Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 7.
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Capítulo 7.

Luisa

—¿Representante legal de un hospital? —la voz de Tomás Varela resonó por el altavoz de mi móvil, cargada de una decepción mal disimulada.

Me recosté en la silla ergonómica de mi nueva oficina en el Centro Médico Horizontes. “Eso sí es lujo”, pensé al acomodarme en el asiento. “Nada que ver con la reliquia que usaba en la fiscalía.”

—Representante Legal de todo Nova Vitalis, Tomás —miré de reojo el móvil en la mesa de vidrio del escritorio. —No solo de este hospital.

—Debiste esperar —dejé de leer la carpeta cuando dijo eso—. Sé que va a quedar vacante la Dirección de Cultura y Patrimonio. Un buen desempeño ahí sería…

—¿Cultura y Patrimonio? —cerré la carpeta y miré el móvil como si éste pudiera transmitirle la mirada indignada que le estaría dando a Tomás—. ¿Qué sé yo de ese tema? ¡No estudié Trabajo Social ni Sociología o Historia! ¡Soy abogada!

—¿Y eso qué importa? El actual Director de Desarrollo Urbano ni siquiera…

—Mira, Tomás —cerré los ojos y me froté los párpados.

El ardor era peor ese día que en los anteriores.

—Este es un puesto ejecutivo excelente —saqué de mi bolso el estuche de mis lentes de contacto y el de mi reemplazo—.

Y paga mucho más de lo que ganaría en el servicio público.

Al menos, por ahora, necesito el dinero.

—No encaja en absoluto con el plan que… —dijo Tomás, luego guardó silencio unos momentos —Podrías convencer a la mesa directiva de hacer algunas contribuciones a organizaciones de impacto social. Si haces algunas apariciones públicas… Eso… Sí, eso podría funcionar.

—¿Ves? —sonreí al coger el móvil, y la picazón en mis ojos me llevó al límite. “Ya, basta,” me quité los lentes de contacto y los guardé en su estuche.

—Deja veo qué puedo hacer —dijo Tomás—. Aunque seguimos sin resolver el problema de tu soltería.

Me tensé de inmediato. “¿Problema? Que te den,” pensé.

—Mi estado civil no define mi capacidad.

—Y tampoco tu percepción pública, pero así son las cosas —escuché a Tomás mover hojas de papel—. Le respondes directamente a Michael Spencer, ¿correcto?

—Sí.

—Él es soltero, ¿no?

“Más te vale que no sugieras lo que creo que vas a sugerir.” —No es asunto mío, pero creo que sí.

—¡Ahí tenemos la solución! —dijo Tomás —¿Te imaginas tener el respaldo de una familia tan influyente como los Spencer?

Resoplé. —Eso es ridícul…

—Indagaré un poco y estaré en contacto contigo. Mientras tanto, pon tus encantos femeninos a trabajar.

—¡Tomás! ¡No voy a…!

El desgraciado colgó la llamada antes de que pudiera decirle algo.

Liberé un poco de frustración con un gruñido sonoro al coger el móvil y guardarlo en mi bolso. Una punzada me atravesó el pecho y la sangre me hirvió en las venas.

“¡El descaro de este imbécil!” pensé al salir de la oficina rumbo al baño.

Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes. La idea de usar a Michael como un trofeo político me revolvió las entrañas, dejándome un mal sabor de boca que me duró todo el rato que me tomó ponerme mis otros lentes en el baño de las oficinas.

“¿Apoco estos también están sucios?” pensé al parpadear un poco más. Aunque el ardor fue menos, aún era bastante incómodo. “Quizá deba…”

Abrieron de golpe la puerta del baño, chocando contra el tope de goma, haciéndome saltar del susto. Una enfermera entró casi tropezando con sus propios pies.

—¡Señorita Jiménez! —jadeó, con los ojos muy abiertos y el rostro pálido.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos un paciente con herida de bala en urgencias.

Asentí rápido. —¿La policía?

