Capítulo 28.
Michael
—Adelante —forcé un tono de voz firme y desprovisto de emociones mientras trataba de hallarle sentido al reporte de gastos que tenía enfrente.
El zumbido constante del sistema de ventilación era el único sonido que habitaba mi despacho en el Centro Médico Horizontes, donde la luz blanca, cruda y estéril de los fluorescentes me taladraba las pupilas.
Di gracias por haber nacido en una familia perspicaz pues ninguno de ellos volvió a tocar el tema de mi propuesta fallida cuando hablamos. Papá solo me dijo una cosa: Cuando estés listo, aquí estaré.
“Fui un imbécil de primera,” pensé. Al menos ya había vuelto a la oficina, y la preocupación por tener tiempo libre para que mi mente divagara hacia Luisa desapareció en cuanto mi asistente me soltó el número obsceno de pendientes que debía atender.
No ayudaba que mi insomnio había empeorado. La presión en mi pecho no había cedido ni un solo milímetro desde la noche en el bar. Luisa y nuestro bebé atormentaban mis noches con sueños que cada día me parecían más lejanos.
La pesada puerta se abrió con suavidad. Levanté la mirada y encontré a Adriana cruzando el umbral de la oficina.
Me extrañó que no llevara su bata blanca, solo una blusa morada abotonada y una falda lápiz que delineaba su figura con elegancia profesional.
Su cabello estaba recogido en un moño estricto, sin un solo mechón fuera de su sitio.
“Lástima que volvió con su ex,” me mordí el labio a propósito, tratando de evocar una lujuria que ya no estaba ahí, y sonreí. “Aunque no haya vuelto, no me siento en condiciones de nada en este momento.”
—He visto residentes luego de un turno desastroso con mejor apariencia que tú.
Reí. —No he podido dormir bien últimamente.
Su lenguaje corporal me pareció… raro. “¿Está nerviosa? ¿Incómoda?” No esperaba que Adriana se moviera con la cadencia seductora del pasado, pero sus pasos eran tiesos y rápidos, como si no quisiera estar ahí.
Su rostro estaba desprovisto de cualquier rastro de coquetería, reemplazada con una serenidad profunda que me descolocó por completo.
Se acercó hasta quedar frente a mi escritorio y se detuvo.
Noté el sobre que traía en la mano hasta que me lo ofreció. Mantuve la vista en el sobre durante unos segundos y luego levanté los ojos hacia ella. —¿Qué es esto?
Ella tomó aire despacio, se sentó en la silla frente a mi escritorio y cruzó las piernas con elegancia.
—Es mi renuncia formal, Michael —dijo con una voz clara y carente de dudas.
El aire se me atascó en los pulmones por un segundo. “A la mierda, lo que me faltaba,” la frase me golpeó el estómago con la fuerza de un puñetazo físico.
—¿Tu renuncia? —me incliné hacia delante y apoyé los codos sobre el escritorio—.
Adriana, acabamos de evitar el desastre de la huelga con el personal de enfermería, y tenemos varios proyectos de expansión de este hospital.
Además —bajé el tono de voz, como si hubiera alguien que pudiera escucharnos —Pensé que nuestra…
relación había quedado resuelta de forma profesional.
—No tiene nada que ver con nosotros, Michael, ni con el hospital —ella relajó los hombros—. El trabajo aquí ha sido… Es fenomenal.
—Entonces no entiendo lo que está pasando —cogí el sobre blanco y sopesé su peso entre mis dedos—. Eres brillante en lo que haces. Nova Vitalis… No, yo te necesito aquí al mando de Horizontes. Si es una cuestión de salario o de presupuesto…
El pecho de Adriana vibró con un sonido suave y genuino.
—No es una cuestión de dinero, Michael, ni de prestigio profesional —se inclinó un poco hacia delante. Apoyó las manos en su regazo—. Julián acaba de recibir una oferta de trabajo irrenunciable.
“El ex. Parece que la cosa va muy en serio.”
—¿Una oferta de trabajo?
—Sí —sus pupilas se dilataron con una chispa vital y luminosa—. Lo han contactado para un puesto directivo muy importante… En San Francisco.
Me recosté en la silla de cuero. La tensión abandonó mis músculos poco a poco.
—San Francisco está lejos.
—Lo sé —las comisuras de sus labios se elevaron. Esa expresión transformó su rostro de una manera que jamás apareció durante nuestros encuentros casuales—. Me ha pedido que le acompañe. Que nos mudemos todos juntos como una familia.
Una tranquilidad ajena a la oficina inundó mi pecho al escuchar la firmeza y la esperanza en su tono de voz.
Mi postura rígida y distante se disolvió en el acto.
Dio paso a una alegría sincera por la mujer que tenía enfrente.
Solté el sobre sobre el escritorio y mantuve el contacto visual con total honestidad.
—Adriana, eso es… —mis propios labios se curvaron de forma espontánea—. Maravilloso. De verdad me alegro muchísimo por ti. Por ustedes.
—Gracias, Michael —era la primera vez que la miraba sonreír así. Podía notar la ilusión en su rostro—. Significa mucho.
Me quedé en silencio durante un momento, analizando la paz que irradiaba su postura. La curiosidad, impulsada por mi propia desesperación interna, me obligó a hacer la pregunta que me rondaba la cabeza.
—Adriana —medí mis palabras con cuidado—. Si no te molesta que te lo pregunte… ¿por qué se divorciaron en primer lugar? Es obvio que tú y Julián se aman.
Sabía que era entrar en terreno personal, pero necesitaba entender cómo dos personas podían romperse y luego reconstruirse. Ella no pareció ofenderse ni incomodarse. Al contrario, exhaló de manera profunda y desvió la mirada hacia el ventanal de mi oficina por unos instantes.
