Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 13.
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Capítulo 13.

Luisa

—Y ahora, para su primer baile como marido y mujer, reciban con un fuerte aplauso a Maximilian y Hannah Spencer —la voz de Marlon atronó por los enormes altavoces.

La Villa Spencer era un vestigio impecable de la arquitectura colonial antigua.

Parecía que había vuelto en el tiempo. La imponente estructura de piedra y madera abrazaba un inmenso patio central lo bastante grande para los cientos de invitados entre familiares y amigos, rodeada por dos niveles de galerías abovedadas y habitaciones que conservaban el encanto.

El verdadero espectáculo arquitectónico era el enorme pasillo principal que partía el edificio en dos y se abría de par en par hacia el mar.

A través de ese monumental arco, el océano se extendía hasta el infinito, enmarcando un ocaso espectacular que teñía el cielo de violetas y dorados mientras el sol se hundía en las aguas del Caribe.

El estallido de la multitud ahogó el suave murmullo de las olas a lo lejos. Miré hacia el centro de la pista de madera pulida construida para la ocasión, bañada por una cascada de luces doradas y tenues.

Hannah resplandecía envuelta en su vestido de novia, apoyando la cabeza contra el pecho de Max con una rendición absoluta. Él estaba impecable en un esmoquin color marfil hecho a la medida. Debía serlo, pues solo así se le podría vestir de manera tan elegante a un hombre de ese tamaño.

Una fragancia dulzona de los hibiscos y el jazmín de los arreglos florales impregnaba el aire. Me pasé una mano por la falda de mi vestido de dama de honor. Alisé la seda de ese color oliva que tanto detestaba. El material era divino, y nunca había usado un vestido que me quedara tan bien.

Pero el color. El puñetero color.

—Me mentiste —una voz ronca y masculina susurró en mi oído.

Me giré y encontré a Michael. Mi corazón dio un brinco al darme cuenta de que casi le planto un beso en la boca. —¿De qué hablas?

Se sentó en la silla a mi lado. Traía un esmoquin negro tradicional, pero ya se había desabrochado el botón superior de la camisa y traía la pajarita floja y colgando bajo el cuello. Si lo pusiéramos junto a su adorado Aston Martin sí que parecería un agente secreto.

“Debería ser un crimen que un hombre tan guapo vista así,” pensé al mirarlo de arriba abajo y chupándome el labio inferior por dentro.

Michael me apuntó con el dedo índice. —Tú me dijiste que el vestido de damas era una… ¿Cómo lo llamaste? Un sufrimiento estético. Yo esperaba algo que me dieran ganas de mirar a otro lado o irme al baño a sacarme los ojos al mirarlo.

Solté una carcajada. —¡Este color no me favorece en lo más mínimo!

—Eso —se inclinó hacia delante—. Es una mentira descarada.

Dejé de reírme y tragué antes de girarme hacia la pista. —Gracias.

—Las que te adornan, canela.

Le acomodé un manotazo en el brazo y apreté mis labios. Ambos guardamos silencio mirando a Max y Hannah bailar junto con la banda interpretando “The way you look tonight.”

Negué con la cabeza, incapaz de borrar la sonrisa de mis labios. Hannah tenía dos pies izquierdos, y jamás me imaginaría a Max como un hombre de movimientos agraciados, pero no había mayor evidencia de su compatibilidad que la magia evidente en sus pasos de baile como marido y mujer.

—Hacen una pareja estupenda —dije en voz baja, observando cómo Max hacía girar a Hannah.

Michael se inclinó un poco más hacia la mesa, apoyando los antebrazos sobre el mantel blanco.

—Sí, lo hacen.

Levanté la barbilla hacia un lado. —Me pregunto cuánto tardarán Matt y Jessica.

Michael alzó una ceja y buscamos a la otra pareja entre la multitud de invitados. Encontramos a Matt con el brazo envuelto alrededor de la cintura de Jessica, susurrándole algo al oído que la hizo reír.

—Ni ella ni él quieren algo así de grande —dijo Michael, haciéndome girar hacia él—. Quizá solo vayan al juzgado un día y hagan una cena para la familia inmediata.

Sonreí. —Conociéndolos, quizá ni siquiera eso.

Michael rio. —Ya lo imagino. “Familia, fuimos a Las Vegas a divertirnos el fin de semana, y hemos vuelto casados.”

Reí junto con él. —Y tu papá sería el primero en decir “¡Por fin!”

