Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 23.
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Capítulo 23.

Luisa

—Dios, esto no puede estar pasando —murmuré al pisar el acelerador del coche como si estuviera huyendo de Michael.

“No te engañes, Luisa,” pensé. “Eso es exactamente lo que estás haciendo.”

Cuando desperté esa mañana lo encontré dormido en la sala con su portátil en el regazo, y lo primero que pensé fue en irme. Lo adulto… Lo correcto habría sido despertarlo, poner la cafetera, y hablar. Íbamos a ser padres, después de todo. ¡Padres!

La idea me retorció el estómago y presionó el pecho más que cuando presenté mi examen para ejercer como abogada, o cuando me paré frente a un juez por primera vez, o cuando… Joder, nunca en mi vida había experimentado una mezcla tan potente de ansiedad, nervios y, un poco, de emoción.

No estaba en contra de la idea de ser mamá, pero no en ese momento. Había demasiadas cosas sucediendo que necesitaban mi atención, y un bebé sería, en el mejor de los casos, una distracción.

“Y eso es precisamente por qué no puedo ser mamá,” pensé. “Un bebé jamás debe ser visto como una distracción.”

Volví a casa y me refugié en mi rutina habitual de todas las mañanas, haciendo las cosas que sí estaban dentro de mi control. Me duché, desayuné, lavé los dientes, me puse un traje gris carbón, y me detuve en la entrada cuando sonó el móvil.

Era Michael. “Joder, no estoy lista,” pensé, enviando la llamada al buzón de voz. Lo guardé en el bolso, pero en lugar de salir de la casa me quedé parada. “Si no le contesto comenzará a llamar.”

Dicho y hecho, Michael insistió, y volví a negar la llamada.

—Volví a casa a cambiarme —le escribí en un mensaje de texto, y me mordí el labio—. Estoy conduciendo y no puedo contestar. Nos vemos más tarde en la oficina.

Lo envié, y cuando subí al coche el móvil volvió a timbrar.

—Debiste despertarme. Tenemos muchas cosas qué hablar.

Respiré profundo, y mis ojos se llenaron de lágrimas. —Lo sé —escribí, e hice una pausa para cerrar fuerte los párpados para no arruinarme el maquillaje—. Más tarde.

Estaba por meter el móvil en las manos cuando timbró. La notificación no fue de un mensaje, sino un recordatorio: Pago de mensualidad Hogar San José.

Podría haber hecho una transferencia rápida, pero la vorágine de emociones en mi cabeza se calmó cuando pensé en mi abuela.

“Puedo hacer el pago en persona,” pensé, poniendo en marcha el coche. “Me vendría bien ver a mi abuela.”

No me tomó mucho tiempo llegar al Hogar San José.

Cuando lo miré a lo lejos sentí lo que han de haber sentido los marineros al divisar tierra firme luego de una tormenta en el mar.

Miré alrededor del aparcamiento. “¿Estoy buscando el coche de Michael?” pensé, y el alivio al no encontrarlo me cayó como una brisa fresca en un día soleado.

—Buenas días —saludé a la enfermera detrás del mostrador—. Vengo con mi abuela, pero quiero abonar la cuota mensual.

La enfermera, una mujer que no había visto antes, de mediana edad con un uniforme impecable y olor a lavanda, levantó la vista de la pantalla del ordenador.

—¿A nombre de qué residente, por favor? —preguntó mientras ella mantenía los dedos suspendidos sobre el teclado.

—De Elena Mendoza —traté de que mi voz no delatara el temblor que me sacudía las rodillas.

—Ah, doña Elena —su expresión se suavizó y tecleó con rapidez—. Es una mujer encantadora. Le hemos cogido mucho cariño en el tiempo que ha estado con nosotros.

—Me alegra mucho escucharlo —forcé una cordialidad que me costaba un mundo mantener. “¿No puede teclear más rápido?”

—Tuvimos que pasar a diuréticos intravenosos —dijo al girar hacia mí—. Pero nada parece bajarle el ánimo, en especial cuando nos habla de su nieta, la Fiscal de Hierro. Su entusiasmo es contagioso.

