Capítulo 27.
Michael
—…I’m still standing better than I ever did, looking like a true survivor, feeling like a little kid… —canté, golpeando las teclas del piano con una fuerza desesperada que hizo vibrar la madera vieja del piano. —I’m still standing! Yeah yeah yeah!
El acorde final resonó en el aire cargado de humo y olor a bourbon, mezclándose con mi respiración agitada. Un sudor frío empapó mi camiseta bajo los focos abrasadores del escenario. La tela se pegó a mi piel y un dolor punzante oprimió mi esternón.
El público estalló en aplausos y silbidos, un ruido ensordecedor que zumbaba en mis tímpanos. Pasé el dorso de mi mano por mi frente empapada y levanté la vista hacia las mesas sumidas en la penumbra del local.
—Muchas gracias, público querido —dije al micrófono con una sonrisa antes de ponerme de pie. Me dirigí a la barra, y en el camino varios comensales estrecharon mi mano o levantaron su cerveza brindando a mi salud.
Nada de eso cubría el agujero dentro de mi pecho, donde debía estar mi corazón.
Llegué a la barra y el encargado del bar ya me tenía listo un vaso con agua mineral y limón. —Hoy estás inspirado, chico.
“Realmente debería preguntar su nombre,” pensé antes de beber. “Joder, debería preguntar el nombre de este puñetero lugar.”
Jugué con la idea de coger un vuelo a Nueva York y refugiarme en el Blue Note hasta que desapareciera el maldito dolor que me retorcía las entrañas y se aferraba a ponerme a Luisa por encima de cualquier otro pensamiento.
No podía dirigir Nova Vitalis así.
No podía ser médico así.
Giré hacia el escenario y miré el viejo piano, la mejor terapia del mundo.
Traté de dar otro trago a mi vaso, pero encontré que ya lo había bebido todo. Reí, miré al camarero y levanté el vaso, indicándole que necesitaba un relleno.
—Más te vale que no estés pensando manejar —escuché detrás de mí.
—Amigo, eso no es de tu… —giré hacia la voz, y tuve que levantar la vista hacia arriba.
Muy arriba, por encima de unos pectorales enormes imposibles de ocultar detrás de un traje hecho a la medida hacia el rostro de mi hermano mayor.
—Michael —me saludó Max.
—¿Qué demon…?
—Este lugar es encantador —escuché detrás de mí. Giré para encontrar a Matt de espaldas a la barra y apoyando los codos en ella—. Aunque creo que estamos demasiado arreglados para este lugar.
Me atraganté con el aire. Una punzada de tensión me recorrió la columna, erizando el vello de mi nuca. Un latido brutal golpeó contra mis costillas. La sangre zumbó en mis oídos.
Matt no se equivocaba. Tanto él, como Max, ¡como mi padre, que estaba a un lado de Matt! venían con trajes de negocios. Yo solo traía unos vaqueros y una camisa negra sin estampado.
—No creo que eso importe, papá —miré detrás de Max y encontré a Marina cogiendo mi vaso y oliendo el interior—. No estás tomando. Todavía tienes mi respeto, tío Mike.
—¡¿Qué carajos hacen todos ustedes aquí?! —les grité.
Max me miró con los brazos cruzados y una expresión analítica. —No contestas tus llamas ni tus mensajes.
—Y tu asistente me dijo que estabas enfermo —dijo Matt—. Pero tú siempre nos contestas. Nos preocupaste, zopenco.
Papá se acercó y me clavó la mirada. —Hijo, tienes un talento increíble —dijo con una voz profunda—. Me has dejado sin palabras.
—El viejo tiene razón, Michael —Max descruzó los brazos y asintió—. Tocas como un auténtico profesional.
—Es alucinante —Matt le dio un sorbo a un vaso con lo que supuse era whisky—. Sabía que podías tocar varios instrumentos, pero eso… —levantó el vaso hacia el escenario.
Marina levantó la vista de la pantalla brillante de su móvil y me dedicó una sonrisa cargada de arrogancia juvenil. —Es bastante genial.
Tragué una bilis ácida que me quemó la garganta. La visión de túnel oscureció los bordes de la sala por una fracción de segundo. Cerré los puños con fuerza y tensé los hombros hasta que los músculos de mi espalda protestaron por el esfuerzo.
—Gracias por los cumplidos —dije, tragando saliva para deshacer el nudo de alambre de espino que asfixiaba mi garganta—. ¿Cómo me encontraron?
Marina rodó los ojos con diversión y me mostró su móvil. —Un truquito que aprendí en la facultad de informática, tío.
Un sabor metálico y amargo me inundó la boca. “Voy a tener que encontrar otro lugar,” pensé, incapaz de decirles que estaban invadiendo un espacio que consideraba personal.
Papá se inclinó hacia delante y clavó sus ojos en los míos. —¿Cómo te fue con la propuesta de matrimonio?
El impacto de sus palabras golpeó mi pecho y expulsé todo el oxígeno de mis pulmones. Me quedé boqueando en silencio con un dolor agudo clavado en mi esternón.
La imagen de Luisa asaltó mi memoria con crudeza. Sus ojos llenos de furia alimentaron la mía. Sus reclamos, su indignación, su puñetera soberbia. Todo volvió a mí como si hubiera sucedido minutos atrás.
Me enderecé, apartando las manos de la barra como si la madera estuviera al rojo vivo. —No —usé un tono tan cortante y defensivo que Max parpadeó con sorpresa.
