Capítulo 12.
Luisa
—Los vestidos ya van en camino a Nassau —leí el mensaje de Hannah al grupo de mensajería que compartimos con Jessica —¡Qué emoción! ¡Me caso en dos días!
Sonreí al recordar la última prueba que hicimos con nuestros vestidos de dama, No fue una sonrisa de ternura, fue una resignada. A pesar de mis argumentos la elección del color fue final: verde oliva deslavado.
Hannah tenía muchas virtudes, pero elegir paletas de colores para bodas tropicales no era una de ellas. —Es mi color favorito —arremedé a mi amiga mientras dejaba el móvil en la cama junto a la maleta que ya tenía preparada para el viaje el día siguiente.
“Si tan solo el color no se le viera tan bien a Jessica,” pensé, recordando que a ella sí le lucía fantástico. “Basta. Concéntrate, Luisa.”
Ya había empacado un vestido de noche azul zafiro.
Ese abrazaba mis curvas con una precisión impecable, luciéndolas con una flagrancia que los trajes sastre estructurados y aburridos que exigía mi profesión jamás podrían hacer.
Por algo era mi vestido favorito. “Ojalá tenga una oportunidad de usarlo,” pensé.
Justo al lado estaba mi nuevo vestido de sol.
El lino blanco se arrugaría en el trayecto, por supuesto, pero para eso se inventaron las planchas.
Su estampado de flores silvestres en tono ocre tostado jugaba con el rojo de mi cabello de una forma tan natural que no pude resistirme a comprarlo.
Sin mangas, fresco, libre. Sería perfecto para el clima tropical al día siguiente de la boda.
Por último, deslicé mi bikini color esmeralda entre el vestido de lino y el azul zafiro. Cerré la maleta y me pasé las manos por los muslos de mis pantalones cortos.
El equipaje estaba listo, pero el nudo de tensión en mi nuca seguía latiendo con fuerza. Recorrí mi casa cerrando las cortinas de las ventanas y encendí el aire acondicionado de la sala.
Me dejé caer en el sofá de cuero frío y miré la hora en el móvil.
“Tengo un par de horas antes de dormir.” Encendí el televisor junto con la consola de videojuegos.
Mientras se encendía, metí las manos por debajo de la camiseta que traía puesta, desabroché el sujetador, lo saqué por una de las mangas y lo dejé en el sofá de cuero.
Cerré los ojos, apoyé la cabeza en el respaldo del sillón y recordé la inmortal última palabra de William Wallace: “¡Libertad!”
El destello dinámico de la pantalla iluminó las paredes desgastadas con tonos azules y naranjas. Cogí el mando con fuerza, acomodé mis anteojos de armazón sobre el puente de mi nariz y cargué mi partida de Horizon.
Me desconecté del mundo disparando flechas virtuales contra bestias mecánica en la pantalla, haciéndolas explotar una tras otra.
Esquivé un ataque y rodé por el suelo digital.
Tensé la cuerda del arco virtual en la pantalla y la tensión se reflejó como un nudo de plomo en mi vientre.
Un temblor me sacudió los pulgares sobre el plástico rígido del mando, y mi precisión acostumbrada no se hizo presente.
La imagen del rostro de Michael se filtró en mis pensamientos con la fuerza de un golpe físico. La curva de su mandíbula se materializó en mi mente, junto a la profundidad de su mirada escudriñándome sobre la mesa de L’Etoile.
La calidez aterciopelada de su voz resonó en mis oídos por encima de los efectos de sonido del televisor.
“Yo soy el mundo, Luisa,” pensé.
Sus palabras me desarmaron de nuevo, resultando en un golpe que destrozó mi concentración en la pantalla. Un zarpazo metálico cruzó mi campo de visión y mi personaje cayó muerto en la hierba virtual.
Apreté la mandíbula y pulsé el botón para reiniciar el último punto de control. Forcejeé conmigo misma para mantener la vista fija en uno de esos robots fastidiosos que alertaban mi presencia a los demás enemigos.
