Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 6.
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Capítulo 6.

Luisa

—Llegaste a tiempo —dijo Michael, levantando la mirada de la carpeta abierta en su inmenso escritorio de caoba pulida.

Crucé el umbral de su oficina, dejando atrás el sándalo y desinfectante industrial del pasillo para chocar contra el fuerte aroma del jengibre y albahaca. El estómago me rugió con una violencia que me obligó a presionar una mano contra el vientre. “Es lo que pasa por saltarte el desayuno,” pensé.

La luz de los ventanales caía sobre sus hombros, resaltando la textura impecable de su chaqueta hecha a la medida.

Dejé mi bolso sobre el sillón de cuero frente al televisor y una guitarra acústica colgada en la pared. Seguí mi olfato hasta la hilera de cajas negras con el logo dorado del restaurante en la mesita frente al sillón.

Sonrió al cerrar la carpeta. —Si tardabas cinco minutos más, habría empezado sin ti.

Me acerqué a la mesa y parpadeé con fuerza.

Un ardor persistente me arañaba las córneas.

Ahora ambos ojos. “Pero quise desvelarme viendo ese drama coreano. Ahora te aguantas, Luisa.” Froté los párpados con el pulgar mientras me enfocaba en la pila de documentos que él tenía en el escritorio.

Eran al menos diez carpetas con etiquetas de colores.

—¿Eso es lo que quieres que revise? —señalé el montón de papeles con el mentón.

Michael se puso de pie. Se desabotonó el saco y lo colgó en el respaldo de su silla. Se arremangó la camisa blanca, dejando a la vista sus antebrazos fuertes con venas marcadas mientras se acercaba a mí.

—Así es —se detuvo a mi lado—. Recursos Humanos hizo una preselección, pero los veo a todos iguales. Necesito un ojo clínico. O, mejor dicho, un ojo legal que me ayude a elegir.

Se detuvo frente a mí y me ofreció su mano en un gesto que entendí. Suspiré al quitarme mi propia chaqueta y entregársela. Él rozó mi brazo y el calor de su piel se filtró a través de la mía, disparando una corriente eléctrica que me obligó a apretar un poco los dientes.

Me alejé un paso, ocultando mi reacción tras una mueca de concentración profesional.

—Léelos mientras sirvo esto —ordenó con un tono suave mientras dejaba mi chaqueta en el respaldo de la silla frente al escritorio—. No quiero que se enfríe la sopa.

Hice una reverencia exagerada. —A la orden, jefe —dije en tono de broma.

Él rio y me lanzó una mirada peligrosa. —Así me gusta, canela. Buena chica.

—Que te den, tarado —me reí al coger las carpetas, ocultando el hecho que un relámpago me sacudió entera por dentro. Me senté en el sillón con ellas en el regazo.

Lo miré sacar un par de refrescos de su mininevera. Una de manzana, para él, y sin duda la de uva era para mí.

Volví mi atención a las carpetas. Abrí la primera y leí. La tipografía era elegante, el candidato tenía una maestría en derecho corporativo y diez años de experiencia en seguros.

Pasé a la siguiente, y luego al siguiente. Detecté un patrón entre los candidatos. El perfil era casi idéntico. —¿Por qué se fue el anterior representante legal? —pregunté sin levantar la vista del papel.

Michael destapó un contenedor de arroz jazmín. —Se jubiló —dejó los cubiertos de metal sobre la mesa—. Eligió el momento estelar para hacerlo. Pero no puedo reprocharle haber cumplido la promesa que le hizo a su mujer.

Exhaló con tanta fuerza que sus hombros cayeron. Se sentó a mi lado y se giró hasta quedar con el torso de frente a mí, subiendo su pierna al sillón y apoyando el codo en el respaldo.

—¿Dejó muchos pendientes?

Se frotó la nuca con una mano temblorosa.

—Tengo que negociar un nuevo convenio con el sindicato de enfermería —hizo un gesto con las mano abierta—.

Al parecer hubo una reforma laboral que impacta a los trabajadores de la salud y estamos obligados a cumplir con algunas cosas.

