Capítulo 3.
Michael
—¡Quiero unidades adicionales de O negativo! —escuché a Adriana ordenarle al personal de la sala de urgencias —¡Traigan al cirujano vascular de guardia! ¡Y alguien contacte a…!
Apenas atravesé las puertas a la sala de urgencias del Centro Médico Horizontes y el caos ya me sonreía a la cara.
El olor crudo e implacable del alcohol y el yodo invadió mis fosas nasales.
Un pitido agudo de monitores cardíacos marcaba el ritmo de la histeria colectiva.
El chirrido de las suelas de goma contra el linóleo resonaba en todo el piso.
Un accidente industrial masivo acababa de inundar el nivel con pacientes ensangrentados, gritos y desorden.
Rechiné los dientes y respiré profundo. Lo más difícil de haber aceptado ser el CEO de Hospitales Nova Vitalis era no ceder a ese impulso de arrojarme y ayudar a tanta gente como me fuera posible. Adriana era la encargada de la sala de urgencias, y debía confiar en ella.
Avancé por el pasillo central esquivando camillas apresuradas.
Cualquiera que viera la sala de urgencias en ese momento pensaría que era una locura, pero todo estaba calculado con precisión casi quirúrgica.
Los casos críticos eran atendidos en cuanto cruzaban las puertas, y los heridos eran valorados en minutos.
Adriana sostenía una tableta electrónica contra su pecho. Su bata blanca estaba inmaculada, y ya se había agarrado su cabello castaño en una cola.
Me miró y se acercó rápido. —Todo está bajo control.
—Se nota —dije, regalándole una sonrisa rápida—. Tienes esta área funcionando como un reloj suizo.
Adriana suavizó su expresión y relajó los hombros.
—¿Entonces a qué bajó nuestro CEO? —escudriñó mi rostro con curiosidad y una mueca coqueta —No creo tener tiempo libre hasta que termine mi turno.
—Tengo una paciente geriátrica que acaba de ingresar —desvié la mirada hacia la pizarra de admisiones—. Me alertaron que la trasladaron desde el Hogar San José. Ya debería estar aquí.
—Creí que el accidente te había traído aquí abajo.
—Puedo aportar un par de manos extras después de mi revisión, si las necesitas.
—Sabes que no puedo negarme a esas manos.
Reí y dejé a Adriana atrás. Me abrí paso entre el personal hasta llegar al fondo de la sala de observación y encontré la camilla casi de inmediato.
Nora estaba recostada sobre la colchoneta delgada. La anciana llevaba una bata de hospital azul pálido que resaltaba la fragilidad de su piel manchada por la edad. Tres enfermeras trabajaban alrededor de ella, ajustando una vía intravenosa y revisando sus pupilas con una linterna.
Me acerqué a los pies de la camilla y cogí un par de guantes desechables.
—Hola, Nora —saludé con un tono suave y cálido.
Nora giró la cabeza sobre la almohada. Una expresión pícara iluminó su rostro arrugado en cuanto me vio.
—Doctor Michael —respondió ella con una voz rasposa pero cargada de energía—. Qué vergüenza con usted.
Sonreí, sacando mi pequeña linterna del bolsillo de mi chaqueta. —¿Qué estabas haciendo, Nora? —me acerqué a su rostro y evalué sus pupilas —Ya no estás en edad para saltar la cuerda, y menos con esa cadera nueva.
Sus respuestas neurológicas eran normales. Deslicé mis manos enguantadas por sus hombros y clavículas en busca de cualquier signo de fractura en la parte superior de su cuerpo.
—Me tropecé al bajar de la cama —cuando la miré a los ojos ella desvió la atención hacia otro lado—. Le digo, cada día estoy más torpe.
—¿Dónde te golpeaste? —pregunté, palpando con firmeza, pero sin brusquedad.
—La cadera derecha —se quejó Nora, haciendo una mueca cuando toqué cerca del área afectada.
“Menos mal no fue la otra,” pensé al ver la cicatriz de su operación de reemplazo de cadera del lado izquierdo. “Qué raro, deberá haber un hematoma si se golpeó ahí. Quizá no se golpeó tan fuerte y esto fue una reacción exagerada del Hogar.”
Cogí el historial médico que colgaba a los pies de la camilla.
Escaneé los garabatos de los paramédicos y las notas de admisión.
La presión arterial estaba un poco elevada, probablemente por el dolor.
Indicaba una caída directa desde la cama en su habitación del asilo y apreté la mandíbula al leer los detalles.
“Quizá deba recomendar rieles de seguridad en…” pensé, pero las manos y rodillas de Nora llamaron mi atención.
Alcé la vista y busqué a uno de los enfermeros de la zona. —¿Nora fue la única paciente ingresada desde el Hogar San José? —pregunté en voz alta.
El enfermero dejó de anotar en su tabla y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—No, doctor —Nora bajó la cabeza cuando el enfermero me contestó—.
Otro paciente masculino de la tercera edad ingresó con ella en la misma ambulancia —señaló hacia el cubículo contiguo—. Trae una contusión en la cabeza.
