Capítulo 10.
Luisa
—¡Qué coche! —dije en voz alta, y clavé los pies en el sendero exterior pavimentado del Hogar San José.
Me detuve a sacarme una piedrita que entró en mi sandalia, y un destello metálico y cegador bajo el sol de la mañana capturó mi visión periférica.
Me atraganté con el aire de golpe al admirar un Impala negro en perfectas condiciones, cuya carrocería de obsidiana brillaba con una intensidad pecaminosa y los parachoques cromados que reflejaban el mundo con distorsión.
Recordé el rugido del motor y se me hizo un nudo de nostalgia y pánico en la garganta al pensar en cómo David Hernández traía locas a todas las chicas del instituto con ese mismo coche, incluyéndome a mí.
El aroma a cuero viejo y gasolina siempre le acompañaba, y mi corazón de adolescente se desbocaba cada vez que lo miraba.
“¿De quién será?” pensé al pasar junto a él.
Una punzada de inquietud helada me revolvió el estómago al instante, y envió una ola de calor por todo el cuerpo que hizo que mis vaqueros y la blusa fresca me incomodaran cuando minutos antes rebozaban de comodidad “Dios, es solo un coche. Tranquilízate, Luisa.”
Forcé una respiración lenta por la nariz y obligué a mi cuerpo a avanzar mientras me agarraba el cabello en una coleta. Ignoré el temblor en mis rodillas y crucé las puertas de cristal automático.
—Buenas tardes, señorita Jiménez —saludó la enfermera de recepción, y levantó la vista de sus formularios al verme entrar.
—¿Ya llegó el doctor?
La enfermera negó. —Todavía no, pero su abuela ya desayunó y está en su habitación.
Sonreí, pidiendo permiso indicando con la mano el pasillo hacia los cuartos. Ella asintió.
Sentí punzadas sordas en las sienes con un ritmo constante y cruel. “No, no quiero una jaqueca en sábado,” me ajusté la montura de mis nuevas gafas de pasta sobre el puente de la nariz. Todavía me estaba acostumbrando a llevarlas en público.
Avancé por los pasillos amplios y bien iluminados con pasos apresurados. El olor aséptico característico a desinfectante floral y a lavandería industrial me envolvió al instante.
Unas carcajadas graves, vibrantes y descaradas resonaron de pronto desde el final del corredor.
Quizá de la habitación de mi abuela. El sonido rompió por completo el murmullo monótono de algunos televisores encendidos en las habitaciones y el crujir rítmico de las ruedas de un carrito de medicamentos.
Las risas volvieron a estallar, y caí en cuenta que no venían de la habitación de mi abuela, sino de su vecina. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral de arriba abajo que me erizó el vello de los brazos. Reconocí dos de ellas. Una de mi abuela, y la otra…
Me asomé por el marco de la puerta abierta y quedé paralizada.
Michael estaba allí.
Llevaba puesta una chaqueta gris carbón impecable y de un corte a medida exquisito. Resaltaba la anchura de sus hombros y la firmeza de su postura, contrastando de forma casi surrealista con la esterilidad y la frialdad del látex clínico color azul en sus manos enguantadas.
Estaba inclinado sobre la cama ortopédica. Examinaba con suma concentración y delicadeza la rodilla de una anciana, y mi abuela estaba sentada en una silla de visitas cerca de la ventana, observando toda la escena con una sonrisa enorme que le marcaba las arrugas de los ojos.
Él abrió los ojos de par en par al descubrirme en el umbral, y reflejó una sorpresa genuina que le hizo dejar de reír pero no de sonreír.
—¿Canela? —preguntó —¿Qué rayos haces aquí?
Una mezcla irracional de pánico visceral y fascinación hipnótica me dejó clavada.
—¡Yo podría preguntarte lo mismo!
Mi abuela giró la cabeza y sus ojos se iluminaron con un brillo de pura complicidad al descubrirme en el umbral. —¡Lulú! —exclamó con un tono vibrante y lleno de alegría.
El uso de ese apodo hizo que me tensara aún más. Di un paso torpe hacia el interior de la habitación. La tensión endureció los músculos de mi espalda hasta convertirlos en una placa de piedra sólida.
—Buenos días, abuela —murmuré al acercarme a ella. Sentí la lengua pesada y la boca reseca por los nervios.
