Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 9.
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Capítulo 9.

Michael

—Otra vez, maldita sea —di vueltas en la cama.

Me enredé entre las sábanas. Gruñí y me giré hacia el otro lado, liberándome de ellas y haciéndolas a un lado con una patada.

Cerré los ojos, pero la imagen de Luisa bajo el sol inclemente del medio día quemaba detrás de mis párpados con una persistencia enfermiza.

Sus pupilas dilatadas al mirarme y esa sonrisa involuntaria que le llegaba a los ojos se repetían en mi cabeza sin tregua.

Abandoné la inmensa cama con un gruñido ronco y áspero. Revisé la hora y todavía no era ni media noche. Caminé descalzo sobre el suelo de madera fría hasta llegar a los inmensos ventanales de cristal.

La ciudad se extendía a mis pies como un manto de luces titilantes y calles sumidas en la oscuridad. Me pasé ambas manos por el rostro y me froté los ojos hasta ver destellos de luz ciegos. Una presión constrictora me hundió el esternón y me robó el aire.

—A la mierda con esto —me dije a mí mismo al dirigirme al vestidor.

Aparté con brusquedad la hilera de trajes a medida y camisas de diseñador. Me puse unos vaqueros desgastados que se ajustaban a mis muslos y una camiseta de algodón negro muy sencilla.

Me detuve frente al tazón donde dejaba mis llaves junto a la entrada y miré las de mi Aston Martin. “Resaltaría como una mosca en una pared blanca,” pensé, cogiendo en su lugar las de mi otro coche.

Bajé al garaje subterráneo del edificio.

Caminé por la losa de hormigón pulido y pasé de largo frente al perfil aerodinámico del Aston Martin, y me detuve frente a mi viejo Chevy Impala.

Era negro y recién pulido. El personal del edificio hacía un excelente trabajo en mantener impecables los coches de los residentes.

El metal frío y pesado de las llaves clásicas me ancló a la realidad por una fracción de segundo.

Abrí la puerta pesada del vehículo y me senté al volante. El olor a cuero envejecido me llenó los pulmones de inmediato, calmando mi pulso. Arranqué el motor de ocho cilindros con un rugido sordo y profundo que vibró en la planta de mis pies.

Le hice una seña al guardia del garaje y éste asintió antes de abrirme la plumilla.

Dejé atrás los grandes rascacielos de cristal y acero, como si buscara huir de la atracción gravitatoria que ejercía Luisa sobre mí.

El recuerdo del roce accidental de sus dedos contra los míos al entregarle el vaso de café me provocó un espasmo involuntario en las manos.

Apreté el volante hasta que el material crujió bajo mi agarre desesperado. Aceleré por las avenidas principales, buscando que la velocidad purgara la tensión acumulada en mis hombros y en mi cuello.

“Necesito apagar mi cerebro,” pensé al encender la vieja radio, y fue como si el Señor se hubiese apiadado de mí pues el estribillo de “I was made for loving you” de Kiss retumbó en las bocinas del coche. “Excelente.”

Atravesé varios distritos comerciales acompañando la inigualable voz de Paul Stanley, seguido de una canción de Kansas y una de una banda que no conocía.

Llegué a una zona más apartada y menos iluminada de la ciudad. Aparqué el Impala frente a un bar pequeño y discreto cuya fachada de hormigón apenas destacaba en la oscuridad de la calle. Miré a mi alrededor y encontré un par de motos y algunos coches aparcados.

Crucé el umbral y el interior estaba envuelto en una luz ambarina muy tenue que ocultaba los rostros de los escasos presentes.

Un aroma penetrante a madera barnizada, cerveza y humo de cigarrillo flotaba en el ambiente.

Al fondo, algunas personas jugaban billar.

Caminé directo hasta la barra de madera gastada por el paso de las décadas.

El encargado del bar limpiaba la superficie con movimientos lentos. Levantó la vista al escuchar mis pasos y asintió.

—¿Whisky? —preguntó.

