Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 5.
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Capítulo 5.

Michael

—Deja de mirarme así —Adriana se ajustó la falda tubo con movimientos lentos pero precisos. Su respiración ya se había regularizado por completo.

—¿Mirarte cómo? —me abroché los botones de la camisa mientras la miraba en el reflejo del espejo frente a mí.

Se pasó las manos por el cabello para arreglar los mechones rebeldes que habían escapado de su peinado perfecto. —Así —seguía un tanto ruborizada.

Me giré y la recorrí con una lentitud calculada.

Su falda tubo gris, impecable hace una hora, mostraba una sutil arruga cerca del muslo.

El contraste entre la tela fina y el brillo de una leve capa de sudor humedeciendo su clavícula me hizo lamerme los labios.

Prueba irrefutable de la intensidad de lo que acabábamos de hacer en la sala de descansos.

—¿Tiene algo de malo que admire a la mujer que acabo de hacer gritar?

Adriana rio mientras se mordía el labio inferior. —No grité.

Arqueé una ceja y me crucé de brazos con una sonrisa. —Pegaste la boca a mi hombro cuando lo hiciste, pero fue claro que…

Se acercó y me acomodó un manotazo todavía riendo. —Puedes ser insoportable, ¿lo sabías?

Le cogí de la cintura y acerqué. —Es parte del encanto.

Adriana respiró profundo y me miró los labios. —No deberíamos —dijo al poner las manos en mi pecho—. Ambos tenemos muchas cosas pendientes allá afuera.

—Yo soy el jefe —sonreí al mirarla a los ojos—. Yo decido lo que tenemos que hacer con nuestro tiempo.

Adriana soltó una risa seca y me acomodó dos palmadas lentas en la mejilla.

—Tú serás el CEO de Nova Vitalis, Michael —se alejó y giró—, pero no eres el jefe de mi exesposo. Ya no tarda en llegar a mi casa con mis hijos. Me toca tenerlos este fin de semana y…

“A veces olvido que es algo mayor que yo,” pensé al asentir despacio. —Claro.

El aire acondicionado zumbaba sobre mi cabeza, pero la mención de sus hijos trajo consigo una ráfaga de realidad que enfrío más la habitación.

La vida familiar de Adriana era un territorio del que yo estaba excluido por diseño mutuo.

Éramos dos adultos exitosos mitigando el estrés con sexo de alta calidad, nada más.

Adriana acortó la distancia entre nosotros.

La suela de sus tacones repiqueteó contra el suelo laminado.

Me tomó por el cuello de la camisa, jalándome hacia abajo.

Me plantó un beso apresurado en los labios.

Respondí al contacto por puro instinto, rodeando su cintura, pero la conexión se evaporó en el instante en que ella retrocedió.

Me dio un par de palmadas planas en el pecho.

—Nos vemos antes de la junta del lunes.

Giró sobre sus talones y abandonó la habitación dejándome con una mueca. “¿Antes de la junta en la mañana?” pensé al coger mi chaqueta. “Quizá deba saltarme el desayuno. No es una mala manera de iniciar la semana.”

Un frío seco se instaló en el centro de mi pecho. Me imaginé desayunando con Adriana comida de verdad en lugar de su cuerpo. Se sentía… Equivocado. Fuera de lugar. Igual que cuando uno imagina ponerle salsa picante a una rosquilla o crema batida a un filete de carne.

“¿Para qué piensas esas cosas?” me eché la chaqueta al hombro.

Ya sabía la respuesta a esa pregunta: porque la alternativa a pensar esas cosas era reprimir una soledad inquebrantable.

Enterraba ese hoyo negro bajo capas de trabajo extenuante y encuentros físicos sin ataduras, pero siempre volvía.

Adriana solo era el remedio más reciente.

Al final del día, no tenía a nadie esperándome.

Caminé por los corredores del Centro Médico Horizontes en dirección a mi oficina.

La iluminación blanca rebotaba contra el linóleo pulido.

El aire estaba saturado con el olor químico a desinfectante industrial y el matiz a café rancio proveniente de la estación de enfermeras.

Saludar a un par de médicos en el trayecto me obligó a activar de nuevo mi fachada de CEO bajo control absoluto.

Repartí asentimientos seguros mientras el vacío en mi estómago seguía latiendo.

Entré a mi oficina y cerré la puerta. El silencio corporativo estaba aislado del ruido de urgencias y el contraste me golpeó de inmediato.

Los ventanales de piso a techo ofrecían una vista panorámica del Parque Mayor bañada por la luz cobriza del atardecer.

A mitad de primavera, las copas de los robles habían recuperado el follaje denso que perdieron durante el invierno.

Desde mi altura, la multitud que salía de sus oficinas y cruzaba los senderos adoquinados parecía una marea de vidas simples y reales fluyendo muy por debajo de mi jaula de cristal.

Parejas caminando juntas, ejecutivos apresurados aflojándose la corbata, dueños paseando a sus perros bajo el sol poniente…

Todos ellos conectados por hilos invisibles de rutina y afecto de los que yo carecía.

Arrojé la chaqueta sobre el respaldo de mi silla. Me aflojé el nudo de la corbata y desabroché el primer botón de mi camisa.

Caminé hacia el sillón ubicado en la esquina y bajé mi guitarra acústica de su soporte en el muro. El contacto de mis dedos con la madera pulida me ancló al presente. Me dejé caer en el asiento y apoyé las yemas sobre las cuerdas.

Cerré los ojos y empecé a rasguear.

Las vibraciones de la caja de resonancia golpearon contra mis costillas. Notas bajas. Lentas. No tenía una canción en mente. Solté el control y dejé que las emociones dirigieran mis dedos y mis pensamientos divagaran. Matt tenía su carpintería, y Max tenía su afición por la mecánica.

