Capítulo 11.
Michael
—No quiero que le falte absolutamente nada —le ordené a la enfermera en la estación más cercana a la habitación de doña Elena—. En caso de algún evento quiero que se me notifique inmediatamente después de su médico tratante y su familiar.
—Sí, doctor.
“Insuficiencia Cardiaca Congestiva,” recordé el diagnóstico en su historial. No había nada que se pudiera hacer más que mantenerla cómoda. Si fuera una mujer más joven un trasplante habría solucionado el problema, pero a esa edad…
Escuché pasos detrás de mí y encontré a Luisa caminando. Creí que se dirigía a mí, pero no levantó la mirada del suelo. Mantenía los brazos cruzados con una tensión evidente que encogía sus hombros, sumida en sus pensamientos y el resto de su cuerpo estuviera en piloto automático.
—Luisa —le llame, pero ella pareció no escucharme.
Le seguí, y la pude alcanzar hasta llegar al aparcamiento. Le cogí del codo y ella dio un salto al girar hacia mí.
—Lo siento —dijo, negando rápido y caminando hacia mi coche—. No te escuché.
—Lamento lo de…
—No necesitas decir nada —ella me miró a los ojos y parpadeó varias veces.
Su voz salió firme, pero forzada—. No es noticia para mí que mi abuela va a morir y no hay nada que hacer —levantó la mirada hacia la fachada del edificio y sonró—.
Por eso está aquí. Aunque yo hubiera renunciado a mi trabajo para estar con ella no le habría podido…
—Oye —me acercqué y le cogí los brazos, resistiendo el impulso de envolverla en mis brazos—. No necesitas justificarte ante mí. Ante nadie.
Ella soltó una risa rápida y bajó la cabeza. “¿Está evitando mirarme a los ojos?” —Lo sé —dijo.
Respiré hondo. —Tengo hambre.
Eso la hizo levantar la mirada hacia mí. —¿Qué?
—Tengo hambre —sonreí al mirarla a los ojos por fin—. Mi tripa derecha está a punto de darle una mordida a mi hígado. Luego de la noche que tuve debe estar bien marinado con whisky y cerveza.
Ella rio, y pareció frotar su labio inferior contra sus incisivos superiores por un segundo. —Podría comer.
—L’Étoile está cerca de aquí —le dije con tono coqueto y bajando la cabeza.
Bajó su mirada por un instante hacia abajo. “¿Hacia mis labios?” —No me tientes, Satanás.
—Visualízalo —dije con un gesto dramático estirando la mano—. Su croque–monsieur con pan recién horneado, y una rebanada de su tarte tatin de postre.
Me dio un manotazo en el hombro. —Solo por eso, tú pagas.
—Naturalmente —saqué las llaves del coche, me dirigí al lado del pasajero, y me giré, pero noté a Luisa mirando a sus alrededores.
—¿Y tu coche? —preguntó.
—Aquí —abrí la puerta.
Luisa me lanzó una mirada con las cejas contraídas y los labios apretados en una línea de absoluta duda. Sus ojos se agrandaron y sus hombros descendieron mientras su boca se abría apenas. —¿Este es tu coche?
“¡Es verdad!” pensé mientras asentía. “Ella solo conoce el otro.”
—Sí.
Se cruzó de brazos. —¿Y el Aston Martin?
—¿Hay algún problema con este?
Encogió los hombros, se acercó y puso una mano sobre el techo del coche. —Ninguno, pero siempre estás diciendo que tu coche es algo que James Bond conduciría, que es sexy, y no sé qué otras ridiculeces. Nunca me imaginé que…
—¿Estás diciendo que este coche no es sexy? —le interrumpí con una sonrisa.
Apretó los labios y negó. —No escuches lo que no estoy diciendo.
—Entonces sí crees que es sexy.
—¿No ibas a llevarme a comer?
