Capítulo 16.
Michael
—No te atrevas a taparte —admiré a Luisa desde la puerta del baño. Ella estaba recostada boca arriba con la cabeza girada hacia mí.
Si alguien usara una foto de ella en ese preciso momento en el diccionario, iría bajo la palabra “perfección.” O “belleza,” … ¿A quién engaño? Iría bajo la palabra “sensual.”
—¿Y si me da frío? —se mordió el labio inferior, cogió la sábana y la subió apenas lo suficiente para cubrirse la mitad de su pierna.
—Prometo no tardarme.
Nunca había orinado tan rápido en mi vida. Suspiré al mirarme al espejo y me encontré con una sonrisa que jamás había mirado en mi rostro.
“¿Eso pasó?” pensé, recopilando en la cabeza cada glorioso momento de nuestra pasión minutos atrás. “Sí, eso pasó. Maldita sea, de haber sabido que sería así habría…”
Tocaron a la puerta de la habitación. Salí del baño y encontré a Luisa cubriéndose con la delgada sábana blanca y mirando a la entrada.
—Espera aquí —me puse rápido el pantalón y los zapatos.
Abrí la puerta solo un poco y encontré a Rusty con los brazos cruzados un par de escalones abajo, mirándome con una sonrisa de oreja a oreja.
—No interrumpo nada, ¿o sí?
Reí and volví la cabeza hacia Luisa, que se había sentado en la cama. —Es Rusty —le dije—. Dame un minuto.
Salí con él, cerrando la puerta detrás de mí, y nos detuvimos a la mitad de las escaleras.
—Como los viejos tiempos —dijo Rusty al darme un manotazo en la espalda.
—¿De qué hablas? —dije entre risas —Jamás pasé la noche con una chica. Cuando me llegué a quedar fue por pasarme de copas, y ni siquiera ligué con nadie.
—¿Nunca? —Rusty levantó una ceja —Pensé que tú y Gloria.
Solté una carcajada. —Ella tenía novio, Rust. Creo que se casó con el imbécil.
—¿Y Cecilia?
Negué. —No venía aquí a eso, Rust —me acerqué a acomodarle un codazo—. Pero tú y Verónica se escapaban aquí arriba y no eran nada callados.
Rusty se cruzó de brazos y soltó una carcajada. —Verónica y yo…
Solté una carcajada. —Verónica y tú —negué con la cabeza, luego la bajé y me giré hacia Rusty—. Lamento no haberme podido quedar tras el funeral.
—¿Crees que lo resiento? —Rusty negó con la cabeza y apoyó un brazo en el pasamanos —Tu viejo tuvo un infarto.
Lo entendí. Viniste a su funeral, y la lápida que compraste está preciosa.
Nunca te lo podré agradecer lo suficiente —le lanzó una mirada a la puerta—.
Si ella estuviera con vida… Estaría feliz por ti, Mickey…
Joder, te hubiera dado la llave ella misma.
Él viejo camarero puso una mano en mi hombro. —Esa chica… Canela, ¿o nº? —asentí—. Es especial. Nunca te había visto con una chica aquí antes. Y reconozco esa expresión en tu rostro —amplió la sonrisa en su rostro—. Era la misma que miraba en el espejo cuando Verónica seguía con vida.
—¿Necesitas que…? —apunté con el pulgar detrás de mí.
Rusty sonrió y negó con la cabeza. —¡No! Quédense el tiempo que quieran —metió la mano en el bolsillo y me entregó un juego de llaves—. Mis chicos y yo ya terminamos de limpiar y nos vamos. La puerta de la cocina no abre, así que tendrán que salir por la puerta del bar.
—¿Y qué hago con…? —levanté las llaves.
—El ladrillo en el callejón.
Reí. Le seguí hasta la puerta del bar. —Fue bueno verte, Rust.
