Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 32. #2
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Capítulo 32. #2

Una corriente me quemó la columna vertebral de arriba a abajo al sostenérsela. Levanté la mano con la que sujetaba la llave a la altura hasta mi pecho y arqueé una ceja.

Michael soltó el aire por la nariz y una sonrisa se dibujó en sus labios. Siguió tocando de forma impecable, pero la nota aguda que salió de su garganta fue desafinada. Un quiebre vocal que delató su distracción y me sacó una risita ahogada.

No apartó la vista de la mía. El fuego oscuro en sus pupilas me golpeó como un latigazo físico.

El corazón me retumbó contra las costillas, bombeando un calor espeso directo a mi bajo vientre.

Apreté los muslos y noté que ya tenía empapada las bragas.

Tragué saliva a duras penas para deshacer el nudo que me asfixiaba la garganta.

Golpeó las teclas del piano con fuerza al terminar la última estrofa y el bar estalló en aplausos y chiflidos. Michael se levantó del taburete e ignoró los aplausos y gritos de todos al saltar de la tarima y caminar hacia mí con zancadas largas.

—Eres peligrosa, canela —dijo con la respiración agitada al llegar frente a mí.

—Te pedí una canción sexy —le respondí con un susurro—. No una que me pusiera así.

—¿Es queja?

—Solo si no haces algo al respecto.

Michael no pronunció palabra al mirarme a los ojos. Me cogió de la mano y tiró de mí con fuerza deliciosa y posesiva, dirigiéndonos al almacén del bar en la parte trasera. El ruido se atenuó al subir por la escalera de metal.

Nos detuvimos frente a la puerta de madera. Metí la llave en la cerradura y mis manos temblaban al girarla. La puerta cedió con un quejido agudo.

Michael me alcanzó antes de que pudiera girarme. Me sujetó las caderas por detrás, pegándome a él. Un calor espeso me subió la nuca al sentir la fricción de su cuerpo y su aliento cálido contra la piel de mi cuello.

—Me vuelve loco este vestido —dijo al subir las manos por mi abdomen, trazando el contorno de mi prenda.

—¿Por qué crees que lo elegí? —eché la cabeza hacia atrás y gemí cuando me apretó los pechos y masajeó con una fuerza desesperada y exquisita.

—Eres mala, canela.

Arqueé la espalda y restregué mi cuerpo contra el suyo, y me estremecí con una sonrisa al comprobar que su cuerpo respondía al mío como es debido.

—¿Es queja? —el gruñó al tirar de los tirantes del vestido hacia abajo.

El aire gélido de la habitación chocó con mis pechos desnudos, pero él los reclamó de inmediato —Dios, Michael —me estremecí cuando atrapó mis pezones y los pellizcó.

Un gemido roto me desgarró al escapar de mi garganta junto al pinchazo de dolor mezclado con el más puro placer.

Bajó su otra mano y la coló bajo los pliegues del vestido. Mis bragas ya estaban empapadas por la anticipación cuando frotó el centro de mi humedad con la yema de su dedo medio.

Él aceleró el ritmo y mi respiración se volvió errática. El hijo de puta ya tenía un año de experiencia volviéndome loca, pero ese momento tenía algo especial. Sentí su inspiración en su aliento y sus caricias.

La sangre me martilleaba en los oídos y la tensión se acumuló bajo mi ombligo. Me llevó al punto de romperme, de gritar, y reí dándole la bienvenida al clímax con desesperación ciega.

Él detuvo el movimiento de golpe.

El vacío me sacó un quejido agudo de pura frustración y gozo. Jadeé por aire en medio de la penumbra.

Me giré entre sus brazos y dejé caer la tela del vestido por completo al suelo de madera. Di un paso atrás y me dejé caer de rodillas en la tela suave, usando el vestido como un cojín contra las tablas duras del cuarto.

Miré hacia arriba, encontrando sus ojos cuando le desabroché el cinturón y bajé la cremallera del pantalón. Me lamí los labios al tirar de su ropa interior hacia abajo y liberarle.

—Eres un malvado —hice mi voz sonar lo más consentida y coqueta como pude—. Me dejaste a punto de gritar.

—¿Y piensas vengart…? ¡Dios!

Envolví su base con los dedos. Apreté con fuerza al masajearle, y un gruñido sordo brotó de su garganta. Sonreí al abrir la boca y tomarlo entero. El sabor salado y almizclado inundó mi paladar, y succioné con un ritmo rudo y constante que lo hizo doblar las rodillas en más de una ocasión.

Michael presionó sus manos contra mi cabello. Trazó círculos en mi nuca y yo aceleré el ritmo. La tensión en sus muslos delataba su propia urgencia reprimida. Saboreé cada contracción de sus músculos bajo mi lengua.

—Me vas a matar, canela —dijo casi gruñendo.

Emití mi propio gruñido negándome a hacerle caso, e intensifiqué mis acciones, tomándolo todo en mi boca.

Él retrocedió un paso brusco. Me tomó por las axilas y me levantó del suelo de un tirón. Me rodeó la cintura con sus brazos y me miró a los ojos.