No dejé de sonreír cuando ella entró, y yo subí al otro lado. Cuando la miré de reojo antes de encenderlo ella seguía mirándome incrédula, como si no estuviera segura que el vehículo fuera mío hasta no arrancarlo.
—Cuando solo era un médico de urgencias a veces tenía que ir a dar seguimiento a pacientes en lugares de la ciudad donde no sería conveniente usar un coche tan llamativo como un Aston Martin —le expliqué mientras salíamos del aparcamiento—.
Coincidió que Max se enamoró de una rareza cuyo nombre no sé si pueda pronunciar, pero ya tenía su garaje lleno de coches.
Le pregunté si me vendería este, y el resto es historia.
—Eso sigue sin explicar por qué lo llevas ahora —la miré de reojo y estaba girada hacia mí, con una mano descansando en la orilla de su asiento a escasos centímetros de mi mano sobre la palanca de cambios.
—No dormí bien anoche —metí el siguiente cambio, y el dorso de mi mano rozó la suya. Ella no la quitó—. Y cuando bajé al garaje me di cuenta que traía las llaves de este coche y no la del Aston Martin. Me dio flojera regresarme por ellas.
—¿Estás bien?
Nos detuvimos en un semáforo, y aproveché para girarme hacia ella. —Insomnio —sonreí y giré un dedo a un lado de mi cabeza—. Ya sabes, esta cosa que nunca deja de analizar cosas.
—¿Qué podría mantener a Michael Spencer despierto por las noches?
—Muchas cosas —descansé la mano en la palanca de cambios, y volví a rozar la mano de Luisa. De nuevo, no la quitó—. Una de las cuales podría ser el por qué no me habías contado de tu abuela.
Esperaba que se encogiera un poco, quitando la mano donde la tenía, o que se retorciera en su asiento incómoda por la pregunta implícita. En lugar de eso, suspiró.
—No fue por falta de confianza, Michael —clavó sus inmensos ojos en los míos a través de los cristales de sus lentes—. Te lo juro.
—¿Entonces? —mantuve un tono de voz suave pero implacable—. Eres mi mejor amiga.
Ella desvió la mirada hacia delante. —La salud de mi abuela no es algo que yo quiera exponer ante el implacable escrutinio del mundo —su voz carecía de su habitual tono desafiante e inquebrantable—. No es un tema que yo cuente a la ligera.
—Yo no soy el mundo, Luisa.
Ella tragó saliva y la línea perfecta de su mandíbula se tensó hasta el límite. El semáforo se puso en verde, y tuve que dirigir la mirada hacia el camino, pero puse especial atención al roce de nuestras manos.
—Ni siquiera Hannah o Jessica están al tanto de la situación.
El esternón me crujió, como si hubiera recibido un golpe seco al asimilar esa revelación.
“Ha estado sola todo este tiempo.”
—No sé cómo sentirme al respecto ahora que tú sabes —rio un poco—. Me siento… No sé. ¿Vulnerable? ¿Desnuda?
—¿Incómoda? —tuve que preguntar. La sangre me hervía en las sienes, y sostuve la respiración un instante.
—No —escuché alivio y sinceridad en su tono—. Eso no.
Sonreí. —Nadie más lo sabrá por mí, canela —la miré de reojo, y comprobé que había una mueca relajada en sus labios—. Tienes mi palabra. No te lo digo porque esté obligado por ley debido a las normativas de privacidad —puse mi mano encima de la suya—. Te lo prometo por nosotros.
Luisa soltó un suspiro largo y tembloroso. Alcanzó a coger mis dedos con su mano y los apretó un momento. —Gracias, Michael.
—Las crisis familiares de esta magnitud no deben ser cargadas jamás por una sola persona —apreté sus nudillos con firmeza—.
Te va a destruir por dentro si intentas ser la Fiscal de Hierro también en esto —la miré de reojo y comprobé que tenía su atención—.
Hannah y Jessica también desearían brindarte su apoyo incondicional si conocieran la verdad. Ellas te aman tanto como yo.