Tensé la cuerda del arco y contuve la respiración.
El fantasma de la mano de Michael envolviendo la mía mientras conducíamos en ese estúpido coche sensual que me tenía oculto se materializó en mi piel. Una descarga de calor me recorrió la columna vertebral, y me erizó el vello de los brazos.
Volví a perder el ritmo y otro ataque enemigo barrió a mi personaje del mapa.
El sonido de las explosiones y las alertas de daño crítico se mezclaron con el latido acelerado de mi propio pulso.
Recordé la mano de Michael sujetándome la barbilla cuando me revisó los ojos. Su firmeza, su calor, su cercanía a mi cuello. Contuve la respiración, tratando de sacar ese recuerdo de mi cabeza antes de que me atacara ese maldito tiranosaurio metálico en la pantalla.
Me mataron una y otra vez.
La frustración me subió por el pecho como una marea de ácido abrasador.
Solté el mando sobre la mesa de centro. El impacto del plástico resonó como la derrota total de mi autocontrol.
La pantalla se quedó estática, e iluminó mi rostro bañado en una fina capa de sudor frío. ¡Sudor! ¡Estaba el aire acondicionado encendido y yo estaba sudando!
El abanico de la consola y mi respiración agitada e irregular fueron los únicos sonidos en el espacio.
La tensión acumulada en mi bajo vientre era un bloque de plomo fundido que exigía atención inmediata. Una purga antes de que me consumiera por dentro, de lo contrario no podría conciliar el sueño.
“Es biología básica,” pensé. Tragué saliva con dificultad. “Son simples ganas. Un pico de estrés que necesita una válvula de escape. No tiene nada que ver con Michael. Es solo mi cuerpo exigiendo una descarga fisiológica. ¿Verdad?”
Me recliné contra el respaldo del sofá y separé las piernas. El cuero helado y viejo chocó contra el incendio de mi piel.
—Maldita sea —dije, cabreada de necesitar un desahogo. Odiaba necesitarlo con tanta urgencia. Lo detestaba porque me moría por tenerlo.
Deslicé mis dedos temblorosos por debajo de la cinturilla de mis pantalones cortos.
Eché la cabeza hacia atrás y expuse mi cuello a la brisa fresca del aire acondicionado. Toqué mi centro a través de la tela y una sacudida eléctrica me partió la cordura en dos. El roce de mis propias yemas contra la tela de mis bragas de algodón me arrancó un suspiro ahogado.
Estaba empapada, ardiendo de una necesidad cruda y animal que me avergonzó y me empoderó al mismo tiempo.
“Al demonio con esto,” pensé al apartar la tela a un lado en un movimiento brusco.
Encontré mi carne desnuda y resbaladiza con mis dedos y froté con un ritmo lento y calculado.
Cerré los ojos con fuerza y me entregué a la única fantasía que mi cerebro exigía reproducir: Michael.
Imaginé la puerta de mi casa abriéndose de golpe, y su figura imponente llenó el marco. Se acercó a mí con pasos decididos, se despojó de su chaqueta de diseñador y la lanzó al suelo.
“¿Estás lista para mí, Lulú?” su voz grave vibró contra mi oído. Dios, ¿por qué imaginarlo decirme así me excitó tanto? Un sollozo ahogado de impotencia escapó de mis labios, seguido de un gemido sonoro que rompió el silencio de la sala.
Aceleré el movimiento de mis dedos. Sus manos grandes y firmes reemplazaron las mías en mi fantasía.
“Quiero probarte,” murmuró su fantasma, mirándome a través de los cristales de mis anteojos.
El calor de su aliento bajó por mi cuello y trazó un camino de fuego hasta mi clavícula. Michael se arrodilló frente a mí en la alfombra, y separó mis rodillas con una fuerza posesiva y abrumadora.
Sus pulgares acariciaron la parte interna de mis muslos y arqueé la espalda contra el sofá. Su boca reemplazó mis dedos, su lengua experta y cálida devorándome sin piedad alguna.
La fricción se volvió una tortura exquisita.
