Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 15. #2
41%

Capítulo 15. #2

La fricción fue instantánea y devastadora.

Cada músculo de su abdomen estaba tenso contra el mío, y el calor irradiando de su piel a través de la fina tela de su ropa quemaba.

Comprobé con un jadeo que estaba duro como una roca, tan desesperado y consumido por la misma urgencia implacable que me estaba volviendo loca.

Me separé de él apenas unos milímetros para poder meter aire a mis pulmones.

Michael respiraba con dificultad. Él giró la cabeza con brusquedad y le lanzó a Rusty una mirada. Éste soltó una carcajada ronca. Metió la mano en su delantal y le lanzó un objeto metálico.

Michael lo atrapó al vuelo con una sola mano. Él no soltó mi cintura con la otra. Era una llave vieja y oxidada, atada a un cordón de zapato.

—El apartamento del fondo no tiene inquilinos —Rusty nos guiñó un ojo con malicia—. Disfruten la noche, Mickey.

Michael me cogió de la mano y me arrastró hacia el pasillo trasero del local sin decir una sola palabra.

Yo estaba ebria, pero no de alcohol. Sabía muy bien lo que estaba pasando. Estaba perdida en el deseo y espontaneidad, como si volviera a ser una adolescente a punto de estar con el chico que me gustaba.

Subimos por una escalera de metal empinada. El chirrido agudo de los escalones bajo nuestros zapatos alimentó la ansiedad ardiente que me empujó hacia arriba.

Llegamos a un rellano minúsculo frente a una puerta de madera desvencijada que Michael abrió rápido.

Entramos a un cuarto pequeño, de techos bajos, sumido casi por completo en la penumbra.

El único mobiliario era una cama austera y una mesa de noche vacía.

Había una puerta abierta junto a la cama que mostraba un lavabo de baño.

El espacio olía a madera vieja, a granos de café tostado, y a detergente. El ruido sordo del sistema de ventilación del bar zumbaba de manera constante sobre nuestras cabezas.

La urgencia acumulada estalló en aquella oscuridad. Ni siquiera encendimos la luz. Nuestra única fuente de iluminación vino de una ventana alta casi pegada al techo.

Michael cerró la puerta de una patada. Me acorraló contra la madera rugosa, cogió mis caderas con una fuerza implacable, y devoró mi boca con urgencia animal.

El contraste del calor abrasador de su piel sudorosa con la puerta fría me fundió los fusibles. Mis piernas temblaron hasta casi ceder. Un sonido crudo, roto y desvergonzado que no reconocí como mío escapó de mi garganta.

Clavé mis uñas sin piedad en la tela de su camisa. Tiré de los botones con desesperación. Quizá arranqué algunos. No me importó. Estaba por morirme si no ponía mis dedos contra la piel desnuda de su pecho.

El calor de sus músculos firmes me traspasó la piel, y una bola de fuego estalló en mi estómago.

Me empujó contra la puerta, besando y mordiendo mi hombro y nuca. Cada beso, cada lamida, cada mordida me llevaba más y más hacia el extremo de la locura.

Entonces se detuvo, y me lanzó una mirada traviesa antes de que se arrodillara despacio ante mí. Movió las manos hacia mis muslos, detrás de mis rodillas, deslizándome el vestido hacia arriba, descubriéndome las piernas para su boca y lengua.

Respingué cuando me mordió el interior de mi muslo, y quedé paralizada cuando subió las manos hasta mis caderas… Por debajo del vestido. Me despojó de las bragas con un tirón decidido y firme.

Dejé de respirar cuando me levantó el vestido, y busqué algo de dónde aferrarme cuando él me levantó una pierna y la puso sobre su hombro.

Miré hacia abajo y lo encontré con un brillo en la mirada y lamiéndose los labios.

Metí ambas manos entre su cabello cuando su aliento golpeó mi entrada, y sus labios y lengua vibraron de una manera exquisita cuando me probó.

No, Michael no me estaba probando… Me estaba consumiendo.

