Capítulo 15.
Luisa
—¿Entonces qué te sirvo, Canela? —Rusty apoyó las manos sobre la vieja barra de madera oscura.
—Lo mismo que a Mickey, por favor —esbocé una sonrisa ladeada y alcé mi vaso vacío hacia la luz tenue del local.
“Mickey,” pensé, considerando la facilidad con que ese apodo salió de mi boca. “Me gusta.”
—Dos cervezas, Rusty —dijo Michael, ganándose una mirada desaprobatoria del camarero—. ¿Qué?
—¿Cerveza? ¿Traes una chica vestida para matar a tu lado y le vas a dar cerveza?
Encontré la mirada de Rusty y sonreí. —¿Qué tan fría está?
—Muerta, por supuesto.
—Una cerveza será perfecta, entonces —dije con una sonrisa y girar la mirada hacia Michael.
Rusty soltó una carcajada sonora y se alejó.
El ambiente del Blue Note era denso y embriagador.
Olía a whisky añejo, colonia barata y a humo de cigarrillos, el suelo cerca de la barra estaba pegajoso, aunque esta parecía impecable, y no todas las luces del techo funcionaban.
Nunca me imaginé que Michael me llevaría a un lugar así, ¿qué tiene de especial?
La música era fantástica, eso sí. La banda de rock en ese momento sonaba mil veces mejor que muchas canciones modernas. Era rock and roll clásico en todo el sentido de la palabra. ¿Quizá era eso?
Michael estaba a mi lado arremangándose la camisa. Él irradiaba un calor constante y la piel de mis brazos descubiertos se erizó. Rozamos nuestros muslos bajo el voladizo de la barra. La fricción constante me envió descargas eléctricas directas al estómago.
Rusty tardó varios minutos en regresar con nuestras bebidas. Dejó dos botellas cubiertas con una fina capa de escarcha. El hombre no mentía cuando dijo que estarían muertas. —Perdonen la tardanza, chicos —resopló con fuerza—. Disfruten su noche.
—¿Qué está pasando, Rusty? —Michael frunció el ceño ante la actitud de su amigo.
—Un maldito imbécil —Rusty se rascó detrás del cuello—. Se ha roto la mano.
—¿Quién? —Michael se enderezó de golpe en el taburete y yo miré al camarero.
—El pianista de la siguiente hora —Rusty apretó los dientes con visible frustración—. Tuvo un accidente en los camerinos. Se resbaló y cayó encima de su mano.
—Sigo siendo médico, Rusty —Michael adoptó de inmediato una postura firme—. Déjame verle. Puedo estabilizar la fractura.
—Llegas tarde para eso, Mickey —Rusty negó con la cabeza y señaló hacia la salida trasera con el pulgar—. Ya se lo llevó la ambulancia. Los paramédicos lo sacaron hace unos minutos.
Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Me di cuenta que la banda había terminado y estaban bajando del escenario. El murmullo del bar seguía su curso de fondo.
—El problema es que ahora tengo un agujero enorme de una hora en… —Rusty clavó su mirada expectante en Michael.
Él interrumpió su trago de cerveza y negó con la cabeza. —No, Rust.
—Vamos, Mickey —dijo Rusty—. Salva mi noche.
—¿Qué está pasando? —pregunté, mirando a uno luego al otro.
—¡Conecta la rocola y deja que la gente ponga música!
—Está rota.
—¿Todavía? —Michael soltó una carcajada —Rusty, esa cosa lleva rota desde que estaba en la facultad.
El camarero encogió los hombros. —Lo he dejado pasar.
—Bueno, conecta una portátil al sistema de sonido y pon una lista de reproducción.
Rusty levantó ambas cejas. —¡Claro! ¡Ahorita mismo saco mi MacBook y la conecto via bluetooth a mis bocinas nuevas para poner una pista que me encuentre en internet!
—No tienes una portátil, ¿verdad?
—¿Ves aquella caja registradora? Es la tecnología más avanzada que encontrarás aquí.
—Realmente necesitas modernizarte, Rust.
—¿Vas a ayudarme o no, Mike? —Rusty se inclinó en la barra —Me lo debes.
—No te debo…
—Por Verónica —Rusty insistió—. Me lo debes.
Me quedé atónita ante la petición. “¿Qué historia tiene Michael con este lugar?” pensé.
Él dudó un segundo y trazó el borde de su botella con el dedo índice.
—No lo sé, Rust —Michael negó con la cabeza.
—Venga, Mickey —Rusty apoyó ambas manos sobre la barra—. Los tragos de toda la noche a cuenta de la casa.
Él esbozó una sonrisa torcida. Se levantó del taburete, se aflojó aún más la corbata para abrir un segundo botón de su camisa. Había… algo en su mirada. Un fuego, una intensidad, no sé.
—¿Está afinado? —pregunté Michael con una sonrisa.
—Fingiré que no me preguntaste eso —le contestó Rusty.
Me guiñó el ojo. —Vuelvo en unos minutos.
—¿Cómo que…?
Me cortó la palabra estampando su boca contra la mía.
Fue un impacto rápido y fulminante. Todo rastro de pensamiento racional se evaporó de mi cabeza en ese instante.
El choque forzó mis labios a separarse en un jadeo ahogado, y él aprovechó la brecha de inmediato.
Ambos devoramos la boca del otro con un frenesí salvaje, un cruce de lenguas que llevaba un tiempo ansiando su liberación.
