Se supone que eres mi jefe (Herederos Millonarios 3)
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Capítulo 1.
Luisa
—Te ves preciosa, Hannah —dijo Jessica, apoyando los codos sobre sus rodillas y haciendo crujir la áspera tela de sus vaqueros en medio del silencio del salón.
Levanté la mirada del móvil y la encontré sonriendo de oreja a oreja. Al girarme a mirar a Hannah también hice lo mismo.
La luz cálida de los pesados candelabros de cristal rebotaba contra una docena de espejos de cuerpo entero, multiplicando sus reflejos desde todos los ángulos posibles.
Observé el contraste de mi impecable traje sastre oscuro, mi camisa blanca de cuello almidonado y mi cabello pelirrojo recogido en un moño estricto contra el interminable mar de encajes, blancos puros y tonos pastel que inundaba el lujoso lugar.
Hannah estaba de pie sobre una inmensa tarima circular de madera blanca en el centro geométrico de la habitación privada de la tienda de vestidos de bodas.
El que llevaba puesto era espectacular. Tenía una intrincada cascada de encaje francés y tul brillante que caía desde su cintura estrecha hasta formar una cola larga en la parte posterior.
La tela pesada y opulenta devoraba el suelo a su alrededor, convirtiéndola en una escultura viviente diseñada para la admiración pública.
—¿No es demasiado? —dijo Hannah, pasando la mano encima de la falda de su vestido mientras miraba hacia abajo.
—Date la vuelta y mírate al espejo —le apunté a su espalda—. Velo por ti misma.
Y eso hizo. La modista, una mujer mayor de cabello gris con una cinta métrica amarilla alrededor del cuello, se acercó, pero ya no puse atención a lo que decían pues la vibración del móvil llamó mi atención.
—¿Estás trabajando? —la pregunta de Jessica fue más como un reclamo.
Respiré profundo. El olor a seda nueva y perfume floral volvió a agredir mi olfato.
Un pinchazo de arena me rascó la córnea derecha.
El lente de contacto llevaba horas torturándome.
“Seguro que es el aire acondicionado,” pensé al frotar el párpado con la yema del dedo índice, buscando mitigar la quemazón constante que me empañaba la visión periférica.
—Todavía tengo algunos casos pendientes —comprobé que el mensaje no era de alguno de mis subordinados, sino de Tomás, mi asesor político—. No porque solo me queden unos días como fiscal general voy a dejar de hacer bien mi trabajo.
“En un rato le contesto,” pensé al apretar mi agarre del móvil. “No estoy de humor.”
Jessica cruzó las piernas. Llevaba unos vaqueros desgastados y una blusa rosa de algodón de corte sencillo. Ese atuendo cómodo y accesible, propio de su trabajo diario como maestra de instituto, desentonaba con el lujo excesivo y planificado del entorno.
Hannah se giró hacia el espejo principal, examinando con ojo crítico el ajuste del escote.
—No le alteres ni un milímetro —dije con una sonrisa—. El escote es la mejor parte del vestido. Si lo haces demasiado alto, vas a verte… Rara. Y si es muy bajo…
—Vas a darnos a todos un adelanto de lo que le espera a Max en la noche de bodas —dijo Jessica entre risas.
Cuando Hannah miró a la modista y la encontró asintiendo, respiró profundo y aceptó dejarlo como estaba.
Jessica giró la cabeza hacia mí y me ofreció una sonrisa ladeada, llena de empatía y comprensión silenciosa. —Ya saldrá algo mucho mejor.
Le lancé una mirada. —No vamos a buscar otro vestido.
—Hablo de tu trabajo, tonta —se encogió de hombros—. Ya encontrarás algo.
Un nudo de hielo me bloqueó la garganta al instante. Tragué saliva con fuerza para despejar las vías respiratorias y obligué a mis labios a curvarse hacia arriba en un gesto mecanizado y vacío. —Lo sé —apreté el asa de mi bolso de cuero contra mi costado hasta marcar mis nudillos.
Hannah se giró de golpe sobre el pedestal, haciendo ondear las múltiples capas de su vestido. La modista levantó las manos de inmediato para no pincharla con los alfileres que sostenía entre los dedos índices.
Ella frunció el ceño al mirarnos. —¿Están hablando del trabajo de Luisa otra vez?
