí! —Él soltó mi cabello al fin —¡Michael, sí!
Deslizó su mano por la curvatura de mi columna vertebral. Presionó mi espalda baja con la palma extendida para anclarme con fuerza contra el colchón hundido.
Sus embestidas pesadas me sacudían entera, desde los dedos de los pies hasta la nuca. Mi cuerpo se deslizaba unos centímetros hacia delante por la cama con cada golpe profundo, y él volvía a arrastrarme hacia atrás por las caderas sin detener el ritmo salvaje.
—¡Voy a…!
—¡Hazlo!
Michael gruñó, y una contracción brutal lo paralizó por completo al inundarme. La descarga en mi núcleo me empujó por el último precipicio. Mi clímax estalló al unísono del suyo, fundiendo nuestros gritos agotados en el aire denso de nuestra pasión.
Su peso aplastó mi espalda. El sudor enfrió nuestra piel pegada mientras nos quedábamos inmóviles, atados por el silencio y nuestra respiración compartida.
Él se rio, y yo también. Me giré entre sus brazos y pegué mi frente a la suya.
Michael exploró mi espalda con las puntas de sus dedos, prolongando los escalofríos que aquel último orgasmo dejó como secuelas. Un calor distinto, uno de ternura y cariño, brotó en mi pecho cuando trazó círculos encima del parche anticonceptivo que llevaba en la espalda baja.
—¿Estás más cómoda con este? —preguntó.
—Mucho —me acurruqué—. Me he sentido mucho mejor que con las pastillas.
—Me alegra —levanté la mirada y lo encontré sonriendo—. Te amo tanto, canela.
Nos besamos. Ya sin miedo, ni preocupaciones, ni obstáculos entre nosotros.
—Te amo, Michael.