Trazó un camino húmedo y ardiente con la lengua, aplicando una succión profunda e implacable que me arrancó un grito agudo, un sonido crudo que rebotó en las paredes.

Cada movimiento rápido de su boca, cada succión experta y brutal, enviaba descargas de pura electricidad directo a mi columna vertebral.

Nunca en toda mi vida me habían devorado así, con esa mezcla letal de reverencia salvaje y hambre posesiva. Superaba por mucho todas las fantasías que había tenido de él.

Perdí cualquier rastro de decencia o compostura. Arqueé las caderas, empujando contra su rostro, buscando más fricción, y él me respondió hundiendo los dedos en mis muslos, inmovilizándome para recibir su embate.

El orgasmo fue violento y glorioso. Una explosión que me dejó viendo estrellitas. La convulsión del cuerpo me hizo clavar los dedos en su cuero cabelludo. Mi cuerpo entero se tensó como la cuerda de un arco antes de colapsar, sacudida por espasmos intensos y prolongados en el vientre.

Los ruidos que ese hombre me sacó, gemidos rotos y desesperados, fueron la evidencia innegable de mi completa rendición.

Al mirarlo noté que mis anteojos estaban desalineados. Una patilla seguía detrás de mi oreja, pero la otra me hacía presión sobre la sien, y el puente estaba casi por librar la punta de mi nariz.

Seguía jadeando cuando levanté la mano para quitármelos.

—Déjatelos —Michael me habló con un tono bajo, rasposo, y exigente, que me dejó paralizada.

—¿Qué?

—Los lentes —se puso de pie, y él mismo los acomodó en mi rostro con un movimiento lento—. Déjatelos.

Su mirada despedía una energía hipnótica, y su boca y labios resplandecían de humedad.

Mi humedad. Los espasmos de mi orgasmo parecieron cobrar más potencia, alimentando un hambre, una necesidad en mi vientre por él.

Traté de respirar profundo con todas mis fuerzas, pero solo logré inhalaciones rápidas y superficiales por la boca.

—Sí, jefe —dije con una mueca traviesa.

—Buena chica.

Sin romper el contacto visual, rodeó mi cintura con los brazos, y su calor me quemaba a través de la ropa.

El rasgueo agudo y metálico de la cremallera al bajar resonó en el cuarto, seguido de inmediato por la caricia helada del aire contra mi espalda sudorosa, liberando mi cuerpo de la presión del vestido.

Enganché los pulgares bajo los tirantes y los deslicé por mis hombros.

Dejé que la gravedad hiciera el resto, llevándose el vestido con un siseo suave hasta desplomarse alrededor de mis tobillos.

Michael gruñó al admirarme de arriba abajo. —El hombre que inventó el sujetador debe estar pudriéndose en el infierno —dijo.

Una risa nerviosa y temblorosa me brotó de la garganta, un sonido casi infantil que Michael ahogó de inmediato al enterrar su rostro en la curva de mi cuello, respirando hondo.

Su aliento caliente y con olor a cerveza me erizó la piel desde los talones hasta la nuca.

Deslizó las manos debajo de mis muslos, hundiéndose con una firmeza posesiva en la carne de mis nalgas para levantarme del suelo.

Di un respingo, soltando un jadeo húmedo cuando la dureza implacable de su erección, contenida apenas por la tela de su pantalón, se presionó contra mí.

Enredé las piernas alrededor de su cintura, apretando los muslos con desesperación mientras clavaba las uñas en la espalda.

Michael dio pasos tambaleantes, con cada zancada empujaba su pelvis contra la mía en un roce insoportable que me hizo ver estrellas.

Cuando me dejó caer sobre la cama, el viejo colchón de resortes rechinó con un crujido sordo y metálico, y la caricia glacial de las sábanas de algodón áspero contra mi espalda sudorosa me hizo arquear el pecho buscando su calor de inmediato.

Él se posicionó sobre mí. Con una sola mano firme, dio con el broche delantero de mi sujetador. El chasquido plástico al abrirse fue seco, casi ahogado por el ruido de abajo, y liberó mis senos de golpe.