—Estamos comentando que pareces una princesa de caricatura con esa pirueta —dijo Jessica.
Hannah bajó del pedestal y se acercó a nosotras. —Es verdad —dije, asintiendo—. Luces increíble.
—Las dos son unas mentirosas.
—¿Entonces no crees que te ves increíble? —preguntó Jessica.
—No, eso es cierto —Hannah sonrió y me miró—. Si te sirve de consuelo no voté por esa cabeza hueca.
Suspiré y ensanché los hombros para proyectar mi coraza de control absoluto. —Ella es una abogada bastante capaz que hará…
—Luisa, no hay cámaras ni reporteros en este lugar —dijo Hannah—. Puedes decirlo: tu sucesora es una cabeza hueca.
Miré a mi amiga de arriba abajo en su vestido de novia. —Una cabeza hueca con el marido e hijos perfectos.
“No debí decir eso.”
Jessica se enderezó en el sillón de terciopelo.
—Deberías lanzarte como candidata independiente en las próximas elecciones —dijo, y yo rodé los ojos—.
O buscar cobijo en el partido de la oposición.
¡Eres la maldita Fiscal de Hierro! Tienes el capital político, los contactos y el respeto de la gente en las calles para lograrlo.
“Debo reconocer que extrañaré ese apodo,” aguanté sonreír.
Negué con la cabeza, manteniendo la postura rígida e infranqueable.
—Esa no es la forma en que funciona la política —negué con la cabeza y cogí a Hannah de los hombros—.
Además, no estamos aquí para hablar de mi carrera política o futuro desempleo.
Estamos aquí para asegurarnos que este vestido sea perfecto.
Hannah bufó, alterada. —Pero a mí me gusta tirarle mierda a los políticos —dijo como si fuera una niña pequeña recién regañada—. En especial a misóginos de pensamiento retrógrada.
Solté el aire despacio por la nariz tratando de no reír. Ver a una de mis mejores amigas envuelta en ese precioso vestido de novia debería llenarme de felicidad por ella.
Pero, en lugar de eso, me revolvía el estómago de una forma extraña y nada agradable.
No era culpa de Hannah, por supuesto. Ella merecía toda la felicidad del mundo en su futuro matrimonio con Max.
Pero el brutal contraste entre su panorama brillante, asegurado y celebrado en un entorno de lujo, frente a mi inminente desempleo y ostracismo político, me dejaba un espeso sabor a bilis en la boca.
—Podemos tirarles toda la mierda que quieras más tarde en mi casa —dije con una sonrisa—. Tú tienes que estar lista para la corte en la tarde.
Hannah miró de nuevo su reflejo en los enormes espejos laterales y alisó la tela brillante sobre su estómago con ambas manos, calmando su propia frustración.
—De verdad lamento que los socios principales de mi bufete no quisieran contratarte —se giró y sonrió de oreja a oreja—.
Me habría encantado que trabajáramos juntas.
—No tienes que disculparte por las decisiones de tus socios —el móvil en el bolsillo de mi chaqueta vibró, y di un paso atrás—.
Mi cargo previo en el gobierno, persiguiendo y sancionando a las grandes empresas, generaría un conflicto de interés enorme en todos sus jugosos casos corporativos privados.
Yo misma rechazaría a alguien con mis antecedentes si estuviera sentada en la junta directiva.
Jessica ladeó la cabeza, estudiándome con sus grandes ojos oscuros. —¿Qué vas a hacer el lunes por la mañana cuando entregues tu oficina y tus credenciales?
Alcé la barbilla, proyectando una barrera de seguridad absoluta que estaba muy lejos de experimentar en mi interior.
—Tengo un par de entrevistas de alto nivel agendadas en la zona financiera de la ciudad —saqué el móvil y vi que era un correo electrónico—.
Son con bufetes de gran prestigio y alcance internacional —mentí.
Ellas no necesitaban saber que pocos lugares tenían interés en contratar a una exfiscal especialista en finanzas—.
Buscan litigantes agresivos con experiencia directa en mi área.
“¿Recordatorio de pago?” pensé al leer la notificación en el móvil. “Ah, ya. Es del Hogar San José.”
Una descarga helada me recorrió la columna vertebral de arriba a abajo e hice una nota mental de sacar algo de dinero de mi cuenta de ahorros.
—¿Estás bien? —preguntó Jessica.
