Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 32.
92%

Capítulo 32.

Luisa

—Sigo sintiéndome culpable —dije cuando el taxi frenó frente a la acera iluminada por las luces de neón del Blue Note.

Apreté el asa de mi bolso con las dos manos. El aire frío de la noche neoyorquina se coló por la ventana semiabierta, trayendo el olor a asfalto mojado y humo.

—Estará bien, canela —Michael me acarició el dorso de la mano con el pulgar—. Hannah y Max saben lo que hacen.

—Eli es una bebé muy inquieta, Michael —la culpa me oprimía el pecho—. Es la primera vez que pasa la noche lejos de nosotros. ¿Y si llora todo el tiempo?

—Entonces la calmarán —abrió la puerta del coche.

Esperé a que me abriera la puerta pasando frente al taxi.

Estaba tan acostumbrada a mirarlo con traje de negocios que cuando se ponía vaqueros y camiseta sencilla que se ajustaba a su torso se me hacía agua la boca y me era imposible mirar a otro lado—.

Además, van a necesitar toda la práctica que puedan conseguir.

El claxon de un camión resonó en la gran avenida mientras consideraba las palabras que acababa de escuchar.

Me detuve frente a la puerta del local. El corazón me dio un vuelco contra las costillas al procesar lo que acababa de decir. La imagen de Hannah, con su insistencia en cuidar de Eli todo el fin de semana, encajó de golpe en mi cerebro.

—Hannah está embarazada —dije sin poder aguantar los pequeños brincos de emoción.

Michael mostró los dientes. —Y Jessica también —soltó de golpe.

El aire abandonó mis pulmones en un chillido que me salió del alma.

Michael ahogó un grito y se tapó la boca con la mano como un niño pequeño al que acaban de pillar robando dulces.

—Soy pésimo guardando secretos —murmuró por detrás de los dedos.

—Más te vale que sea solo de mí.

—Por supuesto que solo de ti.

—Entonces vete acostumbrando —solté una carcajada. La tensión y la culpa que arrastraba desde que subimos al avión se evaporaron. Me acerqué a él y le aparté la mano de la boca—. Cuando nos casemos, no habrá secretos entre nosotros —le di un beso rápido en los labios—. Dios, nos vamos a casar.

—Ambos me pidieron guardar el secreto hasta que regresáramos a Ciudad del Sol —suspiró él, rodeándome la cadera con un brazo—. Así que finge sorpresa cuando te lo digan. Solo quería que dejaras de preocuparte por Eli para que disfrutaras esta noche.

Asentí. El calor de su cuerpo me reconfortó del frío cortante.

—Lo sé —dije, apoyando la cabeza en su hombro, pensando en mi pequeña Elena. Mi Eli.

Un nudo me apretó la garganta al recordar a mi abuela. Pensar en ella ya no me sofocaba. El vacío que dejó su partida seguía ahí, y supuse que jamás se iría. Creo que uno nunca supera por completo la pérdida de quien te crio, amó, y te guio hasta la adultez. Pero aprendes a vivir con ello.

—Y más vale que la disfrutemos —Michael me acarició el rostro—. Antes de que te vuelvas la Congresista de Hierro.

—Todavía me cuesta creer que gané las elecciones —suspiré, apoyando mi peso contra él—. Si Tomás se entera que me escapé a Nueva York contigo sin consultarlo con él…

—Que se joda —Michael me apretó la mano—. Ya te tuvo para la celebración pública, los brindis con los donantes y los discursos ante la prensa —sujetó con una suavidad firme mi barbilla mientras me miraba a los ojos—. Esta noche eres mía.

Respiré profundo y se me erizó la piel al escucharle. Me mordí el labio inferior antes de sonreír. —Entremos.

El Blue Note olía a madera vieja y a whisky. Las notas de un bajo y una guitarra eléctrica flotaban en el ambiente. Caminamos hacia la barra de madera, esquivando las mesas circulares. Rusty estaba de espaldas hacia nosotros, limpiando unos vasos de cristal al otro lado del mostrador.

Michael cogió una servilleta, la hizo una bolita, y la arrojo a la espalda del camarero.

Rusty se giró. —¡Mickey y Canela! —gritó al dejar caer la toalla sobre la barra—. ¡Qué enorme sorpresa!

El sonido de aquellos viejos seudónimos me disparó un relámpago por la columna, y miré de reojo la puerta junto a la barra que daba hacia el almacén, que daba hacia esas escaleras de metal, hacia la habitación encima del Blue Note donde…

Michael me sacó de mi cabeza apretándome la mano.

—Estás más delgado —le dijo Michael.

—Que te ven —Rusty se dio una palmada en la barriga—. ¿Tienes idea del trabajo que cuesta mantener esta figura? El monumento de mujer que traes del brazo te puede confirmar que la belleza cuesta.

—Es una losa muy pesada, mi amor —le dije a Michael con un puchero exagerado antes de roír.

—¿Qué van a tomar? —preguntó Rusty.

—Una cerveza muerta, por favor —dijimos al unísono. Soltamos una carcajada.

—¡Son adorables! —Rusty sacó dos botellas cubiertas con una delgada capa de escarcha.

Michael sacó un sobre blanco del bolsillo de su chaqueta y lo deslizó sobre la madera hacia el barman.

—Esto es para ti, Rust —dijo Michael con voz grave.

El camarero cogió el sobre, lo abrió y sacó una tarjeta con relieve y letras doradas.

—Es una invitación a nuestra boda —dije.

