Capítulo 14.
Michael
—Eres un puñetero genio —me dije a mí mismo al salir al inmenso patio de la villa de la familia.
El sol caribeño me golpeó las espaldas, maravillado con lo bien que el personal dejó recogido tras la noche anterior. No había ni una silla o mesa fuera de lugar. La fuente en la entrada hasta parecía recién limpiada.
El agua fresca me pareció tentadora, pero sabía que no bastaría. Joder, aunque hubiera llenado la bañera con hielo y llenado con agua traída desde el círculo ártico no habría podido bajarme la temperatura luego de lo de anoche.
Luisa atormentó mis sueños toda la noche. Si bien dormí sin interrupciones en definitiva no estaba descansado. Ni cansado. Era raro y odiaba estar así. Era temprano, así que quizá tendría que ir a la cocina de la villa a preparar un café.
Entré y me quedé congelado al escuchar risas. Reconocí una de ellas de inmediato, y lo comprobé en cuanto entré.
No sé qué me pareció más seductor: Luisa con un vestido de sol blanco con estampados florales holgado apenas lo suficiente para lucir un bikini esmeralda debajo, o el café humeante de la taza que tenía en las manos.
Su cabello parecía húmedo. “¿Quizá fue a nadar? ¿Tan temprano? Tal vez es lo que necesito para bajarme la calentura: zambullirme en las aguas del atlántico.”
—Buenos días, señor Michael —dijo la jovencita que estaba sentada al otro lado de la mesa de Luisa.
—Dime por favor que tienes más de eso —apunté a la taza de Luisa, la cual sonrió.
—Enseguida, señor.
Me senté junto a Luisa, y nos miramos a los ojos. Tenía la espalda recta y hombros tensos, pero su mirada brillaba detrás de sus sensuales lentes de bibliotecaria.
—¿Pasaste mala noche? —preguntó con tono sarcástico.
Resoplé con una mueca y le asentí a la muchacha cuando me dejó una taza de café frente a mí. —¿Tan mala como la tuya?
—¿Cómo pueden tener tanto dinero y no tener colchones cómodos para sus invitados?
—¿Verdad? —negué con la cabeza —Vengo diciéndole al viejo que debería renovar las camas por algo de este siglo.
—Ahí está tu error —dijo Luisa—. Tú eres el médico de la familia. Es tú responsabilidad.
Solté una carcajada. —No encuentro fallas en ese argumento —le di un sorbo rápido al café—. Al menos todavía no. Mi cerebro sigue sin encenderse del todo.
Bajé la taza y el dorso de mi mano rozó el de ella, que sujetaba su propia taza. La electricidad de ese momento me quemó bajo la piel, y recordé esos dolorosos instantes fuera de su habitación.
“Soy un idiota,” pensé al mirarla de nuevo. “Debí besarla. Prácticamente me lo rogaba con la mirada, y yo claro que quería… Pero…” Ella amplió la sonrisa, luego bajó la cabeza y le dio otro trago a su café. “Maldita sea, es Luisa. Es… canela.”
El aroma intenso del grano tostado se mezcló con la brisa salada del mar, pero no fue suficiente para despejarme la cabeza. Mis músculos estaban rígidos, y un calor incómodo se instaló en mi pecho, cargado con el peso de mi cobardía de la noche anterior.
Saqué el móvil del bolsillo del pantalón. Necesitaba una distracción.
“¡Ya sé!” pensé con una sonrisa. “Broadway. ¿Qué tienes para mí?” Hice las cuentas. Si salía dentro de la próxima hora alcanzaría a llegar a la tarde a Nueva York, a tiempo para cualquier función. “Tendría que robarle el jet a Matt. Me debe una de todos…”
Luisa se ajustó los anteojos de armazón y se inclinó hacia mi lado. La luz de la mañana arrancó destellos cobrizos de su cabello pelirrojo. —¿Qué estás mirando con tanta concentración?
Mantuve la vista en la pantalla. —Presentaciones de los musicales de Broadway o cerca de —dije, deslizando el dedo por la pantalla—. Necesito… Alejarme de aquí.
Ella arrugó el entrecejo y apoyó la barbilla en mi hombro. —¿Por qué buscas musicales?
Soltó aire por la nariz, y el calor me erizó la piel del cuello. Me dificultó el pensamiento, pero apagué la pantalla y la miré a los ojos.
Estaba cerca. Demasiado cerca, y la forma en que me miraba…
—Me gustan mucho —dije en voz baja, casi susurrando—. Amo cuando una historia es contada en canción, y muchas de mis canciones favoritas son así.