—Sí —guardé el móvil y sonreí—. Es una confirmación de una entrevista.
Perder el puesto no solo significaba un golpe devastador a mi ego profesional y a mi propósito de vida. Significaba poner en riesgo inminente la atención médica de la persona más importante y vulnerable de mi mundo: mi abuela.
Respiré hondo, forzando a mis pulmones a expandirse despacio para que ninguna de mis dos amigas notara la tensión que me paralizaba el cuerpo. “Si las cuentas me salen, puedo pagar sus cuidados por otros cuatro meses,” pensé.
Mi abuela me enseñó desde pequeña a ser mi propia red de seguridad material y emocional. A no depender jamás de los favores de nadie para sobrevivir. Y ahora, esa red de protección forjada con tanto esfuerzo tenía un oscuro agujero financiero justo en el centro. No podía fallarle. No a ella.
La modista tocó el brazo desnudo de Hannah con extrema suavidad. —Señorita, necesito que se quede quieta por completo durante los próximos dos minutos para marcar el dobladillo final de la cola.
Hannah asintió y obedeció la instrucción al instante, siguiendo a la modista al pedestal y congelando su postura como una estatua de mármol. Jessica se levantó del sillón rosa y las acompañó.
Aproveché la distracción natural generada por los ajustes del vestido. Di un par de pasos hacia atrás en total silencio y saqué el móvil justo cuando vibraba de nuevo.
El nombre del remitente parpadeó en la barra de notificaciones superior de la pantalla.
“Otro mensaje de Tomás,” pensé.
Desbloqueé la pantalla del aparato con el pulgar. El fuerte brillo digital me lastimó el ojo derecho irritado. Las palabras aparecieron desplegadas en el chat con letras negras y afiladas sobre el fondo blanco.
—Ya tenemos el nuevo plan en marcha —decía el mensaje—. Te vamos a preparar como suplente al congreso estatal en las siguientes elecciones. Aún no deciden a quién respaldarán.
Leí la línea dos veces para asegurarme de haber procesado la información. El aire se me atascó en la garganta. Sentí cómo se me aceleraba el pulso de golpe, golpeando como un martillo de demolición contra el interior de mis costillas.
“¿Suplente?” quise arrojar el móvil. “¿Entonces ni siquiera me consideran?”
Mi carrera entera como abogada litigante estaba en ruinas, acababa de perder la seguridad médica de mi abuela, y su gran solución corporativa era arrastrarme al circo mediático del congreso estatal.
Deslicé la pantalla hacia abajo para leer el mensaje más reciente.
—Nos dieron un año entero para suavizar tu imagen.
Ahora sí guardé el móvil antes de arrojarlo.
“Suavizar mi imagen,” pensé, imaginando cada palabra en mi cabeza como si fuera escrita con ácido.
Esa maldita frase repicó en mi cráneo con la fuerza de una campana de iglesia.
“¿Suavizar mi imagen? Yo llegué a limpiar el cagadero del fiscal anterior, y no lo hice siendo una muñequita digerible, inofensiva y agradable.”
Me giré, mirando a Hannah sonriendo ante algún comentario de la modista o de Jessica.
“¿Suavizar mi imagen? Fue con mi integridad e intelecto con lo que me gané a los mejores fiscales de la ciudad. Joder, los estudiantes de derecho se peleaban por una pasantía en la fiscalía. A ver cómo les va ahora con la Barbie fiscal”
Hannah me miró en el reflejo del espejo ante ella y sonrió. Por supuesto que yo también sonreí.
Hice volar mis pulgares sobre el pequeño teclado virtual de la pantalla luminosa.
Apreté las diminutas teclas en la pantalla con una fuerza brutal y destructiva.
Golpeé el frágil cristal templado con la yema de los dedos, descargando toda la impotencia acumulada durante la humillante jornada de la mañana.
Escribí mi respuesta en un arrebato de furia ciega:
—¿Y qué se supone que voy a hacer en un año? Se supone que iban a cuidar de mí. ¿Dónde mierda…?
Observé la pantalla iluminada durante unos largos segundos. El impulso de seguir escribiendo me quemaba la sangre, pero la disciplina se impuso. Apreté los dientes y borré el mensaje, letra por letra.
“¿Suavizar mi imagen?” pensé. “Que les den.”