Capítulo 25.
Luisa
—¿Pero qué…? —dije cuando aparqué el coche frente a mi casa, un poco más atrás de lo que acostumbraba debido a un Aston Martin que conocía demasiado bien.
Gruñí y cogí la bolsa de comida a mi lado como si la quisiera arrancar del asiento. La hamburguesería no estaba lejos, pero cinco minutos con esos aromas fueron suficiente para que la fiera dentro de mi barriga comenzara a ronronear.
Salí del coche y me detuve a varios pasos de mi porche, donde Michael estaba sentado.
Traía un traje elegante, más de lo que acostumbraba a usar en el día a día del trabajo. Hasta la corbata estaba en su lugar, y peinado a la perfección.
Pero su rostro carecía de la mueca alegre y juguetona a la que me había acostumbrado. Traía el ceño fruncido, los labios apretados y la mandíbula tensa.
—¿Dónde estabas? —su pregunta salió más como un gruñido.
—Te dije que no quería salir.
—Yo insistí.
—Y yo no acepté.
—No contestaste —me miró a los ojos—. No es lo mismo que no aceptar.
Ignoré el escalofrío que recorrió mi espalda. —No contesté porque estaba demasiado ocupada —mentí, no quería discutir por mensajes.
Michael sacó el móvil de su chaqueta, deslizó el dedo sobre la pantalla y escuché en altavoz el mensaje automático que anunciaba el desvío inmediato al correo de voz. —¿Le pasa algo a tu móvil?
—¿Sabes qué…? —cerré los ojos y me apreté el puente de la nariz con los dedos —Bien, bloqueé tu número porque no dejabas de molestar después del horario de oficina. Necesitaba paz, Michael. Te pedí espacio. Espacio.
—Espacio —guardó el móvil—. ¿Sabes dónde estaba?
—Asumo que…
—En el restaurante —me interrumpió, levantando la voz—.
¿La Terraza del Olivo? Es uno de tus restaurantes favoritos.
Lo sé porque nunca paras de hablar de su pollo a la parmesana —se puso de pie—.
Llamé y pagué todas las mesas de esta noche para asegurar que tuviéramos el lugar para nosotros.
Llené el lugar de velas y flores. ¿Tienes idea de lo complicado que es encender cientos de velas para iluminar todo un salón de un restaurante? Y el calor. El puñetero calor.
—Yo te dije que…
—Cada mesa alrededor de la que usaríamos nosotros tenía flores —sus palabras estaban cargadas con aún más furia—. Orquídeas blancas, peonias, y lirios del valle. Tus flores favoritas porque no te decides cuál de ellas prefieres más. No había ni una sola rosa roja porque sé que las odias.
—Michael…
—Se me subió la glucosa de lo dulce que olía ahí adentro.
—¿Cuántas veces tengo que repetirte que yo no…?
No me interrumpió con palabras, sino sacando del bolsillo de su chaqueta una cajita aterciopelada y abriéndola, dejándome ver el anillo más hermoso que había visto en mi vida.
Varios diamantes pequeños rodeaban a uno grande, pero no masivo.
El aro plateado resplandecía de lo pulido que estaba.
Conociendo a Michael, esas piedras eran reales, y el anillo no podía ser simple plata.
Debía ser platino o algún metal más caro.
No me habría sorprendido si esa joya costara más que mi casa.
—Madre mía… —dije sin pensar.
—Te esperé por dos horas —murmuró—. Yo llamaba y llamaba, y cuando comenzó a enviarme directo al buzón de voz temí que algo te había pasado. Que tú y el bebé…
Cerré los ojos y aguanté las lágrimas. —No fue mi inten…
—Lo hecho, hecho está —dijo, girándose hacia mí. Se arrodilló y elevó la cajita aterciopelada a la altura de su cara—. Cásate conmigo, Luisa Jiménez.
No había nada de amor en su mirada, ni siquiera lujuria o rastros del brillo en sus ojos cuando me hacía el amor, o cuando estábamos riendo juntos.
El aire se me atascó en la garganta. Un escalofrío me recorrió la columna, y la bolsa de comida en mi mano de pronto pesaba una tonelada.
Un zumbido sordo me inundó los oídos, silenciando los latidos de mi propio corazón que tronaban en mi pecho.
“Esto está mal,” pensé, mirando el anillo y luego su rostro. Quería encontrar esa conexión eléctrica habitual al roce de nuestras pieles.
En su lugar solo encontré… Desprecio.
Un nudo de bilis me subió por la garganta. Un calor abrasador me subió por el esófago y me quemó hasta dejarme sin palabras coherentes que decir.
Retrocedí un paso.
—Levántate, Michael —mi voz sonó quebrada y tensa.
Él no se movió. Mantuvo la caja extendida hacia mí. —Te hice una pregunta, Luisa —insistió con un tono más relajado y neutro—. Me gustaría una respu…
—Te estoy pidiendo que te pongas de pie y dejes de montar este espectáculo —apreté los dientes. El calor me subió a las mejillas—. Por favor, Michael, no sigas con esto.
Él cerró la caja de un solo golpe seco que sentí como una bofeteada en la cara. Se puso de pie y guardó el anillo en el bolsillo de su chaqueta con un gesto mecánico y frío.
Su altura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—No deberíamos casarnos por obligación —mis palabras sonaron quebradas, delatando el esfuerzo por no soltarme llorando en ese momento—, sino porque nos amamos y deseamos construir algo juntos.
Él frunció el ceño aún más. Un destello de incomprensión pura cruzó sus ojos oscuros. Luego, su expresión se tensó.
—¿Obligación? —repitió la palabra como si fuera un insulto personal. Dio un paso decidido hacia mí—. Te estoy ofreciendo mi vida, Luisa. Te estoy ofreciendo un futuro.
