Capítulo 30.
Luisa
—¿Dónde está la habitación de Elena Mendoza? —exigí a la enfermera de recepción con la respiración quemándome en la garganta.
La chica dio un salto en su silla y tecleó a toda prisa en su ordenador. Las luces fluorescentes del Centro Médico Horizontes me cegaban la vista. Un sudor frío me empapaba la nuca y me pegaba la blusa a la piel.
—Planta cuatro, habitación cuatrocientos doce.
No esperé a escuchar nada más. Eché a correr hacia los ascensores con el pulso martilleándome los tímpanos. Las suelas de mis zapatos repicaban contra el suelo de linóleo pulido.
El ascensor tardaba en bajar, apenas dándole tiempo a Hannah y Jessica para que me alcanzaran.
—Esta porquería es muy lenta —murmuré antes de que dijeran algo, girando hacia las escaleras. Subí los cuatro pisos de dos en dos escalones. Los pulmones me ardían y mis piernas temblaban cuando salí al pasillo.
“No me dejes todavía, por favor,” pensé.
El peso de mi propio embarazo me provocó una punzada aguda en el vientre bajo. “Ni siquiera le dije que sería bisabuela.” Ignoré el dolor y tiré de la pesada puerta cortafuegos para salir al cuarto piso. El olor antiséptico a yodo y alcohol me inundó las fosas nasales, revolviéndome el estómago.
—Se va a hacer lo que pide el Testamento Vital —escuché una voz familiar cuando giré en el pasillo.
Michael estaba ante un par de médicos y las enfermeras del piso. Traía su traje puesto y una expresión de autoridad implacable en el rostro.
—No tomaremos ninguna medida para prolongar su vida —ordenó con una voz grave que hizo vibrar el aire del pasillo—. Solo cuidados paliativos para garantizar que no sufra ningún dolor y pase sus últimos momentos con paz y dignidad.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. Una presión fría me oprimió el pecho y me dejó sin aire cuando Michael giró la cabeza y clavó sus ojos en los míos.
La expresión severa en su rostro se esfumó en una fracción de segundo.
Se apartó de los médicos con pasos rápidos y largos. Cerró la distancia entre nosotros antes de que yo pudiera dar un solo paso más, me cogió por el codo con suavidad, y el calor de sus manos traspasó la tela de mi chaqueta.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté con voz rasposa y quitarle mi brazo. La tensión acumulada en mis hombros me hizo apretar la mandíbula con tanta fuerza que me dolieron los dientes —Mi abuela no es paciente tuya —crucé los brazos sobre mi pecho.
Michael no retrocedió ni un milímetro. Me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo soltar una exhalación temblorosa.
—Es tu abuela —respondió con una firmeza absoluta y compasiva—. Por eso estoy aquí.
—¿A decirme lo que debo decidir respecto a…?
—No —me interrumpió—. ¿Qué quieres hacer?
La tensión de mis hombros desapareció, y una presión insoportable me aplastó la garganta.
—¿Qué sucedió?
Michael levantó la cabeza y miró detrás de mí.
No necesité girar para saber que Hannah y Jessica ya habían llegado.
Respiró profundo, y volvió su atención a mí.
—Le estaban ajustando una bomba de infusión para administrarle medicamentos de manera continua, pero éstos no hicieron efecto y decidieron trasladarla aquí para prevenir un edema agudo de pulmón.
—Entonces estará bien —me acerqué a él—. La trajeron a tiempo… ¿verdad?
Michael apretó los labios. —Luisa, los medicamentos no están funcionando. El corazón de Elena… Ya no tiene fuerzas.
Hannah, o Jessica, soltó un gritillo detrás de mí, y una de ellas puso una mano en mi hombro.
“El doctor nos advirtió que llegaría este momento,” pensé, cubriéndome la boca. “Joder, pensé que tendríamos más tiempo.”
—¿Qué es lo que quieres hacer? —me preguntó en un susurro, acercando su rostro al mío.
Perdí toda la fuerza en las piernas. Temblé de las rodillas con violencia y estuve a punto de desplomarme contra el suelo del pasillo. Michael me rodeó la cintura con sus brazos fuertes y me pegó contra su pecho.
El aroma a sándalo y especias de su colonia me envolvió por completo. Hundí la cara en su corbata y dejé escapar un sollozo.
—No puedo hacer esto —empapé la solapa de su chaqueta con mis lágrimas—. No puedo… Michael.
Un temblor incontrolable me recorrió la columna vertebral. Mis dientes castañearon al pensar en un mundo vacío y sin ella.
Michael me acarició el cabello con una mano firme y segura.
—Mírame, Luisa —me ordenó con voz suave. Levanté la cabeza y parpadeé para apartar las lágrimas que me nublaban la vista a través de mis anteojos —Eres la mujer más fuerte que he conocido jamás —me aseguró, limpiándome una lágrima de la mejilla con el pulgar—. Tienes la fuerza necesaria…
Negué con la cabeza. —No…
—Puedes hacer est…
—¡No!
—Canela —puso ambas manos en mis mejillas, me miró a los ojos y habló despacio—. No tienes que hacer esto sola si no quieres.
La taquicardia disminuyó al escuchar sus palabras. Un calor nuevo y reconfortante me subió por la nuca al darme cuenta de que él no tenía que decirme que entraría conmigo si yo se lo pedía.
