Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 8.
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Capítulo 8.

Michael

—Te quedan perfectos —dije, apoyando un hombro contra el marco de la puerta de la sala de exploración.

Luisa terminó de ajustar las patillas de sus lentes de carey oscuro detrás de sus orejas. Ella levantó la barbilla y me sostuvo la mirada a través de los cristales limpios. El armazón grueso enmarcaba sus ojos y suavizaba la severidad habitual de sus facciones de fiscal implacable.

—Seguro me veo como una bibliotecaria estricta —dijo al alisar la falda de su traje sastre.

—Eso no es algo malo —le ofrecí una sonrisa abierta. Me lanzó una mirada incrédula que solo me hizo ampliar la sonrisa—. No tienes idea de las fantasías que los hombres tenemos sobre las bibliotecarias, ¿verdad?

—Madre mía —Luisa rodó los ojos hacia arriba.

Me aparté del marco de la puerta y le hice un gesto hacia el pasillo exterior. —Das la impresión de que tienes una paleta y látigo en casa que usas para repartir disciplina.

—Me veo tentada a hacerme de una —ella asintió y caminó a mi lado.

—¿Látigo o paleta?

—Ambas —me miró y sonrió—. Quizá una mordaza de bola.

Solté una carcajada para ocultar el relámpago que aquella respuesta provocó en mis adentros y pensamientos, detonando imágenes que desintegraron todas y cada una de las frases que tenía listas para seguirle el juego.

El solo imaginar a Luisa, con lentes, vistiendo un traje de piel negra ajustado a su figura, sosteniendo una paleta con una mano, y una mordaza de bola en la otra…

Joder, el BDSM nunca había sido lo mío, pero cómo no emocionarme con esa imagen en la cabeza.

Continuamos hasta atravesar las puertas corredizas hacia la calle. El impacto de la luz del sol nos golpeó de inmediato. El bullicio de Ciudad del Sol nos envolvió por completo. El rugido de los motores, las sirenas distantes y el parloteo incesante de la gente llenaron el aire urbano.

—Hay un puesto excelente cerca de la fuente —apunté hacia el parque en contra esquina del hospital—. Su café me ha vuelto a la vida en más de una ocasión.

Caminamos hombro con hombro, esquivando a un par de enfermeros en su hora de descanso y a visitantes apresurados.

Nos detuvimos ante el pequeño carrito de acero inoxidable que brillaba como un espejo bajo el sol, situado junto a unos bancos de madera reseca en la explanada.

En el centro del espacio, una fuente de piedra antigua, cuyos relieves desgastados lucían limpios y bien conservados, lanzaba un surtidor constante que se dispersaba en un ligero rocío, refrescando agradablemente el aire caluroso de los alrededores.

El aroma intenso a granos de café tostado oscuro flotaba en el aire caliente, anulando el olor a ciudad y asfalto.

Un hombre de mediana edad con un delantal marrón limpiaba la barra con un trapo húmedo.

—¡Doctor Spencer! —exclamó el vendedor al vernos acercarnos. Su rostro se iluminó con una sonrisa amplia y sincera.

—Hola, Roberto —saludé, acercándome al mostrador improvisado—. ¿Cómo está tu hija? ¿El ajuste a su medicación le ha ayudado a dormir mejor?

Roberto asintió con entusiasmo, dejando el trapo a un lado.

—Como si fuera una bebé recién nacida, doctor.

—Me alegra escucharlo.

El vendedor se secó las manos en el delantal y me miró con gratitud. —¿Lo de siempre para usted? —preguntó él, moviéndose hacia la máquina.

Asentí y me giré hacia Luisa.

—¿Qué vas a querer, canela?

—Un americano doble, por favor —pidió ella, acomodándose el bolso de piel sobre el hombro.

—¿Un ameri…? —resoplé y me dirigí a Roberto —Dos de lo que siempre, por favor.

Roberto asintió y comenzó a moler los granos con movimientos expertos. El sonido agudo de la máquina de café ahogó el ruido del tráfico por unos segundos.

—¿Qué pediste? —preguntó Luisa.

