Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3) Capítulo 4.
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Capítulo 4.

Luisa

—¡Elena Mendoza! —empujé las puertas de cristal dobles del Hogar San José mucho antes de que el mecanismo automático terminara de abrirlas.

Planté ambas manos sobre la superficie de imitación de madera de la recepción y enfoqué la vista borrosa en la joven recepcionista. La mujer del uniforme blanco impecable levantó la vista de su pantalla con una calma que me aceleró el pulso y encendió las mejillas del coraje.

—Me llamaron hace veinte minutos —tragué saliva con fuerza para humedecer mi garganta reseca—. Sufrió una caída.

La enfermera abrió mucho los ojos. —¿Es familiar de Nora…?

—¡Elena Mendoza! —cerré el puño con todas mis fuerzas —Soy su nieta, Luisa Jiménez. Me llamaron y dijeron que se había caído, pero se cortó la llamada y ya no pude comunicarme.

Tecleó algo rápido en su ordenador. El ruido del plástico repicó en el pasillo vacío como un taladro. Un rubor rojo le manchó el cuello.

—Señorita Jiménez… —ella encogió los hombros y bajó la mirada—. Hubo una confusión en el cambio de turno.

Un frío cortante me atravesó la nuca.

—¿Una confusión?

—Su abuela está en perfectas condiciones —dijo la joven, señalando hacia el fondo del pasillo—.

Ella está en la sala común en este momento.

La paciente que sufrió la caída fue Nora, su vecina de cuarto.

Los expedientes estaban juntos en la estación médica y la enfermera de guardia marcó el contacto equivocado en el sistema. Lo siento muchísimo.

El aire acondicionado del vestíbulo me golpeó el rostro, cortando de tajo el calor que me asfixiaba. Inhalé una enorme bocanada de aire saturado de desinfectante floral y café rancio.

Un bloque de cemento invisible desapareció de mi pecho.

Cerré los ojos durante una fracción de segundo.

El zumbido ensordecedor que llenaba mi cabeza se apagó, revelando el ruido eléctrico de las lámparas fluorescentes en el techo.

Perdí la fuerza en las rodillas por un instante y me sostuve del mostrador para mantener el equilibrio.

—Gracias —me esforcé en sonreír y apunté hacia el pasillo—. ¿Puedo…?

—Por supuesto.

Ajusté las solapas de mi chaqueta. Tiré de la tela oscura hacia abajo para recuperar mi postura mientras caminaba hacia la sala de recreación. El sonido lejano de un televisor transmitiendo un programa de concursos rebotaba en las paredes desnudas.

La luz del mediodía entraba a raudales por los inmensos ventanales.

Varios sillones de vinilo formaban pequeños semicírculos sobre el piso brillante.

Encontré a mi abuela en la esquina más alejada de la pantalla de televisión, sentada en la orilla de un sofá conversando con otra residente sentada en el sillón individual a su lado.

Tenía una manta tejida a mano cubriendo sus piernas delgadas.

Su cabello plateado estaba peinado hacia atrás con una rigidez impecable.

Su rostro lucía frágil bajo la luz natural, marcando un contraste doloroso con la mujer inquebrantable que me había criado y protegido del mundo tras la muerte de mis papás.

Pero sus ojos aún tenían esa vitalidad y bondad que la hacían una compañía tan agradable.

“Es algo que debí aprender de ella,” pensé al acercarme. “A donde sea que vaya siempre hace un nuevo amigo.”

—Hola, abuela —deposité un beso sobre su mejilla suave y arrugada. El calor de su piel aflojó la tensión acumulada en mi cuello.

—¡Lulú! —ella alzó sus manos delgadas, buscó mi rostro y acarició mis pómulos—. ¿Qué haces aquí a esta hora? ¿No tenías una… cómo la llamaste… reunión de transición con tu sucesora?

Esbocé una sonrisa apretada. El recordatorio de mi próximo desempleo me pinchó el estómago como una aguja afilada.

—No fue una reunión muy larga —dije, tallándome el ojo izquierdo.

“Maldita sea, ¿ahora es el otro ojo? Necesito dormir más.”

—¿Y no tienes trabajo?

—Ya pasé todos mis casos —me encogí de hombros—.

Decidí… tomarme el día —mi abuela bajó la cabeza sin dejarme de mirar a los ojos.

Ese gesto maldito me había sacado confesiones en el pasado, y por alguna misteriosa razón siempre funcionaba—.

Vale, me llamaron de aquí por error. Me dijeron que te habías caído y me preocupé.

Una carcajada sonora estalló de la residente en el sofá contiguo. Ella me miró con ojos que brillaban con pura malicia.