—¡Definitivamente! —ambos reímos —Pero luego me diría que solo faltaría yo.

Refunfuñé sin dejar de reír. —Nosotros —le corregí, apoyando la palma de mi mano sobre su antebrazo—. No olvides que ya nos hacen juntos.

Michael giró el rostro hacia mí. Me sostuvo la mirada, mientras la risa entre ambos se desvanecía poco a poco.

Una descarga eléctrica me recorrió la columna vertebral, erizándome el vello de la nuca y bajando hasta instalarse en la boca de mi estómago. “¿Por qué hice eso?” miré mi mano encima de su brazo.

La textura áspera de la tela raspó mi palma, y el calor abrasador irradiaba de su piel por debajo. Él tensó los músculos del brazo bajo mi tacto, pero no se apartó.

“Esto debería aterrarme,” pensé, tragando saliva. El ritmo frenético de mi propio pulso resonó en mis tímpanos. “Pero… se siente… lindo.”

Mientras trazaba el contorno de los nudillos de Michael con mi pulgar, el miedo no apareció por ninguna parte. No había pánico, no había instinto de huida, solo una comodidad profunda y sedante que me anclaba al presente de una manera que jamás había experimentado.

Los aplausos de los invitados rompieron el hechizo. Retiré mi mano del brazo de Michael con lentitud y aplaudí junto con los demás.

—¡Y ahora, invitamos a los miembros del cortejo nupcial a acompañar a los novios en la pista! —anunció Marlon por el micrófono, levantando su copa de champán en dirección a nuestra mesa.

Tragué saliva y apreté las manos sobre mi regazo.

Michael se puso de pie con un movimiento fluido y elegante, abotonándose el saco del esmoquin con una sola mano. Se giró hacia mí, las comisuras de sus labios se elevaron, y me ofreció su mano abierta.

—Hagámoslo, canela —dijo con un tono de voz que me dio a entender que no se refería a que fuéramos a bailar. Respiré tanto aire como pude mientras un relámpago me atravesaba de pies a cabeza.

El mundo entero pareció detenerse, reduciéndose a la palma extendida de Michael.

Levanté la mirada, conectando con sus ojos y dejé que todo el aire abandonara mis pulmones en un largo suspiro. Cogí su mano y me levanté de la silla, permitiendo que sus dedos se entrelazaran con los míos con naturalidad.

Un escalofrío de pura anticipación me recorrió las piernas mientras caminábamos juntos hacia la pista de baile, esquivando las mesas adornadas con cristalería fina y velas aromáticas.

En cuanto pisamos la madera pulida, Michael tiró suave de mi mano y me atrajo hacia él con una seguridad ante la que me rendí sin protesta. Chocamos nuestros cuerpos, cerrando cualquier espacio físico que pudiera existir entre nosotros.

El contacto de su pecho duro contra mis senos me hizo soltar un jadeo involuntario. Un fuego abrasador se encendió en mi vientre, extendiendo sus llamas por mis venas, y mi piel parecía quemarse bajo la superficie.

Él deslizó su mano libre hasta el centro de mi espalda baja, presionando la seda de mi vestido con sus dedos posesivos, y me ancló a su cadera.

Levanté mi brazo libre y lo apoyé sobre su hombro, sintiendo la tensión de sus músculos flexionándose bajo mi palma a cada pequeño movimiento que hacía.

Nos balanceamos al ritmo de “That’s Amore.” La música llenó el ambiente, y el ruido de los cientos de invitados, las risas lejanas y el chocar de las copas desaparecieron por completo.

Solo existía la respiración acompasada de Michael y el calor asfixiante de nuestros cuerpos pegados.

Rendí mis últimas defensas y dejé caer mi cabeza sobre su hombro, apoyando la mejilla contra el tejido suave de su chaqueta.

Inhalé profundamente, llenando mis pulmones con su aroma inconfundible.

Sándalo, brisa marina, y algo fresco. No podía ser gasolina, pero tenía el mismo efecto en el incendio bajo mi piel.

Olía a él, y me nubló la razón por completo.

Cerré los ojos. Los latidos potentes de su corazón golpearon contra mi pecho, marcando un compás que mi cuerpo adoptó como propio.

Michael hundió su rostro en mi cabello, rozando mi sien con su mandíbula. La barba incipiente de su rostro raspó mi piel con una fricción deliciosa que me provocó un nuevo temblor en las rodillas.

