Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 24.
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Capítulo 24.

Michael

—¡¿Pero qué mierda…?! —dije al leer el mensaje de texto de Luisa.

—Trabajaré desde casa el día de hoy —lo volví a leer y me retorcí por dentro otra vez—. Necesito espacio.

—¿Espacio? —murmuré al caminar por los pasillos del hospital —¡Si no eres un puñetero astronauta!

Negaba con la cabeza. Mi corazón amenazaba con molerme las entrañas de lo fuerte que palpitaba debido a las cuatro o cinco tazas de café que ya había tomado y la actitud de esa mujer.

Apenas había dormido un par de horas luego de pasar toda la maldita noche perdido en mi investigación de anillos de compromisos.

¿Por qué usan el abecedario para definir el color cuando ya tenemos palabras para ellos?

¿Color Z? ¡Se llama amarillo! Se supone que un diamante es transparente, ¿qué carajos quieren decir con “claridad”?

¿Y los engastes? ¡Basta con que no se salga la piedra!

“Joder, es un puto anillo,” pensé. “No es como si quisiera resolver un misterio médico. Solo quiero que sea brillante y que ella diga que sí. ¿No basta con que sea bonito y caro?”

—Necesitas comer —le escribí, sintiendo que casi atravieso el móvil con la fuerza de mis dedos golpeando la pantalla—. Llevaré sushi a la hora de la comida.

Seguí caminando hacia la oficina. Mi asistente levantó la cabeza, pero recibí otro mensaje cuando estaba por hablarle.

—Me haré un sándwich, estaré muy ocupada. No vengas.

—¡¿Cómo carajos no?! —dije en voz alta.

“Voy a ayudarle, aunque tenga que…”

—Doctor Spencer —el llamado de mi asistente me sacó de mis pensamientos.

—¿Qué? —ella dio un brinco.

Respiré profundo y cerré los ojos un momento. “Tranquilízate. Ella debe seguir alterada, y sabes bien que es perfectamente normal que a alguien le tome tiempo asimilar una noticia así. ¿Por qué mi asistente me está mirando…? Joder, quizá le levanté mucho la voz.”

—Lo siento —me froté los ojos con el pulgar e índice de mi mano derecha—. No dormí bien anoche, pero no debí gritarte. ¿Qué sucede?

—Su padre está en su oficina.

Un leve cosquilleo de desconcierto me erizó la nuca. —¿Mi padre? —fruncí el ceño —¿Qué hace mi papá aquí?

—Recuerde que hoy tenía una cita agendada con él —me dedicó una sonrisa profesional—. Tenía que acompañarlo a su revisión cardiológica mensual hace media hora.

Maldije para mis adentros con una intensidad silenciosa que me quemó la garganta. “¡Eres bárbaro, Spencer!”

Empujé la puerta de mi despacho, esperando encontrar a mi papá impaciente.

Me quedé clavado en el umbral al pillarlo frente a mi escritorio, iluminado por la cruda luz blanca de los ventanales, inclinado sobre mi sillón de cuero, con las dos manos apoyadas en la madera y la mirada fija en la pantalla encendida de mi ordenador.

Una punzada caliente me subió por la columna vertebral. “¿Dejé el navegador abierto?” traté de recordarlo antes de notar la hora e ir a buscar a Luisa a su oficina. “¡Mierda, estaba investigando anillos!”

Avancé hacia el interior de la oficina con pasos largos y pesados, cerrando la puerta tras de mí con un golpe seco.

—¿No te enseñaron de niño que es de muy mala educación ser un metiche con las cosas ajenas, papá? —me crucé de brazos a escasos metros de él.

El viejo no se sobresaltó en lo absoluto. Se incorporó con la lentitud y la gracia de un hombre que jamás ha tenido prisa por nada en su vida. Se giró hacia mí, luciendo su impecable traje gris hecho a medida, y me dedicó una sonrisa afable.

—Me aburrí de esperar, Mike —se encogió de hombros con una tranquilidad que solo consiguió exasperarme un poco más—. En especial cuando tu nueva asistente no regala ni una sonrisa ante mis encantos.

—Viejo libidinoso —sonreí al acercarme y darle un abrazo—. No eres su tipo.

—¿A qué mujer no le gusta un caballero distinguido?

—A ella no le gustan los caballeros…

Abrió la boca y los ojos le brillaron con entendimiento.

Una piedra densa de pura culpa se instaló en el fondo de mi estómago. —Mierda, lo siento muchísimo, viejo —negué con la cabeza—. Se me pasó por completo.

Mi padre soltó una carcajada ronca que rebotó en los amplios ventanales de la oficina.

—No te preocupes, Mike —agitó una mano en el aire—.

Administrar un hospital no es tarea sencilla, y tu manejas una compañía que administra varios.

Además, tú y los muchachos ya son hombres con sus propias vidas y familias.

No me molesta que me pongan en segundo plano…

Bueno, tus hermanos ya tienen sus propias familias —inclinó la cabeza hacia el ordenador y me ofreció una sonrisa pícara—.

Espero que tú te unas al club de los casados próximamente.

“Joder, sí dejé el navegador abierto,” pensé, tratando de aguantar la risa.

—No estás en segundo plano, papá —elevé el tono de voz por la urgencia que me asfixiaba—. Me tocaba a mí esta vez asegurarme de que llegues a esa cita médica a tiempo.