—Sí, ella siempre ha tenido ese don —asentí, aguantando el escalofrío intenso al pensar en la medicina que le inyectaron.

“Está empeorando,” pensé, y mi garganta se cerró un poco.

—Qué curioso —dijo la enfermera, mirando la pantalla.

Giré rápido hacia ella. —¿Qué?

—Según veo en el sistema —ella se giró hacia mí —la cuenta está pagada.

El aire se me atascó en la garganta. Una descarga helada me recorrió la columna vertebral y erizó el vello de mis brazos.

—¿Cómo? —parpadeé negando con la cabeza—. ¿Se refiere a la cuota de este mes?

“¿Acaso la hice y lo olvidé?” pensé.

—No solo la de este mes —amplió su sonrisa y mostró unos dientes blanquísimos que destellaron bajo la luz artificial del vestíbulo—. La cuenta del año completo ya ha sido cubierta en su totalidad, y el paquete de cuidados fue actualizado al máximo nivel que ofrecemos.

El mundo se congeló a mi alrededor y se convirtió en una fotografía estática y carente de sentido.

—Yo no hice ese pago —el suelo se volvió inestable bajo mis pies, pues tenía una idea de quién lo pudo haber hecho—. ¿Sería tan amable de revisar quién lo hizo?

Le tomó a la enfermera unos segundos buscarlo en el ordenador. —Fue realizado esta misma mañana por el doctor Spencer.

Una fuerza asfixiante me comprimió el pecho hasta hacerme daño.

No hubo ni un solo atisbo de alivio financiero ante la noticia, ni una gota de gratitud por la carga que acababa de desaparecer de mis hombros.

Un ácido abrasador me subió por la barriga y quemó cualquier rastro de la vulnerabilidad que traía conmigo.

“No me preguntó,” pensé, apretando la mandíbula. “Ese hijo de… ¿Quién se cree que es?” el latido desbocado de mi corazón golpeó con violencia contra mis costillas, como un animal atrapado. “Típico de alguien con dinero de sobra que cree que arrojar dinero a los problemas es una solución universal.”

Apreté los puños sobre el mostrador hasta dejar los nudillos blancos, pero me obligué a relajar las manos antes de que la enfermera notara el temblor que me sacudía los dedos.

Fingí una sonrisa que me tiró de los músculos de la cara con una tensión dolorosa.

, como una máscara de normalidad que pesaba toneladas.

—Muy bien —la voz me salió monótona y carente de emoción—. Muchas gracias por la información. ¿Sabe si mi abuela ya está despierta?

—Debe estar desayunando en su habitación.

Me di la vuelta y caminé por el largo pasillo.

Las paredes se cerraron sobre mí a cada paso.

El sonido rítmico de mis tacones contra el suelo de linóleo me taladraba el cráneo, avisando la llegada de un dolor de cabeza.

El olor a desinfectante floral y ropa limpia se coló por mi nariz y me revolvió el estómago con violencia, provocando una oleada de náuseas que me subió por la garganta.

“¿Cree que no puedo cuidar a mi abuela yo sola? ¡No necesito su caridad!” tragué saliva para contener las ganas de vomitar en el pasillo alfombrado.

De seguro pensaba que al pagar la residencia de mi abuela estaría quitándome un peso de encima y que yo estaría en deuda con él para siempre. Me detuve un instante frente a la puerta de madera clara de la habitación de mi abuela e intenté recuperar el aliento que parecía haberme abandonado.

Inhalé hondo y me froté el puente de la nariz por debajo de los lentes antes de alisar los pliegues de mi chaqueta.

Empujé el pomo metálico de la puerta y entré en la habitación con un movimiento suave pero decidido.

La luz de la mañana se filtraba por la ventana y bañó la cama en un tono dorado y melancólico que acentuaba la quietud del ambiente.

Mi abuela estaba recostada contra las almohadas, arropada hasta el pecho con una manta delgada de color crema que parecía demasiado pesada para ella.

