Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 15. #3
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Capítulo 15. #3

La anticipación me asfixiaba. Apenas y podía respirad cuando Michael se puso de pie en la orilla de la cama, dejándome retorciendo con las piernas abiertas.

Él se quitó la camisa como si tuviera todo el tiempo del mundo, y su mueca me decía que lo hacía a propósito.

Iba a protestar, pero se desabrochó el cinturón.

Aguanté la respiración al mirarlo, listo para mí.

La necesidad absoluta me quemaba por dentro, y extendí mis pies hacia él, guiándolo hacia mí.

Pero el muy hijo de puta se desvió a último momento, deslizando su longitud encima de mi entrada, rozándome de manera dolorosa y exquisita, negándome el placer y al mismo tiempo dándome más de lo que imaginaba.

Tiró su cadera hacia atrás, y aguanté la respiración a la expectativa de que le pondría fin a mi sufrimiento, pero él sonrió y volvió a frotarme solo con su largo.

Me retorcía y dejaba escapar gemidos suplicantes de mi boca. —Ya —le dije—. Hazlo.

—Luisa —mi nombre en su boca me hizo arquear la espalda, empujado las caderas hacia él—. No tienes idea cuánto lo deseo. No voy a apresurarme. Voy a exprimirle todo a cada segundo.

—Dios —jadeé, y él deslizó su largo hasta que la punta rozaba mis labios.

Pero esa vez no se dirigió encima de mi vientre, entre mis pliegues, contra mi clítoris. Esa vez, presionó contra mi entrada, y me paralicé mientras me abría milímetro a milímetro. Abrí la boca, pero no salió ni un ruido.

Y se detuvo. Apenas se abrió paso con la punta, y se detuvo. Moví las caderas para tomarlo por completo dentro de mí, y él se salió.

—¡Michael! —dije, y antes de que siguiera con mi protesta, él deslizó la punta una vez más entre mis pliegues, acariciando los lados de mi entrada antes de volver a entrar despacio.

Pero, otra vez, solo fue la punta.

Lo miré mientras me torturaba, y estaba sonriendo boquiabierto, lamiéndose el labio superior. Yo me retorcía y me moría ante él, respirando apenas lo suficiente para mis jadeos y gemidos, y él gozaba cada instante.

Tensé los músculos de todo mi cuerpo, y exploté. Estrellé las manos en el colchón, eché la cabeza atrás y grité mientras cada fibra muscular de mi ser vibraba en el máximo éxtasis.

Creí que no podía haber nada que lo superara, pero Michael demostró lo contrario.

Se hundió en mí de un solo empuje potente.

El impacto me partió en dos. El peso de su cuerpo me llenó por completo, y me cortó la respiración de tajo.

¿Ese orgasmo que apenas un segundo atrás creí que era el límite absoluto de mi éxtasis?

Quedó reducido a cenizas. El clímax que me arrancó de las entrañas con esa primera estocada brutal lo superó con creces, amplificando el placer hasta rozar la locura con su calor y su dureza estirándome, rozando sin piedad cada músculo interno que ya estaba palpitando y ultrasensible por la explosión anterior.

Michael estableció un ritmo firme y desesperado.

Mi cerebro se desconectó. No sabía si mi orgasmo se había prolongado, fusionándose con la fricción abrasadora de su entrada, o si ese empuje despiadado detonó otro nuevo, mucho más denso y devastador.

Ya no había forma de distinguir dónde terminaba una ola y dónde empezaba la siguiente, pero el resultado fue la aniquilación total de mis sentidos.

La fricción era visceral. Un fuego constante me quemaba desde adentro.

Agarré sus hombros y tiré de él hacia un lado, invirtiendo nuestras posiciones hasta yo quedar a horcajadas sobre sus caderas.

Tenía toda la intensión de torturarlo igual que él conmigo, pero estaba demasiado perdida en el placer para siquiera pensar en nada más que el ritmo delicioso de cada embestida.

Michael sujetó mis caderas sin nada de delicadeza. Empujaba hacia arriba en los momentos correctos, como si supiera lo que yo necesitaba en ese momento para llegar a otro clímax que me obligó a detenerme a vibrar, gemir, gozar… Y reír.

La liberación emocional y la intensidad del momento nos golpearon, y chocamos nuestras frentes. Estallamos en una carcajada genuina, cruda y vulnerable en medio de la penumbra.

Reí con fuerza mientras los músculos de mi vientre se contraían una y otra vez.

La fricción constante provocada por las risas desencadenó una explosión casi involuntaria. Una mezcla de alegría pura y sobrecarga sensorial que me hizo cerrar los ojos.

Él gruñó cuando tensó todos los músculos de su cuerpo, anunciando que una de sus siguientes estocadas acompañaría su liberación. Me enderecé de golpe, arqueé la espalda y aceleré tanto como pude entre mis espasmos.

—¡Sí! —grité, apoyando las manos en sus muslos —¡Sí, Michael, sí!

Ambos explotamos al mismo tiempo. Su calor me llenó más que cualquiera lo hubiera hecho antes. El alivio y la paz que me llegaron al poder por fin respirar profundo me hicieron desplomarme contra su pecho.

No dijimos nada. No había palabras que pudieran expresar mejor lo que nuestros cuerpos acababan de declarar. Él vibraba igual que yo, a la misma frecuencia, y ambos respirábamos en ritmos paralelos.

Cerré los ojos, y me acurruqué en sus brazos.