Epílogo.
Epílogo
Marina
—¡No puedes alcanzarme! —Eli corrió alrededor de la mesa de centro de cristal. Sus piececitos veloces rechinaban por las zapatillas rosas que me presumió con tanto entusiasmo —¡Me he vuelto un rayo!
—¡Eso ya lo veremos, renacuajo! —me lancé en una persecución a cámara lenta, sacándole una carcajada cuando estaba a punto de cogerla.
María soltó una carcajada sonora y me agarró de la pierna del pantalón para detenerme. —¡Huye, Elena! ¡Huye!
—¡Traicionada por mi propia hermana! —si los ordenadores y la ciberseguridad no me resultan, tendría un futuro asegurado como actriz.
“Eso le encantaría a mi madre,” aquel pensamiento me dejó un mal sabor de boca.
—¡Las tengo! —me agaché y levanté a ambas niñas en mis brazos como si fueran dos barriles, haciendo que chillaran de emoción y patearan el aire. El inconfundible olor a antiséptico y a café quemado de máquina inundó mis fosas nasales al respirar hondo.
Miré de reojo hacia los “adultos”, que nos miraban con una sonrisa. Incluso mi papá, que debería ser el más nervioso del grupo, parecía encontrar algo de alivio con nuestras tonterías.
Llevábamos horas esperando noticias de Jessica. Estaba en la sala de partos a punto de traer al mundo a mi nuevo hermano, pero la cosa se complicó y debieron meterla al quirófano.
El suave murmullo de los noticieros matutinos en las televisiones de la pared eran el único ruido de fondo constante. Teníamos todos los lujos que pudiéramos querer en la sala de espera VIP del hospital, pero no hay comodidad que valga cuando un ser querido está en cirugía.
Dejé a las niñas en el suelo con suavidad y les di un toquecito en la nariz a cada una. María salió corriendo detrás de Eli, reanudando su juego de persecución y llenando la sala con sus risas agudas.
Me senté en uno de los sillones, apoyé la espalda contra el respaldo y descansé la cabeza mirando el techo. A pesar del estrés del inminente nacimiento, una sensación de unidad indisoluble entre todos nosotros me calentaba el pecho.
Un bufido molesto a mi derecha rompió la calma. Mi tía Luisa se puso de pie de un salto, apretando el teléfono móvil contra su oreja con fuerza.
—No, escúcheme bien —joder, no quisiera ser el tipo con el que estaba hablando—. Les dije que el comité no aprobaría esa enmienda si no presentaban el presupuesto corregido… Sí, está mal… Dile al senador que no será agradable para nadie si yo… —se alejó demasiado para seguir escuchándola.
“La Congresista de Hierro,” me encantaría una reputación como la de ella. Su voz, aunque contenida para no alterar a las niñas, destilaba autoridad incuestionable. Se ajustó sus gafas de armazón oscuro con el dedo índice, un gesto que delataba su nivel de frustración.
Mi tío Michael, que había estado sentado a su lado con las piernas estiradas y una postura relajada, se incorporó de un salto. El cansancio en sus ojos desapareció, reemplazado por una atención devota hacia su esposa.
Caminó hacia ella con pasos silenciosos, deteniéndose a unos metros a esperar a que terminara la llamada.
—Para eso te pago, Tomás —dijo Luisa antes de colgar y soltar un suspiro tembloroso.
El tío Michael le cogió de los codos y la guio hacia sus brazos. —¿Problemas en el paraíso político? —preguntó, deslizando las manos sobre la espalda de ella.
Ella apoyo la cabeza contra el pecho de mi tío. Cerró los ojos con fuerza y soltó otro suspiro largo que pareció vaciarla de toda la tensión acumulada.
—Solo abrázame —murmuró ella con una voz tan suave que casi se perdía por encima del noticiero—. Estas siguientes llamadas no van a ser fáciles.