—Estoy seguro de que podemos sobornar a su asistente de que nos abra un hueco —amplió su sonrisa y puso una mano pesada y cálida sobre mi hombro—. Le prometí a Xiomara que probaríamos el soufflé la próxima vez que saliéramos a cenar.

—Perdiste su número, ¿verdad?

—Por supuesto que no —se enderezó y ajustó las solapas de su chaqueta—. Solo… Lo guardé demasiado bien. Además, una llamada o un mensaje de texto es frío y distante. Nada como cortejar a una mujer en persona.

Reí, negando con la cabeza. “Si no puedo cuidar de mi propio padre, ¿cómo voy a cuidar de Luisa y de un bebé?” el pensamiento me taladró el cerebro con una ferocidad inaudita.

Me pasé las manos por el rostro, frotándome los ojos con fuerza en un intento inútil por borrar la desesperación que me invadía.

—Vale, pongamos a prueba tus encantos —mi voz sonó algo ronca—. De nuevo, lo siento, papá. He estado distraído toda la mañana.

Caminamos hacia la puerta de mi oficina. —Es muy comprensible —su tono de voz era suave, muy distinto al tono autoritario al que me acostumbre a escuchar mientras crecíamos—. Buscar anillos de compromiso es una empresa delicada que requiere toda tu atención.

El corazón me dio un vuelco brutal contra las costillas y me quedé sin aliento.

—Dejaste la página abierta a la vista de cualquiera, Michael —esbozó una sonrisa astuta—. Ni siquiera tenías el ordenador bloqueado. Tu asistente también lo vio.

Salimos de la oficina y encontré a mi asistente revisando unos papeles. —Sí, pero ella sí sabe ser discreta.

—Me ofende que impliques que yo no puedo ser discreto —le miré mientras caminábamos y el viejo estaba sonriendo de oreja a oreja—¿Es alguien que yo conozca?

—Yo no implico nada —pulsé el botón del ascensor—. Lo digo abierta y descaradamente: eres el peor cotilla que conozco.

Mi padre asintió y soltó una sonora carcajada que me contagió. Reí más de lo que esperaba. Estaba tan tenso que el breve humor me proveyó un alivio casi instantáneo.

—Soy tu padre, Mike —la voz del viejo adquirió una gravedad emocional que me obligó a mirarlo a los ojos—. Te amo. Y quiero que tengas muy claro que cuentas conmigo para lo que sea. Tienes a tu disposición todos mis años de experiencia en el tema, en especial cuando de mujeres se trata.

Una presión inmensa me estrujó el centro del pecho al recibir su declaración de apoyo incondicional.

—El que te hayas casado múltiples ocasiones no significa que seas un experto en el tema.

Siguió riendo. —Quizá no he sido el mejor esposo, o no he sabido elegir bien a mis parejas.

—O ambas —añadí con una mueca.

—O ambas —negó, pero siguió riendo—, pero ninguna de mis bodas ha sido aburrida, y ciertamente jamás me han dicho que no cuando propongo matrimonio. De ese tema sí conozco.

—Vale —entramos al ascensor cuando las puertas se abrieron—. ¿Y qué pepita de sabiduría me ofreces, viejo?

—Jamás vas a encontrar el anillo ideal en una página de internet —dijo sin titubear.

—Necesito una solución rápida y eficiente —la urgencia de mi plan original pulsó de nuevo en mis sienes—. Pero también quiero que sea espectacular. Lu… Ella necesita… No, merece garantías ahora mismo. No tengo tiempo para una larga excursión por todas las joyerías de la ciudad.

Guardamos silencio mientras el ascensor bajaba al piso donde el cardiólogo tenía el consultorio.

—Lo que Lu necesita que hagas las cosas con el corazón —se giró hacia mí—, no con una tarjeta de crédito. Un anillo de compromiso no es un trámite que se resuelve con un par de clics, hijo. Es una promesa que no debe tomarse a la ligera.

Me crucé de brazos. Una punzada de impaciencia me tensó la mandíbula.

—No lo estoy tomando a la ligera —murmuré cuando salimos al pasillo—. Pero no sé ni por dónde empezar.

—Déjamelo a mí —él sacó su móvil de la chaqueta—. Te llevaré con mi joyero de confianza en cuanto terminemos con esa revisión médica. Él sabrá qué es lo que necesitas.

Una risa irónica brotó de mis labios ante su insistencia.

—¿Me estás diciendo en serio que me vas a llevar con el joyero al que le compraste los anillos de tus últimas esposas? —arqueé una ceja.

El viejo borró su sonrisa de inmediato. Su expresión se tensó en una máscara de extrema seriedad que me dejó helado.

—No —su tono serio me cortó la respiración—. Te llevaré con el joyero al que le compré el anillo de tu madre.

Un punzón afilado me atravesó el alma. El mundo entero se detuvo en ese preciso instante. El recuerdo arrollador de mi madre se materializó ante mis ojos con una claridad dolorosa que no esperaba.

Recordé la calidez de sus manos y sus últimos días consumiéndose en la enfermedad mientras yo intentaba ser fuerte.

La perfecta coraza protectora que yo había construido con empeño durante toda la mañana se agrietó sin remedio, y yo solo sonreí y asentí.