—¡Es el médico del que te hablé! —mi abuela sonrió al mirar a Michael —Ella es mi nieta, doctor Spencer —me apretó el brazo—. ¿Verdad que está guapísimo?
—¡Abuela! —le regañé, pues su susurro no fue tan callado como ella esperaba.
Él levantó una ceja y me miró a los ojos. —Nos conocemos —dijo Michael con una sonrisa antes de volver su atención a la anciana en la cama—. Su nieta es la nueva abogada de mi compañía.
Los ojos de mi abuela se abrieron de par en par al mirarlo a él y luego a mí. —¿Éste es Michael?
—Sí, abuela —le contesté a regañadientes, sosteniéndole la mirada a él.
—¿El Michael del que siempre me hablas? ¿El que dices que es solo tu amigo?
—¡Sí es mi amigo!
La anciana en la Nora se acomodó entre las almohadas clínicas de la cama y dejó escapar un largo suspiro de satisfacción evidente.
—Doctor, sus manos son mágicas —le dedicó a Michael una mirada cargada de afecto y coquetería impropia de su edad.
—Son las drogas las que hablan, Nora —Michael sonrió al seguir examinándola—. Las buenas noticias son que ya bajó la inflamación y la microfractura sanará por sí sola.
—Entonces no me tienen que operar.
—Afortunadamente no —Michael le apuntó con el dedo índice a la cara—, pero de ahora en adelante nada de acrobacias en la cama. Tú y Zacarías no son adolescentes. A ver, revisemos esa cadera nueva.
Michael se inclinó y estiró los brazos. Se quejó un poco, luego se enderezó con lentitud felina y giró el torso para clavar sus ojos en los míos. El impacto brutal de su mirada me provocó una descarga. Tensé el vientre al instante y me quedé sin aire por una fracción de segundo.
—Necesito quitarme la chaqueta —dijo con voz profunda, serena y aterciopelada. Mantuvo su atención clavada en mi rostro y levantó ambas manos enguantadas a la altura de su propio pecho—¿Me ayudas, Lulú?
La rabia defensiva y un deseo ardiente chocaron en mi interior como dos frentes de tormenta al acercarme. El calor de su cuerpo me golpeó el rostro. Respiré profundo el aroma de su loción, y percibí notas de licor y algo más. Embriagó mis sentidos y nubló mis pensamientos.
—Gírate —quise sonar profesional y distante, pero la mueca en mis labios me traicionó.
Él obedeció. Me dio la espalda en un movimiento lento. Alcé las manos y sujeté el cuello de la chaqueta. Me fue imposible ignorar la estructura sólida de sus hombros y espalda. La piel de mis dedos hormigueaba como si estuviera palpando brasas ardientes.
Tiré de las mangas y liberé sus brazos uno por uno. Doblé la chaqueta sobre mi antebrazo y la apreté contra mi pecho.
—Vaya, parece que de repente hace mucho más calor en esta habitación —dijo la anciana desde la cama, y soltó una risita cómplice.
En ese instante de intimidad forzada, Michael echó la cabeza hacia atrás.
—Gracias, Lulú —susurró cerca de mi oreja.
El roce de su aliento caliente me provocó un espasmo. Bajó por mi columna y las rodillas me temblaron, dejándome sin aire.
Apreté los dedos en la chaqueta, me aparté de él con un movimiento brusco y le lancé una mirada de furia. —No me digas así —le dije en voz baja.
Él se volvió hacia mí con una calma que me crispó todos los nervios. Él me mostró una mueca de seguridad y masculinidad que derritió mis pocas defensas.
—Lo que digas —respondió con una suavidad calculada, pero se detuvo un instante a mi lado—… Lulú.
El estómago se me encogió en un nudo delicioso mientras apretaba los labios. Michael retomó la revisión médica de la anciana con una profesionalidad intachable, dejándome lidiando con las secuelas fisiológicas de nuestra proximidad.
Terminó de evaluar la articulación de Nora. Palpó con sumo cuidado un par de veces, asintió, y luego se enderezó. —Perfecto, Nora —se quitó los guantes—. Terminamos aquí. Vendré a verte en un mes, y dejaré instrucciones de quitarte los medicamentos para el dolor.
Se giró hacia mí, me guiñó el ojo, y luego miró a mi abuela. —Muy bien, doña Elena —se dirigió a ella con una calidez que me removió el pecho—. Dejemos a Nora descansar. La acompaño a su habitación.