Luisa parpadeó despacio, asimilando mis palabras. —Jamás he visto un musical en mi vida.
Me enderecé de golpe. Había un destello de curiosidad detrás de los cristales de sus lentes. Una determinación firme se encendió en mi pecho, borrando mi agotamiento.
—Eso lo tenemos que remediar ahora —dije al ponerme de pie.
Ella me miró confundida. —¿De qué hablas?
Me guardé el móvil en el bolsillo. —Ve por tu maleta.
—¿Por qué…?
—Adivina.
Me quedé callado mirando su expresión. Luisa abrió mucho los ojos y apretó los labios. —¿Quieres que…?
—Sí —le cogí la mano y tiré, haciéndola ponerse de pie.
Entrecerró los ojos y tensó la mandíbula.
“Ahí viene la lluvia interminable de pretextos,” pensé. “Veamos, ¿qué podría…?”
Bajó los hombros y la rigidez de su espalda no estaba por ningún lado. —Vale —dijo—. Dame diez minutos.
Se fue, y yo me quedé pasmado, como si el mismísimo Señor hubiera aparecido ante mí y dicho “Concedido, hijo mío.”
—No puedo llevarla a un musical cualquiera —murmuré al sacar el móvil de nuevo. No me tomó ni un minuto dar con uno—. Perfecto.
Dos horas después, estábamos a miles de metros de altura. Matt, Jessica, Marina y mi papá al parecer iban a pasar el día en Nassau, así que ni siquiera indagó el por qué necesitaba el jet. Tenía un pretexto preparado, pero no fue necesario.
El interior del jet era un oasis silencioso envuelto en cuero claro y paneles de madera pulida.
Era nuestro palacio en las nubes, con todo y baños privados y una inmensa master suite al fondo.
En ese momento, el zumbido constante de los motores era el único sonido en la enorme cabina. Solo éramos Luisa y yo.
Estaba sentado en un sillón reclinable frente al suyo, fingiendo leer un informe en una tableta.
Llevaba un chaleco oscuro y la camisa sin corbata, hundiéndome en el asiento.
No pude pasar del primer párrafo. Mi atención estaba clavada en ella.
Luisa miraba por la ventanilla hacia el mar de nubes blancas, con las piernas cruzadas y balanceando la de arriba en movimientos lentos e hipnóticos.
Descansaba la cabeza en su mano apoyada en el descansabrazo. “¿Acaso no vamos a hablar de anoche?” pensé, mirándola morder su meñique.
Luisa apartó la vista de la ventanilla. —¿Cuál es el código de vestimenta para ir al teatro?
Apagué la pantalla de mi tableta y me incliné hacia adelante. —No vamos a una gala —levanté un poco mis manos—. Yo no me pienso cambiar. Puedes irte así, si quieres. O ponerte un vestido de noche para ir a tomar una copa cuando salgamos del teatro.
Ella arqueó una ceja y sonrió. —Creo que traigo algo que podría servir.
—Solo… —maldita sea, lo que le hacía con su boca a su dedo meñique distraía demasiado —Los teatros suelen tener el aire acondicionado al máximo.
Lo necesitan, porque algunos vestuarios son muy elaborados y no queremos que los actores se desmayen.
Si tienes un suéter ligero, o una… Cosa como…
Eso que es como una bufanda para los brazos.
—Un chal.
—¿Un qué?
—Un chal —Luisa rio—. Una tela ligera con la que la gente se envuelve.
—Ustedes las mujeres se envuelven —dije entre risas—. Jamás verán a un hombre usar una de esas cosas.
—Eso es tan…
—¿Cierto?
—Sexista —se encogió de hombros y puso de pie—. No traigo algo así, de todos modos —caminó hacia la master suite, pero se detuvo a mi lado—. Tendrás que abrazarme por si me da frío.
Me acarició el hombro un instante antes de alejarse, dejándome mirando enfrente como un idiota. Cuando giré a mirarla, ella ya estaba entrando a la suite.
Cuando salió con un vestido de noche azul zafiro que le abrazaba el cuerpo como si solo se lo hubieran pintado encima cada célula masculina de mi cuerpo cobró vida y mi cerebro ignoró todo lo demás a mi alrededor para contemplar a la preciosura ante mí.
Joder, hasta olvidé respirar por un momento.
Aterrizamos en Teterboro a primera hora de la tarde. El contraste fue brutal al pasar de la humedad perezosa del Caribe al frío cortante y el asfalto frenético de la ciudad que jamás duerme. Una SUV negra ya nos esperaba. Dejamos las maletas en el avión y nos fuimos al teatro.