—Cerveza.

Sacó una botella escarchada de la hielera detrás de la barra y la dejó frente a mí ya abierta. El alcohol frío pareció apagar por unos momentos el incendio en mi interior y ralentizó los pensamientos que me impidieron conciliar el sueño.

“Lástima que solo vaya a tomar una,” pensé, sorbiendo despacio y disfrutando tanto como podía cada trago.

—Le dije tus sugerencias al dueño —dijo el encargado con una voz baja y rasposa—. Hicieron los ajustes y se escucha mucho mejor.

Miré al escenario al otro extremo del bar.

Allí descansaba un viejo piano de consola, un mueble bajo y compacto que parecía haber sido rescatado del salón de una abuela.

La caoba de su estructura estaba gastada, los bordes superiores mostraban donde los cigarrillos habían dejado cicatrices profundas y negras, y manchas de vasos.

No era el imponente instrumento de una sala de conciertos, sino un sobreviviente pequeño y digno que apenas sobresalía por encima de la altura de la banqueta.

Mis manos me hormiguearon y mi corazón aceleró su ritmo.

Aquel mueble herido me llamaba con una fuerza casi magnética.

Apunté hacia el piano al mismo tiempo que le lanzaba una mirada de pregunta al encargado. Éste solo encogió los hombros y asintió. Fue todo el permiso que necesité.

Cogí una servilleta y mi cerveza, subí el par de escalones y me senté en la banqueta forrada de cuero negro frente al instrumento.

Dejé la botella encima del piano con una servilleta debajo.

Apoyé los dedos sobre las teclas frías. Ese contacto físico me hizo cerrar los ojos y soltar todos los pensamientos y emociones que cargaba, anclándome a ese instante.

Hice un par de escalas rápidas y sonreí al comprobar que estaba mucho mejor afinado que la última vez, y las teclas ya no se pegaban como antes.

Desde el primer acorde disfruté de la acústica del bar. Las notas no morían de inmediato, flotaban en el aire con una nitidez casi cristalina. Los armónicos graves vibraban con una calidez que me envolvió como en una burbuja donde cada pulsación del piano regresaba a mis oídos limpia y pura.

Respiré profundo y toqué lo primero que se me vino a la mente: “Tiny Dancer.” Busqué en la melodía de Elton John mi habitual rendición y me dejé llevar por la música, sin pensar en nada más que la letra de la canción y las notas que le seguían.

“Hold me closer, tiny dancer,” pensé al mismo tiempo que cantaba, mientras el piano vibraba contra mis rodillas, pero cada semitono parecía evocar el contorno de los labios de Luisa o la forma en que entornaba los ojos cuando me desafiaba.

Podía mentirme todo lo que quisiera, pero la música jamás lo hacía.

Busqué ahogar la imagen de Luisa bajo una avalancha de sonido y técnica pura. La tensión en mi mandíbula no cedió ni un solo milímetro a pesar del enorme esfuerzo físico.

Terminé la canción. “Demonios,” pensé al reconocer el agarre que Luisa había cobrado en mis pensamientos.

Un cliente solitario desde una mesa apartada en la penumbra levantó su vaso de cristal hacia el escenario. Yo cogí la botella de cerveza y la incliné hacia él.

—¿Algo que quieras escuchar, amigo? —pregunté.

—¿Te sabes la de “She’s got a way”?

El brillo en su rostro me impidió decirle que se largara a la mierda. Estaba ahí tratando de desahogar pensamientos hacia una chica que no debería desear, ¿y me piden una canción de amor?

Sonreí y le di un trago a mi cerveza. “Maldita sea, ya llevo la mitad,” pensé.

—Claro —dije.

Detuve mis manos en seco sobre el teclado. Un nudo denso y doloroso se formó en mi garganta, bloqueando el paso del aire hacia mis pulmones. Tomé aire despacio por la boca y busqué por instinto los primeros acordes.