Lo mío era la música. El único lugar donde no tenía que ser nada para nadie. Mis notas no tenían ninguna lógica ni armonía. Solo un ritmo irregular, evidencia de mi lucha por definir mis emociones.

La imagen de Luisa se materializó en mi mente.

Apareció con claridad, y el ritmo perdió su irregularidad.

Sus ojos ardían. Su mirada poseía un brillo inteligente y afilado que desnudaba cualquier mentira antes de ser pronunciada.

La curva de su sonrisa era una pequeña traición de su seriedad que solo aparecía cuando la hacía reír.

“Dios, esa risa,” pensé. Mi respiración se agitó. El ritmo de mis dedos cambió. La melodía se transformó bajo mis manos. Adquirió una cadencia profunda y… ¿Oscura? ¿Melancólica? No… Anhelo.

Una punzada me atravesó el estómago. Recordé cuando me presentaron a Luisa en una gala algunos años atrás.

Nos volvimos amigos esa misma noche cuando nos intentaron emparejar.

Con otra mujer habría terminado la noche bajo las sábanos con ella, pero disfruté tanto la compañía de Luisa que me pareció raro romper el buen rato que estábamos pasando solo por meterla en la cama.

Era… Seguía siendo una mujer hermosa. Pero los cuerpos bonitos abundan. Luisa tenía algo más.

El calor me subió por el cuello. La atracción hacia Luisa no era como la que sentía por Adriana. Con Adriana solo era transaccional. Una comezón que nos rascábamos. Con Luisa no tuve problemas en imaginarme desayunando algo antes de una junta.

Pero tampoco tuve problemas en imaginarme a mi amiga susurrándome al oído lo que quería que le hiciera después del desayuno, y tampoco tuve problemas en imaginar las cosas que…

—Es usted increíble con la guitarra, señor Spencer —dijo una voz suave y melódica detrás de mí.

Abrí los ojos de golpe y congelé las manos sobre las cuerdas. La sangre bombeaba con fuerza contra mis costillas, como si me hubieran atrapado en un acto prohibido.

Pía, mi asistente, sostenía una carpeta contra su pecho.

Era una mujer joven y de constitución menuda, casi frágil en apariencia, pero con una eficiencia que rozaba lo implacable.

Su piel morena clara contrastaba con el castaño cobrizo de su cabello, que llevaba recogido en una coleta alta, dejando a la vista una sonrisa afable que siempre parecía un poco fuera de lugar en la atmósfera estéril del hospital.

“¿Acaso es un maldito ninja?” pensé. “¿Cómo no la escuché entrar?”

Solté un suspiro largo para estabilizarme. Dejé la guitarra en su soporte con una lentitud exagerada. Me puse de pie y asumí mi postura directiva.

—¿Qué necesitas, Pía?

Ella bajó la mirada a la carpeta.

—Dejé en su escritorio los currículums que solicitó para el puesto de Representante Legal —puso la carpeta y ambas manos detrás de su espalda—. Recursos Humanos terminó la preselección. Ah, y su hermano, Matthew, agendó una cita.

Asentí, asimilando la información.

“¿Matt agendó una cita?” pensé. “¿Para qué? Al rato le pregunto.”

—Gracias, Pía.

Cerró la puerta al salir. Me apoyé contra el borde de mi escritorio y miré la pila de carpetas. “Hora de volver al trabajo.”

El puesto era crítico para Nova Vitalis. Necesitábamos a alguien capaz de lidiar con los sindicatos y los laberintos legales de las aseguradoras.

Hojeé una de las carpetas. “¿A qué mierda se refieren con Cumplimiento normativo?” Hojeé otra. “¿Qué diablos es Arbitraje corporativo?”

El idioma era español, pero bien podría ser un idioma alienígena. Yo era médico.

“Necesito un puto diccionario para entender lo que…” pensé, y la imagen de Luisa volvió a asaltar mis pensamientos. No como unos minutos atrás, sino con su traje gris y presencia imponente en un juzgado. “Claro, tarado. Es la mejor abogada que conoces.”

Saqué el móvil y busqué su contacto. Presioné el ícono de un teléfono y la llamada conectó al segundo tono.

—¿Bueno?

Forcé un tono de broma para ocultar mi pulso acelerado. —Canela, te necesito.

Escuché una risa cansada. —¿Qué hiciste y en qué estación de policía te tienen detenido?

Solté una carcajada. —No sé si ofenderme o alegrarme que tengas esa idea de mí —ella rio un poco—. Necesito que me salves la vida. Tengo una montaña de currículums para el puesto de abogado corporativo y no entiendo ni la mitad de lo que dicen.

—¿Te los dieron en chino?

—Peor —abrí una carpeta—. Jerga legal.

Un suspiro cansado sonó a través del altavoz.

—¿Y me estás llamando para…?

—Ven y ayúdame a descartar a los inútiles antes de que contrate a un payaso por accidente —el ruido del tráfico de fondo zumbó en la línea—. ¿Dónde estás?

—Acabo de salir de la fiscalía —la escuché suspirar—. Hoy fue mi último día.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro. —¿Lloraste?

—Claro que no. Tenía demasiada hambre para llorar.

Caminé hacia el ventanal.

—Qué coincidencia —sonreí al mirar a lo lejos—. Yo estaba a punto de ordenar comida tailandesa. Ven a mi oficina. Comemos mientras descartas candidatos.

—¿Cómo es que siempre sabes lo que tienes que decirme para convencerme de algo?

—Se llama “química,” canela.

Luisa soltó una risita. —Claro —su sarcasmo fue claro—. Pero está bien. Llego en diez.

—Perfecto.