Capítulo 21. #3
Arqué la columna contra el vidrio helado. Mis cuerdas vocales se paralizaron. Un grito mudo, crudo y salvaje se me atoró en la garganta abierta por un instante de tortura deliciosa antes de escapar en un sonoro anuncio de mi llegada al cielo.
Las contracciones me sacudieron sin piedad. Exprimieron cada nervio de mi cuerpo, dejándome ciega, sorda y fundida en un éxtasis que pareció infinito.
—Dios, canel… —dijo Michael entre risas.
—Cállate —tiré de su camisa, obligándolo a ponerse de pie frente a mí.
Las secuelas del orgasmo aún sacudían mi bajo vientre en oleadas cálidas y espesas.
Saboreé cada espasmo residual. La contracción involuntaria de mis músculos multiplicó la urgencia cruda de sentirlo dentro de mí.
Peleé contra su pantalón con dedos torpes, pero logré abrir la hebilla de su cinturón y bajarle la cremallera con un tirón desesperado.
Lo liberé por completo y sonreí con un suspiro al verlo listo para mí.
Sostuve su mirada encendida por un segundo eterno. “No necesito explicarte nada, ¿verdad?” pensé, como si él pudiera escuchar lo que está pasando por mi cabeza.
Me giré con la deliciosa lentitud de mi realidad alterada. Apoyé las palmas abiertas y los antebrazos contra el vidrio helado del ventanal. El cristal frío contra mi piel sudorosa me arrancó un suspiro largo. Arqué la zona lumbar y alcé mis caderas hacia él en una invitación directa.
Michael cogió mis caderas y se hundió en mí de un solo golpe implacable.
Solté todo el aire de los pulmones al sentir la invasión. Su cuerpo me llenó por completo. Estiró cada nervio y un fuego líquido fulminó mis entrañas.
No esperé inerte sus movimientos. Apreté las palmas sudorosas contra el cristal helado para ganar tracción y empujar mi cadera hacia atrás.
Choqué con sus embestidas con mi propia fuerza bruta en un ritmo frenético. No sabía quién lo imponía, pero no me importo en lo más mínimo. Arqué más la zona lumbar. Busqué desesperada el ángulo perfecto de fricción. Moví la pelvis en círculos cortos contra su cuerpo duro.
Alcancé el punto exacto. El roce directo y profundo me hizo detener el corazón por una fracción de segundo. Una descarga eléctrica brutal me atravesó la columna.
—¡Dios, Michael, sí!
La explosión de placer en mi centro me nubló la vista en un instante. Enterré las uñas en el marco de la ventana y me dejé arrastrar por la avalancha de sensaciones hasta perder la fuerza de las rodillas. Si Michael no estuviera sujetándome de la cintura en ese momento me habría desplomado.
Abrí los ojos de golpe al sentir la fuerza brutal del clímax.
La intensidad del placer rompió cualquier barrera racional que me quedara.
Solté un grito ronco, áspero y salvaje. El aire me faltó en los pulmones y una risa cruda, temblorosa e histérica se mezcló con mis gemidos.
Cada contracción en mi bajo vientre me sacudía entera, exprimiendo hasta la última gota de energía de mis músculos.
Apreté la frente contra el cristal helado del ventanal.
Las luces doradas y rojas de Ciudad del Sol estallaron ante mis pupilas dilatadas.
Parecían latir con vida propia. Pulsaban con un brillo enceguecedor, formando estrellas fugaces que nacían y morían al mismo compás frenético de los espasmos que me destrozaban por dentro.
—Me haces ver estrellas, canela —escuché a Michael detrás de mí entre gruñidos, perdido en un ritmo exquisito que se rehusaba a liberarme del éxtasis en que me tenía sumida.
—Sigo enojada contigo —mis jadeos delataron que eso fue una mentira descarada—. ¡No pares, dios mío!
La pesadez química en mi sangre amplificó cada roce y cada destello, ahogándome en una sobrecarga sensorial perfecta.
—¡Joder, canela! —gruñó —¡Olvidé ponerme condón! ¡No puedo detenerm…!
—¡No pares! —grité —¡No importa! ¡Creo que estoy embarazada, así que no importa! ¡No pares! ¡Madre mía, sigue!
Michael se tensó contra mi espalda. Un gruñido profundo y gutural le rasgó la garganta. Se hundió en mi centro con un empuje final y definitivo. El calor espeso y abrasador de su simiente me inundó por completo.
Esa invasión ardiente detonó una reacción en cadena. Una mezcla del alivio que su calor esparció en mi interior y el fuego líquido en mis entrañas provocó un cortocircuito total en mi sistema nervioso.
Un calambre eléctrico subió por mi espina dorsal y me vació los pulmones.
Mis piernas fallaron por completo. Mis músculos internos se contrajeron alrededor de él en espasmos bruscos e involuntarios, exprimiéndole sin piedad, atrapando su dureza y estirando cada sacudida de placer hasta volverla eterna.
Él me rodeó la cintura con sus brazos anchos.
Sostuvo mi peso muerto contra su pecho sudoroso para evitar que me desplomara.
Un rastro líquido y caliente resbaló por la parte interna de mis muslos desnudos.
Mi cerebro anestesiado fue incapaz de distinguir si era la humedad de mi propio deseo o la evidencia cruda de su posesión.
—Canela —Michael susurró a mi oído.
—No quiero que esto pare nunca.
—¿Dijiste que estabas embarazada?
Respiré profundo, cerré los ojos, y asentí.
—Sí —dije—. Creo que sí.