Nos dimos un abrazo fuerte. Fue como abrazar a un oso enorme de peluche cálido. —Siempre serás bienvenido en este lugar, Mickey Swann.
Suspiré con una sonrisa. Rusty salió del bar, cerré con llave la puerta, y caminé con la intención de regresar a la mujer que me esperaba desnuda en la cama.
Pero me detuve ante el bar vacío. Las sillas estaban bien acomodadas alrededor de las mesas circulares, las luces del fondo encima de las mesas de billar estaban apagadas, el aroma del limpiador de pisos ocultaba bien el del cigarrillo, y reí al reconocer el olor a mariguana.
El viejo piano en el escenario pareció emanar una energía que me llamaba. Fui hacia él, me senté en el banquillo, y acaricié con cuidado las teclas antes de tocar el tema de la película Armagedón, luego una versión instrumental de I don’t want to miss a thing.
—Necesitas contarme tu historia con este lugar —escuché la voz de Luisa venir desde lejos.
Levanté la cabeza sin dejar de tocar. La encontré apoyada contra la barra, con una postura relajada que irradiaba un magnetismo de mi mirada imposible de resistir.
Traía sus tacones puestos y mi camisa blanca de vestir le quedaba demasiado grande.
Los botones superiores estaban desabrochados, dejando entrever la curva de su cuello y su escote exquisito.
Su cabello estaba sujeto en un moño apresurado, con algunos mechones rebeldes escapándose para enmarcar su rostro.
Y esos lentes de armazón de carey negro…
“Perfecta,” pensé, y pareció que las notas cobraban mayor intensidad mientras tocaba.
—No hay mucho que contar —dije mientras se acercaba con pasos lentos al escenario—. Encontré este lugar después de una fiesta aburrida cuando estaba en la facultad de medicina durante mi primer año. Me enamoré de la música y de la gente.
—Siento que es más que eso, Michael —llegó a los escalones en el extremo del escenario, justo detrás de mí—. ¿O debería llamarte Mickey Swann?
Reí. —Es el apellido de soltera de mi mamá —dije, volviendo la mirada a las teclas—.
Así me decía: Mickey. De pequeño me molestaba mucho.
Le decía que no era un ratoncito con voz chillona.
Pero era la única que me decía así. Papá me llamaba Michael, y los muchachos me llamaban “Mike” o, también, Michael —levanté la cabeza y miré alrededor del bar vacío—.
Cuando encontré este lugar necesitaba escapar.
No quería ser Michael Spencer. Necesitaba ser alguien más.
—Por eso Mickey Swann —Luisa ya estaba de pie junto al piano, apoyando los codos en el instrumento.
Admiré la forma de su mandíbula, bajando la mirada hasta su clavícula y siguiendo la apertura de mi camisa. El primer botón cerrado estaba justo debajo de sus pechos, permitiéndome admirar la piel de su seno, y supe que su pezón estaba a uno o dos centímetros. Si tan solo la camisa estuviera más…
—Desabrocha ese botón —le ordené.
—¿Qué?
—Ese botón —incliné mi cabeza hacia ella—.
Ábrelo. No te endereces. Quédate así. Estás perfecta.
Solo desabrocha ese botón —ella soltó una risita, e hizo lo que le pedí además de abrir un poco más la camisa, y encontré que no tenía puesto el sujetador—.
Buena chica —la boca se me secó al instante.
Tragué saliva. Un calor denso y pesado me golpeó el bajo vientre al contemplar la piel oscura de su pezón erecto y suculento.
—Quítatela —le miré a los ojos, y ella arqueó las cejas con una mueca traviesa en los labios.
—Más te vale que estemos solos.
—Lo estamos —dije, y ella obedeció.
Despacio.
Demasiado lento.
Llevó las manos a los hombros y dejó que la camisa de algodón blanco resbalara por sus brazos como en cámara lenta.
Cada milímetro de piel expuesta que descubría, cada línea suave de sus hombros, el contorno de sus pechos, las curvas de su cintura y cadera avivaron el fuego en mis entrañas.
