Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 20.
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Capítulo 20.

Michael

—Me voy temprano hoy —le dije a mi asistente al salir de la oficina—. Solo urgencias médicas al móvil. Todo lo operativo de Nova Vitalis puede esperar a mañana.

—Entendido —ella asintió—. Qué tenga buen día, doctor.

—Igualmente —le contesté con una sonrisa antes de alejarme.

Ajusté las solapas de mi chaqueta al salir al aparcamiento antes de sacar el móvil y escribir un mensaje de texto a Luisa.

—Ven a mi ático a cenar —escribí—. Hay algo que necesitamos hablar.

No pasó ni un minuto cuando recibí su contestación.

—Vale.

Fruncí el ceño. “¿No va a preguntar qué llevaré de cenar? ¿Ni de qué necesitamos hablar?” Me encogí de hombros. “Ha de estar divirtiéndose mucho con las chicas.”

Encontré mi Aston Martin, y a Adriana caminando hacia mí con ese porte impecable que la caracterizaba. Llevaba su bata blanca abierta que revelaba una blusa abotonada azul marino.

Antes ya habría estado imaginando cómo liberarle esa blusa con la boca y saborearla completa antes de empotrarla dentro del coche, pero no esa vez.

Me detuve en seco y un pinchazo de acidez me subió por el esófago.

Anticipé el guion de siempre: un comentario mordaz, una mirada cargada de intención, una sugerencia apenas velada para discutir temas urgentes que disfrazaban una propuesta indecorosa.

Me armé de valor. A ninguna mujer le gusta ser rechazada, y no tenía la mínima idea de cómo reaccionaría Adriana.

La última vez que terminamos nuestro amorío ella estaba recién divorciada y yo me mudé a otra ciudad.

La logística se encargó de la situación.

Pero tenía a Luisa, y aunque ella estuviera dispuesta a compartirme, cosa que dudaba muchísimo, yo no tenía ni una pizca de deseo de estar con nadie más.

No habíamos coincidido en dos semanas, y no nos habíamos buscado. Adriana se detuvo a un metro de distancia, manteniendo una postura práctica y profesional. —Aquí estás —dijo con rostro serio y una voz carente de su habitual tono sugerente.

—Aquí estoy.

—Fui a comer —dijo, inclinando la cabeza un poco—. Recién llegué.

Estaba demasiado tensa. —¿Pasa algo?

Ella suspiró y se cruzó de brazos, mirando hacia el horizonte del aparcamiento.

—Necesitamos hablar —se giró hacia mí—. Fui a comer con mi exmarido y vamos a intentarlo de nuevo.

Parpadeé, procesando la información. “Eso no lo vi venir.”

—Nuestros hijos nos necesitan juntos, Michael —se acercó—. El mayor ya está en su último año del instituto, pero la menor apenas comienza. No podemos seguir fingiendo que este estilo de vida no les afecta, así que haremos un esfuerzo por el bienestar de la familia. Por eso…

—Nuestros encuentros deben llegar a su fin —terminé la frase por ella.

Sonrió. —Lo siento, Michael —me cogió las manos—. Quiero reconstruir mi vida sobre bases sólidas, y lo nuestro no…

Los músculos de mis hombros perdieron tensión de golpe. La carga de tener que terminar yo con ella se había disipado. “Esto soluciona mi problema.”

—Escucha, Adriana —levanté sus manos y la miré directo a los ojos—. Me alegro por ti. Mereces ser feliz, y si no es conmigo… Lo acepto —debía venderle que estaba un poco herido. Si hubiera mostrado lo mucho que me aliviaba terminar quizá me habría tachado de infeliz o algo así.

Ella puso la frente contra mi barbilla. —No seas así, por favor.

—¿Cómo?

—No finjas que lo nuestro tenía un futuro —me soltó las manos y dio un paso hacia atrás—. Ninguno de los dos buscaba nada real. Éramos un escape. Una distracción —soltó una risa corta desprovista de humor—. Una peligrosa distracción.

—¿Peligrosa?

—Eres el CEO de Nova Vitalis, y yo la directora general de uno de tus hospitales —ella sonrió—. Imagina el escándalo si saliera a la luz.

—A nadie le importa…

—A mí me importa —puso las manos en las caderas—. Michael, en este mundo las mujeres siempre pagamos un precio más alto por estos descuidos. Era más un riesgo para mí que para ti.

El comentario me golpeó como una bofetada física. Pensé en Luisa al instante, y me di cuenta que ese riesgo no era solo para Adriana, sino para cualquier mujer bajo mi mando.

—Menos mal que llegó a su fin —le dije con una sonrisa.

La mueca en su boca mostraba puro indicio de preocupación. —¿Estamos bien?

—Estamos perfectos, Adriana —asentí y sonreí—. En verdad te deseo lo mejor. No tenemos que portarnos raro en el trabajo ni nada. Sigues siendo la doctora extraordinaria a quien le confío el mando de nuestro hospital más importante.

Su rostro recuperó algo de su orgulloso brillo habitual. —¿Te vas temprano?

Asentí. —Quiero dar seguimiento a un paciente en el Hogar San José, y después ya veré.

Me dedicó un asentimiento seco, dando por concluida nuestra interacción. —Nos vemos en la junta de mañana, doctor Spencer.

—Bonito día, doctora Lira.

Se dio la vuelta y siguió su camino hacia el hospital.

“Estoy jodido,” pensé, con una convicción que me heló la sangre en cuanto subí al coche.

Apreté el volante hasta que mis nudillos blanquearon y mis uñas se hundieron en la piel de mis palmas.