Además, las aseguradoras cambiaron sus lineamientos legales y no entiendo ni la mitad de los términos que usan en sus contratos.

Negué con la cabeza mientras cerraba la tercera carpeta.

—Las aseguradoras son muy buenas en usar lenguaje engañoso en sus contratos para ocultar términos que les favorecen más que a sus clientes —dejé las carpetas en la mesita y me giré en el sillón, quedando frente a frente con Michael—. Lo que sea con tal de negar un pago.

Michael me miró con una intensidad que me hizo removerme en el asiento.

Él se inclinó hacia la mesita, cogió un cuenco vacío y lo llenó.

—Ese es el problema, Luisa —dijo al servir—.

Yo soy doctor. Sé de diagnósticos, ritmos cardíacos y protocolos de urgencias.

Pero no sé cómo pelear contra un abogado que usa una coma mal puesta para negarle un pago a un paciente.

Me entregó el cuenco. El aroma a coco y chiles me hizo salivar.

—Necesitas a alguien que no solo lea contratos, Michael —dije, cogiendo los palillos—.

Necesitas a alguien agresivo y que conozca los laberintos legales mejor que ellos.

Sobre todo, que no tenga miedo de cerrarles la puerta en la cara si intentan estafarte.

Probé la comida. El calor del curry me bajó por la garganta, devolviéndome la energía que el día me había robado. La manera en que Michael me observaba me puso nerviosa. No tocaba su comida. Solo me miraba.

—No sé qué tanto te servirá el consejo de una abogada desempleada —intenté sonar despreocupada.

Michael se quedó petrificado con el bote de refresco a medio camino de los labios y frunció el ceño. —¿Desempleada? —dejó el refresco en la mesita—. Eres la “Fiscal de Hierro”, Luisa. Pensé que te sobrarían ofertas de trabajo.

Solté una risa seca que no llegó a mis ojos. —No me hice de muchos amigos en el sector privado, Michael.

—¿Y tu partido político? —levantó una ceja —Si te dijeron que no te lanzaras como candidata a un segundo término como fiscal es porque tienen planes para ti, ¿no?

Me encogí de hombros y removí el arroz en el cuenco. —Al parecer no encajo en la imagen que tienen de un candidato ideal —respiré profundo y apreté un poco mi agarre de los palillos—. Mi soltería es un problema. Soy “demasiado agresiva” para los votantes conservadores.

Enderecé la espalda y clavé la mirada en la guitarra colgada en la pared.

—Eso es una estupidez —sus palabras me hicieron vibrar el pecho—. Es un desperdicio criminal de tu talento.

—Es la política, Michael —alcé el mentón—. No me voy a poner a llorar por eso. Ya encontraré algo. Tengo un par de entrevistas la próxima semana con firmas corporativas. Ya encontraré un trabajo.

Él se inclinó hacia delante. Sus ojos azules brillaban con una determinación que me puso en alerta. —Quizá ya lo encontraste.

Me quedé con un trozo de pollo a medio camino de la boca, y descifré al instante el significado de su expresión. —Estás loco.

Michael se puso de pie. —Piénsalo —rodeó la mesita y se giró hacia mí—.

Acabas de enlistar lo que necesito: alguien agresivo, alguien que conozca los laberintos legales y alguien que no tenga miedo.

Tú cumples los requisitos al pie de la letra, Luisa.

Y tienes algo más que ninguno de esos diez candidatos tienen.

Bajé el cuenco a mis muslos y le miré a los ojos. —¿Qué?

—Mi confianza.

Dejé la comida sobre la mesa. Una capa de sudor frío me cubrió la nuca y la garganta se me cerró, aunque no dejé que se reflejara en mi rostro. —Michael, eres mi mejor amigo. ¿Cómo vas a ser mi jefe?

—¿Por qué no? —cruzó los brazos sobre el pecho. Noté cómo la tela de su camisa se tensó contra sus bíceps y él siguió hablando antes de que pudiera decirle algo—. Soy un excelente jefe. Pregúntale a cualquiera.