Seguí tocando con dedos temblorosos hasta que dejó caer la prenda al suelo con un susurro casi inaudible de tela.
¿Acaso hay algo más ardiente en este mundo que una mujer desnuda con tacones? Con la luz tenue de una luz amarillenta del techo perfilando su silueta y recortándola contra las sombras del local, no se me ocurrió nada.
Tragué saliva hipnotizado y ella invadió mi espacio con una audacia que me cortó la respiración.
Se paró frente a mí, abrió las piernas y se sentó a horcajadas sobre mis muslos.
Su calor corporal traspasó la tela del pantalón y me provocó un escalofrío brutal.
Se sujetó de la nuca con ambas manos y devoró mi boca en un beso voraz.
El fuego que explotó desde el pecho hasta las extremidades puso a hervir mi sangre. Cogí sus caderas desnudas con una desesperación que ya no pude contener, y clavé mis dedos en su carne suave.
La urgencia me estalló en las venas. Me puse de pie de un salto brusco, cargándola sin problema alguna. Era mucho más liviana de lo que esperaba.
Luisa enredó sus piernas alrededor de mi cintura. Sus tacones rasparon los costados de mis costillas. Di medio giro y la bajé sobre la tapa cerrada de la cola del piano.
Soltó un jadeo roto. Arqueó la espalda contra la superficie dura y fría.
La observé expuesta, y deslicé una mano sobre su cuello, bajando hacia su clavícula y la detuve un instante en el valle entre sus senos.
Una sacudida animal me destrozó la cordura, reemplazándola con un hambre voraz de su piel.
Besé su cuello con una urgencia que rayó en la desesperación, sintiendo el latido desbocado de su pulso contra mis labios.
Deslicé mi lengua por el contorno de su clavícula, saboreándola, antes de descender hacia sus pechos.
Mordí con una mezcla de delicadeza y saña la piel sensible de sus pezones, arrancándole un jadeo agudo que me incitó a continuar mi manjar. Luisa arqueó la espalda y clavó sus uñas con fuerza en la carne desnuda de mi espalda, un dolor sordo que solo alimentó mi propia locura.
No me detuve. Deslicé mis manos por el camino cálido de su vientre, sintiendo el temblor eléctrico que sacudía su piel.
—Ábrelas —le dije al colocar mis manos en las rodillas, y ella obedeció lamiéndose los labios—. Buena chica.
La premié hundiendo el rostro entre sus piernas.
Devoré su centro con una avidez cruda y desesperada, una sed imposible de saciar.
Intenté contenerme para disfrutar cada momento de ella, pero su aroma a mujer, su sabor dulce y salado, la esencia más pura y desinhibida de su ser brutalizó cualquier noción de tomarme mi tiempo.
Mi necesidad de ella exigía alivio inmediato. Cada espasmo de su carne alimentó mi locura, borrando el ruido de Nueva York y reduciendo mi existencia a ese preciso y salvaje momento.
Empujó las caderas contra mi boca y enredó los dedos en mi cabello, tirando tan fuerte que dolió. Un grito ronco, salvaje y carente de cualquier filtro escapó de su garganta. Su cuerpo entero se tensó como un arco a punto de romperse, y Luisa convulsionó sobre el piano.
—Dios —dije al levantar la cabeza, respirando con dificultad—. Me fascina tu sabor.
Luisa tenía el rostro enrojecido. Sus ojos brillaban detrás de los cristales gruesos de sus lentes desacomodados. Su pecho subía y bajaba buscando oxígeno.
—Ponte de pie —dijo con un tono casi enojado, y no dude en hacerle caso—. Bájate el pantalón —arqueó una ceja y su mirada se oscureció un poco—. Tus bóxers también —torció los labios en una mueca diabólica—. Buen chico.
