Capítulo 17.
Luisa
—Con esto evitamos una huelga, Beatriz —dije, deslizando la copia del acuerdo sobre la mesa en la sala de juntas.
Beatriz Quintana, una enfermera veterana de mirada dura y postura imponente, cogió el bolígrafo con gesto serio y firmó en la línea punteada.
—El personal de enfermería confía en que la compañía cumplirá su palabra —dijo al entregarme el documento.
—No necesitan confiar —dije al ponerme de pie—. Tienen mi firma legal como garantía.
Le tendí la mano por encima del escritorio.
Beatriz se puso de pie y me devolvió el apretón con firmeza antes de abandonar la sala.
Una descarga de adrenalina me recorrió la columna vertebral apenas la puerta hizo clic a sus espaldas. Recogí mis carpetas y salí al pasillo del Centro Médico Horizontes. El olor a desinfectante industrial y a café fuerte llenaba mis pulmones con cada respiración.
El eco de mis tacones repiqueteó contra las baldosas pulidas mientras caminaba con paso rápido. Me detuve frente a las puertas metálicas del ascensor principal y presioné el botón para subir al último piso.
Un cosquilleo abrasador me recorrió el bajo vientre al visualizar a Michael en su oficina. “Debe estar preparándose para la reunión con la mesa directiva.”
Quería subir, cerrar la puerta de su despacho con seguro y comprobar si sus labios sabían igual que en Nueva York. Apreté los puños a los costados hasta clavar mis propias uñas en las palmas.
“Luisa, prometiste que sería la última vez,” pensé, sacudiendo la cabeza, tratando de sacarme de la cabeza lo que había sucedido un par de días antes cuando entré a su oficina a que me firmara un documento, algo que debió tomar unos segundos, y terminé pasando más de media hora esforzándome en no hacer ningún ruido mientras me empotraba en el escritorio.
Me acomodé los anteojos de armazón sobre el puente de la nariz. La emoción de recordar el peso de su cuerpo sobre el mío seguía latiendo bajo mi piel.
Salí del ascensor y me obligué a caminar hacia mi propia oficina en lugar de la suya. Empujé la puerta de cristal de mi oficina y me quedé helada en el umbral.
Tomás estaba sentado en la silla frente a mi escritorio.
Tenía una postura desgarbada, con sus rasgos afilados y casi de ave de presa parecía un águila que se sabe dueña del territorio.
Su cabello oscuro, peinado hacia atrás con precisión obsesiva, dejaba al descubierto unas sienes plateadas, y me parecía escanear con esos ojos pequeños azul pálido, casi translúcidos.
Al reconocerme torció la comisura izquierda de su boca en una mueca burlona.
—Por fin apareces —dijo con frialdad, cruzándose de piernas y mirándome desde abajo.
—¿Qué haces aquí, Tomás? —caminé hacia mi silla con la mandíbula tensa.
—Ya no llamas, ya no escribes —alzó una ceja con una mueca resbalosa—. Mi magia no funciona cuando no puedo comunicarme con mi candidata.
Solté las carpetas sobre la mesa con un golpe sordo.
—He estado demasiado ocupada trabajando —me senté y crucé los brazos—. Acabo de evitar una huelga masiva que habría paralizado este hospital.
Tomás torció la boca en una sonrisa sin rastro de humor.
—¿Demasiado ocupada para encender la televisión y ver las noticias?
Metió la mano en su maletín de cuero, sacó una tableta electrónica, tocó la pantalla un par de veces y la dejó en el escritorio para que la viera.
El titular parpadeaba en letras mayúsculas y fotografías escandalosas: Congresista Corrupto, intercambiaba sexo por favores políticos.
El político de la nota pertenecía a nuestro distrito, y había una foto de él rodeado de micrófonos.
El texto detallaba una filtración masiva sobre un descarado caso de corrupción, desvío de recursos y una red de favores sexuales. El aire se me atascó en la garganta y una descarga helada me recorrió la columna, erizándome la piel.
—Yo voté por ese imbécil —dije al bajar la tableta.
—El escándalo estalló hace cuarenta y ocho horas —Tomás guardó la tableta—. Al menos tuvo el buen sentido de renunciar. Eso nos facilita las cosas y nos abre opciones.
—¿Cargos en su contra?
Tomás se encogió de hombros. —Lo último que supe es que sus abogados negociaban un trato para cooperar con las autoridades. Pero su vida política llegó a su fin.
“Entonces no pisará la cárcel,” se me revolvió el estómago. “Joder, si yo siguiera en la fiscalía…”
Me eché hacia atrás en la silla, asimilando la magnitud del caos. —¿Y qué tiene que ver esto conmigo? —fruncí el ceño.
Tomás se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre mi escritorio, y mi pulso latió con fuerza en mis sienes. —Si tienes que preguntar no estás…
—El partido quiere a alguien con un historial intachable para las elecciones especiales —le interrumpí.
—No alguien —apuntó el dedo hacia mi rostro—. Quieren a la Fiscal de Hierro.
El corazón me latió como un tambor de guerra contra las costillas. Mantuve la compostura, pero me moría por dar un grito de emoción que me salía desde el alma.
—Habrá elecciones especiales en un par de meses —continuó Tomás, marcando el ritmo con el dedo sobre la mesa—. La dirigencia quiere una reunión urgente para discutir los detalles de tu lanzamiento.
Una presión enorme me aplastó el pecho. “¿Meses?” tragué saliva con dificultad.
La puerta de mi oficina se abrió unos centímetros, interrumpiendo el pesado silencio.
—Señorita Jiménez —anunció mi secretaria asomando la cabeza—. Recuerde que la junta directiva se reunirá en la sala de conferencias.
“¡Mierda! ¡Lo había olvidado!”
