Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 31.
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Capítulo 31.

Michael

—¿Necesitas algo más? —dije a su oído tras abrazarla por la espalda.

La casa de Luisa nos recibió con un silencio denso y un olor a cera antigua, como si ella también estuviera de luto.

Luisa se quedó inmóvil en el centro del recibidor. Su vestido negro parecía absorber la poca luz que entraba por las ventanas cerradas.

Enterré el rostro en su cuello. Su piel estaba tan fría que me provocó un pinchazo en el pecho.

Luisa exhaló el aire de forma temblorosa cuando dejó caer la cabeza hacia atrás y la apoyó en mi hombro. Su cuerpo perdió esa rigidez de hierro en una fracción de segundo. La tensión de sus hombros desapareció.

—No —se acurrucó contra mí—. Esto es todo lo que necesito en este momento.

—Lo tienes, canela —apreté mi abrazo, brindándole todo el calor de mi ser.

Ella soltó una risa muy leve. —Eres el primer chico que meto en esta casa.

Apreté un poco más mi agarre alrededor de ella.

—No me digas que soy tu primer novio —dije con una sonrisa.

Luisa rio un poco. Era la primera risa que le sacaba desde la muerte de doña Elena. Escucharlo se sintió como un coro de ángeles entonando la melodía más hermosa jamás creada.

—Siempre me veía con mis novios y mis otras parejas en otros lados —seguía riendo—. En sus casas, en otros lados. Nunca aquí.

—¿No querías que vieran lo desordenada que realmente eres?

—Yo no soy desordenada —suspiró—. No, era por respeto a mi abuela. Le hablaba de los hombres en mi vida, pero… Creo que eres el único que ella conoció.

—Me siento honrado —dije contra su piel.

La giré despacio entre mis brazos. Ella levantó el rostro y me miró a los ojos a través de los cristales de sus anteojos. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos por el llanto del funeral. Las ojeras le marcaban el rostro con una sombra de puro agotamiento.

Me incliné hacia delante y la besé en los labios. Fue un roce suave. Busqué transmitirle toda la paz que a mí me faltaba.

Me separé unos milímetros. Mantuve mi frente apoyada contra la suya.

—Gracias, Michael.

—¿Por qué?

—Por estar aquí —se encogió de hombros—. Por acompañarme. A pesar de…

Suspiré con tanto aire como mis pulmones pudieron almacenar.

—Fui un completo imbécil, canela—le sostuve la mirada con intensidad—. Lo siento muchísimo.

Ella parpadeó. —No, Michael, yo…

Una lágrima nueva resbaló por su mejilla que le limpié con el pulgar. —Debí respetar tu autonomía —le interrumpí con la voz ronca—. Tu independencia. Me dejé llevar por el pánico y quise arreglarte la vida sin consultarte. Hiciste bien en mandarme al diablo. Lo merecía.

—Pude haberlo manejado mejor… —apretó los labios —Pudimos haberlo manejado mejor.

Tragué saliva a pesar del nudo en mi garganta. —Te amo, canela —el nudo en mi garganta parecía una piedra solida atascada—. Y puedo quedarme aquí contigo, o puedo irme si es lo que…

Ella negó rápido con la cabeza. —No te vayas.

Asentí. —Me quedaré todo el tiempo que necesites.

Luisa cerró los ojos y su rostro se contrajo en una mueca de dolor puro.

—No sé qué hacer —se aferró a las solapas de mi chaqueta oscura y tiró de la tela con ambas manos.

La pegué a mi pecho, y ella escondió el rostro en mi corbata antes de soltar el llanto.

—Está bien, canela.

—No sé qué hacer —su voz se ahogó en llanto.—. No sé si quiero seguir teniendo una carrera política. Ni seguir siendo una abogada. No sé…

Acaricié su cabello. —Está bien.

—Tampoco sé si quiero seguir contigo —su voz se rompió—. No sé cómo voy a ser madre.

La sostuve más fuerte. —Está bien.

—No sé cómo voy a seguir viviendo en un mundo sin mi abuela —apretó los puños contra mi pecho—. Siento que todo se está desmoronando a pedazos.

Recordé una conversación que tuve con doña Elena. “Necesita que otro sostenga el peso del mundo un rato para que pueda respirar,” quizá no eran las palabras exactas, pero la idea era la misma. “‘¿No conoces a nadie que pueda ser así para ella? Por supuesto que sí. Yo puedo serlo.”

La guie con suavidad hasta el viejo sofá de la sala de estar. Nos sentamos juntos y la mantuve refugiada entre mis brazos.

Apoyé la barbilla en la parte superior de su cabeza. —Cuando murió mi madre —aquella vieja herida en mi alma tiró de mis interiores en protesta—, yo también me perdí.

Un escalofrío me recorrió la nuca al recordar cuando se la llevaron de su cama. Parecía como si estuviera dormida, y quise gritarles a aquellas personas, quizá eran los paramédicos o los de la funeraria, que la dejaran descansar en paz.

—Tenía quince años y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies —froté su brazo para darle calor—. Seguí en piloto automático durante años. Tengo muy pocos recuerdos de mi tiempo en el instituto y mi primer año en la facultad de medicina.

Luisa me escuchaba en silencio. Su respiración se fue calmando muy despacio.

—Fingía que todo estaba bien —solté una risa corta—. Iba a clases, sacaba buenas notas, incluso salía con chica y fingía que me divertía… pero por dentro estaba vacío.