—Ya lo verás —caminé hacia la banca vacía a unos metros del carrito. Dirigí mi atención de nuevo hacia Luisa mientras esperábamos nuestras bebidas.

Ella estaba a escasos centímetros de mí, bañada por completo por la luz del medía día.

El sol caía de forma vertical sobre su cabeza, incendiando su cabello pelirrojo como si este tuviera brillo propio.

Los mechones recogidos parecían hebras de cobre líquido resplandeciendo con vida propia bajo el resplandor.

Los rayos de luz perfilaban la curva de su cuello y acentuaban los pómulos de su rostro.

“¿Cómo es posible que a veces olvide lo hermosa que es?” pensé, tragando saliva al sentir un nudo seco e inesperado en la garganta. Tras compartir innumerables cenas, comidas, chismes familiares y confesiones a medias, creía que ya estaba habituado a mirarla como una grandiosa amiga.

Cruzamos miradas y ella sonrió. El pulso me latió con fuerza en la base del cuello, un ritmo acelerado que nada tenía que ver con la temperatura ambiente.

—¿No lo extrañas? —preguntó.

Me enfoqué en las pupilas detrás de los cristales. El iris estaba casi devorado por un círculo negro expansivo. No había poca luz que justificara esa reacción simpática del sistema nervioso.

“Sus pupilas se dilatan cuando me mira.”

—¿Extrañar qué?

—Ser solo un médico —me dedicó una sonrisa leve, un pequeño levantamiento de la comisura de sus labios—.

Antes de ser el CEO de Nova Vitalis, cuando nos conocimos, me dio la impresión de que eras feliz siendo solo eso —la sonrisa no se quedó en su boca.

Las diminutas arrugas de expresión se formaron alrededor de sus ojos, contrayendo el músculo orbicular.

Era una sonrisa de Duchenne. Una sonrisa involuntaria, genuina e imposible de fingir.

—¿Acaso no me veo feliz?

—No dije eso.

Bajé la mirada hacia sus hombros. Bajo la tela de alta costura de su chaqueta, la musculatura de su trapecio estaba contraída. Luisa mantuvo una postura forzada, cruzando un brazo sobre el otro para proteger su torso.

Su pecho subía y bajaba en respiraciones superficiales y cortadas.

Yo había visto esas mismas microexpresiones antes. Las había observado en mujeres que reprimían su deseo sexual según el entorno. Galas, bares oscuros, restaurantes de lujo, las señales eran las mismas.

Pero jamás, ni en mis sueños más febriles, esperé verlas en mi mejor amiga.

“Ella me desea,” pensé, apretando la mandíbula hasta que los molares crujieron.

—A veces lo extraño —la adrenalina me golpeó el estómago con la fuerza de un impacto físico, como si abrirme un poco hubiera representado un esfuerzo casi titánico—.

Pero cuando veo las estadísticas de la cantidad de gente que mis decisiones ayudaron un día, contra las vidas que he logrado salvar en un solo turno…

No hay comparación. Hago más bien donde estoy ahora.

Aunque estábamos bajo la sombra de un árbol el aumento de calor me hizo agradecer haber dejado la chaqueta en la oficina. Pero la vasodilatación repentina que hizo que la piel de mi cuello y orejas hormigueara bajo el cuello de la camisa no fueron solo por la temperatura ambiental.

—Todos tenemos que crecer y adaptarnos al cambio —dijo Luisa.

Mis propios pulmones se negaron a expandirse por completo, atrapados en una respiración torácica alta y acelerada. Busqué el borde del bolsillo del pantalón para ocultar un ligero temblor adrenérgico.

La visión periférica se me cerró, borrando el carrito de Roberto y los edificios, dejándome a solas en un túnel donde solo existían el brillo de su cabello y el rastro de su perfume. “¿Pero me deseará tanto como yo a ella?”

En otras circunstancias con otra mujer ya estaría dando el siguiente paso en la seducción, elevando el atrevimiento de mis palabras, borrando la lejanía de nuestros cuerpos hasta estar invadiendo su espacio personal, y tocarla.