Él sabía a la cerveza helada que acababa de beber, mezclada con un calor abrasador que me quemó hasta el estómago y más allá.
Justo cuando el vértigo me mareó y mis pulmones exigieron aire a gritos, se separó de golpe.
Me guiñó el ojo, se dio la media vuelta y caminó hacia el escenario. Me quedé incapaz de apartar la vista, boquiabierta y esforzándome por recuperar el aliento. El mundo entero desapareció cuando Michael tomó asiento frente al piano de cola negro al fondo del escenario.
Él rozó las teclas mientras miraba al público, luego sonrió y clavó la mirada en mí un último instante antes de volver su atención al piano.
Empezó a tocar y a cantar, y mi corazón se detuvo al escucharlo.
La música llenó cada rincón del bar en un instante.
Reconocí la canción de inmediato, Great Balls of Fire, ¡Madre mía, no tenía idea que Michael pudiera tocar así!
No tenía una voz privilegiada, pero tenía alma, pasión, y ese algo que sonaba correcto con la tonada que estaba sacándole a golpes al instrumento.
Los clientes giraron las cabezas hacia el escenario. Los murmullos se apagaron para dar paso a exclamaciones de asombro. Un nudo de admiración me apretó la garganta cuando los clientes que estaban metidos en conversaciones se callaron para apreciar al artista en el escenario.
Michael se adueñó de cada canción que tocó. Después de Great Balls of Fire siguió Crocodile Rock, la cual todo el bar le acompañó en los La –La–Las, después siguió una de Queen que no recordé el nombre, y continuó con una que sonaba a algo que tocaría Elvis.
No conocía al hombre en ese escenario, pero quería conocerlo.
Mi pulso se mantuvo acelerado con cada canción que Michael tocaba. El calor me subió por el cuello al descubrir este lado salvaje que no conocía. Algo me decía que era la única. Dudaba mucho que su familia supiera que podía tocar así, de lo contrario Max le hubiera pedido que tocara en la boda.
—¡Toca Piano Man! —Rusty alzó las manos por encima del ruido de los aplausos al concluir una canción.
Michael asintió desde el escenario con una sonrisa torcida.
—Ya lo oyeron —dijo Michael al micrófono con una sonrisa—. Al patrón lo que pide.
Las primeras notas de la icónica melodía arrancaron vítores ensordecedores del público.
Todo el bar cantó a pleno pulmón junto con él. Rusty sacó una armónica que tenía escondida detrás de la barra y lo acompañó desde su lugar, sacándome una carcajada.
“¿Será que Michael frecuentaba este lugar cuando estudió medicina?” pensé, recordando que él había ido a la facultad en Nueva York.
Bebí un trago largo de mi cerveza. El líquido me quemó el pecho casi tanto como el deseo crudo que me consumía por dentro.
Mis labios tenían un hormigueo por el beso que me dio, y era muy evidente que todo mi cuerpo vibraba con cada nota y palabra que salía de su boca.
Mi piel, mis pechos, mis pezones. Joder, no paraba de juntar los muslos por la electricidad en mi entrepierna.
El bar entero estalló en aplausos cuando terminó Piano Man, incluyendo a Rusty.
Michael me miró a los ojos, y a pesar de la distancia su energía elevó mi temperatura a niveles que nadie había logrado alcanzar. Sin decir una sola palabra empezó a tocar. El cambio de ritmo fue drástico. Los acordes veloces se desvanecieron, reemplazados por una melodía lenta e íntima.
El público guardó silencio, y reconocí la introducción de Your Song.
Michael levantó la mirada del teclado de marfil y clavó sus ojos en los míos, ignorando por completo a las personas que abarrotaban el local como si no existieran.
El aire se me atascó de golpe en los pulmones, dejándome incapaz de tomar aliento.
Una repentina descarga helada y eléctrica me bajó por toda la columna vertebral, chocando con mi propio calor interno y erizando al instante la piel de mi cuello.
Me cantó a mí.
A mí.
Cuando tocó el último acorde y dejó que la nota final se apagara en el aire, el bar entero estalló en aplausos y silbidos.
Yo solo escuchaba el martilleo violento de mi propio pulso en mis oídos.
Michael se levantó del taburete y caminó de regreso a la barra. Estaba empapado de sudor, sonreía de oreja a oreja, y su pecho subía y bajaba como si acabara de correr un maratón.
Cuando llegó conmigo, a escasos centímetros, la última barrera de mi autocontrol se hizo pedazos.
No pensé.
No hubo un solo segundo para evaluar las consecuencias.
Me lancé hacia él con una necesidad casi dolorosa, guiada por puro instinto.
Mis manos temblaban cuando cogí las solapas de su camisa húmeda por el sudor.
Tiré de la tela hacia mí con una fuerza que no sabía que tenía y estampé mi boca contra la suya.
Fue un choque brutal y voraz que me robó el aliento.
Su sabor me inundó la lengua de golpe, quemándome la garganta con una mezcla embriagadora de cerveza, calor y electricidad.
Él soltó un gruñido ronco y gutural directo contra mis labios, un sonido que vibró desde su pecho hasta el mío.
Respondió a mi ferocidad con la misma intensidad despiadada.
Me cogió por la cadera, clavando los dedos en mi carne con una presión posesiva.
De un tirón brusco y decidido me pegó por completo contra su cuerpo.