Papá frunció el ceño. —Hijo, solo quiero saber si…
—He dicho que no —alcé la voz por encima del murmullo general del bar—. No voy a hablar de eso aquí. Ni hoy, ni nunca. No hay nada de qué hablar.
Matt dejó su vaso en la mesa y me miró con compasión. —Michael, si las cosas no salieron bien, nosotros podemos…
—Ella dijo que no, y es todo lo que necesitan saber —apreté la mandíbula hasta que mis dientes rechinaron por la tensión—. Este bar es el único sitio donde puedo… Donde podía desaparecer… Y ahora…
Ninguno de los cuatro dijo una sola palabra. El silencio chocó con las carcajadas y la música de fondo del local. La presión en mis sienes aumentó y una punzada de dolor latió detrás de mis ojos.
Levanté la mano. Le hice una seña seca al encargado. Él me observaba desde detrás de la barra, frotando un trapo contra un vaso de cristal. —Pon todas las bebidas de mi familia en mi cuenta —grité por encima del ruido. Él asintió.
Di media vuelta sin esperar respuesta de mi padre ni de mis hermanos. Necesitaba huir de sus miradas de lástima, escapar de esa compasión que me volvía más inútil y roto.
Caminé de regreso hacia el escenario. Ahí arriba solo estaba yo y el instrumento.
Subí los escalones arrastrando los pies. Los focos de colores me quemaron las retinas. Me dejé caer de nuevo en el taburete y acerqué el micrófono a mi rostro antes de rozar la superficie lisa y fría de las teclas.
—¿Qué quieren escuchar ahora? Acepto peticiones.
Un coro caótico de voces borrachas entonó nombres de diversas canciones. Cerré los ojos, poniendo atención a cuál de todas ellas tiraba de mi alma y me inspiraba a tocar.
La que menos esperaba se alzó por encima de todas.
—¡Open Arms de Journey! —gritó la inconfundible voz de mi padre.
Dejé de respirar. La garganta se me cerró por completo y mis músculos se bloquearon. Abrí los ojos de golpe y busqué a mi papá. La familia había encontrado una mesa circular a algunos metros del escenario, a suficiente distancia como para encontrar un brillo de ilusión en los ojos de mi padre.
Open Arms fue la canción que bailó con mi mamá en su boda. Por obvias razones era la canción que él apreciaba más en su corazón.
Pero también fue la canción que canté para ella la tarde que ella murió… Joder, fue lo que escuchó en sus últimos momentos.
—Tócala para mí, Mickey —recuerdo que me dijo con una sonrisa.
Por supuesto que lo hice. Instalé mi viejo teclado Yamaha a un lado de la cama, toqué y canté para ella, pensando que estaba descansando.
De cierta manera, lo estaba.
Papá no lo sabía. Ninguno de ellos lo sabía.
Solo sabían que ella falleció mientras yo la cuidaba.
Escuché sin querer al médico que la revisó decirle a mi papá que debía estarle faltando el aliento durante horas, que podrían haberle dado otro par de semanas, quizá un mes, si la hubiéramos llevado al hospital.
Yo no sabía. Era un chico que quería ver a su mamá enferma descansar. Pero ese día me prometí que no volvería a sucederme algo así. Si podía ayudar a un ser querido, lo haría.
El estómago se me revolvió. No pude negarme a mi mamá cuando me pidió su canción, no podía hacerlo con mi papá.
Posé las manos sobre las teclas. El marfil helado raspó las yemas de mis dedos, y toqué.
Un calambre recorrió mis antebrazos hasta clavarse en mi pecho mientras cantaba con los ojos cerrados.
La melodía fluyó con precisión técnica. Nadie se daría cuenta que llevaba años sin tocar esa canción.
Un peso sofocante oprimió mis costillas en cada nota, ayudándome a expulsar los sentimientos que exigían escapar de mi alma.
Canté la primera estrofa con un hilo de voz. Las palabras rasparon mi laringe seca, y volví a ser ese chico adolescente tocando en su teclado a un lado de la cama de su madre moribunda.
—Now I come to you with open arms! —la imagen de Luisa afuera de su casa exigiéndome que me marchara de su casa avivó la energía de mis palabras —Nothing to hide! Believe what I say! —el mismo sentimiento que motivó mi promesa forzada de que me haría cargo del bebé explotó junto con mi canto.
—So here I am with open arms! —ya no cantaba, gritaba desde el fondo de mi alma al mismo tiempo que golpeaba el piano con todo el coraje, tristeza y anhelo que llevaba días saboreando. —Hoping you’ll see what your love means to me.
Mi garganta estaba desgarrada. Aplasté las teclas por última vez, y el acorde menor se desvaneció en la acústica del local. El mutismo invadió el bar durante un par de segundos antes de estallar en una ovación frenética.
Exhalé un suspiro tembloroso, vaciando el aire de mis pulmones. Miré a mi familia y todos estaban aplaudiendo. Papá lloraba con una enorme sonrisa en su rostro.
Me puse de pie. Mis piernas apenas sostenían mi peso y mis rodillas temblaron.
Bajé del escenario y caminé hacia la puerta de salida, esquivando las mesas, negándome a mirar atrás. Empujé la puerta del local con ambos brazos y salí a la calle.
—¡Michael! —gritaron detrás de mí, pero no me detuve. No miré hacia atrás. Seguí hasta mi coche, subí y me largué de ese lugar.