Capítulo 2.
Luisa
—Dime por favor que tienes un plan de extracción para sacarnos de aquí antes de medianoche —escuché una voz inconfundible cuando bajé del coche.
Al girar encontré a Michael cerrando la puerta de su Aston Martin plateado con un golpe seco.
Llevaba una chaqueta sport de diseñador, azul marino, de corte impecable, sobre una camisa blanca con el primer botón desabrochado y la corbata floja.
Pero esos detalles desaliñados solo añadían a su encanto.
Curvó la comisura de sus labios en esa sonrisa deslumbrante que caracterizaba a los Spencer.
—Si tuviera un plan, lo habría usado hace horas en la boutique —acorté la distancia entre nosotros y nos abrazamos, como siempre lo hacíamos al saludarnos.
Me permití demorarme un segundo extra contra su pecho, inhalando ese aroma a sándalo que pareció calmar el caos en mi cabeza—.
Te juro, Michael, estoy feliz por Max y por Hannah, pero si escucho la palabra “tafetán” una vez más, voy a matar a alguien.
“Tiene un gusto delicioso para las colonias,” pensé.
Michael me rodeó con una firmeza que me hizo dudar, por un instante, si realmente quería soltarlo o si él estaba apretando con la misma reticencia a dejarme ir.
—Pensé que a ustedes les gustaban ir de compras.
Me aguanté las ganas de acomodarle un manotazo en el hombro al separarme. —¡Qué comentario tan…!
—¿Cierto?
—Machista —puse las manos en mis caderas mientras le sostenía la mirada. El maldito no dejaba de sonreír, y cuando arqueó una ceja fue como si estuviera esperando a que me diera cuenta o reconocer algo. Como casi siempre, tenía razón—. Vale, es cierto, pero también es machista.
La grava triturada de la calzada principal crujió bajo las suelas de mis tacones.
Frente a nosotros, la Mansión Spencer se alzaba contra el cielo del atardecer.
Era una fortaleza de piedra caliza, ventanales inmensos y columnas flanqueadas por setos esculpidos a la perfección.
El aire vespertino cargaba el aroma limpio del césped recién cortado y las lavandas plantadas bajo las ventanas.
Un ardor persistente me arañaba las córneas. “Joder, olvidé cambiármelos cuando me fui a cambiar,” pensé al frotarme los párpados un poco, irguiendo la columna y tensando los músculos de la espalda.
Michael soltó una carcajada profunda, parándose frente a mí.
—Hace unos días Matt y yo encontramos a Max hiperventilando por la paleta de colores de los centros de mesa —me reí junto con él al imaginar a un hombre de la altura y musculatura como Max teniendo semejante reacción—.
¡Los centros de mesa, Luisa! Mi hermano, el fiscal implacable, mister músculos, doblegado por peonías blancas.
—¿Por qué la gente se casa? Es someterse voluntariamente a tortura psicológica.
—Y en algunos casos física —Michael negó con la cabeza—. Si te contara la cantidad de accidentes relacionados con bodas que he atendido en una sala de urgencias.
Su mirada se detuvo en mi rostro. El humor abandonó un poco sus facciones y un escrutinio agudo lo reemplazó. Michael recorrió mis facciones con sus ojos azules.
Mi estómago se retorcía cuando hacía eso. No era la mirada de un hombre que me desvestía con su imaginación pero sí era como si me desnudara. No de mi ropa, sino del disfraz que ponía frente al mundo. MIchael tenía ese extraño don de poder ver a la gente… Verme a mí… Como nadie más podía hacerlo.
—¿Qué tienes? —su tono bajó una octava, directo y sincero.
Sostuve la respiración un segundo. Se me detuvo el pulso un instante, con ese vértigo frío que solo él lograba provocar al atravesar mi fachada con tanta facilidad. Nadie más tenía ese poder sobre mí. Sólo él parecía saber dónde encontrar las grietas en la armadura de la Fiscal de Hierro.
—Nada —levanté mis escudos de inmediato, cuadrando los hombros—. Todo está perfecto.
Michael cruzó los brazos sobre el pecho. No apartó la vista.
—Canela.
“¿Qué pasa con los hombres y sus apodos ridículos?” pensé. “¿Es tan difícil llamarnos por nuestros nombres?”
—Es Hannah —me crucé de brazos, buscando una excusa plausible para desviar su atención de lo que de verdad me acechaba—. Estoy molesta con ella… Bueno, no molesta… Vale, sí, algo molesta. Hoy eligió el color para los vestidos de las damas de honor y es una aberración visual.
Michael arqueó una ceja.
—¿Los colores de los vestidos?
—Un verde pantano —resoplé con una risita—. Un verde musgo enfermo. Es horrendo, Michael, y me va a obligar a usarlo frente a trescientas personas.
—Creo que serán más cerca de quinientas.
—¡Peor aún!
La tensión en el rostro de Michael se evaporó, dando paso a una sonrisa abierta y divertida.
Su risa resonó en la calzada, cálida y envolvente.
—Por favor, canela —dio un paso más cerca, invadiendo mi espacio personal lo suficiente para hacerme notar su altura—.
Tú lucirías espectacular incluso vestida del color verde vómito con acentos de bilis y moco, y lo sabes.
Rodé los ojos. El calor me subió por el cuello ante el halago.
—No minimices mi sufrimiento estético.
—No lo minimizo —su sonrisa se suavizó—. Pero tampoco me lo trago. No estás así por un estúpido vestido. ¿Qué te ocurre realmente?