Seguí la dirección de su dedo. Un anciano de cabello ralo y blanco estaba sentado en la otra camilla, sosteniendo una bolsa de hielo contra la parte de atrás de su cabeza. Yo conocía a ese hombre. Era Zacarías, otro residente del Hogar San José.
Uní los cabos sueltos en menos de un segundo. Giré la cabeza y le clavé la mirada a Nora. Mis labios se curvaron en una sonrisa cargada de diversión e incredulidad.
—¿Me vas a decir la verdad sobre esa caída, Nora?
Nora soltó una carcajada ronca que terminó en un quejido por el dolor de su cadera. La anciana no mostró ni una sola onza de arrepentimiento o vergüenza.
—Bueno, doctor Michael —Nora se frotó las manos y desvió la mirada hacia Zacarías—. Él y yo estábamos… Ya sabe, divirtiéndonos un poco en mi habitación. Las cosas se salieron de control y nos caímos de la cama.
Un golpe de aire se me escapó por la nariz. Mantuve la boca cerrada con fuerza. El impulso de soltar una carcajada retumbó en mi pecho y me tensó los músculos del abdomen. Apreté los labios hasta convertirlos en una línea fina para contener la risa.
“¡Bien por ti, Nora!” pensé al aclararme la garganta.
—Necesitamos descartar fracturas en las extremidades —le indiqué al enfermero, que también parecía estarse aguantando la risa—. Ordenen unas radiografías de manos y rodillas ahora mismo.
El enfermero asintió y comenzó a escribir las indicaciones en la tableta.
—Añadan también una tomografía computarizada de cuerpo entero —ordené, mirando a Nora a los ojos—. No quiero llevarme sorpresas internas por el impacto de la caída, y de todos modos ya le tocaba seguimiento por su tratamiento —me dirigí a mi paciente—. Asumo que caíste encima de él.
—¡Doctor Michael! —Nora negó con la cabeza —¡Qué cosas pregunta!
—Es médicamente relevante, Nora —no lo era, pero no pude resistirme preguntarle.
Ella refunfuñó un poco antes de asentir.
Me dirigí al enfermero. —Una vez que regresen de imagenología quiero que ambos pasen unas horas en observación médica —apunté a Zacarías —Y, por favor, coloquen las camillas de Nora y Zacarías una al lado de la otra.
Nora dio unas palmadas, encantada con la disposición.
Me acerqué a su rostro y apoyé una mano sobre la barandilla de metal de su camilla.
—Pero me tienes que prometer una cosa, Nora —dije, bajando el tono de voz—. Te vas a portar bien durante este periodo de observación. Nada de gimnasia de alto riesgo hasta que te dé el alta oficial.
—Lo prometo —dijo ella, arrugando la nariz en un gesto cómplice.
Me alejé de la camilla sintiendo que una pequeña parte del estrés del hospital se había evaporado. Giré sobre mis talones para regresar a mi oficina, pero una silueta elegante interrumpió mi trayecto en medio del pasillo.
Adriana de pie junto a un dispensador de gel para desinfectar las manos. “¿Acaso lo observó todo?”
—No pareces estar aquí para reclutar mis manos —le dije al quitarme los guantes.
—Te dije que tenía todo bajo control —ella levantó la barbilla hacia Nora—. Es fascinante, ¿no lo crees?
—¿Las lesiones por acrobacias geriátricas?
Adriana negó con la cabeza y me clavó la mirada. Su expresión ejecutiva había desaparecido, dejando paso a una faceta mucho más personal e íntima.
—Me refiero a llegar a esa edad y seguir teniendo esa conexión con alguien —dijo Adriana con un suspiro ligero—. Yo espero tener una compañía amorosa así de intensa en mi vejez. Alguien con quien caerme de la cama.
Una presión me aplastó el pecho, un pinchazo de advertencia que tragué de inmediato. No era el primero que me provocaba Adriana. Ella era una mujer guapa, inteligente, y entendía las exigencias de mi vida, pues las suyas eran similares. Nos entendíamos, pero más allá de eso…
—Es un buen objetivo de vida —dije.
Adriana ladeó la cabeza. Sus ojos oscuros me escanearon de pies a cabeza con demasiada fijeza.
—¿Y tú no anhelas tener a alguien a tu lado en el futuro, Michael? —preguntó ella sin rodeos.
La pregunta me revolvió el estómago. Solté una risa suave y desprovista de humor verdadero.
—¿Cuándo tendría tiempo para conocer a alguien así? —dije, abriendo los brazos para señalar la locura de la sala de urgencias a nuestro alrededor—. Apenas tengo tiempo para dormir, Adriana.
—Somos prueba de que cuando hay que satisfacer una necesidad encontramos el tiempo —Adriana dio un paso. Acortó la distancia. El olor a su perfume floral se impuso sobre el aroma a desinfectante al invadir mi espacio personal.
Se inclinó hacia mí.
Sus labios rozaron mi oído izquierdo y su respiración caliente irradió contra mi piel.
—Quizá ya conociste a esa persona especial y no te has dado cuenta —susurró.
Adriana se separó de mí, dio media vuelta y se alejó por el corredor iluminado. Sus tacones golpearon el suelo con firmeza.
“Quizá,” pensé. “Pero no vale la pena averiguarlo.”