Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 18.
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Capítulo 18.

Michael

—Pasa, Matt —señalé una de las sillas de cuero frente a mi escritorio al verlo cruzar el umbral, aflojando el nudo de su corbata de seda con un movimiento cansado—. Tienes cara de necesitar algo más fuerte que el café de la sala de espera.

Mi hermano mayor cerró la puerta a sus espaldas con un clic sordo. Llevaba su habitual traje de negocios gris oscuro sin corbata, pero su postura carecía de la rigidez de costumbre.

Matt soltó una risa nasal, corta y grave, mientras se dejaba caer en el asiento.

Apoyó los codos sobre los reposabrazos y se frotó la barbilla cubierta por una sombra de barba.

Su mirada, siempre tan calculadora, rehuía el contacto directo.

“¿Está apenado? Lo he visto cerrar negocios de millones de dólares y coquetear con las mujeres más hermosas del mundo, ¿qué podría…?”

—Vengo a buscar consejo —clavó sus ojos en los míos—. Un consejo médico, para ser exactos. Y confidencial, por supuesto.

Apoyé los antebrazos sobre la mesa y entrelacé los dedos. —Sabes que todo lo que se dice en este despacho se queda aquí —mantuve un tono de voz bajo y profesional—. ¿En qué te puedo ayudar, hermano mayor?

Matt tomó aire despacio, llenando sus pulmones como si se preparara para sumergirse en aguas heladas.

—Tiene que ver con Jessica —el nombre de su pareja suavizó las líneas de tensión alrededor de su boca—. Estamos hablando de futuro. De un futuro en serio. Y eso incluye la posibilidad de ampliar la familia.

Fui incapaz de mantener una expresión neutral. —Eso es fantástico, Matt —sonreí de oreja a oreja y asentí despacio—. Jessica es una gran chica.

—El problema es mi pasado —Matt se removió en la silla y se aclaró la garganta.

—No me digas que aquella–que–no–ha–de–ser–nombrada volvió del exilio.

Mi hermano rio. —Bianca sigue en Italia, y Marina sigue sin contestar sus mensajes.

—¿Entonces?

Matt respiró profundo. —Después de que naciera Marina, las cosas con Bianca ya estaban muy mal, así que tomé decisiones drásticas.

—¿Qué hiciste?

—Me hice una vasectomía —bajó la cabeza y negó despacio—. No quería correr el riesgo de tener otro hijo con una mujer que nunca dio indicios de ser una buena madre, ni siquiera estando embarazada o con una hermosa bebé recién nacida.

—Pero Jessica no es Bianca.

Matt sonrió. —Jessica no es Bianca.

Suspiré. —La vasectomía es una intervención común, sencilla y muy efectiva —me acaricié la barbilla mientras daba un vistazo al techo—. Una reversión es un animal muy diferente. Es una cirugía mayor.

Mi hermano se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. —Yo pensé que solo tendrían que reconectar mis…

Sonreí. —Eso es más fácil decir que hacer. Te tendrían que poner bajo anestesia general y usar un microscopio quirúrgico para encontrar tus tuberías cortadas, además de usar suturas más delgadas que un cabello para volverlas a conectar. Y el tiempo de recuperación es mayor. Asumiendo que funcione.

—¿Después de todo eso podría no funcionar?

—Para eso se hacen estudios antes, bobo —apoyé la espalda en la silla—. ¿Cuánto hace de la operación?

—Diecinueve años —Matt soltó un suspiro pesado—.

En aquel entonces, el urólogo que me atendió fue muy insistente en que era demasiado joven para tomar una decisión, y me convenció de guardar algunas muestras en un banco de esperma.

Ya sabes, por si cambiaba de opinión en el futuro o si la vida me daba un giro inesperado.

—Congelación de esperma —asentí, reconociendo el protocolo—. Fue un consejo muy acertado por parte de tu médico. Eso facilita mucho las cosas si ustedes quieren tener hijos. Evitas el riesgo de una operación mayor si inician un tratamiento de fertilidad in vitro.

Matt esbozó una sonrisa cargada de alivio. —Menos mal que seguí pagando la cuota de mantenimiento anual. Ahora me doy cuenta de que fue la mejor inversión de mi vida.

—¿Bianca estuvo de acuerdo?

—Bianca nunca supo —Matt resopló—. Eso jugó a mi favor recientemente. Intentó atribuirme la paternidad de su nuevo bebé.

No aguanté la carcajada. —¡Qué bueno que sacaste a esa mujer de tu vida!

—Imagina si la hubiera embarazado por accidente.

Las palabras de Matt quedaron suspendidas en el aire estéril del despacho. “Embarazo por accidente,” pensé, y exhalé el oxígeno de un solo golpe.