Una sonrisa ladeada, llena de ternura y complicidad, iluminó el rostro del tío Michael cuando la cogió por la cintura.
La besó con profundidad y pasión, ignorando que estábamos en la sala de espera de su propio hospital. ¡Demonios, tío! ¡Hay niños presentes! Fuera de envidias, era un beso que demostraba un amor consolidado, de miedos enfrentados juntos y de una entrega absoluta que no pedía disculpas a nadie.
—Eres la maldita Congresista de Hierro —le dijo el tío Michael contra los labios, acariciando su mejilla con el pulgar—. Ve y dales infierno, canela.
Luisa sonrió, una sonrisa genuina que le llegó a los ojos y borró cualquier rastro de la implacable política que el mundo conocía. Se separó de él a regañadientes y se alisó la chaqueta del traje con las palmas de las manos.
—Lo siento, familia —Luisa nos dirigió una mirada de disculpa—. Tengo que hacer un par de llamadas urgentes. No tardo.
Se alejó por el pasillo, con sus tacones resonando contra el suelo brillante. Un nudo de anhelo se formó en mi garganta y bajé la mirada hacia mis manos.
Era imposible no envidiar lo que ellos tenían. Quería eso para mí misma, esa seguridad abrumadora de tener a alguien para sostener mi mundo cuando se cayera a pedazos.
“¿Conoceré a alguien que me mire con la misma intensidad devota con la que el tío Michael mira a Luisa?,” miré a mi papá, que algo murmuraba con el abuelo, que parecía estarlo consolando. “¿O que se preocupe tanto como mi papá por Jessica? ¿O me cuide tanto como el tío Max a Hannah?”
—Papi, ¿a dónde va mamá? —preguntó Eli, tirando del bajo de la camisa del tío Michael.
Él se agachó para quedar a la altura de su hija y le apartó un rizo rojizo de la frente. Abrió la boca para responderle, pero las palabras nunca llegaron a salir.
Las luces se apagaron de golpe, y la luz de emergencia se encendió al instante.
Un crujido eléctrico sordo resonó, y las dos pantallas de televisión de la pared parpadearon antes de que las imágenes del noticiero se desvanecieran.
El monitor de la estación de enfermería emitió un pitido agudo y la pantalla se tiñó de negro.
Un escalofrío me recorrió la nuca. El silencio sepulcral sustituyó al ruido constante de las noticias y los datos hospitalarios.
—¿Qué demonios…? —murmuró mi padre, deteniendo su frenético caminar por la sala junto con el abuelo.
Líneas de código verde fosforescente bajaron a toda velocidad por las pantallas negras. El corazón me dio un vuelco al ver el patrón de una calavera pixelada en el centro de los monitores.
Las puertas de la sala de espera se abrieron de golpe a nuestras espaldas. El tío Max y Hannah entraron a toda prisa, arrastrando a su hijo Héctor de la mano.
Hannah lucía relajada y sonriente, ajena al caos. La postura de Max se tensó de golpe ante la atmósfera pesada de la sala.
—¿Llegamos tarde? —preguntó Hannah, soltando la mano de Héctor, quien corrió para reunirse con Eli y María—. El tráfico estaba imposible.
—Llegan justo a tiempo para el desastre —respondió Michael con el ceño fruncido, caminando a grandes zancadas hacia el ordenador de la estación.
Mi tío presionó un par de teclas, pero el ordenador emitió un sonido de error ensordecedor. Su rostro palideció y apretó los puños contra el borde del escritorio con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
—Es un ciberataque —dijo con voz ronca—. Un ransomware. Han bloqueado todo el sistema del hospital.
La sangre me hirvió en las venas. Apreté los dientes. Una furia abrasadora me ardió en el pecho. Ya era bastante despreciable que atacaran un hospital lleno de pacientes vulnerables, pero decidieron hacerlo el día que mi nuevo hermanito o hermanita estaba por nacer.