—Está hablando de Nora y Zacarías —dijo la vieja.

Alcé una ceja. Me acomodé a un lado de mi abuela y alisé la falda de mi traje.

—Adelita, ella es mi nieta —dijo mi abuela al mirarme con una sonrisa.

—Luisa Jiménez, encantada —alterné la mirada entre ellas—. ¿Nora y Zacarías?

Mi abuela asintió con entusiasmo y acomodó la espalda contra el respaldo. —Mi vecina de cuarto y su novio —rodó los ojos y sonrió de oreja a oreja—. Ambos tienen más de ochenta años, y se cayeron de la cama de Nora. ¿Puedes creerlo? Como si fueran adolescentes.

Solté una risa genuina y ronca. La imagen mental era ridícula y enternecedora al mismo tiempo.

—Detecto algo de envidia, abuela —dije, cruzando las piernas—. ¿Debo estar al pendiente de alguna llamada vergonzosa a una sala de urgencias?

Ella y Adelita soltaron una carcajada.

—Ay, Lulú —palmeó mi rodilla—. Mis días de romance terminaron hace mucho tiempo. Prefiero mantener mis caderas intactas para poder caminar por el jardín de la entrada.

—Eso no detiene a Don Esteban —dijo Adelita con una sonrisa traviesa.

Levanté las cejas. —¿Quién es…?

—Nadie, querida —las mejillas de mi abuela se pusieron un poco rojas.

—Es un caballero distinguido que anda tras los huesitos de tu abu… ¡Míralo! Allá… —un pellizco en el muslo que le propinó mi abuela la hizo detenerse.

—Está en todo tu derecho, abuela —Adelita y yo compartimos una risa. Miré a mi alrededor y encontré varios hombres en la sala. “

—Me preocupas tú —dijo mi abuela. Su mirada se volvió afilada. Ella examinó cada centímetro de mi rostro con precisión milimétrica —¿Estás comiendo lo suficiente? Tienes los ojos bien rojos. ¿Estás durmiendo bien?

—Estoy comiendo a la perfección —dije la respuesta ensayada que ya tenía. Era una mentira en el sentido que comía bien, pero a veces me saltaba una que otra comida—. Y también estoy durmiendo bien —esa sí fue una mentira descarada.

—¿No te sientes sola en la inmensa casa ahora que ya no vivo contigo? —dijo mi abuela, apretando los dedos alrededor de mi rodilla—. Es demasiado espacio para una sola persona. ¿Estás limpiando los muebles como se debe?

—Todo está impecable —mantuve el contacto visual directo—. No hay una sola mota de polvo en toda la sala —eso sí era verdad.

Mi abuela entrecerró los ojos. Ella conocía mis tácticas de evasión mejor que nadie.

—¿Estás haciendo ejercicio? —se inclinó un poco más hacia mí y sus ojos se abrieron de par en par—. ¿Sigues viendo a ese muchacho alto? ¿El maestro de yoga?

“¡Estaba tan cerca de librar un día sin que toquemos ese tema!”

—No… funcionó —suspiré y miré hacia otro lado—. Queríamos cosas distintas en la vida.

“Él quería platicar sobre las vistas en sus videos de salud en redes sociales cuando yo quería marcharme de su casa”, pensé, recordando la última vez que nos vimos.

“Por un lado, qué bueno que conoció a una mujer dispuesta a seguirle el juego, pero por otro me arruinó mi única vía de desahogo físico.”

Mi abuela bufó y agitó una mano en el aire con total desdén.

—Nunca me gustó ese hombre para ti —negó con la cabeza y miró a Adelita—. Esos entrenadores personales solo saben fijarse en el físico de las personas. Tú necesitas a un hombre que te desafíe.

—Los deportistas no sirven para nada, Elena —Adelita se inclinó hacia nosotras—. Los mejores son los doctores.

Parpadeé varias veces. La intromisión me dejó muda.

—No hay nada —enfatizó la anciana levantando su dedo índice —como salir con un hombre que conoce de pies a cabeza el cuerpo de una mujer. Saben exactamente dónde tocar para que te retuerzas.

Un golpe de calor me subió por el cuello. Mi abuela echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada vibrante que me contagió. Cubrí mi boca con el dorso de la mano. La tensión acumulada en mis hombros cedió por un instante.

Mi abuela se giró hacia mí.

—Entre nosotras, Lulú —dijo con un tono conspiratorio—. Uno de los médicos que han venido a darnos consultas aquí está guapísimo. Te juro que la próxima vez que lo vea por los pasillos, le pido su número de teléfono para ti.

—Abuela —bajé la cabeza sin quitarle la mirada de encima—. Recuerda el fiasco con el chico de la farmacia.