—No dudo que lo seas —me puse de pie para igualar su altura, aunque seguía llevándome una cabeza de ventaja—. Agradezco el gesto y te adoro por ello, pero no necesito que me rescates.

Michael soltó una risa corta y carente de humor. —¿Que te rescate? Luisa, tú me estarías rescatando a mí.

—¿De qué hablas?

—Ya tuve una reunión preliminar con la dirigente del sindicato de enfermeras —hizo un gesto exagerado con las manos—. Esa vieja es un gran tiburón blanco que ha negociado con CEOs y abogados mucho más experimentados que yo. Me va a comer vivo —me cogió la mano y sonrió—. Pero a la Fiscal de Hierro…

—¡Dios, eres un dramático! —dije, aguantando la risa.

Caminó hacia su escritorio, cogió una hoja de papel y me la ofreció. —Mira lo que estamos ofreciendo.

Tomé el documento, lo leí y por poco dejo que se me abra la boca.

—¿Esto es lo que pagas? —pregunté sin pensar.

—¿Por qué? —Michael se paró a mi lado y miró el papel en mis manos—. ¿Le falta un cero? No creo que sea un problema.

¡Casi me giro a darle un manotazo en la cabeza! ¡Con qué casualidad avienta esa cantidad de dinero!

—No, es bastante competitivo.

“Una puñetera fortuna es lo que estás ofreciendo. Joder, con razón muchos buscan el sector privado.”

MI mirada se ancló en los beneficios. Sentí un picor repentino en los ojos, esta vez no por el cansancio.

—¿El seguro médico es solo para mí? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.

Michael sonrió y se recargó en el borde de su escritorio.

—Cubre hasta a tus mascotas, si tuvieras.

Es un plan familiar integral sin restricciones.

Mi asistente tiene cubiertos a sus suegros.

Acaban de necesitar cirugías complejas y el seguro lo costeó todo sin que ella pusiera un centavo por adelantado.

Nada de esas idioteces de copago ni deducibles.

Me orgullece decir que es el mejor seguro médico en la historia.

Sería el colmo que una compañía de gestión hospitalaria tuviera uno malo, ¿no crees?

“¿Cómo podía preguntarle por cobertura de geriátricos sin que indagara por mi abuela?” pensé. “Quizá si le pidiera una copia de la póliza podría…”

—Y uno de mis cirujanos tiene a su mamá con Alzheimer en un centro de cuidados geriátricos —Michael rio—. Hasta donde sé, si es necesario para tu salud o de tus seres queridos, lo cubrimos.

Asentí. “Eso contesta mi pregunta, pero…”

Un vacío helado se me instaló en el estómago. Ni siquiera Hannah o Jessica saben de la condición de mi abuela. Michael no podía saberlo, pero acababa de ponerme delante la única oferta que no podía rechazar.

Michael se acercó tanto que pude oler su perfume: una mezcla de sándalo y algo más que me puso la piel de gallina. —Me gustaría decir que tendrías horarios flexibles, pero la verdad es que a veces necesitarías…

Cerré los ojos un segundo, sintiendo el calor de su presencia.

—Cambia este cinco —dije al apuntar al sueldo en el papel—. Por un siete, y tenemos un trato.

Michael arqueó una ceja. Una chispa de triunfo le bailó en los ojos. —Lo cambio por un nueve.

Reí. —Eres pésimo negociador.

Soltó una carcajada —Yo diría que es una ganga si aseguro la adquisición de un talento como el tuyo.

Negué con la cabeza. —Vale, Michael.

—¿Consumamos el trato, canela?

Logré detenerme antes de morderme el labio ante su elección de palabras, pero eso no detuvo la ola de calor que me retorció completa por dentro.

Cogí su mano y él apretó la mía con firmeza. La presión de sus dedos me quemó la piel, pero no me solté mientras le sostenía la mirada.

—Trato hecho —dije.

El pulgar de Michael trazó la línea de mis nudillos antes de soltarme.

—Bienvenida a Nova Vitalis.