Las luces de neón rojo bañaban la acera mientras la multitud nos empujaba hacia las puertas. Compré entradas para Moulin Rouge en un palco superior.
Al levantarse el telón, la música inundó el auditorio, pero me olvidé del escenario. Ya había visto esa función muchas veces, por lo que mi atención recayó en el perfil de Luisa.
Ella se inclinó hacia delante, agarrando el reposabrazos con los nudillos blancos. Apenas y parpadeaba, y sí tuve que abrazarla cuando el frío del clima artificial se volvió demasiado.
Un vuelco violento agitó mi estómago. Una ola de calor me subió por el pecho hasta quemarme la garganta. “Es perfecta,” pensé, tragando saliva para deshacer el nudo.
Al salir del teatro Luisa caminaba a mi lado a paso acelerado, desbordando una energía vibrante. Se giró hacia mí y una sonrisa inmensa iluminaba sus ojos. —Dios mío, Michael.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón para sofocar el impulso de tocarla. —Me alegra que te gustara.
Ella se pasó una mano por el cabello, apartando un mechón rebelde y soltó una risa nerviosa. —Estoy tan emocionada que no creo poder dormir.
Evalué la hora y las opciones disponibles. Di un paso hacia ella, acortando la distancia.
—Tomemos una copa.
Luisa arqueó una ceja, intrigada. —¿A dónde?
Mi primer pensamiento fue Lillie’s, o a donde sugiera el chofer de la SUV, pero algo en mí al mirar los ojos de Luisa me dejó muy en claro que, aunque sería una buena elección, existía una mejor.
Un lugar al que no había ido en mucho tiempo. En demasiado tiempo.
Subimos al vehículo y me dirigí al conductor. —Al Village, por favor —el conductor me miró de reojo.
El trayecto duró menos de veinte minutos. Las luces brillantes de Midtown dieron paso a las calles estrechas del Greenwich Village. El vehículo se detuvo frente a una fachada de ladrillo gastado con un toldo modesto.
Mi pecho se llenó de calor al mirar el anuncio en luces de neón que decía “Blue Note”.
El olor a humedad de la calle se fundió con el rastro de tabaco y lluvia vieja. Miré a Luisa y ella me miraba extrañada de mi elección de lugar. “Quizá sí debí llevarla a Lillie’s o algún restaurante de lujo,” pensé. “Pero ya estamos aquí.”
Empujé la pesada puerta de madera y entramos al local. Solté un suspiro de alivio.
El bar estaba casi lleno, y casi idéntico a la última vez que estuve ahí. La penumbra cálida, teñida por luces ámbar, envolvía las mesas apretadas. El humo de los cigarrillos flotaba bajo el techo, y una banda tocaba una pieza de rock clásico.
Guíe a Luisa apoyando las yemas de mis dedos en su espalda baja. Ese roce fugaz me clavó una descarga eléctrica directa en la columna.
Llegamos hasta la barra de caoba. Un hombre alto, calvo, y un mandil negro, secaba un vaso con un trapo. Lo recordaba con varios kilos más de los que tenía, aunque seguía siendo un chico grande.
—¿Rusty?
El camarero se giró, escudriñando mi rostro en la penumbra hasta que una sonrisa ancha lo iluminó. Arrojó el trapo en la barra y soltó una carcajada ronca.
—¡Mickey Swann! —gritó —¡Dichosos los ojos! ¡Hacía siglos que no te veíamos por aquí!
Le cogí la mano y nos abrazamos encima de la barra. —¡Te ves fantástico! —le dije —Bajaste de peso.
—Y tú subiste —dijo, apretándome el bíceps derecho—. Cielos, Mickey, me has hecho la noche.
Luisa se tensó a mi lado. Me miró de reojo, desconcertada por el extraño nombre con el que me acababan de saludar.
Rusty desvió la mirada hacia ella, frotándose la barbilla áspera. —¿Y quién es la chica?
Señalé hacia ella. —Rusty Miller, ella es… Lulú.
El silencio fue denso. Luisa giró la cabeza hacia mí con un movimiento rígido y sus ojos se afilaron detrás de los cristales en un ángulo cortante.
—¿Quieres intentar de nuevo, Mickey? —Rusty estaba aguantando la risa.
—Sí —mis pies amenazaron con retroceder un paso ante la hostilidad de su postura. Tragué saliva y un sudor frío me bajó por la nuca —Es… Canela.
Luisa respiró profundo y estrechó la mano de Rusty. —Encantada, Rusty.