Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 19.
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Capítulo 19.

Luisa

—¡Salud por los hombres Spencer! —dijo Hannah levantando una copa de vino rosado.

Ella brillaba con una luz casi radiante, desprovista de cualquier asomo de la rigidez que solía caracterizarla.

Había hecho a un lado el moño alto y perfecto con el que siempre recogía su ahora libre y suelta cabellera rubia, la cual caía en suaves ondas doradas sobre sus hombros desprotegidos.

En lugar de uno de sus impecables trajes de sastre, traía puesto un vestido casual de lino en tono verde oliva que parecía flotar con cada uno de sus sutiles movimientos.

Sus hombros, antes tensos y erguidos, caían relajados, y parecía que ninguno de sus músculos conservaba el menor indicio de la pesada tensión que la rutina solía imponerle.

“Todavía no regresa a trabajar,” pensé con una sonrisa. “En su cabeza sigue en la luna de miel.”

—¡Salud! —Jessica a su lado levantó su copa con una mueca.

Aunque por fuera mantenía las apariencias con un blazer estructurado azul marino sobre una blusa de seda pastel, la rigidez de su postura la delataba por completo, y una sutil línea de preocupación se dibujaba de entre sus cejas, revelando una inquietud que no lograba disimular.

—¿Ya ordenaron? —dejé caer el bolso sobre la silla vacía y me senté frente a mis amigas.

El camarero llenó mi copa con el mismo vino rosado. —Ya —dijo Hannah—. Te pedimos el salmón.

—¿Y de qué estamos hablando? —pregunté antes de darle un trago a mi bebida.

—Comparamos notas sobre los hombres Spencer en nuestras vidas —dijo Jessica—. Resulta que ambos les gusta estar en control de sus alrededores, a veces rayando en lo obsesivo, en especial cuando quieren cuidar de nosotras.

Le di un sorbo al vino. —No me imagino a Max siendo… dominante.

—Te sorprenderías —la sonrisa y rubor en las mejillas de Hannah la delataron por completo—.

Estábamos en un bar de Bruselas y mientras Max fue al baño un tipo se acercó y no entendía que “no” es “no” —rio—, pero entendió muy bien cuando Max regresó, le puso una mano en el cuello, y le dijo que no volvería a respirar si se acercaba de nuevo a mí.

—¿Max le dijo eso? —Jessica no parecía convencida, y la verdad yo tampoco.

—No lo imagino poniéndole la mano en el cuello a nadie —dije.

Hannah se encogió de hombros. —Bueno, fue más bien en el hombro, y quiero creer que eso le dijo —rio—. Se lo dijo en alemán. Se oyó muy… —ella se estremeció con una sonrisa ridícula. Jessica y yo nos miramos y soltamos una carcajada al mismo tiempo.

“Tan bien portado y propio que se ve,” recordé mis propias experiencias con un Spencer. “Supongo que corre en familia.”

Jessica fue la primera en dejar de reír. Arqueé una ceja y la miré. —¿Estás bien, Jess?

—Has estado rara desde que llegaste —dijo Hannah.

Ella suspiró. —Matt nos consiguió una consulta esta tarde con una especialista de fertilidad y no he podido dejar de darle vueltas al asunto.

—¿Van a tener un bebé antes de casarse? —preguntó Hannah.

Jess negó. —Digamos que Matt y yo… Júrenme que no dirán nada.

No sé cuánto saben Max y Michael y no es algo que creo que deban enterarse por otras personas —Hannah y yo nos miramos y asentimos con la seriedad que se merece—.

Matt y yo nos vamos a casar, y acordamos que a ambos nos gustaría tener un bebé.

Hannah hizo un chillido alegre al mismo tiempo que aplaudía. —¡Entonces el bebé será su regalo de bodas para sí mismos!

Jessica rio. —No exactamente —respiró profundo—. Matt se hizo una vasectomía después de tener a Marina, así que no podríamos embarazarnos de la forma común. Pero él tiene muestras de su… Ya saben…

—Se llama esperma —dije, aguantando el impulso de sonreír.

—Yo sé que así se llama —dijo Jessica entre gruñidos—. En fin, estamos viendo qué opciones tenemos. Él considera operarse para revertir su vasectomía, pero como solo queremos tener uno creo que sería más práctico y seguro que sea por…

—In vitro —dijo Hannah.

Jessica apretó los labios. —Me emociona la idea de ser madre, de verdad, pero tengo un miedo enorme de no poder hacerlo —cogió su copa de vino y le dio un trago—. Por eso vamos a consultar con una especialista que Michael nos recomendó.

“Conque de eso hablaban los hermanos,” pensé, recordando a Matt saliendo de la oficina de Michael.

Hannah suspiró. —Verás que todo bien —amplió su sonrisa—. ¡Ya lo imagino! Tú bebé y el mío siendo mejores amigos desde la cuna.

Ambas nos giramos hacia ella. —¿Estás…?