Un peso helado se formó en la boca de mi estómago y el aire acondicionado pareció congelar el sudor que brotó de golpe en mi nuca. El corazón me latía como un tambor de guerra contra las costillas, bombeando ácido en lugar de sangre por mis venas.

Recordé el viaje a Nueva York. Los tragos en el Blue Note. La urgencia salvaje que llevábamos cultivando desde quién sabe cuándo.

Cero pensamiento lógico.

Cero barrera racional.

Cero precauciones.

“Eres un jodido idiota,” pensé, apretando la mandíbula hasta que los dientes me dolieron. Había usado condones desde que regresamos y lo nuestro adquirió vida propia, ¿pero esa primera noche?

Mantuve los músculos faciales relajados.

Tragué el nudo que me asfixiaba la garganta y forcé a mi cerebro a archivar la emergencia para más tarde.

Necesitaba hablar de esto con Luisa. “Quizá ella usa la pastilla o tiene un DIU,” pensé.

“Quizá estaba en un momento poco fértil de su ciclo… Concéntrate, Michael. Ahora tu enfoque es tu hermano.”

Parpadeé, enfocando de nuevo la figura de Matt frente a mí, que parecía absorto en su propia esperanza.

—¿Entonces ustedes lo están considerando en serio? —logré que mi voz sonara estable y cálida, el tono perfecto de un médico comprensivo—. ¿Tener un bebé juntos?

Matt asintió con una firmeza que iluminó todo su rostro.

—Sí —la dureza de su mirada se derritió en pura ternura—.

Queremos formar una nueva familia. Marina ya está en la universidad y Jessica tiene tanto amor para dar…

No quiero que se pierda la oportunidad de ser madre.

Y yo quiero vivir todo ese proceso con ella, esta vez haciendo las cosas bien desde el principio.

La sinceridad de su confesión me golpeó el pecho, apartando por un momento la presión en mis costillas. Una oleada de calor por mi hermano reemplazó el frío de mis venas. Me levanté de la silla, rodeé la mesa de caoba y le tendí la mano.

Él se puso de pie y me estrechó la mano con fuerza antes de tirar de mí para darme un abrazo rápido y contundente.

Nos separamos y me apoyé contra el borde de la mesa, cruzando los brazos sobre el pecho. —Habría que revisar la condición de tus nadadores —cogí el teléfono del escritorio—. Y Jessica tendrá que hacerse estudios de fertilidad.

Escuché el clic cuando mi asistente levantaba su teléfono. —Dígame, doctor.

—Investiga el teléfono de la doctora Georgina Ortiz —le dije—. Tiene su consultorio en el tercer piso.

—Enseguida, doctor.

Colgué y me dirigí a Matt. —Es una excelente ginecóloga y especialista en temas de fertilidad. Para ustedes solo lo mejor.

—Te lo agradezco, Michael —arranqué la hoja del cuadernillo y Matt la guardó en el bolsillo de la chaqueta—. Jessica está un poco nerviosa por todo esto.

—Es normal —le di una palmada en el hombro—. Además, mi colega es experta en el manejo de lo que en medicina catalogamos como embarazos geriátricos.

Matt levantó la vista y arqueó una ceja.

—¿Geriátricos? —soltó una carcajada áspera—. ¡Jessica solo tiene treinta y cinco años, por el amor de Dios!

Solté una risa ante la reacción protectora de mi hermano.

—Es la terminología médica, Matt, no me mires a mí con ganas de matarme —me encogí de hombros, divertido por la situación—.

La ciencia es implacable con la biología femenina.

A partir de los treinta y cinco, el riesgo de complicaciones aumenta por estadística.

Pero créeme, con esta doctora, estarán en las mejores manos.

Solo asegúrate de que tú no uses la palabra “geriátrico” frente a Jessica si valoras tu vida.

—Puedes apostar tu fortuna a que no diré ni una palabra al respecto.

El sonido agudo de la puerta abriéndose nos interrumpió de golpe.

Luisa cruzó el umbral con su característico paso firme y decidido.

La tela de su traje sastre azul marino se ajustaba a su figura, proyectando una autoridad que dominaba el espacio de inmediato, pero que a mí solo me recordaba la suavidad y temperatura de su piel.

La visión de su cuerpo encendió de nuevo la alarma en mi cabeza. El vacío punzante por la falta de protección volvió a golpearme el estómago con la fuerza de un mazo.

—Siento la interrupción —Luisa se detuvo a medio camino al ver a Matt—. Tu secretaria no estaba en su puesto y pensé que estabas solo.

—No te preocupes, Luisa —dije, y Matt se giró hacia ella con una sonrisa afable y relajada—. Ya habíamos terminado nuestros asuntos. Solo estábamos charlando.

Ella le devolvió una sonrisa cortés.