Mi abuela asintió. Apoyó las manos en los reposabrazos y se levantó de la butaca de vinilo con movimientos lentos, trabajosos y pausados que me rompieron el alma. Michael se acercó y le ofreció el antebrazo como apoyo, y ella lo cogió sin dudar.
Los tres salimos al pasillo del asilo y caminamos la corta distancia hasta la habitación contigua. El silencio nos envolvió durante el breve trayecto.
Entramos en el cuarto privado de mi abuela. La luz de la mañana se filtraba por la ventana amplia, y bañaba la cama impecable y las paredes neutras con un resplandor dorado y pacífico.
Me crucé de brazos y esperé a que llegaran al sillón junto a la cama. Succioné mis labios mientras él le ofrecía una mascarilla conectada a un tanque de oxígeno.
—¿Vas a ser también el médico de mi abuela? —obligué a mi voz a sonar fría, analítica y profesional.
Michael abrió la llave del tanque antes de girarse hacia mí.
—Soy voluntario del Hogar, canela —su seriedad me descolocó por el cambio de tono—. Pero puedo revisarla sin ningún problema si ella lo necesita.
—No hace falta que…
—Una segunda opinión no nos vendría mal, cariño —dijo mi abuela.
Me quedé de brazos cruzados mirando a mi abuela mientras él iba a la bandeja pegada a la pared junto a la puerta.
—¿Me permite echar un vistazo a su archivo médico, doña Elena? —preguntó con un tono formal y respetuoso, señalando la carpeta dentro de la bandeja.
Pánico puro, crudo y duro perforó mis entrañas en una fracción de segundo, cortándome la respiración. —No, no hace falta en absoluto —dije al moverme rápido para interponerme entre él y la bandeja.
—Lulú, aparta y deja que el doctor mire el historial —ordenó mi abuela con voz tranquila.
—Abuela, por favor, él no es tu médico tratante, no tiene…
—Lo autorizo yo, hija —insistió, y me miró con esa lucidez inquebrantable y sabia que siempre me desarmaba sin importar el mérito de mis argumentos.
Me quedé muda sosteniendo la mirada de Michael.
El instante me pareció infinito. Ya tenía la autorización de la abuela.
“¿Qué está esperando?” pensé, tragando fuerte.
“¿Acaso… está esperando que yo también lo autorice?” Miré a mi abuela, respirando profundo a través de la mascarilla y mi respiración se volvió entrecortada.
No sé cómo, pero supe al regresar mi atención al azul intenso en los ojos de Michael que si le decía que no, él lo respetaría. Le diría algún motivo a mi abuela por el que no lo haría. Quizá ella insistiría, quizá no. Pero él no lo haría. No si yo no se lo pedía.
Era algo simple. ¡Ni siquiera tenía que decir nada! ¡Solo bastaría con mover mi cabeza de lado a lado para que él…!
—Está bien —dije casi sin aire, haciéndome a un lado.
—¿Estás segura? —susurró.
“¡No!” pensé, apretando los labios. “No, no quiero que veas. No quiero que… ¿O quizá…?” El alivio que me atravesaba en ese momento me desarmó por completo, y me hizo asentir despacio.
Él cogió la carpeta y la abrió con un movimiento fluido y seguro.
Me quedé observando sus facciones con cada página que leía.
La expresión relajada, cálida y encantadora que Michael había mantenido hasta ese momento se evaporó de su cara de manera lenta y dolorosa.
Él tensó los músculos marcados de la mandíbula hasta formar una línea.
Un oscurecimiento sombrío nubló el brillo habitual y juguetón de su mirada.
El ambiente en la pequeña habitación se volvió asfixiante, como si alguien hubiera absorbido todo el oxígeno del aire y dejara un vacío insoportable.
Él cerró la carpeta con lentitud y la devolvió a su sitio original.
—¿Y bien, doctor? —preguntó mi abuela —¿Cuál es su opinión?
Michael dejó caer sus hombros y me miró… Diferente.
—Estoy de acuerdo con el diagnóstico de sus médicos, doña Elena —se giró hacia ella con una suavidad dolorosa—. Lamento no poder darle mejores noticias, pero todo lo que se puede hacer ya se hizo.
Mi abuela solo sonrió, y se acomodó con una calma que me destrozó por dentro.
—La gente vieja muere, doctor —dijo ella con absoluta tranquilidad—. ¿Qué se le va a hacer?