Capítulo 29.
Luisa
—Voy a cortarle los huevos a Matt —dijo Jessica antes de darle una enorme mordida a su panecillo—. ¡De todos modos ya no los necesita!
—¿Los tratamientos de fertilidad van… bien? —preguntó Hannah como si estuviera tratando de desarmar una bomba.
—¡De maravilla! —Jessica todavía masticaba el pedazo de pan —¡Es una experiencia diez de diez que recomiendo ampliamente a todas las mujeres que disfrutan su síndrome premenstrual!
Jessica parecía a punto de desmoronarse sobre el mantel. Tenía unas ojeras oscuras bajo los ojos, signos de múltiples noches en vela y un cansancio que trascendía lo físico. La palidez de su rostro me encogió el estómago.
Solté una pequeña risa seca y la garganta me raspó. Acomodé mis anteojos sobre el puente de la nariz. La tela rígida de mi traje azul marino de pronto apretaba, como una armadura de hierro que me quedaba más apretada y cortaba mi respiración.
—Ya solo te quedan tres días de tratamiento, ¿no? —pregunté en voz muy baja y me incliné sobre la mesa para ofrecer un mínimo de consuelo —Ánimo.
Jessica levantó la mirada hacia mí con una lentitud penosa, como si el simple acto de mover los músculos del cuello requiriera un esfuerzo titánico.
—Que te den —ambas sonreímos. Sus ojos castaños estaban inyectados en sangre, carentes de su habitual chispa como maestra de instituto—.
Las hormonas me están metiendo una paliza —se frotó los brazos por encima de las mangas largas de su blusa y se abrazó a sí misma como si el aire acondicionado del restaurante le calara hasta los huesos—.
Ando sensible por todos lados —hizo énfasis en sus pechos—, tan hinchada que parece que me desayuné una pizza familiar yo sola, y los cambios de humor…
Siento que vivo en el cuerpo de una extraña.
Hannah estiró la mano sobre el centro de la mesa y cubrió los dedos fríos y temblorosos de Jessica con los suyos. Yo hice lo mismo. La calidez del gesto me provocó un ardor repentino en ojos.
—Las amo, chicas —Jessica cerró los ojos y sonrió—. Me hacía falta una tarde con ustedes.
—¿Matt te está ayudando? —Hannah sonrió —¿O sí se está ganando que le cortes los huevos?
—En realidad no se los quiero cortar —Jessica hizo un puchero—. Son huevos muy lindos.
—No necesitábamos saber eso —murmuré.
Hannah y Jessica rieron. —Matt es un auténtico santo en todos los sentidos posibles —Jessica esbozó una sonrisa débil—.
Es tan… Molesto. Él hace todo lo que puede y más para apoyarme.
Me prepara tés, me escucha llorar sin razón, y se sienta conmigo para ver esos dramas coreanos a los que nos hemos vuelto adictas.
¡Hasta parece que los disfruta! Me enoja no tener por qué enojarme, ¡y me enoja no saber por qué eso me enoja! ¿Entienden?
Hannah se encogió de hombros. —Max es igual —amplió la sonrisa—.
Hace unos días cuando me resfríe él no me dejaba hacer nada en la casa más que estarme sentada en la cama o el sillón.
¡Incluso se ofreció a llevarme cargando de la cama a la sala para que viera televisión más cómoda!
Y creo que también lo he vuelto adicto a esos dramas coreanos.
Él dice que no, pero estoy segura de que el otro día lo pillé viendo un capítulo sin mí.
—Parece que corre en familia esa necesidad patológica de arrollar con sus ayudas —hablé con tanto humor como pude, aunque no encontré una posición que aliviara la tensión de mis músculos.
Noté el cojín aterciopelado de la silla duro como una losa bajo mi peso.
Una presión invisible y brutal me aplastó el centro del pecho, comprimió mis costillas, y el aire se me atascó en los pulmones.
—Es cómo expresan su amor —dijo Hannah—. Y cuando los recompensas…
—Matt va a tener que esperar para eso —Jessica soltó una carcajada ronca, desprovista de cualquier rastro de humor—.
Yo creía que todas esas benditas hormonas en la sangre me iban a volver una ninfómana que lo tendría amarrado a la cama durante el tratamiento.
Pero en lo que menos pienso es en tener sexo.
Mi libido está muerta y estoy tan sensible que…
Escuchamos el llanto de un bebé a lo lejos.
Las tres giramos y miramos a varias mesas de nosotras a una mujer cargando a su cría.
Los gritos pararon de inmediato. Ella lo tuvo en sus brazos varios momentos hablándole, sonriéndole, haciéndole cariños con su mano libre.
Alcancé a notar una manita alzándose y tratando de tocarle la cara.
Me pasé la lengua reseca por los labios agrietados y saboreé el matiz salado metálico de mi propia ansiedad.
—¿Saben qué? —escuché a Jessica sin dejar de mirar a aquella madre y bebé —Valdrá la pena cada maldito segundo de dolor. Voy a tener un bebé con Matt. Voy a tener una familia con el hombre que amo con locura… Saber eso le da sentido a la tortura.