—Gracias —respondí, sin apartar la mirada de Tomás.
La secretaria asintió y cerró la puerta tras de sí.
Tomás se levantó y abotonó la chaqueta de su traje.
—Tenemos que movernos rápido, Luisa —me miró de arriba abajo—. Me gusta la nueva apariencia —tocó dos veces con su dedo a un lado de su ojo—, pero no creas que tus problemas de imagen han desaparecido. Tu soltería sigue siendo…
Me detuve en seco y apreté la mandíbula.
—No voy a fingir una vida que no tengo para complacer a un puñado de viejos retrógrados —dije sin dudar—. Quieren a la Fiscal de Hierro, tendrán a la Fiscal de Hierro.
Me sorprendí a mí misma con la firmeza de mis propias palabras. Tomás sonrió y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal.
—¿Eso de dónde salió? —su tono burlón me hizo aguantar la respiración—.
Te diré algo, una cosa que la dirigencia aprecia mucho es un buen par de cojones, pero solo si la persona que los carga tiene la cabeza bien puesta —se acercó demasiado, invadiendo mi espacio personal—.
No sería mala idea que te engancharas al último Spencer soltero.
La rabia me quemó. Cerré los puños y tensé los hombros.
—Tengo trabajo, Tomás —señalé la puerta de mi despacho.
Él levantó las manos en señal de rendición, pero mantuvo su sonrisa intacta.
—Piensa en la reunión con la dirigencia —dijo antes de dar la vuelta—. Estaré en contacto. Contesta tus mensajes y regresa tus llamadas.
Tomás salió de la oficina, dejándome a solas con un sabor a bilis en la boca. Cogí mis carpetas con un movimiento brusco y salí al pasillo, caminando con zancadas largas hacia la sala de conferencias.
“No sería mala idea que te engancharas…” repetí sus palabras en mi cabeza. “Debería engancharte los huevos, tarado.”
Empujé las pesadas puertas dobles de madera y entré a la sala de juntas. El frío del aire acondicionado me golpeó el rostro de inmediato. Los miembros de la mesa directiva de Nova Vitalis ocupaban los asientos de cuero a lo largo de la inmensa mesa de cristal. Solo faltaba yo.
Michael estaba sentado a la cabecera, vestido con un impecable traje gris carbón. Levantó la cabeza en cuanto crucé el umbral y sostuvo mi mirada con una intensidad abrasadora.
Un latigazo de electricidad pura me recorrió la columna, quemando cada nervio a su paso.
Tragué saliva y me obligué a romper el contacto visual, buscando un asiento disponible. Qué casualidad que solo quedara uno a su derecha.
—Buenos días, señores —saludé, depositando mis carpetas sobre la superficie de cristal.
—Señorita Jiménez —respondió un hombre canoso al fondo de la mesa—. Esperamos que traiga buenas noticias.
Asentí con profesionalismo, ignorando el calor constante que irradiaba el cuerpo de Michael a escasos centímetros del mío.
—Llegamos a un acuerdo —dije, dirigiéndome a toda la mesa—. La amenaza de huelga ha sido neutralizada.
Repartí las copias del contrato sobre la mesa, permitiendo que los directivos revisaran el acuerdo. Mantuve mi postura erguida, esperando la inevitable reacción.
—Estos números son absurdos —se quejó un directivo de rostro pálido y delgado, dejando caer los papeles con desprecio—. ¿Tendremos que pagarles un quince por ciento más a las enfermeras a partir de este mes? ¡Es absurdo!
—El incremento era necesario para equiparar sus salarios a la media del sector en la ciudad —apoyé las manos en la mesa—. Los costos que ocasionaría una pérdida de personal superan con creces estos aumentos.
—Es un aumento inaceptable en los costos operativos anuales —el hombre me miró con franca hostilidad—. Se suponía que usted iba a presionar al sindicato, no a regalarles el dinero de la empresa. ¿No se supone que es la Fiscal de Hierro? Para eso la contrataron.
Apreté los labios. “¿Qué argumento le aviento? ¿Prevención de demandas o…?”
—La señorita Jiménez ha evitado un desastre mediático y operativo —la voz de Michael resonó en la sala con una autoridad calmada, pero absoluta.
Giré la cabeza para mirarlo, sorprendida por la rapidez de su defensa y por las vibraciones tan intensas que recorrían mi cuerpo.
—Si esa huelga hubiera estallado mañana —se puso de pie—, los costos de reubicación de pacientes y cancelación de cirugías nos habrían costado el triple en un solo día —clavó la mirada en el directivo hostil.
El hombre pálido abrió la boca para replicar, pero Michael no se lo permitió.
—Nuestras enfermeras son la primera línea de este hospital —Michael apoyó las manos sobre la mesa—. Valorar al personal de salud no es un gasto, es el pilar de nuestro negocio. El acuerdo que logró Luisa es justo y brillante. Fin de la discusión.
Nadie se atrevió a cuestionar la palabra del CEO. Observé el perfil afilado de Michael mientras él volvía a sentarse. La mezcla de poder corporativo y compasión genuina por sus empleados resultó ser una combinación letal para mis defensas.
Me ajusté las gafas de armazón con dedos temblorosos, luchando por mantener una expresión neutra frente a la junta. Y lo estaba logrando, hasta que Michael puso su mano abierta encima de mi rodilla.
Bajé la vista hacia los documentos frente a mí, intentando concentrarme en los números impresos. El aire gélido de la sala chocaba con el calor abrumador que irradiaba su mano.
Apreté el bolígrafo entre mis dedos, atrapada ante la presencia perturbadora del hombre sentado a escasos centímetros. No necesitó pedirme que me quedara al terminar la junta para revisar otros puntos en la agenta.
“Bueno,” pensé. “Que esta sea otra última vez.”