“¿Y por qué no?” pensé. “¿Sería tan malo derribar esas barreras platónicas que habíamos construido?”

—Listos sus bombones, doctor —la voz de Roberto cortó el silencio espeso que se había formado en mi cabeza.

Parpadeé rápido, rompiendo mi escrutinio clínico.

—¿Bombones? —preguntó Luisa frunciendo el ceño.

Sonreí al estirar la mano hacia el carrito de café, y con la otra dirigí a Luisa apenas tocándole la curva superior de su espalda baja.

Roberto dejó ambos bombones en la superficie del carrito con una sonrisa satisfecha. Los pequeños vasos de plástico transparente dejaban a la vista la perfecta separación de la bebida: una densa base blanca de leche condensada en el fondo, coronada por la intensa oscuridad del expreso caliente.

—Gracias, Roberto —le dije al coger cada uno, ofreciéndole el suyo a Luisa.

Saqué un billete del bolsillo de mi pantalón y lo dejé en el bote de propinas antes de coger dos cucharitas de plástico, ofreciéndole una a Luisa.

Tomé ambos vasos con cuidado, sintiendo el calor del líquido oscuro traspasar el aislamiento del vaso.

Me giré de nuevo hacia Luisa. —Un Bombón —dije, extendiendo la mano derecha hacia ella para entregarle su bebida—. La bebida, aunque tú también. Mézclalo, y pruébalo.

Luisa descruzó los brazos y levantó la mano para aceptar el café con una mueca. Rozó con sus yemas el dorso de mi mano. El contacto físico fue mínimo. Apenas una fracción de segundo de piel contra piel.

Pero fue suficiente para desatar el caos.

Una chispa eléctrica, caliente e implacable, se disparó desde el punto de fricción. La corriente subió por mi antebrazo, trepó por mi hombro y recorrió mi columna vertebral. Paralicé mi agarre alrededor del vaso por un instante antes de soltarlo.

Levanté la vista y quedé atrapado en la intensidad de su mirada. El ruido del tráfico se convirtió en un murmullo sordo e insignificante.

El olor al café se mezcló con el sutil y embriagador aroma de su perfume cítrico y floral.

—Gracias, Michael —susurró ella al volver la mirada a su bebida mientras la mezclaba. Le dio un trago a la bebida y sus ojos se abrieron de par en par—. Madre mía.

—Bueno, ¿verdad? —le di un sorbo al mío.

El móvil en el bolsillo de mi pantalón vibró. Lo saqué y leí un mensaje de Pía.

—Recordatorio de la visita programada al Hospital San Rafael.

—Maldita sea —dije.

—¿Todo bien? —su voz destrozó las últimas defensas que me quedaban. No era el tono agudo y rápido que acostumbraba escuchar de ella. Era una voz baja y aterciopelada que me puso la piel de gallina.

Las vibraciones de su voz rasparon contra mi sistema nervioso, encendiendo un incendio bajo mis costillas.

—Tengo que dejarte, Luisa —dije, dando un paso cauteloso hacia atrás.

Ella parpadeó un par de veces, pareciendo salir de su propio trance.

—¿Ocurre algo malo?

Negué con la cabeza, elaborando la escusa más creíble que mi cerebro pudo conjurar bajo presión.

—Tengo una reunión en otro hospital de Nova Vitalis.

Luisa asintió, y pude mirar la rigidez volver a sus hombros antes de mirar mi bebida. —¿Vas a llevarte eso?

“¿En qué momento se acabó el suyo?” pensé al mirar su vaso casi vacío.

Le di el mío. Apenas le había dado un par de tragos. —Tanta cafeína te hará daño.

—Menos mal que trabajo para un hospital —dijo ella con un tono más compuesto—. Ve a salvar el mundo, jefe.

—¿Podrás gestionar el resto de tu primer día sin mi supervisión directa?

Ella me lanzó una mirada centelleante por encima del borde de los vasos de café.

—Sobreviviré —respondió ella con la barbilla en alto.

Asentí una sola vez. —No lo dudo ni por un instante, canela.