Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 26.
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Capítulo 26.

Luisa

—Así que tú eres la famosa Fiscal de Hierro —dijo Don Alfonso Ruiz al ponerse de pie cuando me acerqué a la mesa donde él y Tomás me esperaban.

Era el dirigente máximo del partido y me observaba con los labios tensos en una línea recta que no modificaba la frialdad geométrica de su rostro. Tenía unos sesenta años con el pelo completamente blanco y cortado a la perfección, vestía una americana de seda azul, y apestaba a colonia de lujo.

—Encantada de conocerlo, don Alfonso —estreché su mano con una firmeza que no supe de dónde saqué. Quizá de la rabia que todavía borboteaba en mi interior al recordar lo sucedido con Michael—. He escuchado mucho de usted.

—Nada bueno, espero —el viejo sonrió cuando nos sentamos. Aunque la mesa fuera circular, parecía que las sillas estaban acomodadas de tal manera que Tomás y yo estábamos un poco más de frente hacia él.

Mis párpados pesaban como plomo bajo la luz opresiva y deslumbrante de las lámparas de cristal.

Me removí en la silla de cuero y oculté el temblor de mis manos entrelazando los dedos sobre mi regazo.

“Mucho café,” pensé al beber un sorbo de agua helada.

El líquido bajó como una cascada de agujas por mi esófago.

Habían pasado cuarenta y ocho horas. El nudo en mi tráquea seguía intacto. Repasé los techos altos y la decoración ostentosa del restaurante.

La Terraza del Olivo.

“No volveré a pisar este maldito lugar en mi vida,” pensé, apretando la mandíbula hasta que me crujieron los dientes.

Llevaba mi traje gris más rígido. Una armadura abotonada hasta el cuello. Miré a Tomás. Luego al hombre que presidía la mesa con su americana impoluta y el murmullo ensordecedor de los comensales adinerados a sus espaldas.

Visualicé las mesas a nuestro alrededor vacías con una vela encendida en cada una de ellas siendo la única fuente de iluminación del hermoso lugar, como si estuviéramos encerrados en una cueva del mediterráneo.

Imaginé el aroma de las orquídeas, lirios y peonias que nos envolvería.

Casi vomito en ese instante, pero sacudí la cabeza y volví a la realidad.

—¿Estás bien? —me preguntó Tomás con voz baja mientras el camarero tomaba la orden de don Alfonso.

—Estoy perfectamente —mi contestación fue en automático.

—Te ves un poco pálida.

Recoloqué mis gafas sobre el puente de la nariz con un gesto mecánico. —Sigamos con esto.

El ruido de los cubiertos chocando con la porcelana me taladraba los tímpanos. Deseaba arrastrarme hasta mi cama y dormir durante días.

—¿Y para usted, señor? —le preguntó el camarero a Tomás.

Éste me miró de reojo y sonrió. —Nunca te callas sobre el pollo a la parmesana de este lugar —asintió al mirar al camarero—. Veamos si está a la altura de su fama.

La garganta se me cerró, conteniendo el fuego que me explotó en mi interior. Me obligué a mí misma a sonreír y mirar al camarero. —Yo también, por favor.

Miré el móvil boca abajo sobre el mantel blanco. Deslicé el pulgar por la pantalla oscura. El cristal devolvió mi reflejo bajo la luz hiriente del local.

Ni una sola notificación.

—El congresista Ortiz ha resultado ser un completo idiota sin el menor instinto de supervivencia política —Don Alfonso saboreó su vino tinto y dejó la copa sobre la mesa de un golpe seco—.

Han encontrado una serie de transferencias bancarias para pagar las reformas de varias casas de lujo que regaló a sus amantes, todas ellas exempleadas.

—Y ya tenemos fotos comprometedoras de tu rival en las elecciones en un yate privado a solas con la esposa del secretario de turismo.

—Nada me da más asco que una persona incapaz de controlar sus propios impulsos —el dirigente chasqueó la lengua—.

Confío que tienes mejor control sobre ti misma.

Tu ética de trabajo es tu carta de presentación —Don Alfonso entrelazó sus dedos sobre la mesa—.

Si tienes esqueletos en tu armario, ahora es el momento de decirnos.

Escuché cada palabra. Recordé cuando revisé mi cuenta bancaria aquella mañana y respiré aliviada. “Por lo menos tengo mi propio dinero para salir de aquí si esto explota,” pensé, tomando otro trago de agua helada. “Con los cuidados de mi abuela asegurados, no tengo nada de qué preocuparme.”

—Estoy lista para empezar la campaña —cuadré los hombros bajo la chaqueta de mi traje.

Tomás sonrió. El dirigente del partido asintió con un movimiento de cabeza lento, dándome el visto bueno definitivo.

Un calambre me dobló el estómago y la bilis me quemó la garganta. Tragué saliva con dificultad para contener la arcada, y un hormigueo en mi vientre me recordó el origen de esos malestares.

—Hay una condición previa que deben conocer antes de que hagamos cualquier anuncio oficial a los medios de comunicación —apreté los puños debajo de la mesa—. Estoy embarazada de unas cuantas semanas.