Hubo un largo momento de silencio. —¿Acabas de decir que me amas?
“Espera un momento,” pensé con un destello de pánico acelerándome el ritmo cardiaco. “¡Joder, eres un puñetero genio, Michael Spencer!”
—Sí —me giré un momento para sonreírle, y nuestras miradas se cruzaron un instante—. Lo hice.
Volvió a apretar mi mano, clavando un poco las uñas en mi piel.
—Yo… —no dejó de apretarme la mano—. Yo… También.
Luisa retiró su mano de mi agarre después de unos instantes. El vacío frío que quedó en mi palma me dejó una sensación extraña de pérdida.
Se aclaró la garganta. —¿Ya estás listo para la boda de Max y Hannah? —forzó algo de entusiasmo en su voz—. Supongo que la isla será un auténtico caos con todos los miembros de tu familia reunidos.
Le seguí la corriente. El estómago se me hundió ante el inevitable cambio de tema, aunque asentí para darle espacio.
—Ya tengo preparado mi traje de baño y todo mi equipo para el viaje a Nassau —una mueca torcida asomó a mis labios, pero no llegó a mis ojos—. No pienso hacer otra cosa que estar tirado al sol en la playa privada de la villa.
La mención de nuestra antigua villa familiar en las Bahamas evocó una avalancha de recuerdos. La imagen de mi madre caminando por la arena blanca se proyectó en mi memoria. Antes de que enfermara. Antes que…
—Mi última estancia en esa propiedad fue hace mucho tiempo —di vuelta y sonreí al encontrar un lugar para aparcar cerca del restaurante—. Coincidió con los últimos días saludables de mi madre.
—¿Qué edad tenías cuando…? —su voz sonó suave, casi temerosa de tocar un tema delicado. Y lo era.
Tragué saliva. Un nudo de alambre de espino se formó en mi garganta.
—Tenía quince años —aparqué, apagué el coche y me quedé mirando hacia enfrente.
Un punzón de dolor agudo me atravesó el lado izquierdo del pecho sin piedad alguna.
El olor aséptico a cloroformo y alcohol de su habitación volvió a mi cabeza como una avalancha.
El recuerdo de la impotencia abrumadora de aquel entonces me golpeó los pulmones y me dejó sin aire por una fracción de segundo. Las noches en vela junto a su cama regresaron de golpe. El silbido de su respiración cada vez más débil.
Y mis propias manos que no sirvieron para salvarla.
Carraspeé con fuerza para aclararme la voz.
—Cambiando de tema de forma radical —me obligué a sonreír de nuevo y girarme hacia ella—. Debo decirte que tus ojos tienen un aspecto impecable.
Luisa parpadeó varias veces. —¿Qué?
—Hay una notable mejoría en la apariencia de tu esclerótica —apunté a su rostro—. El enrojecimiento severo que presentabas ha desaparecido por completo.
Recorrí sus facciones con absoluto detenimiento, enfocándome en los detalles fisiológicos para ignorar mis propios latidos erráticos.
—El uso de tus lentes ha hecho maravillas para tu salud visual —incliné la cabeza—. Además de que te quedan fantásticos y resaltan tus facciones.
Luisa aceptó el repentino halago con una sonrisa amplia que le iluminó todo el rostro.
—Tengo que admitir que he empezado a disfrutar mi nueva apariencia —se llevó un dedo al puente del armazón para ajustarlo con un gesto sutil y coqueto—. Siento que me dan un mayor aire de autoridad.
Solté una carcajada sincera y el nudo opresivo en mi pecho se disolvió. Bajé del coche y me dirigí a la puerta de pasajero sin pensarlo. La abrí y le ofrecí mi mano para ayudarle a bajar.
Ella la miró y cogió sin dudar antes de bajar. Quedamos demasiado cerca uno del otro cuando cerré la puerta, y apreté mi agarre de su mano.
Caminamos a la entrada del restaurante, y no nos soltamos hasta llegar a la mesa.