Apretó su agarre. En algún momento había bajado su mano hasta la curva inferior de mi espalda. Me pegó aún más a su pelvis, y me pareció que había evidencia de que quizá él ardía tanto como yo.

Quizá más.

Mis músculos perdieron toda tensión. Exhalé un suspiro profundo cuando la canción llegó a su fin, y tuvimos que separarnos. Ni él dijo nada, ni yo encontré palabras. Solo una sonrisa y una electricidad en nuestras miradas que fui demasiado cobarde para explorar en ese momento.

Terminó la canción, pero no la fiesta. Las horas se desdibujaron entre más bailes, brindis interminables y la euforia generalizada de la celebración nupcial.

Para cuando la recepción llegó a su fin, mis pies dolían por los tacones y el cansancio amenazaba con cerrarme los ojos. Max y Hannah se retiraron en helicóptero a donde fuera a ser su luna de miel. Quizá alguna cabaña en una isla a la que solo se puede llegar por aire o barco.

Michael me escoltó por la Villa Spencer hacia el ala de habitaciones de los invitados.

El aire de la madrugada caribeña era fresco y salado, un contraste violento con el calor corporal que aún guardaba.

Caminamos en silencio, acompañados solo por nuestros pasos y el sonido rítmico y lejano del océano rompiendo contra el acantilado cercano.

Llegamos a mi habitación, iluminados por lámparas de pared que proyectaban sombras alargadas.

Me detuve frente a la puerta de madera maciza de mi cuarto y me giré hacia él.

Michael se paró junto a la puerta. Metió las manos en sus bolsillos y apoyó el hombro en la pared.

Su mirada me secó la garganta de inmediato.

—Gracias por acompañarme, Michael —dije, apoyando el hombro en la puerta y mirándolo a los ojos, con la voz un tono más baja y rasposa de lo normal.

—Ha sido un placer, canela —esa simple mueca me cortó la respiración en ese instante.

Pasamos un largo, doloroso y delicioso instante mirándonos a los ojos, como si estuviéramos a la espera de que el otro hiciera algo, un juego de a ver quién se atrevía primero.

El color de sus iris se oscureció por completo. Se inclinó hacia delante.

Lento.

Muy lento.

Demasiado lento.

Bajó el rostro hacia el mío.

Corté mi respiración de tajo. Cerré los ojos. Esperé el contacto de su boca contra la mía, mientras el corazón me martilleaba las costillas con la fuerza de un ariete.

Sentí su aliento caliente… Contra mi mejilla.

Luego, el tacto suave y firme de sus labios besó la piel cerca de mi comisura.

Un beso en la mejilla que se sintió como una quemadura de tercer grado. Abrí los ojos de golpe. Un vacío helado me asaltó cuando sus labios no se separaron de mi piel. Fue el beso en la mejilla más largo de la historia. Y sus labios estaban a escasos milímetros de los míos.

¡Un giro de cabeza, ya sea él o yo, y estaríamos besándonos!

Pero nos quedamos congelados en esa posición. La proximidad de su cuerpo generaba un campo de electricidad estática tan denso que me robó el oxígeno de los pulmones.

Podía sentir el calor que irradiaba, y el roce casi imperceptible de nuestras narices con nuestros rostros.

La fricción de la inacción fue una tortura física, un anhelo punzante que me exigía acortar la distancia y devorar su boca de una vez por todas.

“Joder, no puedo más,” pensé.

Tragué el nudo de deseo que me obstruía la garganta y reuní cada onza de fuerza de voluntad que me quedaba en el cuerpo para girar mi rostro hacia él.

Fue demasiado tarde.

Él se separó, y nos quedamos mirándonos a los ojos. Apoyé mi mano plana contra su pecho. El latido desbocado de su corazón retumbó bajo el almidón de su camisa.

No sé si yo lo empujé hacia atrás con una suavidad firme, o él se alejó despacio, o ambas, pero el aire frío del pasillo se coló entre nosotros como un balde de agua helada.

Giré el pomo y empujé la puerta hacia adentro, retrocediendo un paso para adentrarme en la seguridad de mi habitación. Otro instante más en ese pasillo y me habría muerto.

Lo miré a los ojos por última vez en la noche. Cerré la puerta de un tirón, dejando que el clic del seguro sellara el pasillo.

Me apoyé contra la madera, tratando de controlar mi respiración agitada en medio del silencio de mi cuarto.