—Hay tres oficiales abajo —la enfermera tragó saliva—. Están exigiendo acceso inmediato para interrogar a uno de los heridos. Los doctores siguen trabajando para salvarle la vida.

Suspiré y me tragué el coraje. —Llévame allí ahora mismo.

Caminamos a toda prisa por los pasillos. El zumbido constante de la iluminación fluorescente me acompañó hasta llegar a las puertas batientes de la planta baja.

El caos me golpeó como una bofetada física al cruzar el umbral de la sala de urgencias. El olor metálico de la sangre fresca se mezclaba con el olor penetrante a yodo y desinfectante industrial.

Tres oficiales de policía uniformados estaban frente a una enfermera que les impedía el paso. No alcancé a escuchar lo que le dijo al policía, pero éste le cogió la mano y giró con demasiada fuerza para esposarla.

El pánico en los ojos de la enfermera encendió mi instinto de protección.

—¡Deténganse en este instante! —grité, usando todo el volumen de mi voz.

Me interpuse entre los agentes y el personal médico ateniendo a un herido detrás de mí. Cuadré los hombros y levanté la barbilla, bloqueando su avance.

—Cállese y quítese si no quiere terminar igual —gruñó el oficial de mayor rango, dando un paso amenazador hacia mí.

Bajé la cabeza y le miré directo a los ojos sin cederle un solo milímetro.

—Suéltela en este momento o les levantaré cargos de agresión, abuso de autoridad, brutalidad policiaca, e interferencia en el cuidado de la salud a cada uno de ustedes —di un paso al frente, y ellos sí se alejaron—.

¿Todavía no la quieren soltar? Vale, exigiré su despido inmediato de la policía.

Ellos dos se ven jóvenes y serán guardias de seguridad muy lindos, pero usted ya debe tener algunos años.

¿Quiere arriesgar su pensión y beneficios? No me ponga a prueba.

El policía que sujetaba a la enfermera la soltó, y ésta entró al cubículo detrás de mí.

—Les explicaré lo que va a pasar en este momento —me crucé de brazos—.

No, no hablen. Escuchen. Van a regresar a su cuartel y le pedirán a un detective que coordine con la fiscalía una orden firmada por un juez para interrogar al paciente, siempre y cuando los médicos lo autoricen.

Así se hacen las cosas, no a lo bruto como lo acaban de intentar.

Miré a los tres policías a los ojos de uno por uno.

—O sigan insistiendo y hagan que me gane lo que me están pagando por representación legal —respiré profundo—.

¿Quedó claro? ¿Preguntas? ¿No? Entonces por favor retírense, o tendré que pedirle a nuestro personal de seguridad que los acompañen fuera de las instalaciones.

El oficial de mayor rango apretó los dientes. Inclinó la cabeza hacia la entrada a urgencias y se fueron.

Dejé salir el aire acumulado en mis pulmones en un suspiro largo y pesado.

Giré sobre mis talones y miré a mi alrededor.

Solo se percibía el alboroto proveniente de la sala donde atendían al herido, pero el resto del área parecía sumida en un silencio inquietante a pesar de tener casi todas las camillas ocupadas.

Michael estaba a unos cuantos metros de distancia, dentro de un cubículo de cortinas abiertas.

No llevaba su impecable chaqueta de diseñador habitual.

Solo vestía sus pantalones oscuros y una camisa de vestir azul cielo remangada hasta los codos.

Traía guantes quirúrgicos puestos manchados de sangre ajena y sus antebrazos exudaba una fuerza física imponente bajo la luz artificial de la sala.

Me quedé quieta, totalmente incapaz de apartar la vista de él.

Atendía a un anciano sentado en el borde de una camilla. Michael limpiaba un corte profundo en la frente del hombre con gasas estériles y una concentración absoluta. Su ceño estaba fruncido, enfocado por completo en su tarea.

—Ya casi terminamos, don Arturo —la voz de Michael resonó con calma, utilizando una compasión íntima y suave que yo jamás había visto en él.