—Tener a alguien lo cambia todo en esta vida —Hannah apoyó el codo en la mesa, y la mejilla en la mano—. Saber con certeza que no tienes que estar sola cuando una tormenta te rodea te da una paz mental que no puedo ni describir.
—A cambio de tu independencia —dije al sostener mi vaso, pero sin darle un trago.
Jessica chasqueó los labios y negó con la cabeza. —Yo diría que a cambio de tu soledad.
La miré con ojos entrecerrados. —¿A cambio de mi…?
—Piénsalo —Jessica se giró hacia mí—. Sí, entregas parte de tu sacrosanto control.
Decisiones que antes necesitabas tomar por tu cuenta ahora tienen que pasar por otra persona.
Pero lo que recibes a cambio… —ella sonrió, y cuando miré de reojo a Hannah la encontré también sonriendo de oreja a oreja—.
Un compañero de vida incondicional, alguien que va a estar ahí en tus días buenos y en tus días malos…
—En especial en tus días malos —dijo Hannah con una mueca nostálgica.
Jessica negó con la cabeza y suspiró. —Creerías que tu mundo se reduciría a tu parte en la relación, pero la realidad es que se expande más allá de lo que te imaginas —ella rio y apuntó a su vientre—.
Jamás habría considerado ser una madre si Matt no estuviera en mi vida.
Caray, ni siquiera habría considerado que podía tener algo más en mi vida hasta que ese hombre me metió de lleno en su caos.
—Y yo no creía que merecía ser amada por solo ser yo antes de conocer a Max —Hannah suspiró—. Antes el amor necesitaba tener un precio. Max me ha demostrado que me ama porque sí, no por lo que pueda o deba aportar a la relación.
La bilis me subió de golpe por la garganta con un sabor amargo y espeso. Apreté mis manos bajo el mantel de la mesa con tanta ferocidad que clavé mis propias uñas en la carne de mis palmas y utilicé el escozor del dolor físico como un ancla.
El recuerdo de Michael impactó contra mi memoria como un puñetazo directo al rostro. Su sonrisa cálida y protectora bajo las luces de Broadway y su voz llenando el Blue Note se dibujó en mi cabeza. Luego recordé sus ojos llenos de preocupación cuando vio la prueba positiva de embarazo en sus manos.
“No era preocupación,” pensé al visualizar su expresión que en ese momento estaba demasiado metida en mis emociones para notarla. “Era determinación.”
Él quería estar en esta trinchera conmigo.
Él me ofreció todo.
Y yo lo rechacé de la manera más cruel.
Joder, estaba convencida de que si yo no conseguía algo por mi cuenta en esta vida nadie me lo daría. Si yo no defendía lo que valoraba en la vida, nadie más lo haría. Si yo no resolvía mis problemas por mi cuenta, nadie más lo haría.
Quizá por eso nunca me enamoré: porque el amor es algo que no me puede pertenecer, y las personas que me lo han dado en la vida me han dejado, comenzando con mis papás al morir y dejarme sola en el mundo.
Una ráfaga de calor abrasador me inundó las mejillas, encendió mi rostro en rubor, y el pánico se instaló en mi pecho y rasgó mi respiración. Mi bebé… No, nuestro bebé, crecía en mi interior.
“Es como expresan su amor,” repetí las palabras de Hannah en mi cabeza, y no pude evitar pensar en Michael y todo lo que había intentado hacer por mí.
Miré a Jessica de nuevo y admiré el coraje silencioso que residía en su rostro cansado. Ella estaba dispuesta a sufrir dolores musculares diarios y alteraciones hormonales atroces por el simple hecho de amar a Matthew Spencer.
“Y tú huiste en el instante exacto en que Michael intentó demostrarte que no tenías que estar sola.”
El nudo de culpa en mi estómago se apretó con tanta violencia que una fuerte oleada de náusea subió hasta mi paladar. Tragué saliva con muchísima dificultad y forcé los tensos músculos de mi garganta para bajar la bilis.
—¿Luisa? —la voz dulce de Hannah rompió mi trance.
Levanté la vista con el cuello rígido, adolorido y pesado. Ambas me miraban.
—Estás muy pálida —Jessica apartó su plato de ensalada hacia un lado para prestarme toda su atención—. ¿Te encuentras bien? Pareces a punto de desmayarte.
El calor sofocante de la culpa, el arrepentimiento y la desesperación me envolvió y me asfixió como una gruesa manta de lana en pleno verano.
Necesitaba soltar este enorme peso antes de que me aplastara.
Necesitaba a mis amigas.
Lo necesitaba a él.
Abrí la boca, pero las palabras se me quedaron atascadas en la laringe y formaron un tapón doloroso y seco de puro terror. Tomé una bocanada de aire profunda y ruidosa y forcé a mis pulmones constreñidos a expandirse bajo la presión aplastante de mi angustia acumulada.
—Chicas —decir esa simple palabra me costó esfuerzo—. Tengo que decirles algo muy…
El timbre agudo y metálico de mi móvil rompió el silencio con la fuerza ensordecedora de un disparo a quemarropa. Di un respingo tan violento en mi silla de madera que casi la vuelco hacia atrás.
Tanto Hannah como Jessica bajaron la mirada junto conmigo.
La pantalla de llamada entrante decía “Hogar San José.”