—Ya estamos a mano —dijo con una mueca traviesa, y una risa floja salió de ambos.

Escuchamos un chillido, y cuando miré detrás de Michael encontré la puerta a medio abrir. No como si alguien la hubiera abierto, sino como alguien no la hubiera cerrado bien.

—Ups —dijo Michael con una sonrisa apenada.

—¡Michael Spencer! —le reclamé sin poder aguantar la risa al mismo tiempo que le acomodaba manotazos en el pecho antes de que se alejara con pasos cortos por los pantalones en los tobillos para, ahora sí, cerrar bien la puerta —Eres un idiota.

—Soy tú idiota —su expresión se volvió más seductora que juguetona cuando se dio la media vuelta.

Michael sacó los pies del pantalón y se quitó los calcetines sin dejar de mirarme, manteniendo un contacto visual que me hizo humedecerme los labios.

Cuando tiró de su camisa hacia arriba quedó expuesto para mí, revelando el torso definido que tanto amaba recorrer con los dedos. La piel, bronceada y marcada por la luz tenue, brillaba con un sudor sutil que me hizo anhelar el roce de nuestras pieles.

Mi estómago dio un vuelco, y me sorprendí a mí misma deslizando las bragas hasta que la gravedad se encargó de llevarlas al suelo.

Caminó a zancadas largas hacia mí, haciéndome retroceder hasta tener que sentarme en la cama. No perdió un solo segundo. Se hincó en el borde de la estructura de metal. Apartó mis muslos con ambas manos, bajó el rostro y hundió la lengua directo en mi centro húmedo.

Me arqueé y abrí los ojos de par en par ante la repentina intensidad de su devoción. Clavé los talones en el colchón y él sujetó mis caderas con sus manos para anclarme en mi sitio.

—Si me vuelves a dejar a punto de… —trazó círculos precisos y urgentes con la lengua. No le tomó ni un instante encontrar el punto exacto. Chupó con una fuerza abrumadora y nuestras risas se mezclaron con gemidos que cada vez salían a mayor volumen de mis labios.

—Tranquila —murmuró sin despegar los labios de los míos—. No pienso detenerme hasta que explotes.

La tensión acumulada estalló sin previo aviso, sacudiendo cada una de mis terminaciones nerviosas. —¡Michael! —temblores espasmódicos sacudieron mis piernas enteras, desde los dedos hasta las caderas, y las sacudidas se extendieron más allá.

Subió gateando por el colchón y se posicionó entre mis piernas abiertas. Me admiró mientras recuperaba el aliento, paseando sus manos sobre mis piernas.

—Mía.

Cogió mis tobillos y enganchó mis corvas sobre uno de sus hombros. Inclinó el torso hacia delante y su dureza rozó mi entrada empapada. Nos miramos a los ojos en medio de la poca luz, sin duda ardían con esa pasión feroz que habíamos dejado que nos consumiera una y otra vez.

Extendí mi mano y le masajeé su dureza. Sonreí cuando se estremeció.

—Mío.

Le dirigí a mi entrada, y él empujó con las caderas al mismo tiempo que yo las mías. La fricción de su carne contra la mía estiró mis paredes y llenó cada espacio vacío en mi interior, sacándome un jadeo roto.

Retiró su cuerpo casi por completo antes de volverme a embestir, una y otra vez. Los impactos hicieron rechinar las patas de la cama contra las tablas.

Él bajó sus manos hasta mis nalgas. Apretó mi piel y me levantó un poco más para asegurar el ángulo perfecto de penetración. ¡Cómo amaba cuando hacía eso! Cada estocada rozaba mi punto más sensible con una presión enloquecedora.

El ritmo se volvió salvaje. No rompimos el contacto visual ni por un milisegundo. Podía palpar la conexión cruda y visceral que iba mucho más allá del simple roce de nuestros cuerpos desnudos.

La presión en mi bajo vientre regresó con el doble de intensidad que antes. Agarré las sábanas con los puños y me retorcí, provocando que las embestidas de Michael se volvieran más rápidas.

Más cortas.

Más rápidas.

Más bestiales.

El aire abandonó mis pulmones en un grito largo y ahogado.

La ola de placer estalló en mi sistema nervioso como una descarga eléctrica que fulminó mis terminaciones, y las paredes de mi sexo se contrajeron alrededor de él.

Apreté los ojos con fuerza, deleitándome con las contracciones que duraron varios segundos eternos, robándome el aliento y la poca cordura que su pasión me permitía tener.

El eco de mi orgasmo aún me hacía temblar las extremidades. Apoyé mis manos contra su pecho resbaladizo por el sudor y lo empujé hacia un lado con toda la fuerza que me quedaba.

Michael se dejó caer de espaldas, y trepé sobre su cuerpo caliente. Me acomodé a horcajadas sobre él, cogiendo el control absoluto del ritmo. Me erguí, alzando el torso y apoyé mis rodillas a los costados de su caja torácica.

Lo miré desde arriba. Él recorrió con sus ojos mis pechos desnudos que subían y bajaban, examinando mi abdomen bañado en una fina capa de sudor brillante. El deseo en su expresión facial era el mejor afrodisíaco del mundo.