—Me duele mucho, doctor —gimió el anciano. Sus manos temblaban, aunque las tenía una encima de la otra.

Michael detuvo su labor un instante. Colocó su mano grande y fuerte sobre el hombro del paciente.

—Ahora mismo le traerán de lo bueno para el dolor —Michael asintió—. Tendrá que quedarse en observación un par de horas.

Una fuerte sacudida eléctrica me recorrió el vientre desde el ombligo hasta la pelvis. Sabía que era médico y antes de ser CEO había sido el jefe del departamento de urgencias de un hospital, pero jamás lo había siquiera imaginado. Era la primera vez que lo miraba en su elemento.

“¿Qué tanto de verdad lo conozco?” deshice mi postura rígida en un instante ante la pura ternura de su acto. Tragué para aliviar la sequedad de mi garganta.

Michael terminó de vendar la cabeza del anciano y le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Levantó la vista para buscar algo y clavó sus ojos en mí.

El mundo entero a mi alrededor pareció detenerse de golpe.

Él le dio unas últimas instrucciones rápidas a una enfermera cercana y caminó hacia donde yo estaba. Su mirada me recorrió de arriba abajo con una atención cruda mientras acortaba la distancia. El calor de sus ojos me quemó la piel a través del grueso tejido de mi traje sastre.

—Sobreviviste a tu primer altercado en urgencias, canela —dijo él, deteniéndose justo frente a mí—. Y qué manera de ponerlos a su lugar. Me rindo a tus pies.

Su voz envió vibraciones cálidas a mi pecho. —Solo hago el trabajo por el que me estás pagando —respondí con un hilo de voz, aferrándome a mis últimas reservas de profesionalismo.

Nos miramos a los ojos. El ruido de los monitores y los lamentos de la sala parecieron desvanecerse en un ruido blanco de fondo. Volví a parpadear con fuerza. El ardor en mis ojos se hizo presente de nuevo, obligándome a frotarme el párpado con el dorso de la mano.

Michael frunció el ceño de inmediato y dio un paso más hacia mí, invadiendo por completo mi espacio personal.

—Tienes los ojos inyectados en sangre, canela.

—Es solo cansancio —intenté retroceder, pero mis caderas chocaron contra el mostrador de recepción.

—No —negó él con la cabeza, acercando más su rostro al mío—. Así no se ve el simple cansancio —se alejó y me cogió el codo con firmeza—. Acompáñame.

El calor de su palma traspasó la tela de mi chaqueta, enviando un nuevo y potente escalofrío por toda mi columna vertebral que me hizo olvidar quitar mi codo de su mano. Llegamos a una pequeña sala de exámenes privada al final del corredor. Él entró detrás de mí y cerró la puerta.

El silencio de la habitación nos envolvió por completo. Solo nos acompañaba el apenas perceptible zumbido de las luces fluorescentes en el techo.

—Siéntate ahí —señaló la camilla de exploración mientras se ponía un par de guantes de látex.

Obedecí y me senté en el borde. Apreté las manos sobre mi regazo para disimular el leve temblor que agitaba mis dedos.

Michael encendió una pequeña linterna médica tipo bolígrafo.

Se acercó y se colocó justo frente a mí.

Sus piernas rozaron mis rodillas, las cuales mantuve juntas.

Su abrumadora cercanía física me puso al rojo vivo de la cabeza a los pies, haciéndome apretar los muslos.

El corazón me latía como un tambor de guerra contra las costillas cerradas.

—Mírame fijo —ordenó él en un susurro áspero que me puso la piel de gallina. Levanté el mentón. Mantuve la vista clavada en su rostro—. Buena chica.

Resoplé y sonreí. Iba a decirle algo, pero cuando me sujetó la barbilla con su mano libre mi cerebro se quedó en blanco. Un golpe de calor me subió por el vientre. Tragué aire y lo retuve, aspirando su aroma.