—Exigen cinco millones en criptomonedas para liberar los servidores —dijo el tío Michael, leyendo el texto que parpadeaba bajo la calavera.
—¿Tiene instrucciones para pagarlos? —preguntó mi papá.
—¡No les paguen nada! —el tío Max dio un paso al frente con el móvil en la mano—. Esto una extorsión. Llamaré a la división de delitos informáticos ahora mismo y ellos…
—¿Estás loco? —le gritó mi padre, con los ojos muy abiertos y el pánico tiñendo su voz—. ¡Jessica está en cirugía! Los sistemas de monitoreo, los equipos de emergencia… ¡todo está conectado a la maldita red!
—Matt tiene razón —el tío Michael se pasó una mano temblorosa por el pelo—. Si no restauramos el sistema rápido, la vida de los pacientes corre peligro. Quizá la opción más rápida sea pagar.
—¿Y qué garantía tienen de que les devolverán el acceso tras pagar? —el tío Max se plantó ante sus hermanos con los brazos cruzados—. Denme un par de horas para que mis técnicos rastreen el origen.
—¡No tenemos un par de horas! —aunque el tío Max era mucho más alto que él, pareció achicarse ante el estallido de mi papá—. Cinco millones no es nada. ¡Mi mujer está dando a luz!
La discusión de los adultos degeneró en un griterío ininteligible.
Cogí mi mochila y caminé con paso firme hacia la estación de enfermería.
Ninguno de ellos pareció darse cuenta de que me había sentado.
Creo que ni la enfermera ahí lo noto. Saqué mi portátil, la cual se encendió en cuanto abrí la pantalla, y un cable red que conecté a uno de los puertos debajo del escritorio.
Los tres niños, alertados por mi movimiento, se arremolinaron a mi alrededor. Eli apoyó la barbilla en el reposabrazos de mi silla, mientras Héctor y María se asomaban por encima de mis hombros, mirando la calavera brillante en la pantalla del ordenador del hospital.
—¿Qué vas a hacer, prima? —preguntó Héctor en un susurro cargado de asombro y miedo.
Les dediqué a los tres una sonrisa, llena de una confianza que me nacía de las entrañas. Troné los nudillos de mis manos y acerqué la silla al borde del escritorio.
—Voy a salvar el día, chicos —les guiñé un ojo.
Tecleé sobre los botones de mi portátil con la familiaridad de un pianista tocando su obra maestra. Todos los ruidos a mi alrededor se atenuaron hasta que solo escuchaba un zumbido dentro de mi cabeza.
Abrí una terminal de comandos y utilicé un exploit de puerta trasera que yo misma lo instalé en la red del hospital hace años, por pura paranoia y diversión.
El hacker había encontrado mi puerta trasera y dejó contramedidas automáticas. Mi pulso se aceleró. Oleadas de adrenalina pura corrieron por mis venas mientras aceptaba el desafío ante mí. Una ventana emergente me alertó que el mismo malware intentó infectar mi portátil y encriptar mis datos.
Sonreí. Si mi sistema lo detectó, podía analizarlo. Corrí un script y aprendí cómo el malware se adueñó del servidor del hospital y, lo más importante, la clave de encriptación.
—Grábense esas palabras, primos —les dije a los niños mientras tecleaba un comando en la terminal de mi portátil—. Nadie jode con los Spencer.
Presioné Enter. La encriptación del ransomware colapsó al instante. La calavera pixelada parpadeó de forma errática durante tres segundos antes de desvanecerse. Las pantallas de televisión recobraron la imagen del noticiero con un chasquido, y las luces se encendieron.
El monitor frente a mí volvió a mostrar la interfaz normal y prístina del sistema de gestión médica.
El silencio en la sala de espera fue repentino y absoluto. Los gritos de mis tíos cesaron de golpe ante el cambio de luces en el entorno.
Giré la silla sobre su eje para quedar frente a ellos. Crucé las piernas y apoyé los codos sobre los reposabrazos.
