Capítulo 21. #2
Un calor espeso y punzante se esparció desde vientre hasta cada célula de mi cuerpo cuando lo miré a los ojos. “¿No debería estar enojada con él?” pensé. “Estaba enojada con él, ¿no?” estiré las manos y le apreté las mejillas. “Dios, ¿no le duele estar tan guapo?”
Relajé la mandíbula, di un paso decidido hacia él y acorté la distancia. —Estoy enojada contigo.
Michael me rodeó la cintura con sus brazos fuertes. —¿Sí?
—Sí —le acaricie la cara—. Mucho —sonreí cuando él torció los labios en una mueca—. Me enoja tanto que tu sonrisa me haga esto.
—¿Qué te hace mi sonrisa?
—Hace que me tiemblen las patitas —reí como boba tras decir eso, pero dentro de mí las cosas se salieron de control cuando él rio conmigo.
Le besé. No fue un roce suave. Fue un choque desesperado de bocas. El sabor a café y sándalo explotó en mi lengua con una intensidad que casi me mareó.
Un gemido ronco, que no reconocí como mío, vibró en mi garganta. Una sacudida eléctrica en el bajo vientre fue tan violenta que me asusté por un segundo. ¿Cómo podía encenderme tan rápido? ¿Tanto? Era aterrador perderme a esa velocidad.
Pero el miedo duró un parpadeo. La pesadez deliciosa lo aplastó. El calor… No, el infierno que él despertó lo aplastó. Todo era espeso, lento, como moverse dentro de miel tibia. Sus labios sobre los míos eran lo único que existía en el universo.
Era demasiado intenso, demasiado lento, demasiado rico.
No quería que terminara nunca.
Él deslizó las manos hasta mi cintura. Me restregué contra su cadera con una necesidad cruda.
La tela de mi propia blusa me raspó la piel como una lija fina y ardiente. Mis pezones ya estaban duros, atrapados y castigados contra el encaje del sujetador con una sensibilidad que rayaba en el dolor que se desvanecía un poco cuando me movía contra él.
Un hilo de aire frío se coló bajo el dobladillo de mi falda. El soplo helado chocó directo contra la humedad espesa que ya empapaba mis bragas. Las rodillas me temblaron ante el brutal contraste térmico, y se me doblaron de pronto.
Menos mal que él me sujetaba las nalgas en ese momento. Dios, la presión de sus dedos enterrándose en mi piel solo añadió más leña al fuego.
—¿Ves? —le susurré entre rápidas lamidas que le daba a su labio inferior —Me tiemblan las patitas.
—Demonios, Luisa —Michael expandió sus dedos sobre mi culo.
—¿Qué?
—No debería…
—¿No deberías qué?
—Siento que me estoy aprovechando.
—No estás aprovechando nada —me mordí el labio inferior al dar un paso hacia atrás, apoyando la espalda contra el vidrio del ventanal—. Todavía no.
El cristal helado me robó el aliento. El contraste térmico me hizo arquear la columna y expulsar un jadeo.
Michael se quedó inmóvil. Sus ojos oscuros devoraban cada uno de mis movimientos con un hambre animal. Sus manos se cerraron en puños apretados a sus costados, conteniendo el impulso de abalanzarse sobre mí.
—Canela… —su voz áspera desató cosquillas exquisitas por todo mi ser.
Alcancé el cuello de mi blusa. La textura de los pequeños botones se sentía resbaladiza y desproporcionada bajo mis dedos pesados.
Los desabroché uno por uno. Abrí la tela, y el aire frío de la habitación chocó con el sudor de mi escote.
Un suspiro de puro alivio vibró en mi garganta al presionar el pequeño broche metálico en la parte delantera de mi sujetador de encaje.
El cierre cedió con un chasquido sordo. El peso de mis pechos cayó libre. La sensibilidad exquisita de la piel liberada me arrancó un jadeo profundo. Eché los hombros hacia atrás, exhibiendo mis tetas desnudas ante su mirada oscura.
—Ten —le sostuve la mirada cuando se acercó. Enredé los dedos en su nuca, tirando de él con una urgencia nueva. No lo guié hacia mi boca, sino hacia abajo, ofreciéndole lo que acababa de liberar.
Él entendió de inmediato. Su aliento caliente bañó mi piel sensible un segundo antes de que sus labios húmedos y expertos rodearan mi pezón.
—Prefiero este sabor a canela —murmuró antes de succionar.
Era demasiado, como si mis terminaciones nerviosas estuvieran a flor de piel y su lengua trazando círculos rápidos y ásperos sobre la punta endurecida envió un relámpago directo a mi clítoris.
El placer me golpeó con la fuerza de un tren de carga, arrastrándome al borde del precipicio mucho más rápido de lo que mi cerebro podía procesar.
Estaba a instantes de venirme ahí mismo, de pie contra la ventana fría. Y él se reía. “¡¿Por qué se ríe?! ¡¿De qué se ríe?! ¡Dios!” Las vibraciones de sus carcajadas contra mi piel me volaron la cabeza. —¡Michael, voy a…!
Michael atrapó mis muslos con sus manos grandes para evitar que colapsara. Sus dedos calientes y ásperos se hundieron en mi piel desnuda. “¿En qué momento se me subió la falda?” pensé.
Él apretó su agarre contra la cara externa de mis piernas con una firmeza implacable. Ese anclaje brutal detonó el límite de mi control.
Una ola de calor espeso y punzante estalló en mi bajo vientre y se expandió por mis venas como lava tibia, en cámara lenta… No, lenta, no. Eterna, y exquisita.