Sonreí y me acomodé en su entrada al mismo tiempo que me rodeaba la cadera con sus piernas largas. Escuché el eco de uno de sus tacones golpear el suelo, botar, y caer del escenario. Clavó el otro en la parte posterior de mis muslos.
Su mirada oscura y afilada exigió que la hiciera mía. Una orden silenciosa que me quemó las entrañas.
Me hundí en su humedad hirviendo de un solo golpe. La presión estrecha y perfecta de su interior me arrancó un rugido primitivo. El impacto de nuestros cuerpos hizo rechinar la madera del piano de cola.
Luisa movía las caderas hacia arriba, recibiendo mis embestidas con una violencia cruda. La fricción fue insoportable, exquisita, fundiéndonos cada instante más y más.
Ella tiró de mi cuello y clavó los dientes en mi hombro. La tensión en su interior se apretó como un torno a mi alrededor.
—¡Más! —gritó entre jadeos —¡Sí, Michael!
Su cuerpo se sacudió bajo el mío en un espasmo largo y agotador. —Luisa —el apretón en mi centro anunció mi propio final—. Joder, ¡Dios!
Mi pulso estalló, y me vacié dentro de ella con una fuerza que me destrozó la columna vertebral. El placer me dejó ciego en medio de la sala vacía. Mis brazos perdieron la fuerza. Dejé caer mi peso sobre ella y descansé mi frente sudorosa contra su pecho desnudo.
Nuestras respiraciones entrecortadas fueron el único sonido en el bar.
Luisa enredó sus dedos temblorosos en mi cabello húmedo. Acarició mis mechones con una lentitud hipnótica.
La miré a los ojos y, aunque seguía sonriendo y recuperando el aliento, pude reconocer el brillo de preocupación en su mirada. —¿Qué tienes?
Negó. —¿Y ahora qué?
—Volvemos a la cama —sonreí al ponerme de pie—. Esto estuvo rico, pero no quiero probar cuánto peso puede soportar este viejo piano.
Luisa rio, pero no pareció haber nada de gracia en su risa. —No, tonto, me refiero a…
Se me retorció el estómago. —Lo sé, canela.
—¿Lo sabes?
Se sentó en el piano. Me acerqué y puse las manos en sus muslos todavía cálidos. —Te preocupa lo que pasará cuando volvamos a la oficina.
—¿Y tú no? —ella bajó la cabeza —Michael, eres…
—¿Genial? ¿Exquisito? ¿El mejor amante que has tenido?
—Mi jefe —me lanzó una mirada junto con una sonrisa.
—Y también todas las anteriores.
—Eso no… Es… Relevante.
—Soy un hombre —acaricié el exterior de sus muslos—.
Es información muy relevante —Una carcajada ronca me rasgó la garganta cuando noté que bajó la cabeza.
Acerqué mi frente a la suya, y nos miramos a los ojos mientras nuestras narices se tocaban—.
Lo hablaremos, Luisa. Pero, por ahora, solo quiero llevarte a la cama, abrazarte, quizá volverte a hacer el amor más tarde cuando despertemos…
Bueno, quizá no. Definitivamente voy a hacerte el amor más tarde cuando despertemos, luego te llevaré a desayunar tortitas con jarabe de arce y tiras de tocino antes de volver al avión.
—¿Tortitas con jarabe de arce y tocino?
—Es tu desayuno favorito, ¿no?
Ella rio. —¿Cómo sabes eso?
Encogí los hombros. —Pongo atención —la rigidez defensiva de sus hombros desapareció. Levanté el brazo. La rodeé con fuerza y la pegué contra mis costillas. Luisa apoyó la cabeza en mi pecho y dejó escapar un suspiro largo y tembloroso.
Me incliné hacia abajo y deposité un beso largo sobre su coronilla pelirroja.
—Podemos seguir siendo Mickey y Canela durante unas horas más —susurré contra su oído.
—Eso me gustaría.