Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 22.
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Capítulo 22.

Michael

—Faltan tres minutos —dijo Luisa con una voz que amenazaba con romperse.

Caminaba de un lado a otro frente a la isla de la cocina mientras esperábamos la cuenta regresiva del móvil. Cuando se detuvo, estiró los dedos de los pies entre la alfombra mientras trataba de abotonarse la blusa con torpeza.

Yo estaba sentado en uno de los bancos con los primeros pantalones deportivos que saqué de mi armario, sonriendo de oreja a oreja.

“Un bebé,” pensé, y una sacudida de adrenalina me recorrió el pecho. La idea de ser padre me encendió la sangre con ilusión. Imaginé a un niño correr alrededor de esa misma isla y a Luisa con él en brazos. El corazón me dio un vuelco.

Quería rodearle la cintura con mis brazos, enterrar el rostro en su cabellera pelirroja y jurarle que todo estaría bien.

Pero ella, al parecer, no compartía mi ilusión.

Los efectos de los comestibles seguían fuertes, pero mientras que yo estaba feliz en mi viaje con la ilusión, tras el orgasmo pareció que le cayó una avalancha emocional a Luisa.

Estaba aterrada. Se detuvo en seco frente a la isla de la cocina y se ajustó las gafas oscuras sobre el puente de la nariz con un movimiento brusco.

Apretó los bordes de sus propios brazos hasta que sus nudillos palidecieron.

Su pecho subía y bajaba de forma errática y superficial que parecía acelerarse con cada segundo que ese estúpido temporizador no terminaba.

Tragué saliva y obligué a mi mandíbula a relajarse. Aplasté mis propias expectativas en lo más profundo del estómago. Mi deber principal en ese momento era ser su roca, su ancla de seguridad, no agregar a su estrés con mis ilusiones.

—Siéntate, canela —le pedí con el tono más suave que pude extraer de mi garganta. “‘¿Acaso lo dije muy lento? ¿O muy rápido? Mierda, este no es el momento para lidiar con este problema.”

Ella giró la cabeza hacia mí y me clavó una mirada afilada.

—No me pidas que me siente, Michael —dijo con los dientes apretados y un tono demasiado explosivo. Acortó la distancia entre nosotros con dos pasos bruscos—. Un embarazo no entra en mis planes. En absoluto. No, no puede suceder.

La contundencia de sus palabras me golpeó como un impacto físico en el centro del pecho. Me puse de pie y mantuve las manos a los costados en una postura abierta.

—Lo afrontaremos juntos, sea cual sea el resultado —dije con calma.

—¡No hay nada que afrontar porque esto no puede estar pasando! —su voz rebotó contra las paredes del ático. Luisa movió las manos en el aire con desesperación al mirar el móvil —¡¿Cómo es posible que apenas haya sido un minuto?!

—Sientes el tiempo más lento de lo normal, canela —dije, pero ella pareció no escucharme.

—¡Mi carrera! —elevó aún más el tono —¡Me costó años de sangre y sudor adquirir mi reputación! ¡Y un embarazo en este momento…! ¡No, no puede estar pasando!

Las facciones contraídas de su rostro me revolvieron el estómago.

—Una familia no significa el fin de tu carrera profesional, Luisa —di un paso cauteloso hacia ella—. ¿No es lo que te habían…?

—¡Para un hombre no! —retrocedió para mantener la distancia —¡Pero para mí sí! ¿Qué van a decir? ¡Que no sé mantener las piernas cerradas!

Luisa se frotó las sienes con las yemas de los dedos y cerró los ojos con fuerza.

—¿Qué le diré a la dirigencia del partido? —habló mucho más rápido, casi tropezando con las palabras —Me van a ofrecer esa candidatura al congreso, Michael. Y un bebé fuera del matrimonio… Una madre soltera en medio de una campaña conservadora… Me van a destrozar.

—Yo estoy aquí —intenté proyectar toda la seguridad del mundo en esas tres palabras.

—¡Nunca me he visto a mí misma como una mamá!

Un nudo áspero se me formó en la garganta y me bloqueó el paso del aire por un segundo.

“No quiere a nuestro hijo,” una punzada me atravesó la carne, pero sacudí la cabeza e invoqué mi entrenamiento médico. “Es solo el miedo hablando. Siente que está perdiendo el control de su cuerpo y de su futuro. Ya hablaremos de esto cuando pase el efecto”

El pitido agudo e intermitente del temporizador en mi móvil estalló en la sala como el explotar de una granada.

Luisa giró el cuello fijó la vista en el pequeño dispositivo de plástico blanco que descansaba bocabajo sobre el mármol negro de la encimera.

Ninguno de los dos hizo el amago de acercarse durante varios segundos.

—No puedo —se abrazó el vientre.

Di un paso al frente con la intención de ahorrarle el sufrimiento de mirarlo primero, pero Luisa se me adelantó con un movimiento rápido y torpe.

Alargó la mano derecha y cogió la prueba de embarazo.

Temblaba de una forma tan violenta que hizo repiquetear el plástico contra la superficie antes de levantarlo.

Le dio la vuelta al dispositivo.

El último rastro de color abandonó sus mejillas y sus labios, dejándola con un tono pálido y cenizo.

—¿Luisa? —pregunté con un hilo de voz.

El latido de mi propio corazón retumbaba contra mis tímpanos. Ella levantó la vista muy despacio y me miró a través de los cristales de sus lentes.

—Positivo —susurró.

El calor me detonó en las entrañas y subió hasta la garganta. “Voy a ser papá.”