—Éramos jóvenes y estúpidamente ambiciosos —su voz suave acompañó el brillo en su mirada al recordar—. Estábamos demasiado concentrados en nuestras carreras. Queríamos comernos el mundo, demostrar que éramos los mejores en nuestros respectivos campos.
Asentí despacio.
—Y luego llegaron los niños —Adriana volvió a mirarme—. Toda nuestra energía se dividió entre escalar en el trabajo y la crianza de nuestros hijos.
—No quedó nada de tiempo ni de espacio para la pareja —las estadísticas frías que siempre leía sobre el personal médico acudieron a mi memoria.
—Eso creíamos nosotros —Adriana me miró con una intensidad que me clavó en la silla—. Pero recientemente nos sentamos a hablar. Hablar de verdad. ¿Sabes? Honesta y transparentemente, sin reproches ni rencores.
Tragué saliva. Un nudo invisible se formó en mi garganta.
—¿Y a qué conclusión llegaron?
—A que el trabajo y los niños fueron solo la excusa perfecta —ella apoyó las manos sobre el borde de mi escritorio—. El verdadero motivo fue que creíamos que nuestros caminos eran distintos por trabajar en ramas distintas. Yo en la medicina, y él en la tecnología.
—Cada quién a lo suyo.
—En nuestro deseo de que todo fuera perfecto —hablaba despacio, como si cada palabra le costara trabajo—, tratamos de ser parte del mundo del otro.
Yo quería que él fuera el marido ideal, —rodó los ojos y sonrió —él quería que yo fuera la esposa impecable, y creo que ambos queríamos que así fuera.
Pero nunca nos sentamos a comunicarnos y encontrar la manera de hacerlo.
Yo hacía lo que creía que él necesitaba, y él hacía lo que creía que yo necesitaba —ella rio—. Rara vez acertábamos.
El aire desapareció de mis pulmones como si alguien hubiera abierto una válvula de escape en mi pecho. Un calambre helado me recorrió la columna vertebral y erizó el vello de mi nuca.
“Nunca nos sentamos a comunicarnos y encontrar la manera de hacerlo…” sopesé las palabras de Adriana.
Sonreí. —Leer mentes no es uno de tus muchos talentos —dije.
Ella suspiró. —Ni de Julián —me apuntó con el dedo índice—. Eso es exactamente lo que pasó. Y eso mata cualquier tipo de amor, Michael.
El ácido estomacal se me revolvió, dejando un sabor a bilis y a remordimiento en la parte posterior de la lengua.
“Yo creía que la estaba ayudando,” la imagen de Luisa mandándome al carajo asaltó mi mente, y pude notar por primera vez que no estaba furiosa.
No en realidad. Estaba aterrorizada, ahogándose, siendo tirada bajo el agua por el peso de su embarazo, y yo le arrojaba un salvavidas en lugar de tirarme al agua con ella y ayudarle a cargar ese peso.
“No soy proyecto de beneficiencia de nadie,” me gritó Luisa, y tenía toda la puñetera razón del mundo.
—Michael —la voz de Adriana rompió el trance en el que había caído.
Parpadeé rápido. Enfoqué la vista en su rostro. Mis manos estaban aferradas a los reposabrazos de mi silla con una fuerza desmedida y mis nudillos lucían completamente blancos. Aflojé el agarre de inmediato y solté el aire retenido en una exhalación temblorosa.
—Lo entiendo, Adriana —mi propia voz sonó ronca—. Y te deseo de todo corazón lo mejor. Te lo mereces.
—Gracias —ella me escrutó con sus ojos oscuros. Inclinó la cabeza hacia un lado, y su expresión profesional dio paso a una genuina preocupación—. Michael, ¿estás bien?
Aflojé el nudo de mi corbata con brusquedad y exhalé por la boca manteniendo la mirada firme en sus ojos.
—Me acabo de dar cuenta de que tengo que pedirle una disculpa a alguien —pronunciar esas palabras fue como inyectar oxígeno puro directo en mis venas.
Los párpados de Adriana se elevaron de golpe por la sorpresa antes de que sus labios se curvaran.
—Entonces no pierdas ni un solo segundo más aquí, Michael —se puso de pie.
Me levanté de la silla de cuero para despedirla. El cuerpo entero me vibraba de energía contenida. Rodeé el escritorio y me acerqué a ella.
Adriana y yo extendimos nuestras manos al mismo tiempo para un apretón de manos, pero ambos reímos ante lo ridículo del gesto. Acortamos la distancia entre nosotros, ella me dio un beso afectuoso y sonoro en la mejilla, y nos dimos un fuerte y cálido abrazo.
—Creo que Nova Vitalis buscará expandir operaciones hacia el oeste en los próximos años —dije al separarnos.
Adriana levantó las cejas. —Contáctame cuando eso suceda.
—Suerte en San Francisco.
—Suerte con ella, Michael —se giró hacia la puerta—. Y recuerda… Sé lo que ella necesita, no lo que crees que necesita, y dile a ella lo que necesitas.
Me quedé de pie en el centro de la oficina. La claridad mental que me embargaba era absoluta y embriagadora.
Tenía que encontrar a Luisa y, primero que nada, ofrecerle la mayor disculpa en la historia de las disculpas. Se me ocurrieron mil cosas que podría hacer por ella, pero un sonido agudo y estridente rompió la atmósfera de la oficina: El pitido de alerta médica del móvil.
Mi pulso enloqueció y golpeó con fiereza mis costillas. Me giré de golpe hacia el escritorio y encontré el aparato vibrando y pitando.
Cogí el móvil y leí el mensaje de texto que acababa de entrar.
El aire abandonó mis pulmones.
URGENTE – Hogar San José