“De todos los hombres con quien he entablado amistad tuve que coger al maldito detective para que fuera mi mejor amigo.”
Tensé aún más los músculos del cuello. —No lo entenderías.
—Pruébame.
—En serio, Michael —le miré a los ojos—. Son… Problemas de dinero. No es algo con lo que me puedas… No, no es algo con lo que me debas ayudar.
Apretó los labios, asintió, y descruzó los brazos. Su postura se volvió atenta, protectora.
“No, por favor no me ofrezcas tu dinero,” pensé, aguantando la respiración y apretando mis puños a los costados de mi falda. “Lo último que necesito es que me veas como si…”
—Vale —él asintió.
Respiré. —¿Vale?
—Lo solucionarás —sus labios formaron una sonrisa que me permitió liberarme de la tensión—. Siempre lo haces.
Suspiré. —Gracias, Michael.
—Cuentas conmigo para lo que necesites, canela —su voz fue un murmullo firme—. Sin preguntas.
Me ofreció el codo para que entráramos juntos. Miré su brazo y luego sus ojos. Deslicé mi mano bajo su brazo, aceptando el gesto. La tela de su saco era suave, pero el músculo debajo era tenso y sólido. Asentí, incapaz de articular un agradecimiento sin que la voz me temblara.
Enganchados del brazo, caminamos hacia la inmensa puerta doble de roble tallado.
Al cruzar el umbral, dejamos atrás el aire fresco del atardecer.
El interior de la mansión nos recibió con un golpe de iluminación cálida y dorada.
El bullicio acogedor de la familia Spencer venía desde el salón principal, y nos dirigimos hacia allá.
—Última oportunidad para escapar —murmuró Michael.
Le apreté el brazo mientras negaba con la cabeza cuando entramos al salón.
Matt fue el primero en abordarnos. Vestía un traje oscuro que imponía respeto, a pesar de no traer una corbata puesta.
Él y Michael tenían el cabello y los ojos del mismo color, aunque Matt era un poco más alto y usaba el cabello peinado hacia atrás.
—Luisa, Michael —nos saludó.
—¿Cómo está la fortuna familiar en Spencer Holdings? —preguntó Michael.
—Creciendo a pesar de… —se sacudió la cabeza —No ensuciemos esta noche hablando de política.
—Me parece excelente —dije con una sonrisa.
Aunque Matt era el mayor no lo parecía. Ese honor le pertenecía a Max, el hermano mediano y futuro novio. De los tres era el más alto y más musculoso. Vestía un suéter de cachemira gris y lucía el cabello un poco revuelto. Tenía ojeras visibles, fruto evidente del estrés que acabábamos de discutir.
Con la cara de pocos amigos que tenía Max podía ser intimidante para quien no lo conociera, pero era en realidad un amor de hombre.
—Me enteré que recomendaste a la nueva fiscal que me retuviera en mi puesto —dijo Max.
—Eres el segundo mejor litigante de la fiscalía —le dije con una mueca—. Por supuesto que te recomendaría. Ella sería una tonta si no te mantuviera como coordinador de delitos graves luego de los resultados que has obtenido.
Hannah llegó y le cogió la mano a Max. —Trato de convencerlo de que él sería un grandioso fiscal general.
—No, de ninguna manera —Max negó rápido la cabeza—. Yo pertenezco dentro de una corte, no en la política.
Más atrás, ocupando un sillón de cuero junto a la chimenea apagada, se encontraba Marlon Spencer.
El patriarca retirado vestía pantalones de lana y una camisa a cuadros de excelente corte.
Su simple presencia en la sala imponía una autoridad innegable.
Cuando miró a sus tres hijos juntos se acercó a nosotros.
—Papá —Michael le saludó con un abrazo.
Marlon respiró profundo. —Si su madre viviera estaría orgullosa de ver a sus muchachos más unidos que nunca —la voz de Marlon era rasposa pero cálida.
El sonido de pasos ágiles bajando la escalera principal atrajo nuestra atención.
Marina, la hija de Matt, apareció vistiendo unos vaqueros rotos y una blusa asimétrica de diseñador.
Se había pintado el cabello de color negro y cortado en un bob despeinado.
Un estilo universitario moderno que contrastaba de frente con la opulencia de las paredes cubiertas de arte clásico.
Venía de visita por las vacaciones de la facultad y siempre traía consigo una energía caótica y divertida.
—Su cabello —murmuré, y Michael giró boquiabierto hacia ella.
Marina se detuvo en el último escalón y rodó los ojos. —Sí, me pinte el cabello y me lo cortó —sus ojos azules y astutos nos escanearon de pies a cabeza—. Y sí, lo hice para que a mi madre le diera algo.
—Se te ve bien —dijo Matt antes de mirarnos a todos—. ¿Verdad?
Ella observó detenidamente mi mano, que aún descansaba aferrada al codo de Michael, y la cercanía física entre nosotros. Una sonrisa felina y sarcástica cruzó su rostro.
—Mírenlos nada más —Marina paseó la mirada por la sala. Se aseguró de que todos la escucharan—. Ya solo falta que ustedes dos se casen y completamos la colección familiar.
El comentario cayó en el salón como una piedra en un estanque. Me tensé y solté el brazo de Michael como si la tela de su saco estuviera al rojo vivo. El calor me subió por las mejillas. A mi lado, Michael se apartó un milímetro y su lenguaje corporal se volvió rígido.
Nos miramos de reojo. —Solo somos amigos —dijimos al mismo tiempo que nos apartamos casi a la defensiva, como si lo hubiéramos ensayado.