Tenía un catéter en la muñeca que la conectaba a una bolsa de medicamentos junto a la cama, a un lado de la mesita móvil con lo que quedaba de su desayuno.

La fragilidad de su figura me dejó sin defensas por un momento.

Ella solía ser más grande, más brillante.

Se notaba cuando ella estaba en la habitación.

Traté de recomponer mi expresión antes de que ella abriera los ojos, pero su instinto siempre había sido más rápido.

Mi abuela giró la cabeza hacia mí y me clavó esa mirada de lucidez punzante que me desarmó al instante, y leyó en mi rostro lo que yo intentaba ocultar.

—Lulú —la voz le salió rasposa, débil pero cargada de una agudeza impecable que cortaba cualquier pretensión—. Traes la misma cara que pusiste cuando te quitaron tu muñeca en cuarto de primaria.

Un nudo doloroso y caliente se me formó en la base de la garganta y me impidió hablar durante unos segundos que parecieron eternos. Me acerqué a los pies de la cama y esbocé una media sonrisa que no me llegó a los ojos. La cara se me agrietó por el esfuerzo.

—No es nada, abuela —dije con un hilo de voz que apenas era audible sobre el suave zumbido de la ventilación—. ¿Por qué no te comiste la fruta?

—Sabes que no soporto el melón.

Sonreí. —Te hace bien.

Me senté en la silla acolchada junto a su cama y cuando le cogí la mano volví a ser esa niña pequeña que había perdido a sus papás. Su piel estaba fría y delgada como el papel de seda bajo mis dedos, y contrastaba con el calor febril que me ardía en las palmas y parecía recorrer todo mi cuerpo.

La observé con detenimiento y tracé con la mirada las nuevas líneas de dolor que se marcaban alrededor de su boca y que no estaban allí la última vez que vine.

Tenía los ojos hundidos en cuencas oscuras y la respiración le silbaba en el pecho en cada inhalación, un sonido que me desgarraba por dentro.

Levantó la otra mano y apuntó a la mascarilla de oxígeno colgada en el tanque junto a la cama.

—Te veo más cansada de lo normal —murmuré, poniéndosela con tanta delicadeza como pude.

Ella soltó un suspiro pesado y cerró los ojos.

—Tuve una crisis anoche, mi niña —apretó los labios con una pesadez que me encogió el estómago.

El aire se me atascó en los pulmones. Una punzada de frío cortante me atravesó el pecho y provocó que mis propios problemas quedaran en segundo plano.

—No, abuela —negué con la cabeza, aferrándome a su mano—. No me dejes ahora. No estoy lista para…

Ella sonrió, y acarició el dorso de la mano con su pulgar. —Todavía no, cariño.

Cerré los ojos y traté de respirar. Pude, pero apenas una fracción de lo que mi cuerpo necesitaba. La presión en el pecho me impedía llenar los pulmones del aire que necesitaba, y mi corazón se aceleró tanto que creí que intentaría atravesarme las costillas y salir disparado de ahí.

—No puedo —las palabras me salieron sin aire—. Abuela, no sé si…

Me sorprendió la fuerza con que tiró de mi mano y de mí para luego envolverme en sus brazos. Sus brazos huesudos fueron como aquella cobija donde me refugiaba de pequeña para que los monstruos de mi armario no me comieran.

Tarareó. Al principio mi ansiedad no me dejó concentrarme, pero luego de unos segundos reconocí la canción. La misma que me cantaba cuando era pequeña y me levantaba el ánimo sin falla. Sonreí y cerré los ojos mientras mi abuela tarareaba Let it be.

Antes la hubiera cantado a todo pulmón, pero el tarareo bajo de las notas de la canción fue más que suficiente para alejar, aunque fuera por unos instantes, los tormentos que agredían mis pensamientos.

Sabía que tendría que enfrentarlos tarde o temprano. Mientras tanto, me permití ser otra vez una niña pequeña en los brazos de su abuela.