Hice una pausa para coger aire. El peso del pasado todavía me oprimía el centro del pecho.

—No fue hasta que me emborraché en el bar de Rusty que logré reaccionar —esbocé una sonrisa—. Me había escapado de una fiesta ahí cerca, y entré allí por la música. Supuse que era un buen lugar para ahogarme en whisky.

—¿Qué pasó? —preguntó ella con un tono ronco.

—Rusty me dijo una cosa… —negué con la cabeza—. No, más bien me hizo una pregunta. Una sola pregunta que me hizo salir de mi estupor.

Luisa se acomodó un poco mejor en mi pecho. —¿Cuál fue la pregunta?

La miré a los ojos. El brillo de sus lágrimas reflejaba la poca luz de la lámpara de la sala.

—Me dijo que las únicas personas que ha visto en mi estado han sido los que han perdido a alguien —sonreí al recordar aquella conversación —¿Querrían verte feliz, o lamentándote y haciendo las tonterías que estás haciendo? —repetí con una claridad absoluta.

El silencio de la casa amplificó el peso de mis palabras.

Luisa se quedó muy quieta, procesando la frase durante unos largos segundos. Una pequeña y frágil sonrisa se dibujó en sus labios. El alivio cruzó por sus ojos, disipando un poco la oscuridad del luto.

—Yo no tengo el lujo de pasarme un par de años deprimida —bajó una mano y se acarició el vientre—. No con este bebé en camino.

—Eres la mujer más fuerte que conozco, canela —le aparté un mechón de pelo de la cara—.

Pero nadie puede ser fuerte todo el tiempo.

Todos necesitamos un respiro de vez en cuando.

Tómate el tuyo —le cogí la mano y entrelacé mis dedos con los suyos—.

Tómate el tiempo que necesites para llorarla y para sanar.

Y cuando estés lista, tendrás tu trabajo esperándote.

—¿Y a ti? ¿Te tendré a ti?

Apreté su mano con suavidad. —Siempre, canela.

Luisa cerró los ojos y dejó escapar todo el aire de sus pulmones. —Respira conmigo —me pidió dejando salir el aire.

—Vale —respondí.

Inhalamos juntos el aire encerrado de la sala, y exhalamos al mismo tiempo. El compás de nuestras respiraciones se sincronizó en la penumbra.

La tensión se desvaneció de mis músculos y sonreí. Metí la mano libre en el bolsillo del pantalón y saqué mi móvil.

—¿A quién vas a llamar?

Desbloqueé la pantalla. —Voy a llamar a Matt para avisarle que usaremos el jet.

—¿El jet?

—Sí —asentí con rapidez—. Podemos irnos a la villa en Nassau, o a Nueva York, o fuera del país. A donde tú quieras. Lejos de todo esto para que puedas desconectar de verdad.

Luisa puso su mano sobre la mía y bajó el móvil con una suavidad absoluta que detuvo mi impulso. Me miró a los ojos y una sonrisa genuina le iluminó el rostro.

—No quiero correr, Michael —me dijo con una seguridad que me dejó sin aliento.

Guardé el móvil en el bolsillo sin rechistar. —¿Qué quieres hacer entonces?

Ella amplió su sonrisa y dejó asomar un brillo juguetón en su mirada.

—¿Alguna vez has jugado “Horizon”? —preguntó de la nada.

Parpadeé, desconcertado por el cambio de tema.

—¿El videojuego? —fruncí el ceño, y ella asintió —¿A cuál de los dos te refieres?

Luisa soltó una carcajada limpia y abierta. El sonido de su risa inundó la casa vieja.

—El segundo.

Negué y reí contagiado por su carcajada. —No, los osos del primero me dejaron traumado y no he tenido el valor para comprarlo.

—También salen en el segundo —había algo de brillo de nuevo en su mirada—. Tienen un truco para enfrentarlos.

Me incliné hacia ella y le deposité un beso prolongado en la frente. —Vete a cambiar de ropa —le dije con un tono cargado de afecto y cariño—. Ponte algo cómodo.

—¿Algo cómodo? —arqueó una ceja para acompañar la sonrisa demasiado seductora en su rostro.

Reí al levantarme del sofá y quitarme la chaqueta del traje. —No me refería a eso. ¿Acaso solo soy un cuerpo para ti, canela?

—Es un cuerpo muy bonito.

—¿Bonito? —dejé la chaqueta en una silla cercana —Bonitos los cachorros y gatitos. Yo soy —me giré con demasiado dramatismo en mis movimientos, arqueando la espalda para acentuar mi trasero y darme una nalgada —sensual.

Luisa soltó una carcajada que duró largos momentos, culminando en una sonrisa tierna. —Michael, yo… —amplió la sonrisa, luego bajó la mirada—. No sé si esté lista para…

—No te preocupes —me acerqué y le levanté la barbilla con tanta suavidad y ternura como pude, clavando mi mirada en sus ojos—. No estoy aquí para eso. Tú eres más que un cuerpo para mí —lo dije en tono de broma, sacándole otra risita.

—¿Qué vas a hacer?

Me aflojé el nudo de la corbata y me arremangué las mangas de la camisa.

—Voy a ir a la cocina a preparar algo de comer mientras te vas a cambiar —le guiñé un ojo—. Tenemos toda la tarde por delante.

—¿Solo la tarde?

—Todo el tiempo que quieras.

Luisa asintió y se levantó con una energía que no tenía hace apenas unos minutos.

—Todo el tiempo que queramos —se acercó y plantó un tierno beso en mis labios.