—¡Puedo ver eso! —Rusty carraspeó con una mueca mientras leía los detalles del enlace. Levantó la vista hacia nosotros y asintió—. Me honran.

—No faltarás por nada del mundo —dijo Michael—. Avión, transporte, incluso puedo cubrir lo que ganas aquí si necesitas cerrar. No tienes escusa.

—¿Cómo negarme a unas vacaciones pagadas? —Rusty rio —Considérame una asistencia segura, Mickey.

Nos sentamos en los taburetes de cuero desgastado. El calor de la pierna de Michael me quemaba, y me lamí los labios. “Fue buena idea ponerme esto,” pensé al pasar la mano encima de la tela de mi vestido favorito azul zafiro.

Un hombre con un estuche de guitarra a la espalda pasó caminando por detrás de nosotros. Se detuvo en seco y retrocedió un par de pasos hacia nuestro espacio.

—¿Mickey Swann? —preguntó el hombre, entrecerrando los ojos bajo la escasa luz del bar.

Michael giró el rostro. —El mismo que habla y baila.

Me aguanté la risa.

—¡Soy Charlie!

Los ojos de Michael se abrieron de par en par antes de ponerse de pie y envolver al sujeto en un cálido abrazo.

—¡Qué demonios, Charlie! —dijo Michael con una sonrisa de oreja a oreja —¡Te ves muy bien! Sigues oliendo a trapo mojado, pero…

El hombre rio y me miró. —Y tú sigues teniendo un gusto exquisito.

—¡Eh! —Rusty le gritó desde atrás de la barra —Compórtate.

—Tienes que subir a tocar algo con nosotros —el músico señaló la tarima de madera al fondo del local.

Michael negó con la cabeza sin dudar.

—Te lo agradezco mucho —Michael levantó una mano defensiva—. Vengo con mi mujer. Solo queremos disfrutar de la velada —una punzada de amor me golpeó al oírle llamarme “mi mujer.”

—Venga, amigo —insistió el músico, dando un pequeño paso al frente—. Solo un par de canciones. ¡Una, si quieres! Por los viejos tiempos.

Giré mi taburete hacia Michael y le puse la mano en el lado izquierdo del pecho. El latido de su corazón golpeó contra mi palma a través de la fina tela de algodón de su camisa.

Acerqué mis labios a su oído. —Hazlo, Mickey —susurré con tono consentido y seductor. Su mirada me hizo temblar—. Cántame algo sexy —le dije un poco más alto, casi como un gemido ligero, rozando su lóbulo con mis labios antes de separarme un poco.

Michael soltó un suspiro largo. Sus ojos brillaron con entusiasmo. —¿Cómo le digo que no a eso? —Michael miró al músico con determinación.

El hombre le palmeó la espalda y caminó hacia el escenario para avisar a la banda.

Michael me besó la frente y se levantó, pero le cogí la corbata y tiré de ella antes de que diera ese primer paso para acercarlo de nuevo.

Estrelló su boca contra la mía con una urgencia que me cortó la respiración.

Su lengua se abrió paso, inundando mi paladar con el sabor áspero de la cerveza.

Una de sus manos me agarró por la nuca, enredando los dedos en mi cabello, mientras la otra me sujetaba por la cadera para pegar mi cuerpo al suyo.

Le devolví el beso con furia, mordiéndole el labio inferior con fuerza hasta arrancar un gemido sordo de su garganta.

Lo observé sentarse frente al piano luego de hablar un poco con la banda. La luz de un foco cayó sobre su figura, resaltando los contornos de su rostro.

Los primeros acordes frenéticos de Good Golly, Miss Molly reventaron los altavoces del local. Michael aporreó las teclas del piano con una energía salvaje, totalmente desatado. Su voz profunda emuló el aullido crudo de Little Richard y me caló directo hasta los huesos.

Le di un trago a mi cerveza. El líquido bajó por mi garganta con un sabor áspero, pero el alcohol no hizo nada para apagar el incendio que me quemaba las entrañas.

Verlo transpirando bajo el foco, dominando a la multitud, dejando el alma en las teclas y el micrófono me disparó el pulso hasta zumbarme los oídos.

Una punzada de calor pesado se me acumuló en el bajo vientre con cada nota que él golpeaba.

Apreté los muslos bajo la tela del vestido y mi respiración se volvió superficial conforme el magnetismo brutal entre nosotros me deshacía por dentro con cada segundo que pasaba.

Clavé mi vista en Rusty y una idea audaz tomó forma en mi cabeza.

—Rusty —el camarero se inclinó por encima de la barra—. ¿Aún tienes libre la habitación de atrás? —pregunté sin apartar la mirada de la suya.

Rusty se quedó inmóvil un instante antes de dibujar despacio una mueca en su rostro. Soltó una carcajada ronca, pero no lo escuché bien por los acordes del piano de Michael.

—Para ustedes dos, siempre habrá espacio aquí —Rusty dejó sobre la barra una llave vieja atada a un cordón oscuro.

El corazón me dio un salto dentro del pecho al cerrar los dedos alrededor del metal frío. Le guiñé el ojo, y él hizo una reverencia exagerada.

La voz rasgada de Michael resonó a través de los altavoces llenando cada rincón del Blue Note. Terminé mi cerveza y caminé entre la gente hasta quedar a escasos metros del escenario. Me apoyé contra una columna que parecía vibrar con la música.

Michael abrió los ojos en la mitad del puente de la canción y cruzó su mirada con la mía.