“Me encanta tu sabor,” le escuché en mi cabeza.
—Más —dije una y otra vez entre gemidos—. Más, más, más.
Sus manos se aferraron a mis caderas y me anclaron a su boca mientras me succionaba el clítoris con una demanda salvaje. El cuero del sofá crujió bajo mi peso mientras yo empujaba las caderas hacia arriba, buscando más fricción, más de él.
La presión en mi pecho se volvió insoportable. Jadeé buscando aire, y me aferré a los cojines con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
“Necesito estar dentro de ti,” dijo con una desesperación sensual que me quebró por completo. Michael se levantó, desabrochó su pantalón con urgencia y reveló su dureza imponente bajo la luz azul del televisor.
Sustituí mis yemas por dos dedos completos, y los hundí en mi intimidad con un empuje desesperado.
—¡Madre mía! —grité con la punzada de placer agudo que me nubló el raciocinio.
Me penetró de un solo golpe firme.
—Fuerte… Micha… —supliqué en voz alta —¡Dios!
Me levanté la camisa y pellizqué mis propios pezones con dureza para igualar el dolor placentero que sentía abajo.
Imprimí un ritmo implacable. Fuerte, rápido, profundo. La fantasía me arrastró a un abismo de calor hirviente.
Cada empuje mental me acercó más al límite y tensó mis músculos como las cuerdas de un arco a punto de romperse.
“Vente para mí, canela,” dijo entre jadeos en mi mente, clavando esos estúpidos ojos en los míos. “Canela… Canela… ¡Canela!”
Me consumió por completo.
Una bola de fuego estalló en mi bajo vientre, expandiéndose por mis venas. Arqué la columna con violencia y solté un alarido ronco, desgarrador. Los espasmos me sacudieron entera.
Contraje mi sexo con furia alrededor de mis propios dedos, y ordeñé un clímax devastador que me vació la mente y el alma.
El placer me partió en mil pedazos brillantes antes de dejarme caer al vacío.
El mundo dejó de dar vueltas poco a poco y el sonido del ventilador de la consola volvió a cobrar protagonismo en la sala. Mi respiración irregular sonó ahogada y me rasgó la garganta seca.
Me bajé la camiseta y un temblor residual me recorrió las piernas flojas y esparcidas sobre el sofá.
Retiré la mano de mi intimidad. El roce frío del aire acondicionado golpeó mi piel húmeda.
Me quedé inmóvil mientras el fantasma de Michael me acariciaba con ternura, dejando un hormigueo exquisito en mi mejilla.
Abrí los ojos de golpe, parpadeando contra la luz de la pantalla del televisor que seguía mostrando el menú de pausa.
Me senté con torpeza. Un vacío patético se instaló en mi estómago. Levanté una mano temblorosa y me acomodé los anteojos de armazón sobre el puente de la nariz.
El roce del plástico endurecido contra mi piel actuó como un ancla, devolviéndome a mi identidad real.
Me abracé las rodillas. “Fue solo una descarga necesaria,” pensé, pasándome una mano entre el cabello. Tragué saliva y miré la pantalla del televisor. “Un pico hormonal. Una reacción biológica aislada. De seguro estoy ovulando. Sí, es eso.”
Me obligué a modular la respiración.
No era la primera vez que fantaseaba con Michael.
Era un hombre demasiado guapo y sensual.
Pero antes solo lo había imaginado haciendo un papel de amante apasionado concentrado en mi placer y solo mi placer.
Jamás me había dominado, jamás me había hecho suya, y jamás me había venido con semejante intensidad pensando en él.
Mi mejilla todavía tenía ese hormigueo cuando lo imaginé acariciándola luego de hacerme explotar.
Me reí. Nada me había causado gracia, pero una risa salió de la nada. Apagué la consola de un manotazo y la sala quedó sumida en la oscuridad total.
Me puse en pie con las piernas aun temblando, y le di la espalda al sofá y a la fantasía que acababa de consumirme.
Negué con la cabeza. “Eso jamás debe pasar.”
Pero no dejé de reír.