—Ese muchachito se miraba mayor de lo que era.

Arqueé una ceja y asentí. Debía darle la razón. Además, fueron un par de citas bastante… Intensas.

—No, abuela —negué con la cabeza rápido, antes de soltar mi imaginación recordando al chico de la farmacia—. Estoy muy ocupada con mi carrera en este momento.

—Doña Elena, doña Adela —saludó una enfermera con una voz demasiado grave para su estatura—. Es hora de sus medicinas —dijo al darles a cada una un vasito de papel con algunas pastillas.

Mi abuela me miró y suspiró. —Tuvieron que subirme la dosis.

Me estremecí. “Ya llevan dos meses incrementándola,” pensé. “Pronto tendrían que…”

—¿Tienes agua para tomártelas?

Mi abuela miró a la mesita frente a los sillones y bufó. —Creo que se llevaron los vasos a lavar.

Puse mi mano encima de la suya y la miré. —Yo te la traigo.

Me puse de pie. Alisé las arrugas de la falda de mi traje y me dirigí a la estación de enfermeras en el salón, donde me dirigieron a la cocina para el vaso.

Recorrí el pasillo color pastel y traté de pensar en otra cosa que no fuera el aumento de dosis para mi abuela. “Un hombre que conoce de pies a cabeza el cuerpo de una mujer,” y mi estúpido cerebro se fue directo a esa frase que dijo Adelita. “Saben exactamente dónde tocar.”

Las palabras de la anciana resonaron en el interior de mi cráneo. Una chispa eléctrica saltó en la base de mi cerebro al formar la imagen abstracta de un doctor hábil en mi cabeza.

El rostro específico y devastador de Michael se materializó en mis pensamientos.

Un tirón violento me sacudió el vientre.

“Bueno, es el médico más guapo que conozco.” La imagen me golpeó el esternón con fuerza física.

Visualicé la mandíbula cuadrada de mi mejor amigo y evoqué sus ojos azules y profundos, respaldados por un brillo de inteligencia y travesura.

Recordé su cabello peinado con ese descuido calculado que tanto lo caracterizaba.

Pero no lo imaginé como el hombre amigable con el que podía conversar de lo que fuera. Lo imaginé mirándome con intensidad depredadora, y tuve que respirar profundo por el súbito incremento de la temperatura en mi abdomen.

Detuve mis pasos y entré a la cocina. No había nadie, así que cogí un vaso limpio y lo llené con agua purificada.

Imaginé las manos grandes de Michael. Fuertes. Precisas. Atrevidas. Visualicé esos dedos largos trazando mi mandíbula, luego bajando por mi cuello y desabotonándome la blusa con una paciencia que me volvía loca.

Una pulsación rítmica y demandante latió entre mis muslos. Dejé escapar un suspiro entrecortado. La respuesta de mi cuerpo fue cruda y abrumadora. La excitación pura recorrió mis venas a toda velocidad. Un cóctel tóxico de anhelo reprimido y necesidad carnal inundó mi sistema.

Dejé que mi mente vagara por ese terreno prohibido. Imaginé el peso de su cuerpo sobre el mío, su aliento humedeciendo mi piel, y llenándome por completo. El estómago se me contrajo al instante siguiente.

“¡Dios, Michael!” me imaginé gritando en una explosión de placer.

Un temblor me recorrió la nuca y el pánico me cortó la respiración. “Luisa, basta,” apreté los párpados con fuerza. Clavé las uñas de mi mano libre en la palma hasta provocar un dolor agudo y punzante.

“Es tu mejor amigo,” pensé. “Ya has arruinado todas tus vías de desahogo físico. ¿Quieres perder tu única red de seguridad emocional?”

Respiré profundo y solté el aire lento y fuerte, vaciando mis pulmones tanto como pude.

Me enfríe, pero no tanto como quería. El pensamiento seguía ahí.

Michael era de los pocos hombres que conocía que jamás se sentía intimidado por mi autoridad.

No calculaba mi valor político para una campaña ni me buscaba para pedir favores.

Podía hablar con él. Podía ser burda y honesta con él. Joder, podía reír con él.

Involucrar el sexo y el romance en nuestra dinámica sería una sentencia de muerte para nuestra relación.

“Y cuando se canse de mí hará lo que hacen todos los hombres,” pensé al regresar al salón. “Dejarme.”

Construí un muro de concreto mental alrededor de la imagen de sus manos calientes sobre mi cuerpo desnudo. Sepulté la fantasía en el rincón más oscuro de mi memoria.

“Aunque…” pensé, pero sacudí un poco la cabeza de lado a lado al regresar con mi abuela. “No, Luisa. No.”