Asentí despacio, tragando el nudo que me estrangulaba la garganta. Me aferré a su mano con fuerza desesperada, entrelazando mis dedos con los suyos.
Michael apartó a los médicos del umbral con un simple gesto de la cabeza. Entramos juntos en la penumbra de la habitación.
El ambiente allí dentro olía a medicamentos fuertes, a sábanas limpias y aire reciclado. El sonido estridente del monitor cardíaco llenaba cada rincón del cuarto con pitidos lentos e irregulares. Era un sonido constante que me taladraba los oídos y me aceleraba el pulso.
Mi abuela estaba postrada en la cama de hospital. Su piel lucía pálida y translúcida, y ella parecía más pequeña de lo que la recordaba, y frágil. Dios, qué frágil se miraba.
Me acerqué al borde de la cama y me dejé caer en la silla de visitas. Michael se quedó de pie justo detrás de mí, apoyando una mano cálida y pesada sobre mi hombro izquierdo.
Cogí la mano de mi abuela entre las mías. Su piel estaba gélida al tacto y temí que ya había llegado tarde, pero sus dedos apretaron mi mano.
—Hola, abuela —susurré con un hilo de voz.
Giró la cabeza muy despacio hacia mí. Abrió los ojos a medias y formó una sonrisa débil con sus labios secos.
—Lulú —un suspiro ronco y cansado escapó de su boca.
La máquina que emitía aquel pitido infernal se volvió loca. Un segundo pitido más intenso y molesto me sacudió completo, y me aferré a la mano de mi abuela.
Michael suspiró, se acercó a la máquina, presionó un par de botones y ésta dejó de emitir ruido, aunque el monitor aún mostraba la línea con picos que representaban su pulso.
El valle entre los picos era cada vez más grande.
Mi abuela gimoteaba… No, no eran quejidos de dolor, estaba tarareando. La miré. Tenía los ojos cerrados y fruncía el ceño, pero estaba sonriendo mientras producía una melodía baja, lenta, y arrastrada.
Tardé un par de segundos en reconocerla: Let it be.
Una presión punzante me oprimió el esternón. Aun en sus últimos momentos trataba de consolarme como cuando era una niña asustada y triste.
Respiré profundo. Yo era quien debía consolarla a ella.
Contraje el estómago en un espasmo doloroso. Abrí la boca para seguir la letra de la canción y cantar con ella.
Intenté articular las palabras, pero enmudecí en el primer intento. Un sollozo fuerte me sacudió los hombros. Me tapé la boca con la mano libre mientras las lágrimas caían por mi rostro caliente.
—No puedo —jadeé con dificultad para respirar—. No puedo hacerlo.
Michael me apretó el hombro con una firmeza reconfortante. Se inclinó hacia delante hasta que su boca rozó mi oreja.
—Puedes hacerlo, Luisa —me susurró con un tono suave que me hizo ceder la tensión de la espalda—. Déjame ayudarte.
Colocó ambas manos sobre mis hombros. Respiré hondo, absorbiendo su fuerza a través del contacto físico.
Me aclaré la garganta. Miré el rostro sereno de mi abuela y me obligué a abrir la boca de nuevo.
—And when the night is cloudy there is still a light that shines on me —temblé en cada sílaba, con un tono frágil pero lleno de amor.
Michael unió su voz grave a la mía en un susurro bajo y melódico—.
Shine on ‘till tomorrow, let it be —cantamos juntos para ella, llenando el vacío de la habitación con una armonía improvisada y rota.
Mi abuela abrió los ojos despacio.
—Let it be —seguí cantando entre sollozos, y ella cerró los ojos con lentitud.
Su pecho adoptó un ritmo de subir y bajar cada vez más superficial y pausado. Y un instante antes de que terminara la canción dejó de apretarme la mano.
No detuve la melodía ni siquiera cuando ella aflojó el agarre por completo y dejó la mano inerte entre las mías.
El silencio absoluto reclamó la habitación cuando terminamos el último verso.
Su pecho ya no se movía, y el monitor mostraba una delgada línea sin picos.
Apreté la mano sin vida de mi abuela contra mi frente y cerré los ojos con fuerza.
Escuché a Michael rodear la cama en completo silencio. Abrí los ojos y lo miré levantando la muñeca de la otra mano con delicadeza al mismo tiempo que colocaba dos dedos en el cuello pálido de mi abuela.
Mantuvo la mirada fija en el reloj de pared encima de la cama. Su rostro no mostraba la frialdad clínica de un médico, sino un respeto profundo y humano.
—Hora de la muerte —declaró Michael con voz suave—, seis de la tarde con cuarenta y dos minutos.
Solté la mano de mi abuela y me eché hacia atrás en la silla. Me quité los anteojos con dedos temblorosos y me cubrí el rostro con ambas manos.
Un espasmo me contrajo el diafragma y expulsé un gemido agudo, encogiendo mi cuerpo sobre la silla.
Sentí a alguien pararse frente a mí. Cuando abrí los ojos y encontré a Michael arrodillándose frente a mí. Le rodeé con los brazos y me hundí en su pecho. Me aferré a su camisa con los puños, mientras él acariciaba mi espalda.