Hannah soltó una pequeña carcajada. —La verdad es que no hemos trazado un plan, pero tampoco lo hemos descartado —se encogió de hombros—. Además, no nos cuidamos mucho esta luna de piel. Olvidé tomarme la pastilla un par de días y él… Bueno…

—Ya es suficiente información, Hannah —dijo Jessica, negando rápido con la cabeza, luego ella se giró hacia mí—. ¿Y tú y Michael para cuándo, Luisa?

Entré en pánico y abrí los ojos tanto que casi se me salen de las cuencas. —¡Para nunca, boba!

—¡Ustedes tendrían un bebé precioso! —Hannah soltaba chillidos de emoción —¡Con mejillas regordetes y unos rulos pelirrojos preciosos!

—¡Primero sobrevive a tener el tuyo! —le dije a Hannah entre risas —Un bebé de Max de seguro pesaría lo de un adulto pequeño.

Jessica casi se atraganta con su vino. —¡Dios, ni siquiera consideré eso!

—¡Las dos son las peores amigas del mundo! —Hannah negaba con la cabeza, pero aguantaba la risa.

La comida llegó a la mesa. El camarero colocó los platos frente a nosotras con movimientos ágiles y precisos.

Incluía una colorida y abundante ensalada para Jessica.

El olor del aderezo de la ensalada de Jessica me alcanzó al ser colocada en la mesa.

Era una mezcla penetrante de vinagre balsámico, mostaza y algo amargo que estaba en proceso de identificar cuando una ola de náusea me invadió.

El calor y el ruido del restaurante chocaron con el ácido helado que me subió por la garganta. Mi estómago dio un vuelco brusco, llevé una mano a mi garganta y contuve la arcada.

“¿Qué demonios…?”

Me llevé la servilleta a la boca. —Perdón.

—¿Estás bien, Luisa? —Hannah se inclinó hacia adelante con preocupación.

—Me atraganté con el agua.

Pero la náusea volvió con mayor potencia. Forcé otra tos artificial, aparté la pesada silla hacia atrás con brusquedad, y caminé lo más pronto que pude hacia el tocador cubriéndome la boca y aguantando la arcada.

Agradecí encontrarlo vacío. Cerré la puerta con seguro a mis espaldas justo cuando ya no pude contenerme más. El silencio del lugar se vio interrumpido solo por el zumbido de la ventilación y mis arcadas en el baño.

“¡¿Pero qué rayos?!” pensé, poniéndome de pie y respirando profundo. “¿El aderezo? No, está delicioso. ¡Lo he probado! Eso no pudo…”

Saqué mi móvil del bolso con movimientos erráticos.

Apreté el metal del teléfono con torpeza y abrí la aplicación de calendario.

Conté los días que habían pasado desde la noche íntima en Nueva York.

El recuerdo vívido de aquella noche me asaltó de golpe, pero no reviví la pasión de esos momentos, sino repasé si habíamos tomado alguna precaución.

Levanté la mirada hacia el espejo y encontré mis ojos abiertos de par en par. —¿Olvidé tomarme las pastillas esos días? —murmuré, colocando una mano en la frente—. No, las olvidé en casa. ¿Michael usó…?

Reviví el momento en el que Michael me hizo suya.

“No,” pensé. “No usaba un condón. Mierda… ¡Mierda!”

Deslicé el pulgar por los números del calendario, y mi estómago se apretó tanto que me sacó el aire cuando comprobé que estaba en mi periodo de ovulación cuando estábamos en Nueva York. Seguí contando las semanas y los días.

Se supone que estaba por iniciar mi periodo. Los cólicos debían estar por comenzar, y sí había estado más sensible, pero jamás me habían dado náuseas.

“Joder, ¿y si sí estoy…?”

—¡Luisa! —gritaron afuera del baño. Fue Hannah—. ¿Estás bien?

Un frío paralizante me invadió. El aire pareció desaparecer del pequeño baño.

Levanté la vista del móvil con miedo de lo que encontraría al mirarme al espejo.

La mujer que me devolvía la mirada mostraba una rabia sorda por perder el control.

Apreté los puños contra el lavabo, sintiendo una extrema tensión muscular.

—Sí —le contesté—. Lo siento, creo que el desayuno me cayó mal.

Tragué aire en bocanadas cortas. Forcé a mis pulmones a trabajar a pesar del pánico.

—Menos mal que trabajas en un hospital —escuché a Jessica detrás de la puerta.

—Y para un doct… ¿Llamamos a Michael?

La sugerencia de Hannah me revolvió el estómago al punto que casi vomito otra vez. —¡Estoy bien! —dije —Denme un minuto.

“No estoy embarazada,” pensé, negando con la cabeza. “¡No puedo estarlo! Es el estrés. Sí, he tenido semanas caóticas, y ahora con la posibilidad de seguir con mi carrera política… Es la presión, sí. El cuerpo de una mujer siempre reacciona así, ¿no?”

Puse una mano sobre mi vientre. El simple roce de mi propia palma contra la tela de mi falda potenció mis peores dudas sobre las complicaciones que esto traería. Si antes me excluían por ser soltera, un embarazo sería el último clavo en el ataúd de mis aspiraciones políticas.

“No,” negué con la cabeza, quitando las manos de mi vientre. “¡No! ¡No puedo estar embarazada!”