Reí un poco al notar lo fácil que recordé la canción al tocarla, y la facilidad de entonar la letra al cantarla con una carga emocional tan profunda que me rasgó el pecho desde la primera nota sostenida.

—She’s got a smile that heals me —canté, y encontré de reojo a Luisa sentada en una mesa vacía frente al escenario con esa sonrisa que ponía cuando decía alguna broma subida de tono o jugaba a coquetear con ella.

Por supuesto que en realidad no estaba ahí, pero aquella proyección de mi imaginación fue tan real como las emociones en lo más profundo de mi ser.

“¿Tenía que imaginarla así de sexy?” pensé al visualizarla con una falda vaquera y una blusa blanca simple, lo cual hizo resaltar aún más su cabello rojo.

Y sus lentes de bibliotecaria, madre mía.

—She touches me and I get turned around —la imaginé apoyando ambas manos en sus propias rodillas con una vulnerabilidad que me animó a cantar con más energía. La música actuó como un catalizador letal que derribó mi autocontrol mental.

Cerré los ojos y la progresión de notas y versos potenció la imagen de Luisa en mi mente con una nitidez que me cortó la respiración.

Ella me miraba con intensidad avasalladora.

Fue tan potente, tan visceral, que un calambre de pánico me recorrió los antebrazos.

Dejé flaquear las manos sobre las teclas durante un segundo eterno.

Fallé un acorde, y desentoné un poco, pero la música siguió saliendo de mí a borbotones.

—But I know that I can’t live without her anyway —terminé la canción. Parpadeé con fuerza y sacudí la cabeza para despejar el espejismo. La silla de madera volvió a estar vacía, y varias personas aplaudían mi interpretación desde el tipo que me pidió la canción hasta el encargado desde el bar.

Me levanté de la banqueta con movimientos rígidos y mecánicos.

Mis piernas eran como bloques de plomo macizo y el pulso me retumbaba en los oídos con la fuerza de un martillo industrial.

Caminé de regreso hacia la barra principal y me senté en un taburete alto.

Apoyé los codos sobre la superficie para intentar procesar el sudor frío y el temblor errático que me ahogaba por dentro, cogí mi cerveza y terminé el contenido en un trago que me pareció demasiado corto.

El encargado se acercó despacio, deslizó un vaso corto de cristal grueso frente a mí con cubos de hielo y sirvió un líquido ámbar.

—Parece que necesitas algo más fuerte —dijo al terminar de servir.

“No debería,” pensé, sintiendo el bulto de la llave del coche en mi pierna.

—Me leíste la mente —dije, y bebí un trago largo y desesperado de la bebida oscura. El alcohol quemó mi garganta como fuego líquido y depositó un calor áspero en mi estómago vacío.

—¿Le cantabas a alguien en particular? —preguntó el encargado de forma directa y sin ningún rodeo.

La pregunta me impactó como un golpe físico directo en el centro del esternón. Me quedé mirando los cubos de hielo que giraban dentro de mi vaso. Evité el contacto visual con el hombre a toda costa. Si lo miraba, podría decirle cosas que no necesitaba o quería reconocer.

Podría hablarle de Luisa con sus anteojos nuevos, su inteligencia afilada y su sonrisa compasiva, y cómo se negaba a abandonar mi mente.

Quizá confesaría que detecté el deseo biológico y crudo en sus pupilas dilatadas y eso me quemaba la sangre.

Tal vez reconocería el error de haber contratado a mi mejor amiga para que trabajara para mí, porque tenerla cerca en dosis pequeñas a través de los años me permitió ignorar lo que ella provocaba en mí.

Tragué saliva y el sabor fuerte a bourbon se mezcló con un ardor ácido que me subió por el esófago.

Levanté la vista por fin y clavé los ojos en el reflejo distorsionado del espejo manchado detrás de las botellas de licor. Observé mi propio rostro, tenso, exhausto y marcado por las ojeras oscuras de aquella noche.

—A alguien que jamás lo escucharía —declaré en voz alta antes de apurar el resto del vaso en un solo trago.