Sus miradas se fijaron en mi rostro. La luz del restaurante de repente parecía quemar mi piel, tan intensa como el foco de una sala de interrogatorios.

La sonrisa del rostro de Tomás se desvaneció, y sus ojos se llenaron de pura rabia.

Pero Don Alfonso no mostró ningún cambio en su semblante. —¿Tienes una relación sentimental con el padre del niño?

—No —contesté al instante.

—¿Sería posible convencerlos de que se casaran? —preguntó Tomás, y la mirada que le lancé fue toda la negativa que necesitó.

Mantuve la mirada fija en Don Alfonso. Podría haberle mentido, pero era algo que saldría a la luz tarde o temprano.

Quizá luego estarían obligados a apoyarme, pero aquello habría roto toda confianza que el partido tendría en mí.

El dirigente se echó hacia atrás en su silla y tamborileo sus dedos sobre la mesa.

—Dijo que ahora era el momento de sacar los esqueletos de mi armario —dije.

—Eso es más que un…

—Guarda silencio, Tomás —don Alfonso le interrumpió sin quitarme la mirada de encima, luego sonrió—. Conoces bien los valores conservadores de nuestro partido.

—Sí.

—Y aun así optaste por ser honesta, a sabiendas que eso justificaría una búsqueda por otro candidato.

—Mi integridad es mi carta de presentación —le sostuve la mirada a los ojos—. Para bien, o para mal.

Don Alfonso asintió, luego sonrió. —Qué par de cojones cargas, mujer —respiró profundo, le dio un trago a su vino, y alzó las cejas—.

Podemos venderlo a la opinión pública como la victoria de una mujer que no necesita a nadie para triunfar.

La imagen de madre soltera y luchadora podría ser un activo muy valioso.

Caray, quizá sea suficiente para atraer el voto de los sectores más progresistas de la ciudad. Sí, serás una candidata perfecta.

Mi piel se erizó. Una etiqueta con un código de barras acababa de estamparse en mi frente, y en lugar de estar brincando de la emoción por dentro solo quería gritar. No sé cómo aguanté tanta tensión en mi rostro esforzándome por mantener la sonrisa ante ese hombre.

—¿El padre del bebé va a suponer algún problema? —preguntó Tomás.

Un pinchazo gélido me taladró la base del cráneo y bajó por toda mi columna vertebral.

“Me haré cargo,” recordé sus palabras, y cada una me golpeó el alma, dejándome un adormecimiento nauseabundo que casi me provoca una arcada. “Nada le faltará.”

—El padre estará presente en la vida del niño y cumplirá con sus obligaciones —alcé la barbilla—. Es un buen hombre, eso lo puedo asegurar.

—¿Podrías decirnos de quién se trata? —preguntó Tomás.

Abrí la boca para decirles, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta como cristales rotos. En mi mente, el decorado del restaurante y los rostros expectantes de don Alfonso y Tomás se difuminaron, siendo reemplazados por el recuerdo de esa noche con Michael.

Recordé su mirada vacía, desprovista de cualquier rastro del brillo que solía iluminar sus ojos. Recordé el tono cortante de mis propias palabras, mi arrogancia al decirle que no lo necesitaba, como si fuera una pieza de ajedrez prescindible que no encajaba en mi tablero.

Esa misma convicción me supo a veneno irónico. Tendría que buscarle para pedirle que colaborara, que aceptara un papel en el teatro que acababa de aceptar protagonizar.

No podía aceptar por él. ¿No fue por eso mismo que me enojé con él? ¿Hacer algo que le afectaría sin su conocimiento ni su aceptación? La magnitud de semejante hipocresía me provocó unas nauseas casi intolerables. “No le puedo hacer lo mismo.”

—No —les dije a ambos—. No puedo decirles quién es todavía. Necesito hablar con él primero. Solo sé que se hará responsable, pero nada más.

Don Alfonso y Tomás compartieron una mirada. —Podemos trabajar con lo que tenemos por ahora —dijo el dirigente.

El almuerzo siguió, pero yo apenas probé bocado. La comida tenía textura de cartón en mi boca seca. Yo solo quería largarme de ahí y encerrarme en mi habitación. Me despedí de los dos hombres con un apretón de manos firme, rápido, gélido.

El aire de la calle impactó contra mi rostro. Saqué el móvil de mi bolso y mis dedos torpes buscaron el contacto de Michael mientras caminaba hacia mi vehículo.

Su nombre brilló en la pantalla.

Parpadeé rápido para disipar la humedad que emborronaba mis ojos. Tuve el pulgar encima del ícono para llamarle. Solo había milímetros separándolo de la pantalla. Milímetros que bien podrían haber sido una placa metálica. Fui incapaz de hacerlo.

Bloqueé el dispositivo y lo arrojé en el bolso. Subí al coche y cerré la puerta de un portazo, aislándome del ruido exterior. Sujeté el volante hasta que mis nudillos palidecieron.

Debería estar feliz. Mi carrera política estaba avanzando a pasos agigantados rumbo al congreso. La meta estaba a la vista.

Lo único que quería hacer era echarme a llorar.