—¿Un futuro? —di un paso hacia atrás. El calor bombeó hacia mis mejillas. Mis músculos se tensaron, y recuperé la firmeza necesaria para no derrumbarme allí mismo.
—Estás esperando un hijo mío —elevó la voz—. Yo sé que tienes miedo. Yo sé que arruina tus planes políticos o lo que sea que te aterra tanto, pero no tienes que lidiar con esto tú sola.
Apreté los molares hasta que me dolió la mandíbula.
—¡Lo vas a hacer lo quiera o no! —clavé mi mirada en la suya y alcé la barbilla.
—¿Qué quieres decir con…?
—¡Pagaste los cuidados de mi abuela en el hogar! —le grité.
—¡Por supuesto que lo hice! —gritó casi tan fuerte como yo —¡Fue lo primero que se me ocurrió hacer! ¡Sé bien lo difícil que es…!
—No tenías ni un derecho —me acerqué a él, apuntándole el dedo índice a la cara—. ¡Ni uno! ¡Es mí asunto personal y no necesitaba que…!
—¡Soy el padre de ese bebé! —rugió —¡Claro que tengo el derecho y el deber de cuidar de ustedes! ¡Acabo de quitarte ese peso de encima! ¡La palabra que debería estar saliendo de tus labios es “Gracias”! ¡De nada!
Poco me faltó para darle una bofetada.
—Dejemos claros una cosa, Michael Spencer —mi sangre hervía al hablarle—: No necesito un salvador. No necesito tu dinero, ni tu nombre, ni nada de ti. ¿Entiendes eso? ¡No necesito nada de ti!
Michael tensó los hombros y cuadró la espalda. La vena en su frente parecía a punto de reventar.
—¿No aceptaste el trabajo que te ofrecí porque necesitabas el dinero para cuidarla?
—¿Sabes qué? —me giré hacia la puerta de la casa —Yo no soy proyecto de beneficencia de nadie. ¡De nadie! Métete ese trabajo por el culo. Renuncio.
Caminé estampando los pies en el suelo hasta llegar a la puerta, pero no la abrí. Me quedé ahí parada, saboreando bilis y sangre por la mordida que me metí en los labios.
Una punzada de náusea me recorrió el estómago.
—Eres una egoísta, Luisa —dijo al fin. Su tono fue bajo y áspero. Mi pecho se contrajo.
Me volví hacia él. —¿Egoísta?
—Sí, egoísta y soberbia —acortó la distancia entre nosotros—.
Siempre tomas todas las decisiones tú sola.
Entiendo que es tu cuerpo y tu decisión, ¿pero no merezco tan siquiera un poco de consideración por lo que estoy sintiendo?
¿Te has puesto a pensar en lo que yo deseo?
Por supuesto que no. Lo único que importa es cómo esto te afecta a ti.
Apreté la mandíbula para que mi voz no temblara. —Lo que tú sientes es una mezcla de culpa por el embarazo y lo que deseas es satisfacer esa necesidad patológica de controlarlo todo.
—¡Eso es una soberana estupidez y lo sabes!
—levantó las manos al aire en un gesto de exasperación y se dio la media vuelta.
Se pasó una mano por el cabello, destrozando su peinado perfecto —Te ofrecí un puesto en Nova Vitalis porque eres la mejor abogada que conozco —habló hacia la calle—.
Eras mi mejor amiga. Quería tenerte cerca, quería que formaras parte de mi mundo. Explícame cómo eso es algo malo.
—¡Dios mío! —un pinchazo agudo atravesó mi estómago —¿No te duele la espalda por cargar ese puñetero ego?
—Y ahora te ofrezco una boda para que tu imagen pública no se hunda cuando se sepa que la ‘Fiscal de Hierro’ va a ser madre soltera —se giró para encararme. Su rostro estaba enrojecido y tenso—. Casarte conmigo te solucionaría eso. ¡Caray, casándote conmigo no importaría si estás embarazada o no!
Un sabor metálico cubrió mi paladar. Saliva áspera y resequedad.
—¿Piensas que soy alguien que se casaría por que le conviene? —le pregunté, tratando de controlar el temblor de mi labio inferior y mi mandíbula —¿Tan poca integridad crees que tengo? ¿Así es como me ve mi supuesto mejor amigo?
Él quedó boquiabierto, y parecía que no sabía si caminar hacia enfrente o alejarse de ahí.
Me ajusté los anteojos con un movimiento mecánico. Enderecé la espalda y mi postura se volvió rígida cuando levanté el mentón y le facilité la decisión.
—Lárgate de aquí, Michael.
—Canela, por…
Cerré los ojos y negué con la cabeza. —No vuelvas a decirme así. Vete —abrí los ojos, y él seguía ahí—. ¡Que te vayas!
El brillo en su rostro se apagó por completo. Su mirada se volvió vacía, y el hombre que me hacía reír desapareció ante mis ojos.
—¿Qué hay del bebé? —preguntó con una voz carente de cualquier emoción.
Negué con la cabeza. —Qué tan poco me conoces si tienes que preguntarme eso.
Metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Me haré cargo —dijo—. Nada le faltará… Pero tú y yo…
Tragué saliva con dificultad. Un nudo duro y pesado se instaló en mi estómago.
—Puedes enviarme por correo electrónico tu renuncia —se giró y caminó a su coche—. No te presentes mañana.
Las palabras me golpearon. Me quedé sin aliento y apreté los puños. La respiración me fallaba cuando subió al coche y se alejó tras un acelerón repentino.
La adrenalina que me había mantenido en pie se desvaneció, dejando los músculos laxos y un peso muerto sobre los hombros. Cerré los ojos con fuerza y lloré.