Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 21.
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Capítulo 21.

Luisa

—La comida tardó un poco —decía el mensaje de Michael cuando lo leí tras estacionarme en el aparcamiento subterráneo del edificio de su ático—. Sube y espérame. Ponte cómoda.

El emoticón del guiño de ojo seguido del de un diablito me sacó una sonrisa.

Me aferré a las correas de mi bolso con las manos empapadas en sudor frío. Yo también había llegado un poco tarde, pero por un motivo muy diferente: compré una prueba de embarazo.

Ajusté los anteojos en el puente de la nariz y entré al ascensor.

Saqué la tarjeta para acceder a los ascensores privados, y luego puse el pulgar en el sensor que me identificó al instante.

Cuando él me dio acceso un año atrás me incomodó un poco, pero en ese momento agradecí no tener que atravesar el vestíbulo y dialogar con nadie.

El silencio del ático me recibió con la frialdad de su aire acondicionado.

Al dar los primeros pasos, desvié los ojos hacia los colosales ventanales de suelo a techo.

Al otro lado del cristal, las imponentes siluetas de las montañas que rodeaban Ciudad del Sol se recortaban contra un cielo que se teñía de tonos crepusculares.

El espacio se desplegó ante mí en una fluidez impecable de concepto abierto.

Sonreí al reconocer los muebles minimalistas en su sala que le ayudé a elegir unos meses atrás, y detrás de ellos estaba una cocina de alta gama que parecía más el decorado de una revista que un espacio habitado.

Con las pulsaciones aceleradas y el bolso pesándome en la mano, caminé hacia la imponente isla de mármol negro veteado, cuyas líneas blancas cruzaban la piedra pulida como relámpagos sobre un cielo oscuro.

El olor a granos de café tostado y el leve aroma a madera cara no lograron calmar el temblor de mis rodillas. Mi pecho latía contra las costillas con una fuerza salvaje y descontrolada.

Miré de reojo a un lado y encontré abierta la puerta de la habitación principal. Tuve un pensamiento impulsivo de ir a esperarlo recostada en su cama, pero negué con la cabeza.

El bolso me pesaba en el hombro como si la prueba de embarazo fuera un yunque de plomo macizo. Lo dejé caer sobre la isla. El sonido seco y contundente resonó en el silencio abrumador del enorme ático.

Miré a mi alrededor y encontré junto a la cafetera un tarro de cristal elegante lleno de pequeñas gominolas de colores brillantes. Al acercarme noté que estaban cubiertas de azúcar, y se me hizo agua la boca. “¡Como las que me compraba la abuela al salir de la escuela!” pensé con una sonrisa.

Cogí el tarro y lo llevé a la isla. No me mentí a mí misma diciendo que me comería solo una. Sabía que, como mínimo, me comería unas cuatro o, quizá, cinco.

Desenrosqué la pesada tapa de metal con un giro brusco, cogí una gominola roja y me la metí en la boca sin dudarlo. El sabor a fresa dulce chocó con un regusto terroso y amargo que me inundó las papilas gustativas. “No,” pensé, masticando con rapidez, “no son como las que me compraba la abuela.”

Cerré el tarro, y escuché el timbre del ascensor abrirse.

—Yo sé que dije que compraría sushi —dijo al entrar a la cocina con un par de cajas en las manos—, pero tienes que probar estas chimichangas. Están de…

—¿Chimichangas? —le reclamé —Sí que sabes seducir a una mujer por la bo…

—¿Qué hace eso ahí? —dejó la caja en la isla.

Seguí su mirada hasta el tarro de gominolas. —¿El tarro?

—Estaba allá —apuntó al lugar de donde lo cogí—. No… —dirigió la mirada hacia mí, y aguanté la respiración al notar el pánico en su expresión—. ¿Cuántas te comiste?

—Una.

Él rio. —¿Esperas que te crea? Sé que no tienes autocontrol cuando de dulces se trata.

Me crucé de brazos. —Si el dulce sabe rico, no, pero esos saben raros. Ojalá que te regresen tu dinero.

—¿Entonces solo fue una?

Fruncí el ceño en un gesto de confusión. —¿Por qué?

Michael se frotó la cara con ambas manos. —Luisa, son comestibles de THC.

Parpadeé unos momentos. —¿THC? —el aire abandonó mis pulmones de un solo golpe violento. Una ráfaga de fuego me subió por el cuello hasta quemarme las mejillas. Agarré el borde afilado de la barra con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos y me dolieron los tendones.

—Dulces de mota.

—¡Sé lo que es el THC, Michael! —le grité —¿Es en serio? ¿Por qué diablos tienes drogas en la cocina como si fueran simples caramelos infantiles?

Michael levantó las manos frente a su pecho ancho. —No son ilegales —negó con la cabeza —Los tomo para el insomnio. Tengo una receta para ellos.

Un sudor frío y desagradable me empapó la nuca bajo el cabello pelirrojo. —¡Michael, voy a reunirme con la dirigencia de mi partido para lanzarme al Congreso!

—¿Cuándo pasó eso?

—Tuve una reunión con mi estratega político hace unos días y está organizando una comida con la dirigencia.

—Me gustaría conocerlo.

—¡No me cambies el tema!

—Pensé que no querían a la Fiscal de Hierro porque estabas soltera.

—¡Pues resulta que sí! ¡¿Pero qué van a decir cuando se enteren que la Fiscal de Hierro se droga?!