Él movió el haz de luz de un lado a otro frente a mis pupilas con movimientos precisos, profesionales y lentos.

—Te pican mucho, ¿verdad? —apagó la linterna y bajando la mano, pero no soltó mi barbilla por unos instantes más.

—Llevo días enteros con esta molestia —parpadeé fuerte un par de veces.

—Has desarrollado una reacción alérgica severa al conservante del líquido de tus lentes de contacto —Él me soltó la cara y retrocedió un paso completo hacia atrás. Quedé fría y vacía por la abrupta pérdida de su calor corporal.

—Pero es la misma solución que he usado toda la vida.

—A veces pasa —se encogió de hombros—. El cuerpo desarrolla alergias a sustancias cuando es expuesto a ellas por años.

Tuve un paciente que venía de la costa que desarrolló una alergia a los crustáceos, a pesar de comerlos casi todos los días de su vida hasta su adultez temprana.

He leído casos de personas que fueron picadas por abejas y no les pasó nada la primera vez, pero la segunda entraron en shock anafiláctico.

—Eso suena grave.

—No poder respirar sí es grave —dijo con un tono más alegre—. Pero eso no te va a pasar. Se te saldrá el ojo por la hinchazón mucho antes de que llegues a eso.

—¡Más te vale que estés bromeando!

Michael soltó una carcajada. —Tranquila, canela —cruzó los brazos—, aunque sí tienes que quitártelos ahora mismo.

Asentí con la cabeza de forma sumisa. —¿Y qué debo hacer? —metí la mano en mi bolso y saqué mi estuche de viaje para las lentillas. Me quité los delgados plásticos de los ojos con mucho cuidado y los guardé.

—Ir con tu oftalmólogo y revisar opciones con él —Michael volvió a acercarse y le dio una palmada a la cama de examinación—. Acuéstate.

—¿Para qué?

Levantó una jeringa y una bolsa con un líquido transparente. —Necesito limpiarte los ojos —me miró de arriba abajo—. Puedo hacerlo contigo sentada, pero te mojaría la blusa, y eso solo me beneficiaría a mí —me guiño un ojo.

Respiré profundo y me recosté. Sus manos se movieron con una precisión hipnótica.

El goteo fresco del suero sobre mis ojos fue un alivio inmediato, pero el verdadero impacto vino de su cercanía.

Estar tendida de espaldas, casi a ciegas, escuchando la suave cadencia de su respiración controlada encendió una chispa febril en mi bajo vientre.

—Parpadea —dijo casi como un susurro. Hice lo que me pidió, y aunque miraba algo borroso noté que sonreía—. Buena chica —me secó despacio alrededor de los ojos con una gasa—. Ya te puedes sentar.

Un alivio refrescante invadió la esclerótica irritada cuando me incorporé. Como no podía volverme a poner las lentillas, volví a buscar en el fondo de mi bolso y saqué mis lentes de armazón grueso que usaba de respaldo.

Me los coloqué sobre el puente de la nariz, ajustándolos detrás de mis orejas.

Levanté la vista hacia Michael. Él se me quedó mirando. Sus ojos oscuros escanearon mi nuevo aspecto durante unos segundos que parecieron alargarse hasta la eternidad.

La tensión en el aire se volvió espesa y pesada.

—¿Qué pasa? —mi pecho subía y bajaba de forma errática bajo la tela de mi blusa.

Él repasó el contorno oscuro de la montura sobre mi rostro. —Nunca te había mirado con lentes —un brillo cruzó por las pupilas de Michael antes de que lograra enmascararlo—¿Cuántas tazas de café has tomado hoy?

—Una, en casa antes de llegar aquí —relajé por fin la rigidez de mis hombros—. No las suficientes para sobrevivir a un primer día como este.

Michael hizo un ligero gesto hacia la puerta con la cabeza.

—Sígueme —dijo, esbozando una sonrisa de medio lado que me derritió por dentro mientras se quitaba los guantes de látex—. Eso tiene remedio rápido.