Mi papá y los tíos Michael y Max se quedaron mirando las pantallas restauradas con la boca abierta, en un estupor total. Luego bajaron la mirada hacia mí.
Me encogí de hombros, manteniendo una expresión de absoluta indiferencia mientras una sonrisa de suficiencia se asomaba por la comisura de mis labios.
—¡Nadie jode con los Spencer! —gritaron Eli, María y Héctor, lanzándose hacia mí para abrazarme.
Solté una carcajada genuina, alborotando el cabello de los niños mientras mis tíos seguían congelados en su asombro.
—Creo que pueden cancelar esa llamada al departamento de policía, tío Max —dije con calma, levantando una ceja hacia él.
Mi padre dejó escapar un suspiro tembloroso y se dejó caer en uno de los sillones, enterrando la cara entre las manos, abrumado por el alivio. Michael se acercó a mí, negando con la cabeza con una mezcla de orgullo e incredulidad.
—Brujita —murmuró el tío Michael, utilizando el apodo cariñoso que mi padre me había puesto de niña—. Nos acabas de salvar el culo a todos.
—¿Qué es un culo, papá? —preguntó Eli.
Estaba a punto de lanzar una réplica mordaz sobre la ineficiencia de su seguridad informática, pero un pitido de mi portátil llamó mi atención.
Una pequeña ventana negra apareció en la esquina inferior derecha de la pantalla. El cursor parpadeó y una línea de texto apareció letra por letra frente a mis ojos.
—Bien jugado, señorita Spencer —decía el mensaje—. Nos veremos luego.
Una punzada de sorpresa me golpeó el pecho al leer el nombre al final del mensaje. Le siguió un cosquilleo de pura y absoluta intriga.
Acababa de enfrentar al infame hacker J4v3rT, y le había ganado.
—Igual llamaré a la división de delitos informáticos —dijo el tío Max con el móvil en el oído—. Vendrán a investigar qué fue lo que pasó —me miró—. Quizá quieran hablar contigo.
Me encogí de hombros, y la ventana negra se cerró.
Ni me molesté en revisar mi sistema. Sabía que no encontraría nada.
Y estaba segura de que la división de informática de la policía tampoco encontraría nada en los servidores del hospital.
El tipo, o tipa, era un fantasma cibernético que ni el FBI había podido encontrar.
“Y le acabo de ganar.”
Un doctor entró a la sala de espera con una sonrisa en el rostro.
—¿Familiares de Jessica Soler? —toda la familia se puse de pie, incluyéndome a mí—.
Ya salió de cirugía. Fue una cesárea sin complicaciones —se giró hacia mi papá—.
Felicidades, señor Spencer. Tiene un hijo saludable, y la mamá ya está en recuperación.
Mi abuelo se acercó y me dio un cálido abrazo. —Ahora tendrás un hermanito, brujita.
—Solo espero que no le vayan a poner un nombre que empiece con “M”.
Mi papá ya se había acercado con María en los brazos y rio. Parecía que por fin podía respirar bien. —Se llamará Marco.
—Joder, papá.
—Joder, papá —repitió María, y tanto el abuelo como mi padre soltaron una carcajada.
Miré alrededor de la sala de espera. El tío Michael abrazó a Luisa con Eli entre sus piernas, igual el tío Max al abrazar a Hannah con Héctor en sus brazos. No había nada más que amor ahí.
Me alejé para guardar mi portátil, y quedé mirando el espacio donde el mensaje apareció en la pantalla.
El peso de la situación me aplastó los hombros.
“Me llamó señorita Spencer,” una sonrisa lenta, afilada y peligrosa se dibujó en mis labios.
“Sabe quién soy. ¡Qué injusticia! Debería igualar el marcador.”
El aburrimiento de mi vida universitaria acababa de desaparecer.
“Que empiece el juego, J4v3rT.”
FIN