—Estás exagerando esto demasiado —Michael rio—. No es como si te inyectaras heroína o aspiraras una fila de coca. ¡Es un puñetero comestible de mota, no LSD!

—¡Es una droga! ¡Bajo la definición en nuestro sistema legal es una droga!

Me llevé las manos temblorosas a la cabeza y tiré de los mechones de mi propio pelo. Mi respiración se volvió un jadeo corto y errático. —¿Tengo que ir al baño a vomitar? ¡Dime qué tengo que hacer como médico, Michael!

Él intentó acercarse un paso más, pero retrocedí de golpe como si su cercanía quemara.

—Estarás bien, canela —la sinceridad en sus palabras encendió un fuego destructor en mis venas—.

No te pasará nada grave desde el punto de vista médico, solo te relajarás bastante.

Pero debiste preguntarme antes de coger algo de mi casa sin permiso alguno.

Le fulminé con la mirada. —¿Ahora resulta que es mi culpa por comer un maldito caramelo de la barra?

—el pecho me subía y bajaba con una rapidez vertiginosa.

Me crucé de brazos sobre el pecho y caminé por el salón.

El sonido afilado de mis tacones resonaba en el inmenso espacio, y las luces nocturnas de la ciudad brillaban a través de los ventanales.

Quería estrangular al maldito. ¡Estaba sonriendo!

—¿Estás seguro de que nada me pasará? —le miré a los ojos.

Él asintió. —No vas a alucinar ni nada de eso —Michael sonrió—. No es un alucinógeno. Solo vas a relajarte bastante y…

—¿Y qué…?

Michael se encogió de hombros. —No te arruino la sorpresa.

El pecho me subía y bajaba con una rapidez vertiginosa, y busqué aire que no encontraba. Le apunté con un dedo acusador. —¡Eres un completo idiota, Michael Spencer! ¿Te estás riendo? ¡Deja de reírte! ¡Esto no es gracioso!

—Es un poco gracioso, canela —logró calmar la carcajada y respiró profundo.

Se giró hacia el tarro, lo abrió, y comió una gomita.

—¡¿Pero qué mierda estás haciendo?!

—No es justo que seas la única que se divierta esta noche.

—¡Eres un estúpido y…!

—Luisa —escuchar mi nombre salir de sus labios frenó en seco mis pensamientos—. Ya cálmate. Ven y come tu chimichanga.

Me acerqué a él y no le dirigí la palabra mientras sacaba el envoltorio de la caja que trajo. Gemí un poco al darle una mordida y saborearla. —Madre mía, esto está…

—¡Lo sé! —él sonrió.

Minutos después, los músculos rígidos de mi cuello se volvieron pesados.

La temperatura de mi piel subió de golpe, y la visión se cerró, enfocándose solo en las manos de Michael y la curva de su boca.

El pánico que me asfixiaba fue aplastado por una pesadez caliente en mis extremidades mientras caminaba alrededor de la isla.

Me detuve en seco frente al gran ventanal panorámico. Mis pulsaciones latían con un ritmo lento, grave y pesado. Un calor extraño y denso me envolvió.

“Esto está raro,” pensé. El silencio en mi cabeza me sorprendió. Apoyé una mano contra el vidrio helado. Las luces de Ciudad del Sol estallaron al otro lado del cristal con un brillo cegador.

Los faros de los coches formaban ríos de lava dorada en las avenidas. Los destellos de neón pulsaban con un ritmo hipnótico. El claxon lejano del tráfico y el zumbido del aire acondicionado se fundieron en una melodía baja. Un eco envolvente que me vibró directo en el pecho.

El contraste del cristal frío contra mis dedos calentó aún más mi sangre.

Michael se acercó por detrás con pisadas cautelosas y se detuvo a escasos centímetros. Detecté esa mezcla de sándalo y café tostado que le caracterizaba e inhalé profundo, llenando los pulmones con el olor.

La última gota de tensión abandonó mi espalda y mis músculos perdieron toda rigidez. Una burbuja densa e impenetrable se cerró a nuestro alrededor, bloqueando el ruido, las luces de la ciudad, y el miedo.

Segundos después, esa misma calma se transformó. Una chispa líquida y caliente bajó directo hacia mi vientre, el cual palpitaba con una fuerza pesada y una exigencia de fricción que me hizo apretar los muslos.

Cada centímetro de mi piel se volvió demasiado consciente de la proximidad de Michael.

Se acercó a mi oído izquierdo. —¿Cómo te encuentras?

Un escalofrío eléctrico me recorrió toda la columna vertebral. Se me erizó cada milímetro de piel expuesta.

Me giré despacio y arrastré los pies sobre la alfombra suave, pero el mundo pareció moverse un poco más de lo normal. Él me miró con preocupación, con una intensidad volcánica que me cortó la respiración de tajo cuando me sujetó del brazo, ayudándome a mantener el equilibrio.

Miré la alfombra y no dude ni un poco en sacar el pie derecho del zapato para luego pisar despacio. La textura me hizo demasiadas cosquillas entre los dedos del pie y solté una risita.

—Tu alfombra está rica —dije antes de soltar una carcajada. Me quité el otro zapato y suspiré con una enorme sonrisa mientras movía mis dedos.

—Vale, ya estás en el viaje —era claro que se aguantaba la risa.