Un impulso pugnó por asomar a mis labios en forma de sonrisa. Quería levantarla en brazos. Quería gritar. Pero la expresión petrificada en el rostro de Luisa me frenó en seco.

Ella dejó caer la prueba de embarazo sobre la encimera. El pequeño objeto de plástico rebotó una vez y se quedó inmóvil. Luisa dio dos pasos hacia atrás y se alejó de la cocina.

—No puedo con esto —dijo, y se llevó una mano temblorosa a la boca—. Necesito… Tengo que pensar en lo que voy a hacer.

La frase me cortó la respiración. El pronombre singular me atravesó el pecho. —¿En lo que vas a hacer? —me acerqué a ella —Luisa, es nuestro bebé. Estamos juntos en esto.

Ella negó con la cabeza de forma errática e ignoró mis palabras por completo. Se giró sobre sus talones y caminó hacia la entrada del ático. Sus movimientos eran mecánicos y apresurados. Cogió su bolso de la silla más cercana y se lo colgó al hombro con un tirón brusco.

—Necesito espacio, Michael —dijo con voz ahogada, y mantuvo la mirada clavada en la puerta del ascensor.

—Canela, espera —el impulso de cruzar la sala, retenerla, sostenerla por los hombros y exigirle que me dejara cuidarla me quemaba las palmas de las manos.

Quería solucionarlo todo para ella allí mismo.

Pero todo de ella irradiaba rechazo—. No tienes que huir de mí —le dije desde el centro de la sala, y apreté los puños a los costados hasta clavar mis uñas en las palmas—. Además, no puedes ir a ningún lado.

Luisa presionó el botón del ascensor. —Tengo que pensar en lo que voy a hacer —dijo una y otra vez.

—¡Espera, maldita sea! —grité, y ella se quedó congelada —Luisa… Solo tienes tu blusa puesta.

Ella se giró y me lanzó una mirada confundida antes de bajar las manos y sentirse los muslos desnudos. —¿Solo me puse la blusa?

—Sigues bajo los efectos de la gomita —le expliqué con un nudo en la garganta—. No puedes siquiera salir bien del ático. Mucho menos conducir un coche.

—Michael —ella me miró con ojos llorosos—. No puedo… No puedo estar aquí.

Estiré la mano hacia mi habitación. —Quédate —dije—. Duerme en mi cama. Yo puedo usar una de las habitaciones para huéspedes si no soportas verme en este momento. Por favor, no quiero que te pase nada. Hablamos con calma al respecto después de dormir.

Me quedé inmóvil. El silencio zumbaba en mis oídos y el frío de las rejillas del aire acondicionado me caló la piel del rostro mientras ella me observaba con labios temblorosos.

—Está bien —dijo asintiendo.

Saqué una segunda chimichanga de la caja que, por suerte, seguía tibia, y un refresco de lata de mi refrigerador. —Vas a tener hambre en un rato —dije antes de dejarlas en mi mesita de noche—. Estoy a un grito, canela.

Traté de cogerle el brazo para acercarme y darle un beso, pero ella se estremeció e hizo a un lado. Respiré profundo para tragarme el orgullo, salí de mi habitación y cerré la puerta detrás de mí.

Caminé hacia la isla de la cocina. Bajé la vista hacia la prueba de embarazo, y miré esas dos líneas de color rosa marcadas. Extendí la mano derecha y rocé el plástico con la yema del dedo índice.

Una ola de ternura me inundó el pecho y apretó mis pulmones. El eco de la voz de Luisa regresó a mi cabeza. “Tengo que pensar en lo que voy a hacer.”

Apreté las mandíbulas y retiré la mano de la prueba.

—¿No debería ser lo que vamos a hacer? —mi voz sonó áspera en el ático vacío.

Me excluía de la ecuación más importante de nuestras vidas. Me dejaba de lado y me trataba como a un simple espectador de un problema exclusivo de ella. La punzada del rechazo se clavó en mi esternón. Estaba drogada, claro, pero eso no lo justificaba.

Tragué grueso y saboreé la bilis amarga en la parte posterior de mi boca.

Inhalé y empujé esa frustración hacia el fondo de mi mente.

“Eres un egoísta, Michael,” sacudí la cabeza con fuerza.

“Ella es la que tiene que poner el cuerpo. Ella es la que tiene todo que perder en su carrera. Su reacción sí está justificada.”

Me froté el rostro con ambas manos para disipar la neblina y dar paso al análisis. Si había una ventaja que el TCH podía darme en ese momento era poder concentrarme en una tarea en particular y cerrarme al mundo mientras lo hacía.

Me apoyé contra el borde de la encimera de mármol y crucé los brazos sobre el pecho. Las piezas del rompecabezas encajaron en mi cabeza. “El matrimonio.”

Sonreí al considerarlo. ¡Eso resolvería cualquier justificación que pudieran echarle en cara! Si nos casáramos de inmediato, el escándalo potencial se desintegraría.

“Además,” amplié la sonrisa. “Soy un Spencer. Ser parte de mi familia apaciguaría a los sectores conservadores del partido. ¡Joder, elevaría su imagen pública!”

Me despegué de la encimera. La idea de convertir a Luisa en mi esposa adquiría más mérito en mi cabeza. Tanto que por poco corro a la habitación para proponérselo.

“No seas tonto,” me detuve y respiré profundo. “¿Qué chica quiere que le propongan matrimonio estando drogada y después de enterarse que está embarazada?”

Metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el móvil. Abrí el navegador web y tecleé en el buscador tres palabras que lo resolverían todo: Anillo de compromiso.