—Hola, Matt —enderezó la postura, con voz clara y controlada—. Me alegra verte.

Matt la observó por un segundo, su mirada saltando de ella hacia mí. Una chispa de diversión peligrosa bailó en los ojos de mi hermano. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y se balanceó un poco sobre sus talones.

—Dime una cosa, Luisa —Matt ladeó la cabeza, con un tono cargado de falsa inocencia—. ¿Qué se siente trabajar todos los días para tu mejor amigo?

Tensé los músculos como cuerdas a punto de romperse.

Giré la cabeza hacia Luisa y cruzamos miradas en el aire.

Noté la levísima rigidez en sus hombros tras los cristales de sus lentes.

Fue un instante de comunicación silenciosa, pura telepatía forjada a base de años de amistad y el sudor frío de ser descubiertos.

—Ha sido interesante —dejamos salir las palabras al mismo tiempo, en un unísono perfecto.

El silencio que siguió fue absoluto. Luisa y yo nos quedamos paralizados, dándonos cuenta del ridículo de nuestra sincronía.

Matt nos miró por un segundo antes de echar la cabeza hacia atrás y soltar una carcajada atronadora que rebotó contra los cristales del despacho.

—Dios santo, ustedes dos son adorables —sacudió la cabeza con incredulidad entre risas.

Caminó hacia la puerta y agarró el pomo de metal, deteniéndose justo antes de salir.

Su expresión cambió, abandonando la burla para adoptar una seriedad implacable y directa—.

Tienen que dejar de hacerse los tontos de una maldita vez y admitir que se quieren.

Antes de que ninguno de los dos pudiera emitir un solo sonido de protesta, Matt abrió la puerta, salió al pasillo y cerró tras de sí, dejándonos a solas por completo.

El ambiente en el despacho se volvió denso y asfixiante.

Luisa soltó un jadeo tembloroso, girando sobre sus talones para mirarme.

Toda su fachada de mujer de hierro se desmoronó en un abrir y cerrar de ojos.

Ella se llevó las manos al puente de sus gafas, ajustándolas con un movimiento brusco y errático.

—Michael, ¿tú crees que lo sabe? —apretó los labios con un hilo de voz —¿Alguien nos vio? Según yo, hemos sido discretos, pero…

—Canela, mírame —acorté la distancia entre los dos, levanté las manos y le agarré los hombros con suavidad, frotando la tela de su americana con mis pulgares para transmitirle calor y seguridad—. Respira. Concéntrate en mí.

Ella tomó aire por la boca, pero sus músculos seguían tensos bajo mis manos.

—Ni Matt ni nadie sabe nada de lo que pasó en Nueva York —utilicé mi tono de voz más grave y reparador—.

Lo que acaba de decir es solo una provocación.

Toda mi familia lleva años tratando de emparejarnos.

Empezaron con esta campaña de acoso desde el maldito día en que Max conoció a Hannah y nos presentaron de manera oficial. No tienes de qué preocuparte.

Luisa dejó escapar un suspiro largo y pesado, relajando un poco la postura defensiva de su cuello.

Solté sus hombros y di un paso atrás, devolviéndole su espacio vital. Ella se cruzó de brazos, asintiendo sin prisa mientras recuperaba el control de su respiración.

La observé en silencio, analizando la curva de su rostro y la tensión residual en sus labios. Mi cerebro analítico procesó la reacción desmedida que tuvo.

Me quedé sintiendo latir mi corazón en mis sienes.

—Canela —me acerqué y le cogí la mano—. Hay algo que…

—¡Cierto! —Luisa levantó la mirada y me entregó un par de carpetas —Los nuevos contratos con las aseguradoras.

Parpadeé un par de veces. —¿Qué?

—¡Te hablé de ellos hace unas horas! Necesitas firmarlos.

Reí. —Hace unas horas estabas en mi sillón con mi cabeza entre las…

Me acomodó un puñetazo juguetón en el pecho. —¡Michael Spencer!

Suspiré y cogí las carpetas. —Vale, ya los firmo —las dejé en el escritorio, luego extendí las manos hacia sus caderas—, pero primero…

Ella rio y se alejó de mí, poniendo una mano en mi pecho. —Abajo, muchacho —negó con la cabeza—. Quedé de comer con Hannah y Jessica.

—Puedes llegar tarde —bajó la cabeza y me lanzó una mirada que me decía que eso no pasaría—. Vale. ¿Más tarde en mi ático?

—Apuesta por ello, vaquero —me guiñó el ojo, volvió hacia la puerta, y caminó con un bamboleó coqueto y exagerado de sus caderas.

Me mordí el labio al mirarla irse. La emoción creció al recordar el tema que quería hablar con ella.

“¿Sería tan malo?”