Nunca me importó que nos descubrieran porque jamás consideré lo que pasaría con Luisa.

El peso de esa responsabilidad me presionó los hombros.

La mente se me disparó en un carrusel de escenarios catastróficos mientras conducía.

Visualicé los titulares, las miradas furtivas en los pasillos de Nova Vitalis, el juicio implacable de la junta directiva y, sobre todo, la destrucción de la reputación que Luisa había construido con tanto esfuerzo.

Y eso era en el hospital. ¿Qué pasaría con sus aspiraciones políticas?

Adriana tenía razón, maldita sea. Yo podría sobrevivir a un escándalo con una reprimenda o una disculpa pública. ¿Pero ella? reduciría años de trabajo y logros a una simple cotilla.

“¿Cómo lo arreglo?”

Conduje hacia el Hogar San José envuelto en una neblina de frustración y el ruido constante de mis pensamientos tratando de encontrar una salida que no existía.

Entré al Hogar, saludé a las enfermeras en la recepción, y seguí mi camino hacia la habitación de Nora. Encontré la puerta entreabierta, y me asomé con sigilo.

Descansaba en su cama, con la respiración profunda y acompasada de una siesta reparadora. La luz de la tarde entraba por la ventana, iluminando las arrugas de su rostro con una suavidad que la hacía parecer frágil y eterna al mismo tiempo.

No la interrumpí. El sueño era la mejor medicina para su cadera en recuperación. Revisé su archivo médico, hice un par de notas, y lo regresé a su lugar antes de salir de la habitación.

Podría regresar por donde vine, pero la puerta hacia los jardines del hogar estaba abierta. Fui a asomarme, y encontré un motivo para quedarme un rato más que me apretó el estómago.

Crucé el sendero de piedra, y encontré a Doña Elena sentada en un banco, con una mascarilla puesta y conectada a un pequeño tanque de oxígeno móvil. Estaba rodeada de macetas de barro y el aroma dulce de las petunias.

Me acerqué despacio, intentando no sobresaltarla, pero ella giró la cabeza hacia mí y sonreí. —Doctor Michael, qué agradable sorpresa.

Me senté a su lado, dejando un espacio respetuoso entre los dos. La observé de reojo. Proyectaba una fragilidad física que me golpeaba el pecho, pero sus ojos, al volverse hacia mí, conservaban una lucidez punzante. Era la mirada de alguien que ya no tiene tiempo para trivialidades.

—Pasé a ver a Nora, pero se ha quedado dormida —le comenté, apoyando los codos en las rodillas.

Elena asintió, alisando la tela de su camisón blanco con dedos temblorosos.

—El descanso es un lujo que uno aprende a valorar cuando los años pesan —respiró tan profundo como pudo—.

En especial cuando sabes que las puestas de sol que te quedan están contadas —el nudo en mi garganta se apretó.

No había miedo en su voz, solo una aceptación pragmática—.

Sé dónde estoy parada. Lo único que me quita el sueño es lo que dejo atrás.

—¿Luisa? —pregunté con una mueca —No tiene que preocuparse por ella, doña Elena. Es una mujer extraordinaria. Quizá es la persona más fuerte que conozco.

Ella soltó una risa suave, casi un suspiro. Se quedó mirando el vaivén de las copas de los árboles, perdida en sus pensamientos por unos largos instantes.

—Ese es el problema —Elena negó con la cabeza—.

Se ha pasado la vida construyendo muros, Michael.

Piedra sobre piedra, hasta que ha levantado una fortaleza tan alta que nadie se atreve a intentar saltarla.

Los periódicos la apodaron la Fiscal de Hierro, y creo que ella piensa que la única forma de sobrevivir en este mundo es cumplir esa expectativa.

Se inclinó un poco hacia mí. El peso de su escrutinio me obligó a tensar la mandíbula.

—Ella cree que tiene que hacerlo todo sola —siguió—. Cree que pedir ayuda es una debilidad, cuando en realidad es el mayor acto de valentía. Mi mayor temor es dejarla en este mundo blindada, sin que nadie sea capaz de llegar a lo que hay debajo de esas paredes que levantó a su alrededor.

—Ella sabe que me tiene a mí —dije, y la frase sonó más como una súplica que como una afirmación.

Elena me puso una mano en el brazo.

—Ella necesita algo más que un buen amigo o un jefe bondadoso, Michael —dijo Elena, reacomodando con suavidad la cánula de oxígeno—.

Necesita a alguien que no retroceda cuando ella intente apartarlo con esa frialdad que usa de escudo.

Alguien con la fuerza suficiente —levantó su puño y lo apretó, mostrando una sorprendente determinación —para obligarla a descansar, para mirarla a los ojos y convencerla de que está bien soltar las riendas —abrió despacio la mano —y dejar que otro sostenga el peso del mundo por ella un rato para que pueda respirar —me sostuvo la mirada—¿No conoces a nadie que pueda ser así para ella?

Me quedé mudo. Mi silencio no era falta de respuesta, sino el estallido de una revelación que me golpeó el pecho con la fuerza de un mazo.

“Yo soy ese hombre.”

Quería prometerle que la cuidaría con mi vida, que derribaría cada uno de esos muros, aunque me costara la piel en el intento. Pero la magnitud de lo que eso implicaba me dejó sin aire.

—Haré todo lo que esté a mi alcance, Elena —logré decir tras aclararme la garganta—. Le doy mi palabra.

—Lo sé, hijo —sonrió antes de cogerme la mano—. Lo sé.